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29/7/07

Jaime el Conquistador, o el Levante recobrado

Jaime el Conquistador, o el Levante recobrado

Por Fernando Díaz Villanueva

Jaime el Conquistador.
Pocos reyes han nacido en medio de tantas desventuras y malandanzas como Jaime de Aragón. Sus padres no podían verse ni en pintura, la Corona que iba a heredar era un completo desbarajuste, el Papa estaba comprado por los franceses, los aristócratas con los que le tocaría lidiar eran egoístas, peleones y peseteros...
Lo de sus padres, Pedro II y María de Montpellier, clamaba, si no al cielo, sí al menos a Roma, que había permitido que se casasen cuando era de todos sabido que el Rey miró a la Reina de reojo el día de la boda y procuró no volver a acercarse más. Tanto fue así que hubo que engañarle para que engendrase un heredero. De noche, unos clérigos conchabados con la Reina la colaron disfrazada en los aposentos de su esposo, que, al confundirla con una de sus muchas amantes, remató la faena y le hizo un hijo. Y ahí se acabó, porque el aragonés y la occitana no volvieron a dirigirse la palabra.
Murieron casi a la vez, en el mismo año, 1213, pero bien lejos el uno de la otra. Él, en el sitio de Muret; ella, en Roma, adonde había acudido para que Inocencio III impidiese el divorcio. Y es que Pedro tenía planes de casarse con María de Monferrat, es decir, con la otra.
Con cinco años, Jaime estaba algo peor que solo. A consecuencia de la derrota de su padre en Muret, quedó a merced de Simón de Monfort, un espadón gabacho que retuvo al niño hasta que el Papa le suplicó que lo devolviese: que era el delfín de Aragón, que los españoles tenían muy malas pulgas y que eso no le traería más que problemas. Monfort, en un arranque de sensatez, lo devolvió, y ese mismo año, en Lérida, fue jurado heredero de la Corona más conflictiva y revoltosa de la España de entonces, que no era precisamente un oasis de paz y armonía.
Jaime, que había sorteado sin saberlo tantos obstáculos en su niñez, maduró a golpe de humillaciones. Los nobles de Cataluña y Aragón le hicieron saber desde muy pequeño que allí, en ese rincón de la Península, mandaban ellos; él era un simple convidado de piedra. Y si la aristocracia no le respetaba, el pueblo aún menos. Además, siempre estaba sin dinero. Como el reino era un desastre, nadie pagaba impuestos, y claro, el Rey vivía a salto de mata. Tan delicada era su situación, y tanto se le llegaron a subir a las barbas, que los nobles aragoneses llegaron a encerrarle en el torreón zaragozano de la Zuda. Para que le sirviese de escarmiento.
Su suerte, sin embargo, cambió de golpe. Lo hizo según se olvidó de recobrar las plazas perdidas por su padre en el Mediodía francés y se acordó de que España estaba todavía llena de musulmanes esperando que algún rey con valor rematase la faena de echarlos.
Detalle del castillo de Bellver (Mallorca).La inspiración le vino, más o menos, hacia 1227, año en que puso fin a las banderías nobiliarias. Meses después, en las Cortes de Barcelona, anunció la primera de sus grandes campañas. Iba dirigida contra los moros de Mallorca, que además de infieles estaban hechos unos piratas de tomo y lomo. Ciento cincuenta y cinco barcos, puestos de gratis por los comerciantes de Barcelona, Tarragona y Tortosa, abandonaron Salou y Cambrils el 5 de septiembre de 1229, con 1.500 caballeros y 15.000 soldados a bordo. Diez días después, el ejército de Abú Yahya, el rey moro de Mallorca, caía derrotado en Portopi. La morisma escaldada se atrincheró en Palma, que entonces no se llamaba así sino Madina Mayurqa, de donde fueron desalojados en el mes de diciembre; con tanto aparato y tanta matanza que se desató una epidemia de peste entre los soldados catalanes que habían tomado la ciudad.
Al igual que haría Fernando III de Castilla en Andalucía, Jaime vació Mallorca de moros. No trató de convertir a ninguno. La elección era sencilla: o se iban, o les pasaban a cuchillo. Algunos eligieron resistir, y lo hicieron heroicamente en la sierra de la Tramontana durante un par de años, a lo Curro Jiménez.
En 1230 quedó establecido el Reino de Mallorca, el primero insular de la España medieval. Al año siguiente fue anexionada Menorca, por el Tratado de Capdepera. Los moros menorquines fueron más razonables que sus vecinos, pero no les sirvió de nada: años después fueron desterrados sin miramientos. A Ibiza y Formentera les tocó el turno tres años más tarde. Para las Pitiusas el ejército de Jaime ya no daba más de sí, y su conquista fue subcontratada a Guillem de Montgrí, arzobispo de Tarragona e implacable conquistador. La cruz y la espada, ya se sabe.
La fulgurante victoria en Mallorca encumbró al monarca, a quien ya nunca más se atrevieron a tomar por el pito del sereno. Con todo, la toma de las islas había satisfecho sólo a una parte del reino; al principado de Cataluña, que se desparramó sobre ellas con miles de colonos, que se establecieron con presteza en la fértil plana mallorquina. La otra parte, la interior, Aragón, no estaba tan contenta. Todo lo contrario. Los aragoneses se la tenían guardada a un rey que, pudiendo conquistar Valencia, que estaba a tiro de piedra, se había metido en una incierta aventura marítima. Por eso, lo primero que le demandaron a su vuelta de Mallorca fue que, consumada la machada, pusiera rumbo a Valencia, y rapidito.
