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21/8/07

Y al otro lado del mar... las Canarias

Y al otro lado del mar... las Canarias

Por Fernando Díaz Villanueva

Jean de Bethencourt
En 1291 se perdió San Juan de Acre, la última plaza que les quedaba a los cruzados en Tierra Santa. La aventura asiática, que había hipnotizado al Occidente europeo durante doscientos años, tocaba a su fin arrojando un desastroso resultado. Europa se había dejado hasta la camisa en un lance absurdo, trufado de misticismo y perdido de antemano. Aquel mismo año, ajenos al drama de los cruzados, dos hermanos genoveses, Vadino y Ugolino Vivaldi, se hicieron a la mar para internarse en el desconocido y azaroso Atlántico, un océano inmenso, plagado de peligros y monstruos marinos del que ningún navegante regresaba.

Los hermanos Vivaldi tampoco lo hicieron. Se los tragó el mar como a tantos que lo intentaron antes, pero esta vez algo fue diferente. Un paisano suyo, Lanzerotto Malocello, salió en su busca unos años más tarde y se dio de bruces con un islote volcánico, refrito por el sol y varado en mitad del océano. Se trataba de Tyterogakat o "La Quemada", tal y como era conocida por sus habitantes, los majos. Lanzerotto retornó a Europa, contó su descubrimiento y volvió para quedarse. Hoy esa isla lleva su nombre, Lanzarote, y sigue tan quemada y hermosa como se la encontró hace setecientos años.

El feliz hallazgo del genovés abrió el camino de las Canarias, cuya existencia era conocida por griegos y romanos que habían fantaseado a placer con ellas. Las llamaban "Afortunadas y Beatas, teniéndolas por tan sanas y tan abundantes de todas las cosas necesarias a la vida humana, que sin trabajo ni cuidado vivían los hombres en ellas mucho tiempo". Los europeos de la Edad Media, sin embargo, las habían olvidado por completo. Durante un siglo, y como el Oriente se había puesto imposible con lo de los turcos, se dejaron caer por aquellas latitudes genoveses y catalanes, portugueses y mallorquines que buscaban carne fresca para poner a trabajar en los activos puertos de la Europa de entonces. Así, de modo tan triste, suministrando esclavos, entró nuestro querido archipiélago en la historia.

Expedición de Jean de BethencourtEl tráfico de mercaderes y de algún que otro misionero pescador de almas entre el continente y las Canarias se hizo tan intenso que un caballero normando, Jean de Bethencourt, propuso a Enrique III de Castilla llevar sus dominios aun más al sur. Enrique, que reinaba sobre un caldero y era muy amigo de aventurillas internacionales –como la de la embajada de Ruy González de Clavijo al rey Tamerlán de Samarcanda–, accedió a las pretensiones del francés y le otorgó los derechos de conquista sobre todo el archipiélago.

Entre 1402 y 1405 Bethencourt se las arregló para vencer a los indígenas de Lanzarote, Fuerteventura y El Hierro de un modo un tanto caótico. Los normandos eran pésimos conquistadores, pero gente muy apañada para otros menesteres. Se ocuparon hasta de dejar por escrito los avatares de la conquista en un libro, el Le Canarien, redactado por dos frailes. Una vez hecho esto se enemistó con su socio, Gadifer de la Salle, y volvió a Francia dejando las islas en manos de su sobrino Maciot de Bethencourt.

Maciot no tardó mucho en cansarse de vivir en el fin del mundo y vendió los derechos de conquista a un noble castellano, el conde de Niebla, que se los traspasó a su criado, un tal Fernán Peraza el viejo, cuyo linaje terminaría echando raíces en el archipiélago. Entre dimes y diretes de los Peraza, lo que quedaba de los Bethencourt y alguna que otra incursión de los portugueses la conquista se detuvo durante setenta años. La Gomera no hizo falta invadirla por la fuerza, sus habitantes llegaron a un acuerdo pacífico con los castellanos que se establecieron en ella.