Los aragoneses habían hecho algún avance por el interior y casi ninguno por la costa. No faltaban ganas, sino organización y dinero, es decir, exactamente lo que no tenían las gentes de Teruel y Albarracín, las más interesadas en la conquista, montañeses recios, hombres libres curados al aire de la sierra. El plan de Jaime era tomar primero Burriana, en la costa, a medio camino entre Amposta y Valencia, y aislar los enclaves musulmanes que quedasen al norte. La maniobra funcionó, y en 1233 se rindieron la propia Burriana y Peñíscola, que era una plaza fuerte de mucha entidad.
Parecía que la fortuna acompañaba a Jaime en toda campaña que iniciase. Envalentonado por esta idea, reunió a las Cortes de Aragón en Monzón y cursó una petición al papa Gregorio IX para que declarase "cruzada" la conquista de Valencia. Los aragoneses estaban encantados, pero no tanto como para entusiasmarse, y el Papa se retrasó tanto en la gracia que Jaime se vio obligado a emprender la guerra por su cuenta. En 1237 tomó el Puig de Santa Maria, y desde allí, un año más tarde, cargó contra Valencia, la legendaria ciudad en la que siglos antes se había acantonado el Cid.
Aunque escaso de tropas y dineros, Jaime se tomó lo de Valencia como una cuestión personal. El rey moro de la ciudad del Turia, Zayán ben Mardanis, ofreció un trato muy conveniente: varios castillos y una generosa renta en forma de paria anual como la que pagaba el emir de Sevilla. Jaime, a pesar de que sus propios generales le conminaron a estudiar la oferta –"En tiempos de vuestro padre o abuelo, en vista de un pacto tan ventajoso, ellos hubieran aceptado"–, decidió no ser ni su padre ni su abuelo, y más cuando los castellanos acababan de reconquistar Córdoba para la Cristiandad. Y no olvidemos que la propaganda, hace 800 años, tenía el mismo efecto que ahora.
Jaime el Conquistador.En abril se puso sitio a Valencia, y conforme fue avanzando el verano, espoleados por la bula de Cruzada que había extendido el Papa, llegaron soldados de Aragón y Cataluña, de Navarra, de Occitania y hasta de Alemania y Hungría. De esta última quizá al reclamo de Violante, reina de Aragón y húngara de nacimiento.
Zayán resistió hasta septiembre. El 9 de octubre de 1238 Jaime I, que ya podía presumir de conquistador, entraba en la ciudad, concluyendo así una década de conquista sin precedentes. Valencia sería su broche dorado: al año siguiente la convertiría en reino, para disgusto de los nobles aragoneses.
Ya sólo quedaba un estirón, y la reconquista se acabaría para aragoneses y catalanes, que habían empezado su cruzada particular siglos atrás, en lo más profundo del Pirineo, saltando de risco en risco, escondiéndose en los bosques, soportando las razzias y saqueos periódicos del califa. Todo eso ya había terminado, y para siempre. En 1244 Jaime I y Alfonso de Castilla firmaron el Tratado de Almizra, por el que quedaban fijadas casi definitivamente las fronteras entre Castilla y Aragón. El Levante era, por fin, cristiano.
En apenas quince años Jaime de Aragón había conseguido duplicar en tamaño y triplicar en población la herencia recibida de su padre. Dictó una obra, el Llibre dels fets, para que su gesta no fuese nunca olvidada, y se dedicó a administrar sus bien ganados reinos y a soñar una cruzada a Tierra Santa... que terminó llevando a cabo, ya anciano, pero que fracasó a pocas millas de la costa por un temporal. No se arredró e insistió ante el Concilio de Lyon, que le tomó por loco.
La Europa cristiana, a esas alturas, ya no estaba para cruzadas ni excesivos sacrificios en una tierra que sería muy santa pero donde no había recibido más que palos. Jaime, que por algo era aragonés, sin inmutarse se dio la vuelta y dijo a los que le acompañaban: "Barones, ya podemos marcharnos, pues hoy, al menos, hemos dejado en buen lugar el honor de toda España".
Imitando una vez más a Fernando de Castilla, que dio su último suspiro en Sevilla, la más preciada de sus conquistas, Jaime de Aragón murió en Valencia, de puro viejo, dejando un lío mayúsculo a sus sucesores. Consideró que los reinos eran suyos y que, por lo tanto, podía partirlos a su antojo. Dejó a su hijo Pedro los dominios peninsulares: Aragón, Cataluña y Valencia; a su hijo Jaime le legó uno de los reinos más extraños de la historia, compuesto por las Baleares, de un lado, y el Rosellón y la Cerdaña, del otro, a cientos de kilómetros de distancia y con el mar de por medio. El resto quedó sumido en una guerra civil que enfrentó a Pedro con Fernán Sánchez, un bastardo que se había buscado amigos en Francia para llevarse, de matute, la corona del padre. La cosa terminó de un modo tan trágico como español, con un hermano ahogando al otro en el río Cinca, que entonces no tenía regadíos y llevaba mucha agua.
Partida o entera, la Corona de Aragón no volvió a ser la misma. En el lapso de una generación, se lanzó al mar en una carrera por la hegemonía. Durante los siglos siguientes, el Mediterráneo fue tan aragonés que, como diría Roger de Llúria: "No hi haurà peix que s'atreveixi a treure la cua si no porta lligada la senyera amb les quatre barres del nostre senyor rei d'Aragó".
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26/7/07