Torre del Conde, refugio de Beatriz de BobadillaEn La Gomera, los abusos de los Peraza sobre los indígenas fueron tantos y tan sonados que los gomeros, gente de mucho carácter, que se silbaba de valle a valle y no toleraba ciertas licencias que se habían tomado sus recién llegados vecinos, se sublevaron varias veces. La última a causa de un amorío. Fernán Peraza el joven, nieto de aquel que se quedó con el pastel del normando, se enamoró perdidamente de una aborigen llamada Iballa. Hupalupo, el padre de la gomerita, enterado del asunto, puso en pie de guerra a toda la isla. Peraza fue sorprendido en plena faena y un pastor de nombre Hautacuperche lo remató de una lanzada. Bien empleado le estuvo porque su mujer, no Iballa sino Beatriz de Bobadilla, la legítima, se tuvo que refugiar en la Torre del Conde, donde casi pierde la isla y el pellejo. Y todo por un calentón de un marido déspota y rijoso.

Las cosas vendrían a cambiar radicalmente en 1478, una vez Isabel de Castilla, la Católica, hubo ventilado sus asuntos pendientes con Juana la Beltraneja y su aliado Alfonso V de Portugal. Ese año la Reina decidió culminar de una vez por todas la conquista de las Canarias, que llevaba dos generaciones en punto muerto. El 24 de junio de 1478 Juan Rejón desembarcó en el noreste de Tamarán, que es como los indígenas llamaban a Gran Canaria. Vencidos los isleños de la zona aseguró la posición y fundó el Real de Las Palmas, es decir, Las Palmas, que es hoy ciudad y puerto principal de las islas. Rejón, sin embargo, no supo avanzar y, como buen español, se lió a palos con sus compañeros de conquista acabando mal lo que había empezado bien.

La Reina, informada de que la campaña no marchaba bien, envió a Pedro de Vera, un jerezano de armas tomar que ganó la isla en sólo dos años. El 29 de abril de 1483 los últimos indígenas; 600 hombres y 1.500 mujeres y niños, se rindieron al conquistador. Otros, como el guerrero Bentejuí y el faycán de Telde no pudieron sobrellevar la derrota y se despeñaron por un barranco según mandaba la tradición local. Al llegar la noticia a Castilla, la reina católica, visiblemente emocionada dio orden de que [...] aquesta, mi ínsula de Canaria, sea llamada Grande". Esta es la razón por la que Gran Canaria es grande sin ser, geográficamente, la más grande del archipiélago.

Fernández de Lugo recibiendo a los menceyesYa sólo quedaban dos islas, Achinet (Tenerife) y Benahuare (La Palma), las más correosas y antipáticas, las que más vidas y disgustos habían costado a Castilla. Alonso Fernández de Lugo, uno de los mejores generales de Pedro de Vera, se encaprichó con las islas y pidió permiso a Isabel para conquistar lo que quedaba. La Reina aceptó gustosa el ofrecimiento otorgándole los títulos de Adelantado y Capitán General de las Costas de África. Fernández de Lugo era uno de esos hombres que son todo mala leche y ambición, no muy diferente de Cortés, Pizarro o cualquiera de los españoles que, una generación más tarde, cambiaron la cara a un continente entero.

Como sabía que los indígenas de Tenerife, los guanches, eran muchos y duros como piedras, su plan consistió en apoderarse primero de La Palma y, desde allí, preparar la invasión de Tenerife con más calma. El 29 de septiembre de 1492 desembarcó en Tazacorte y firmó un acuerdo con los palmeros que le eran favorables. Los que no lo eran tanto se echaron al monte con el hacha al hombro. Aprovechándose de la endemoniada orografía de la isla, se acantonaron en la Caldera de Taburiente, donde no había manera de echarles el guante. Fernández de Lugo, que no era ni tonto ni suicida, antes de jugarse el tipo batiéndose el cobre en los bosques de La Palma, se avino a negociar. Invitó al jefe rebelde, Tanausú, a firmar una ventajosa paz en los Llanos de Aridane. Entonces le engañó. Cuando el confiado benahorita descendía de las alturas de la Caldera mando que le apresasen. Fue enviado a Castilla para que no la volviese a armar y, de camino, se dejó morir de hambre.

La matanza de AcentejoEl camino a Tenerife quedaba expedito, o, al menos, eso es lo que creía el Adelantado Fernández de Lugo. En abril de 1494 desembarcó en Santa Cruz con una impresionante tropa de 2.000 infantes y 200 jinetes. Nunca antes se había visto nada igual en la conquista de las islas que, hasta el momento, había sido algo más de andar por casa. Los guanches rebeldes, que eran todos los del norte de la isla, capitaneados por Bencomo, el mencey de Taoro, vieron venir a la tropa castellana y la emboscaron en el barranco de Acentejo. Los castellanos fueron sorprendidos en un lugar donde su caballería tenía poco o nada que hacer. Fue una carnicería. Fernández de Lugo, malherido por la lluvia de piedras que les había caído encima, salió por piernas y abandonó la isla.

De la matanza de Acentejo el capitán castellano había sacado dos lecciones: que los guanches no iban a negociar jamás, y que, si quería vencerles, tenía que llevárselos a terreno llano, donde los caballos y las armas de fuego harían todo el trabajo. Lamidas las heridas y con nueva tropa, de Lugo desembarcó en Tenerife al año siguiente con 1.200 hombres, caballería y artillería. Esta vez llevó a sus tropas hasta los llanos de Agüere donde Bencomo, en un error fatal, salió a recibir a los castellanos a pecho descubierto con su hacha de piedra como único armamento. La derrota guanche fue total. Hasta el propio mencey se dejó la vida en el campo de batalla.

Pero los guanches que quedaban con vida no se dieron por vencidos. Hambrientos, vagando sin rumbo por las montañas de la isla y abatidos por los infinitos recursos que poseían los castellanos, presentaron batalla por última vez cerca del barranco de Acentejo, el mismo que tanta fortuna les había traído en el pasado. Pero esta vez de Lugo no se dejó sorprender. Colocó la caballería a los flancos y, antes de que los guanches cargasen, les soltó una letal andanada de pólvora. Era el día de Navidad de 1495 y la Edad de Piedra daba su último jadeo en la isla de Achinet. Bentor, hijo de Bencomo, ante lo inevitable de la derrota se dirigió a la ladera de Tigaiga y desde allí se despeñó.

Meses después Benitomo, el último mencey de Taoro, aceptó la rendición incondicional en la Paz de Los Realejos. Para entonces la población indígena era ya víctima de un enemigo tan mortal como invisible: la modorra, que es como los invasores bautizaron al tifus que se habían traído de la península, y al que ellos eran inmunes desde niños. La biología terminó de conquistar las Canarias y fue tanto o más poderosa que los arcabuces de los capitanes españoles. Los guanches y su cultura neolítica desaparecieron de la Historia. Fueron víctimas de su aislamiento y atraso. Duele decirlo, pero poseen el dudoso honor de ser el primer pueblo aniquilado por el expansionismo europeo. No veo necesario remarcar que no sería el último.

Las islas, por su parte, fueron españolizadas y convertidas en una parte más de Castilla, la más meridional y exótica. Durante siglos sus puertos acogieron a todas las flotas que se dirigían a América, incluida la de Colón, que se detuvo en La Gomera. Luego vendría la caña de azúcar y el ron, el asedio en el que Nelson perdió el brazo y las haciendas plataneras, los braceros que ponían rumbo a América y los turistas alemanes sedientos de sol, el vino de malvasía y las papas arrugadas, Galdós y Los Sabandeños. Las islas Canarias son, por méritos propios, el pedazo de España más peculiar y genuino. Imperturbable en la soledad del océano.

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15/8/07

60 ANIVERSARIO - La India: cara y cruz de la independencia

60 ANIVERSARIO

La India: cara y cruz de la independencia

  • La libertad de la colonia británica trajo consigo la creación del estado de Pakistán
  • Desde 1947, ambos países se han enfrentado en cruentas contiendas en tres ocasiones
Una multitud de niños forman la bandera india en el Fuerte Rojo de Nueva Delhi, como parte de los actos del 60º aniversario de la independencia. (Foto: AFP)
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Una multitud de niños forman la bandera india en el Fuerte Rojo de Nueva Delhi, como parte de los actos del 60º aniversario de la independencia. (Foto: AFP)

miércoles 15/08/2007 10:12 (CET)


Mª JESÚS HERNÁNDEZ

MADRID.- Hace 60 años el presidente Nehru anunció el "despertar de la India a la vida y a la libertad", tras dos siglos de dominación del entonces Imperio Británico. El día 15 de agosto de 1947, cuando las agujas del reloj marcaban las 00.00 horas, la que ahora es la democracia más poblada del planeta conseguía su independencia y parte del sueño de Mahatma Gandhi se veía cumplido: la India ya era una nación libre.