Hernán Cortés, (1485-1547), conquistador de México




Nacido en Medellín (Badajoz), tuvo por padres a Martín Cortés y a Catalina Pizarro, emparentada ésta con la familia del mismo apellido, avecindada en Trujillo (Cáceres). Se dice que por algún tiempo fue estudiante en la Universidad de Salamanca. De hecho Cortés se preciaba de su conocimiento del latín, los romances y la historia, lo que le permitió expresarse con soltura y atildado estilo en sus varios escritos y de modo particular en sus Cartas de Relación. Liado en aventuras amorosas, interrumpió sus estudios si bien poco después aprendió el oficio de escribano en Valladolid.
Llegada a América
A los 19 años, se embarcó con rumbo a Santo Domingo, en donde actuó como escribano en la villa de Azua. Acompañó a Diego Velázquez en 1511 en la conquista de Cuba. Fue luego secretario del mismo y más tarde alcalde de Santiago de Baracoa. A pesar de que tuvo dificultades con Diego Velázquez, al casarse en 1514 con Catalina Juárez Marcaida, logró que él fuera su padrino. Esta relación, así como el conocimiento de las capacidades de Cortés, propiciaron que, después de las dos expediciones a la tierra firme de lo que hoy es México, las capitaneadas por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva, confiara el gobernador Velázquez a Cortés la organización de una tercera expedición.
El gran interés que puso Cortés en la preparación de lo tocante a la Armada que iba a capitanear, despertó en Diego Velázquez sospecha de traición. Sin embargo, no pudo impedir que el 18 de febrero de 1519 zarpara llevando 11 navíos, más de 500 soldados, cerca de 100 marineros, 16 caballos, 14 cañones, 32 ballestas y 13 escopetas. Pocos días después llegó a la isla de Cozumel, de la que los indígenas se habían retirado. Entrando al fin en contacto con algunos, inquirió acerca de los náufragos españoles que sabía se hallaban cautivos en las tierras cercanas. Para sorpresa general, apareció entonces Jerónimo de Aguilar que habría de convertirse en inapreciable colaborador de Cortés, gracias a su conocimiento de la lengua maya. A través de él se supo que el otro náufrago sobreviviente, Gonzalo Guerrero, no había querido salir al encuentro de los españoles.
Las embarcaciones de Cortés costearon luego los litorales de la península de Yucatán hasta el río de Tabasco que se conoció ya como Grijalva. En el pueblo de Centla, en Tabasco, ocurrió el primer enfrentamiento bélico con los indios. Consumada la victoria de Cortés, los señores mayas agasajaron a los españoles haciéndoles entrega de veinte jóvenes mujeres entre las que estaba la célebre Malintzin o Malinche. Esta última fue entregada a Alonso Hernández Portocarrero.
Continuando la navegación, llegó Cortés a la región conocida como Chalchicueyecan ('el lugar de la diosa de la falda de jade'), en donde el Viernes Santo de 1519 hizo la fundación de la Villa Rica de la Veracruz. Cortés, decidido a romper toda relación de obediencia con Diego de Velázquez, creó el cabildo de esa Villa Rica, el cual a su vez lo nombró capitán general y justicia mayor. Acerca de esto informaría él muy pronto al emperador Carlos V (Carlos I de España). De este modo su única vinculación iba a ser ya con la Corona.
Estableció luego Cortés contacto con indígenas totonacas en Zempoala. Recibió también una primera embajada de Moctezuma con grandes presentes de joyas, oro, plumajes y varios atavíos. Según los testimonios indígenas que se conservan, Moctezuma, hondamente preocupado por las noticias que le llegaban de las costas del Golfo, pensó que los recién venidos eran Quetzalcóatl y otros dioses que lo acompañaban. Nuevamente envió mensajeros que llevaron, entre otras cosas, dos grandes discos, uno de oro y otro de plata artísticamente trabajados. Esos mensajeros regresaron a México-Tenochtitlán y refirieron a Moctezuma todo lo que habían visto. El señor de los aztecas (mexicas) se sumió entonces en profunda consternación.
Hernán Cortés dispuso una embajada que debía zarpar con rumbo a España. Se redactó entonces la que se conoce como Carta del Cabildo, fechada el 10 de julio de 1519. En ella se hace saber a Carlos V que el dicho cabildo ha nombrado a Cortés capitán general y justicia mayor. Dos semanas después se embarcan los enviados de Cortés, yendo como procuradores Alonso Hernández Portocarrero y Francisco de Montejo. Llevaron consigo presentes para el emperador, entre ellos algunos códices indígenas. Poco después Cortés ordena el desmantelamiento de sus naves. A mediados de agosto de ese mismo año emprende su salida hacia el interior de México.
Dejando en la Villa Rica de la Veracruz al Ayuntamiento que había fundado, salió con 400 peones, 15 jinetes, 6 piezas de artillería, así como varios centenares de indígenas que llevaban los alimentos y la impedimenta. Después de cruzar la sierra, se aproximó a la región tlaxcalteca. Valiéndose de un grupo otomí sometido a ellos, los tlaxcaltecas pusieron a prueba la fuerza militar de los españoles. Al ver cómo los otomíes eran fácilmente vencidos, quedaron persuadidos de que esos blancos barbudos eran mucho más poderosos. Decidieron entonces aliarse con ellos con la esperanza de derrotar así a sus antiguos enemigos, los señores de México-Tenochtitlán. A fines de septiembre de 1519 los españoles entraban en la capital de los tlaxcaltecas, Ocotelulco, quedando desde entonces como aliados.
Procedió luego su avance Cortés hacia la metrópoli de los mexicas. Al pasar por la gran ciudad de Cholula, sometida entonces al poderío mexica, según las crónicas españolas se descubrió una traición de sus habitantes dirigida a dar muerte a los españoles. Según las crónicas indígenas, la traición fue perpetrada en realidad por los mismos españoles y los aliados indígenas. El hecho es que allí tuvo lugar una matanza de indígenas por orden de Hernán Cortés.
Conquista de México
El 8 de noviembre de 1519, después de atravesar los volcanes, Cortés y su gente hicieron su primera entrada en México-Tenochtitlán, llegando por la calzada de Iztapalapa que unía a la ciudad con la ribera del lago por el sur. Alojados en los palacios reales, pudieron percatarse de la grandeza y poderío de la ciudad. Moctezuma, que los recibió como huéspedes, pronto se convirtió en su prisionero. En mayo de 1520 llegó Pánfilo de Narváez a la región de Zempoala, enviado por el gobernador de Cuba para deponer y hacer preso a Cortés. Este salió de México-Tenochtitlán para hacerle frente y derrotó a Narváez en Zempoala. Esto le permitió acrecentar el número de sus hombres, ya que muchos de los que venían con Narváez se pasaron a sus filas. En tanto que Cortés había estado fuera, Pedro de Alvarado acometió súbitamente a los mexicas durante la gran fiesta de Tóxcatl, en honor de su dios Huitzilopochtli. Los textos indígenas que hablan de ese episodio son en verdad dramáticos.
Al regresar Cortés a la ciudad, la encontró en grande agitación. Consideró él entonces que lo mejor era salir de ella a ocultas. Fue entonces cuando perdió la vida Moctezuma. Según unos, al tratar de apaciguar a los mexicas, le lanzaron éstos varias pedradas, una de las cuales lo hirió en la cabeza; según otros, a mano de los españoles que le dieron más de una cuchillada en el bajo vientre. La noche del 30 de junio de ese año Cortés y sus hombres con gran sigilo abandonaron la ciudad. Los mexicas, que dieron la voz de alarma, los acometieron con furia. Los españoles perdieron entonces más de la mitad de sus hombres así como todos los tesoros de que se habían apoderado. Esta derrota se conoce con el nombre de 'la noche triste'.
Los conquistadores marcharon en busca del auxilio de sus aliados tlaxcaltecas y no fue sino hasta casi un año después, es decir el 30 de mayo de 1521, cuando dieron principio al asedio formal de la ciudad de México-Tenochtitlán. Para ello concentró Cortés más de 80.000 tlaxcaltecas y reforzó sus propias tropas con la llegada de otras varias expediciones a Veracruz. Desde fines de abril de ese mismo año había botado al agua trece bergantines que jugaron un papel muy importante en el asedio de la isla donde se erigía la ciudad.
Las crónicas indígenas hablan de la elección del señor Cuitláhuac como sucesor de Moctezuma y de la epidemia de viruelas en la que murieron él y otros muchos. También describen con pormenor la nueva elección y actuaciones del joven príncipe Cuauhtémoc. Unos y otros, los cronistas españoles e indígenas, refieren luego lo que fueron el asedio y la resistencia indígena a lo largo de casi ochenta días de sitio. El 13 de agosto de 1521 cayó la ciudad México-Tenochtitlán en manos de Hernán Cortés que aprisionó al joven Cuauhtémoc. Cortés se establece entonces en Coyoacán, en tanto que se procedía a la reconstrucción de la ciudad de México concebida con nueva planta al modo renacentista. Su mujer, Catalina Juárez Marcaida, llega procedente de Cuba y unos meses después muere misteriosamente en Coyoacán. En agosto del mismo 1523 desembarcan los tres franciscanos flamencos, Pedro de Gante, Juan de Tecto y Juan de Ayora. Enterado Cortés de que Cristóbal de Olid, enviado suyo a la región de las Hibueras, se había rebelado, dispuso entonces una expedición para someterlo. Abandonó Cortés la ciudad de México en 1524 dejándola al cargo de varios oficiales reales los que, además de reñir entre sí, cometieron numerosos atropellos. Cortés, tras una expedición llena de sinsabores e inútil porque, al llegar a las Hibueras ya había muerto Cristóbal de Olid, regresó a la ciudad de México hacia mediados de 1526.
Casi simultáneamente recibió una orden de Carlos V para que enviara una armada hacia las Molucas en auxilio de las que, zarpando desde España habían llegado a esas islas. Coincidió todo esto con la venida del juez Luis Ponce de León para tomar juicio de residencia a Cortés. Muerto poco tiempo después, se hizo cargo del juicio Marcos de Aguilar. Éste falleció asimismo en pocos días. Cortés, que tenía ya en construcción varias embarcaciones, despachó tres con rumbo a las Molucas y a las órdenes de Álvaro de Saavedra Cerón, su primo, para auxiliar a la armada de fray García Jofre de Loaisa. Esa armada zarpó de Zihuatanejo el 31 de octubre de 1528. Uno de los barcos de la misma llegó a las Molucas.