Para conseguir la ansiada libertad fue necesaria la creación de un nuevo estado musulmán, Pakistán, una condición contra la que Gandhi siempre luchó; su objetivo era una India libre, pero unida. Tres guerras —dos de ellas en Cachemira—, millones de muertos y la dotación por parte de ambos países de un armamento nuclear han marcado la historia de estos dos países enfrentados por la religión y los límites geográficos. En 2004, ambos firmaron un 'proceso de paz' donde el diálogo se ha visto interrumpido en varias ocasiones.

El principio del fin de la hegemonía británica

La independencia del país asiático ha sido una navaja de doble filo para hindúes y musulmanes, las dos comunidades han recorrido un largo camino hasta lograr su libertad. La lucha contra los 'invasores' se remonta al siglo XIX, cuando la pobreza, varias crisis y el deseo de autonomía desencadenaron la sublevación de la clase media, y la unión de ésta al Movimiento Nacionalista Indio (formado anteriormente sólo por la alta sociedad).

El primer ministro indio, Manmohan Singh, en el acto de celebración. (Foto: EFE)

El primer ministro indio, Manmohan Singh, en el acto de celebración. (Foto: EFE)

A partir de 1885 —año en el que se creó el Congreso Nacional Indio, cuya misión era la de mediar con los gobernadores británicos—, el Reino Unido fue haciendo concesiones hasta otorgar la libertad a la que actualmente es una de las 12 grandes potencias del mundo en lo que a desarrollo económico y nuclear se refiere.

Durante este recorrido, el pueblo indio encontró en Gandhi a su guía, el líder de la lucha 'no violenta'. Bautizado como Mahatma (alma grande), Gandhi consiguió levantar a las masas, movilizarlas contra la colonización y ponerse al frente del Congreso Nacional Indio como líder de los independentistas. Todo ello sin derramar ni una sola gota de sangre.

Por su parte, la población musulmana, descontenta por su escasa representación en el Congreso, creó en 1906 la Liga Musulmana, bajo las órdenes de Ali Jinnah. A partir de ese momento, los intereses de ambas comunidades fueron divergiendo.

El papel de las dos guerras mundiales

Las repercusiones de las dos guerras mundiales fueron clave para el desmoronamiento del imperio del Reino Unido. Tras la primera gran contienda, el poder de la nación india crecía, los ingleses lo sabían y su única salida era ceder, eso sí, muy poco a poco. Uno de los logros que marcó un antes y un después en la lucha contra los colonizadores fue la firma del Acta para el Gobierno de la India (1935). En este documento se pactó un sistema federal y unas elecciones que dotarían a cada una de las provincias de su propio Gobierno, siempre bajo supervisión de gobernadores británicos —los comicios, celebrados en 1937 se decantaron claramente por el Congreso Nacional Indio, mientras que la Liga Musulmana fracasó—.

El primer ministro indio pronuncia su discurso en el Fuerte Rojo de Nueva Delhi. (Foto: AFP)
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El primer ministro indio pronuncia su discurso en el Fuerte Rojo de Nueva Delhi. (Foto: AFP)

Pero el momento crucial llegó con la II Guerra Mundial. El pueblo se sublevó con Gandhi y Nehru a la cabeza, iniciando una rebelión pacífica que acabó con los principales líderes nacionalistas en la cárcel (Winston Churchill estaba dispuesto a todo para no perder su colonia asiática). Sin embargo, la deslealtad de muchos soldados del Ejército Nacional Indio en el campo de batalla y la cada vez más próxima llegada de los japoneses, colocaron al Reino Unido entre la espada y la pared.