Gobierno de Cortés
Entrado ya el año siguiente, y obedeciendo instrucciones de Carlos V, Cortés emprendió un viaje a España. Llegó al puerto de Palos y tras pasar por Sevilla, Medellín y el monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, se entrevistó con el emperador en Toledo. Aunque no recobró el gobierno de la Nueva España, obtuvo al menos el título de marqués del Valle de Oaxaca, así como 22 villas y 23.000 vasallos. Casado con doña Juana de Zúñiga, hija del conde de Aguilar, regresó a México hacia mediados de 1530.
La Nueva España se encontraba entonces en grande agitación debido a los desmanes de Nuño Beltrán de Guzmán que había sido nombrado presidente de la primera Audiencia. Cortés tiene que hacer frente a los de dicha audiencia que le impiden la entrada a la capital. Hallándose en Tezcoco, su madre Catalina Pizarro, que había venido con él, terminó allí sus días. Un año después, se instaló una segunda Audiencia con Sebastián Ramírez de Fuenleal como presidente de la misma.
Con base en las capitulaciones que había celebrado durante su estancia en España, Cortés emprende en 1532 una serie de expediciones en el mar del Sur (océano Pacífico). A mediados de ese año envía dos naves al mando de Diego Hurtado de Mendoza, sin alcanzar resultado alguno. El propio Cortés dirige personalmente en Tehuantepec la construcción de otras naves en el astillero que allí tiene establecido. El año siguiente zarpan otras dos embarcaciones desde el puerto de Santiago en Colima. Una de ellas, al mando Juan de Grijalva, descubre las islas Revillagigedo. La otra, al frente de la cual iba Diego Becerra, tras un motín a bordo, alcanzó a llegar al extremo sur de la Baja California. Allí la mayor parte de los que iban a bordo perdieron la vida en un enfrentamiento con los indios.
Últimos años
Porfiando con la fortuna, según la expresión de su mujer doña Juana Zúñiga, emprendió Cortés en 1535 una tercera expedición yendo personalmente al frente de ella. Fundó entonces una pequeña colonia en la bahía de la Paz, que designó como de la Santa Cruz. Más de un año después regresó a México sin haber alcanzado cosa alguna en esa tierra que más tarde se llamó California. Incansable, envió luego dos naves con rumbo al Perú para auxiliar a Francisco Pizarro que se encontraba sitiado en Lima. En 1537 dio principio a una ruta de comercio marítimo, desde el puerto de Huatulco hasta Panamá y Perú. En 1539 despachó su cuarta expedición al Mar del Sur. Encomendó esta empresa al capitán Francisco de Ulloa que penetró hasta la desembocadura del río Colorado y, regresando hasta el extremo sur de la península, remontó por el Pacífico hasta más allá de la isla de Cedros. Como lo muestra la cartografía universal, que se producía entonces, gracias a las expediciones de Hernán Cortés comenzó a conocerse mejor el perfil geográfico de los litorales del Pacífico norte del Nuevo Mundo.
Para hacer defensa de sus derechos, Cortés emprendió nuevo viaje a España. Entre otras cosas dirigió allí un memorial a Carlos V quejándose de los agravios que, en su opinión, había recibido del primer virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza. Los restantes años de su vida que transcurrieron todos en España fueron para Cortés tiempo difícil en que se vio envuelto en una serie de litigios y agobiado por el nunca terminado juicio de residencia.
Con intención de regresar a México, llegó a Castilleja de la Cuesta, cerca de Sevilla. Allí poco antes había dictado su testamento. El 2 de diciembre de 1547 murió a la edad de 62 años. Le sobrevivieron su mujer, sus hijos Martín y Luis, así como el otro Martín que había tenido con la Malinche, y María, Catalina y Juana nacidas de su esposa, además de otros tenidos también fuera de matrimonio, como aquella doña Leonor, nacida de doña Isabel de Moctezuma.
El primer entierro de Cortés fue en la iglesia de San Isidoro del Campo en Sevilla. Años después, sus restos fueron trasladados a la Nueva España y enterrados en la iglesia adjunta al convento de San Francisco en Tezcoco. De allí pasaron a la Capilla Mayor del convento de San Francisco en la ciudad de México. Su último reposo lo alcanzó en la iglesia de Jesús Nazareno, contigua al Hospital de Jesús fundado por él. En la actualidad se conservan en una urna colocada en un nicho en el muro del costado del Evangelio. Numerosas son las biografías que se han escrito acerca del conquistador de México. Algunos lo han considerado un villano y otros un héroe. La historiografía moderna ha logrado una imagen más equilibrada de este personaje ciertamente extraordinario.