La victoria de los laboristas en 1945, con Attlee como líder, dio un giro a la situación: los ingleses abandonarían su joya más preciada si la Liga Musulmana —que había movilizado a toda su comunidad— y el partido del Congreso pactaban un reparto de poderes. La imposibilidad de llegar a un acuerdo dio lugar a que el último virrey, Mountbatten (muy querido en la India), anunciara que los ingleses abandonarían el país antes de agosto de 1947. Y así fue.

Las consecuencias

La India consiguió su ansiada libertad, pero la falta de entendimiento entre las dos comunidades y la creación de Pakistán trajo consigo una complicada delimitación de fronteras, los desplazamientos de millones de refugiados de un país a otro (más de 14 millones de personas se quedaron sin hogar), matanzas perpetradas por grupos radicales —Gandhi fue asesinado por un extremista hindú por su empeño de conciliar ambos países—. Y finalmente, una contienda que acabó con la vida de millones de personas.

A esta guerra le han seguido dos más en Cachemira, territorio indio reclamado por Pakistán. Actualmente, ambos países están en medio de un 'Proceso de paz' que se ha paralizado en numerosas ocasiones, como sucedió en los atentados que azotaron Bombay en 2006; la India sospechó desde un primer momento de algún grupo radical pakistaní.

Por otro lado, la independencia ha situado al país asiático como una gran potencia económica y los pronósticos indican que en menos de dos décadas puede situarse a la cabeza del planeta. No obstante, no todo son buenos augurios para Pratibha Patil, la primera presidenta en la historia de la India, que tendrá que ponerse manos a la obra para disminuir el índice de pobreza y el de mortalidad infantil, donde también la India se encuentra en lo alto del 'ranking' mundial.