Hernán Cortés(1485-1547), conquistador de México.
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MAS INFORMACION SOBRE HERNAN CORTES
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14/7/07

Mahoma


Mahoma

(c. 570-632), principal profeta del Islam. A veces se le describe como fundador de dicha religión, aunque ello constituye una simplificación desde el punto de vista religioso e histórico. Desde una perspectiva religiosa, los musulmanes conciben el Islam como el monoteísmo puro original que Alá (Dios) dio a conocer a la humanidad desde la creación, y que fue revelado mediante muchos profetas anteriores a Mahoma. Desde un punto de vista histórico, el Islam —tal y como lo conocemos— es una religión compleja que no debe considerarse como creación de un solo hombre.

Nuestras fuentes de la vida de Mahoma son textos escritos en árabe por eruditos musulmanes. Los más antiguos datan, en la forma en que han llegado a nosotros, de más de 100 años después de su muerte (632). El relato más antiguo de su vida que ha sobrevivido es el compilado por Ibn Ishaq, que murió en el 768. Todas las versiones de su obra datan de cuando menos una generación después de Ibn Ishaq.

Los relatos que aparecen en estas obras no siempre son congruentes ni uniformes. A menudo contienen distintas versiones del mismo acontecimiento, que en ocasiones se contradicen entre sí. Cualquier intento de resumir la vida de Mahoma tal y como la concibe la tradición musulmana es una selección de la enorme masa de detalles existentes.

La vida de Mahoma según la tradición

En la Meca

Se dice que Mahoma nació en la Meca, ciudad de Arabia occidental (la región conocida como Al-Hijaz). Las fechas de nacimiento son diversas. Una tradición comúnmente aceptada lo sitúa en "el año del elefante", que se ha interpretado como una referencia al año en que un gobernante abisinio de Yemen envió una expedición para destruir la Kaaba de la Meca. Según la tradición musulmana, en la expedición —un estrepitoso fracaso— las tropas invasoras llevaban un elefante. Los especialistas modernos sitúan este episodio en el año 570 d.C.

La familia de Mahoma pertenecía al clan de Hashim, parte de la tribu de Quraysh, que dominaba la Meca y constituía la mayoría de la población. Hashim no era uno de sus clanes más importantes, aunque gozaba de cierto prestigio religioso derivado de sus derechos hereditarios a determinados cargos de la Kaaba. El padre de Mahoma, Abdallá, murió antes de nacer el niño; su madre, Amina, falleció cuando era muy pequeño.

La tradición da cuenta de señales y portentos sobrenaturales en torno a la concepción y nacimiento del profeta. Se dice que se le impuso el nombre Mahoma debido a un sueño que había tenido su abuelo. También se afirma que recibió otros nombres, como Abul-Qasim, Ahmad y Mustafá.