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12/8/07

Fernando VI, el príncipe tranquilo

Fernando VI, el príncipe tranquilo

Por Fernando Díaz Villanueva

Fernando VI.
A los reyes longevos y de mucho carácter les suelen suceder hijos, y a veces nietos, que pasan a la historia sin pena ni gloria y a los que apenas les da tiempo de empaquetar la herencia recibida para entregársela intacta a sus sucesores, que suelen ser de nuevo longevos y herederos del carácter de sus abuelos. Los historiadores llaman a estos periodos en los que no pasa nada “reinados de transición”, y aletean por encima de ellos con un desdeñoso sigilo.
Al personaje que hoy nos ocupa le tocó ser uno de esos reyes transitorios cuyo legado ha sido eclipsado por dos gigantes, el que le precedió y el que le sucedió. Y es que si reinar entre Felipe V, primer Borbón y uno de los monarcas de más larga vida de cuantos hemos tenido, y Carlos III, tan célebre que su nombre es sinónimo de rey, no es tarea fácil, perdurar en la memoria es misión imposible.
El infante Fernando, segundogénito de Felipe V y María Luisa de Saboya, no había nacido para rey. Tal honor le correspondía a su hermano Luis, Príncipe de Asturias algo golferas al que sólo le dio tiempo de reinar ocho meses antes de que la viruela se lo llevase por delante. Como Fernando era aún muy joven, su padre, que se había retirado al palacio de La Granja, hubo de retomar, muy a su pesar, las tareas de gobierno y nombrarle heredero. A Fernando, sin embargo, lo de reinar no le iba demasiado. Era de carácter tristón, aficionado a la música, a las artes y a la vida contemplativa. Loables pasatiempos, sin duda, pero muy lejos de lo que se esperaba de todo un rey de España. Al cabo de unos años su padre murió, y no le quedó más remedio que encarar del mejor humor posible su ineludible destino.
Fue coronado en 1746, a la venerable edad de 34 años. Su preparación, sin embargo, dejaba mucho que desear. No era de natural proclive a las desagradables tareas de la gobernación, y su madrastra, Isabel de Farnesio, la maniobrera segunda esposa de Felipe V, había hecho lo imposible por mantenerle alejado de los consejos, las cédulas y los influyentes ministros de la Corte. Fernando no lo había echado en falta. En los años que mediaron entre la muerte de su hermano y su ascenso al trono se había dedicado, junto a su esposa, a vivir sin más preocupaciones que las de disfrutar de las generosas rentas que le procuraba el principado. El rey Felipe, por su parte, celoso por garantizar la herencia, se había encargado de buscarle una princesa bien situada. El premio cayó en Bárbara de Braganza, hija de Juan de Portugal y de la archiduquesa Mariana de Austria.
Bárbara de Braganza.Bárbara era posiblemente la princesa más fea de Europa; de hecho, cuando se estaba negociando el matrimonio los portugueses tardaron meses en enviar un retrato a la Corte de Madrid, por miedo a que el príncipe se echase para atrás. A cambio, era un dechado de virtudes. Melómana, sensible, culta, muy piadosa y, sobre todo, afectada por el incurable virus de la melancolía. Un verdadero alma gemela del heredero español. Fernando, que de primeras desconfió, pronto supo ver en su ya esposa una compañera perfecta y afín a su modo de entender la vida. El príncipe nunca había conocido a su madre, por lo que siempre arrastró una falta crónica de afecto, hueco que Bárbara supo rellenar con creces. Durante años fueron los príncipes más dichosos de Europa. De palacio en palacio, entregados a la música, al teatro y al cultivo de la su acendrada fe. Un modelo casi perfecto de la vida muelle a la que se dedicaba la aristocracia europea del siglo XVIII.
Convertidos ya en soberanos de España, la pareja de tortolitos –se pasaban las horas embobados escuchando al castrado Farinelli mientras la princesa acompañaba al clavecín– hubo de adecuarse a las nuevas circunstancias. Como el rey no sabía gobernar, ni falta que le había hecho hasta ese momento, mantuvo a los consejeros de su padre, convencido de que ese gesto le valdría su lealtad. Y así fue. Los ministros de Felipe V se convirtieron en su más firme apoyo. Porque si bien el rey había dejado este mundo, Isabel, la reina viuda, seguía en él, y con sus ambiciones intactas. Fernando trató en vano de hacerla comprender que sus días de gloria se habían acabado, pero fue tarea inútil. La Farnesio siguió enredando todo lo que pudo, hasta que el bondadoso monarca la expulsó de la Corte. Con muy buenas maneras, eso sí.
Libre de las intrigas de su madrastra y aprovechando que se acababa de firmar en Alemania la Paz de Aquisgrán, que ponía fin a varios años de guerra entre las potencias europeas, Fernando se vio libre para moldear el Gobierno del reino a su imagen y semejanza. Dio orden a sus ministros de evitar las alianzas internacionales comprometedoras, a la vez que les invitó a proponerle el programa de reformas del que el país estaba tan necesitado.