Se afirma que Mahoma visitó Siria en su juventud como integrante de una caravana comercial de la Meca. Mientras estaba allí fue reconocido como profeta por hombres santos y eruditos judíos y cristianos, que afirmaban que su llegada había sido augurada por sus propias escrituras. Su condición de profeta quedaba indicada por ciertas marcas en su cuerpo y por señales milagrosas de su naturaleza.

Las gentes de la Meca, la tribu de Quraysh, gozaba de buena reputación como mercaderes. Entre ellos, una viuda llamada Jadiya, le contrató para administrar sus asuntos. Impresionada por su honestidad e inteligencia, le propuso matrimonio. La tradición afirma que Mahoma tenía 25 años cuando desposó a Jadiya, y que mientras vivió no volvió a contraer nupcias. Tras la muerte de Jadiya mantuvo relaciones con muchas otras, la más conocida de las cuales es quizá la joven Aisha.

Se dice que Mahoma tenía 40 años cuando sufrió su primera experiencia profética. No siempre se la describe del mismo modo, pero una de las tradiciones más difundidas sostiene que tuvo lugar cuando se había retirado a una cueva del monte Hira, en las afueras de la Meca. Allí tuvo una visión del arcángel Gabriel y una experiencia de gran dolor y tensión, hasta el punto que pensó que iba a morir. Cuando el ángel le ordenó "predicar" (iqra), se sintió incapaz de hacerlo y no supo qué decir. El dictado que recibió le imponía repetir la sentencia que hoy es el comienzo del capítulo 96 del Corán: "¡Predica en el nombre de tu Señor, el que te ha creado! Ha creado al hombre de un coágulo. ¡Predica! Tu Señor es el Dadivoso que te ha enseñado a escribir con el cálamo: ha enseñado al hombre lo que no sabía". Tras un breve periodo durante el cual no recibió ninguna otra revelación, éstas se reiniciaron y continuaron hasta el final de sus días.

Para comprender el desarrollo de la predicación de Mahoma es necesario tener cierta idea acerca del orden en que le llegaron las revelaciones. Cuando éstas fueron recopiladas tras su muerte para elaborar el Corán, no se hallaban organizadas atendiendo a ningún orden: las revelaciones que se consideró acaecieron en diversas épocas de su vida se relacionaron para nutrir los capítulos del Corán. Los eruditos musulmanes tradicionalistas y modernos elaboraron diversas hipótesis acerca de los lazos existentes entre algunas de las secciones del Corán con episodios de la vida de Mahoma, aunque en general suele aceptarse que las primeras revelaciones fueron breves, y que se caracterizaban por un vigoroso lenguaje semipoético. En todas ellas se advierte que los hombres serán inevitablemente juzgados por Dios por su mala conducta en el mundo terrenal, y castigados con severidad si no se corrigen. A medida que pasaba el tiempo, y al ir adquiriendo Mahoma autoridad sobre la primera comunidad musulmana de Medina, se cree que las revelaciones se hicieron más largas, con un tono menos urgente, centradas en la solución de los conflictos prácticos que debían afrontar él y sus seguidores.

Existen dos relatos que, según la tradición, se remontan al comienzo de la trayectoria de Mahoma como profeta, aunque algunos especialistas modernos los consideran narraciones típicas acerca de su aprendizaje. Uno de ellos tiene que ver con la visita a Mahoma, mientras dormía, de dos ángeles que le abrieron el pecho y eliminaron toda huella de incredulidad y de pecado que encontraron en él. El segundo cuenta cómo Mahoma fue llevado por la noche desde el lugar de la Meca donde dormía hasta el trono de Dios en los cielos. Por la mañana se encontró de nuevo en la Meca. Se trata del famoso relato del Viaje Nocturno (Isra), que proporcionó la temática para gran cantidad de alegorías en el Islam místico (sufí) y que con toda probabilidad haya inspirado la Divina Comedia de Dante.

Las tradiciones acerca de quiénes fueron los primeros seguidores de Mahoma en la Meca, aparte de Jadiya, son muy variables. Sin embargo, todas coinciden en que los seguidores de Mahoma no eran numerosos y que la mayoría de los habitantes de la ciudad les reprochaba subvertir la religión de sus antepasados.

Un episodio controvertido testimoniado por algunas de las fuentes tradicionales, pero que muchos musulmanes rechazan como invención, es el de los "Versos satánicos" (un nombre acuñado por los especialistas modernos, y que no se emplea en los relatos tradicionales). La narración refiere que Mahoma, desesperado por atraer hacia su causa a los habitantes de la Meca, fue tentado por Satán para proclamar como revelación divina determinados versículos que, de hecho, eran una perversión de la verdad. Estos versículos reconocían a tres diosas que los residentes de la Meca adoraban, otorgándoles un lugar en el Islam como intermediarias entre Dios y los hombres. Al oír esto, las gentes de la Meca aceptaron el Islam. Sin embargo, el ángel Gabriel comunicó más tarde a Mahoma que la supuesta revelación provenía de Satán y no de Dios, y le reveló las palabras exactas (que hoy leemos en el Corán). En la versión ortodoxa, las diosas eran descalificadas como "meros nombres", sin poder ni verdadera entidad. Cuando les fueron revelados los versículos auténticos, los habitantes de la Meca abandonaron el Islam y abrazaron sus antiguas creencias paganas.

En Medina

La oposición contra Mahoma y sus seguidores en la Meca alcanzó tales proporciones que, tras enviar a sus adeptos a buscar refugio en la cristiana Abisinia (hoy Etiopía) y después de un intento fallido de obtener apoyo en la cercana ciudad de Taif, en el año 622 Mahoma se trasladó con algunos de sus compañeros al asentamiento agrícola de Yatrib, a unos 300 kilómetros al norte. Este suceso, conocido como Hijra (o Hégira), fue el punto de inflexión de la suerte de Mahoma. Tras la Hégira se estableció la primera comunidad musulmana (umma) en Yatrib, y más tarde el episodio marcó el inicio del calendario musulmán, conocido como "era de la Hégira". Poco después, Yatrib cambiaría su nombre por Medina.

Según algunas tradiciones, Mahoma había sido invitado a residir en Medina por algunos de sus habitantes, a fin de servir como conciliador entre diversas facciones. Tal es la explicación más generalizada de por qué se le aceptó con tanta rapidez como figura investida de autoridad. Al principio, la comunidad que dirigió estaba formada por musulmanes y por paganos, que convivían con gran número de judíos residentes en la ciudad. En los años posteriores a la Héjira, la comunidad se fue convirtiendo cada vez más al Islam, aunque se comprende que muchos de sus miembros no aceptaron este credo por convicción. En la tradición suele denominárseles "hipócritas" (munafiqun). Muy pocos judíos aceptaron el Islam, aunque en su mayoría fueron expulsados o ejecutados por orden de Mahoma a medida que su relación con ellos empeoraba. Se creía que eran agentes o aliados de sus enemigos.

Una de las razones que explican la creciente aceptación de la autoridad de Mahoma en Medina fueron sus éxitos militares. Los ataques contra caravanas de la Meca desembocaron en una importante victoria sobre una poderosa fuerza militar de esta ciudad en Badr, en 624. Los ataques de la Meca contra Medina fueron rechazados con dificultad en las batallas de Uhud (625) y Ditch. A medida que crecía el prestigio de Mahoma, las tribus vecinas comenzaron a establecer alianzas con él y a aceptar el Islam. En el 628 pudo firmar el tratado de al-Hudaibiya con la Meca. Aunque este tratado implicaba una serie de concesiones de su parte, tuvo el efecto de igualar el rango de su comunidad con el de la Meca. En el 630 consiguió hacerse con el control de la Meca casi sin oposición. Los habitantes de la ciudad que se le habían enfrentado en otra época aceptaron el Islam. La Kaaba, que ya se había convertido en elemento central de las ideas del Islam, fue al fin abierta a los musulmanes.

Tras la conquista de la Meca, el prestigio y la autoridad de Mahoma siguieron expandiéndose por toda la península arábiga, y las fuerzas musulmanas llegaron al sur de Siria. En el 632, Mahoma viajó por última vez desde la Meca a Medina para realizar las ceremonias del peregrinaje (hach). Este episodio se denomina Peregrinaje de Despedida, ya que poco después, tras regresar a Medina, falleció. Fue sepultado en su casa de Medina, y la segunda mezquita en importancia del Islam se construyó en las inmediaciones de su tumba.

Opiniones modernas

Numerosos especialistas modernos se han mostrado dispuestos a reconocer que los relatos de la vida de Mahoma son auténticos en esencia (dejando al margen una cierta cantidad de material legendario, algunos milagros y elementos sobrenaturales). Han intentado explicar su surgimiento y éxito como profeta en términos aceptables para el historiador moderno mediante el análisis de los factores económicos, políticos, sociales y psicológicos pertinentes. Los estudiosos no musulmanes han hecho especial hincapié en la importancia de las rutas comerciales del oeste de Arabia en la creación de las condiciones sociales que llevaron al ascenso de la nueva religión, abriendo las puertas de la región a las influencias judía y cristiana. Sin embargo, algunos han afirmado que las pruebas no son suficientes para recrear los acontecimientos y condiciones del oeste de Arabia a principios del siglo VII. En cambio, han sugerido que antes de poder evaluar la autenticidad histórica de los relatos tradicionales, es necesario comprender en mayor profundidad cómo, cuándo y por qué surgió el material tradicional acerca de la vida de Mahoma.

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