Lo de la neutralidad fue relativamente sencillo. Puso a su lado, en pie de igualdad, a dos ministros, el Marqués de la Ensenada y José Carvajal, que de otra manera se hubiesen llevado a matar, ya que el primero era francófilo y el segundo anglófilo. Lo de siempre. Ambos, sin embargo, eran convencidos patriotas y muy respetuosos con los deseos reales. Reorganizaron la Hacienda e impulsaron la economía a través de la construcción de infraestructuras, de la promoción de sociedades de amigos del país y, especialmente, a través de la paz, que siempre ha obrado prodigios en materia económica. La política de neutralidad a ultranza de Fernando nacía no sólo de un carácter poco dado a guerrear, sino del convencimiento pleno de que el medio siglo de campañas europeas de Felipe V no había reportado beneficio alguno y sí cuantiosos gastos, que habían dejado exhaustas las arcas de Hacienda.
Que Fernando VI fuese un rey pacífico no significa que fuese pacifista; eso por entonces no existía. En los tranquilos años de su reinado se invirtieron ingentes sumas en renovar la maltrecha flota de guerra, y no se escatimaron inversiones para defender los lindes de sus reinos, lindes que por aquel entonces se extendían por cuatro continentes.
Desentendido de los asuntos de Europa, que, a decir verdad, ni le iban ni le venían, fijó su atención en resolver de una vez el litigio fronterizo con los portugueses en el Río de la Plata. Les entregó parte de Paraguay a cambio de la Colonia de Sacramento. Este tratado, que supuso el fin de muchas misiones jesuíticas, sirvió de inspiración hace unos años al director Roland Joffé para La Misión, una excelente película, de las pocas ambientadas en la América colonial. La moderación y el buen tino ahorraron a España la entrada en el nuevo conflicto que se estaba cociendo entre Inglaterra y Francia, permitiendo al Rey destinar esos fondos a otros capítulos de gasto más acordes con sus gustos.
Javier Carmona: SALESAS REALES (detalle).Con el patio tranquilo en el exterior, se concentró en promocionar las artes, las ciencias, las obras públicas y, como no podía ser de otro modo, la religión. No en vano, uno de los más bellos monasterios de Madrid, el de las Salesas Reales, fue empeño personal de la reina Bárbara. Aún hoy se conserva la iglesia donde ambos monarcas reposan, junto al altar, mientras que las dependencias destinadas a los monjes son el majestuoso edificio del Tribunal Supremo. El pueblo madrileño, siempre ingenioso y faltón, fue muy crítico con la faraónica obra regia. Se hizo popular una coplilla que decía: "Bárbaro edificio / bárbara renta / bárbaro gasto / Bárbara reina". Los madrileños ignoraban la que en breve se les iba a venir encima, con Carlos III y su costosísimo programa de obras. No ha cambiado mucho la cosa desde entonces. Los habitantes de la Villa y Corte siguen quejándose de lo mismo tres siglos después, y por las mismas razones.
Y es que el pueblo llano no perdonaba a la reina su infertilidad. Injusto dicterio, porque el incapaz de engendrar descendencia era el rey. Fernando VI padecía una afección genital que le impedía eyacular y, por lo tanto, dejar encinta a su esposa. Gracias a la abultada prole que trajo al mundo Felipe V en sus dos matrimonios esto no suponía un grave problema de Estado. Si no había hijos heredarían los hermanos, y asunto resuelto. En Nápoles esperaba paciente el rey Carlos a que le llegase la hora de hacerse con las riendas del más codiciado reino de la familia. En La Granja esperaba, algo menos pacientemente, la Farnesio exiliada, rumiando la venganza contra Bárbara para devolverle con intereses la afrenta de haberla enviado al quinto infierno.
No tuvo oportunidad. En la primavera de 1758, mientras los reyes se encontraban en Aranjuez regalándose largos paseos por el río a bordo de las suntuosas barcazas que componían la curiosa flota del Tajo, la reina enfermó gravemente, y a los pocos meses entregó su alma al Altísimo. Fernando no lo pudo soportar y, tras el funeral, se recluyó en el castillo de Villaviciosa de Odón, lugar donde pasó el último año de su vida, preso de la melancolía primero y de la locura después.
No era el primero. Su padre estaba loco de atar, y gobernó de esta guisa durante más de la mitad de su reinado. Lo de Fernando, sin embargo, iba por otros derroteros. Privado de su querida Bárbara, báculo que le había ayudado a llevar las pesadas tareas de gobierno y primordial sustento emocional de su débil y enfermizo carácter, vio que la vida ya no tenía sentido. Vagó por el castillo durante meses, negándose a comer, durmiendo en un humilde jergón y atormentando a la servidumbre con alaridos de madrugada. Su destino estaba sellado, y casi un año después de la muerte de su esposa se decidió a acompañarla. Le faltaban dos meses para su 46º cumpleaños, y había regido los destinos de uno de los reinos más poderosos de la Tierra durante trece fructíferos y pacíficos años. No se volvería a ver nada igual en siglos.
Todos sus sucesores se metieron, en mayor o menor medida, donde nadie les había llamado, y todos dejaron el tesoro real a la cuarta pregunta. Cuando su hermanastro Carlos llegó de Nápoles para ceñirse la corona de España se encontró con algo insólito para aquella época –y para ésta–: la Hacienda tenía superávit, nada menos que 300 millones de reales. Un detalle que Carlos supo agradecer encargando la construcción de un bonito sepulcro, en el que hizo tallar el siguiente epitafio: "Yace aquí el rey de las Españas, Fernando VI, optimo príncipe, que murió sin hijos, con una numerosa prole de virtudes". Lástima que no sirviese de ejemplo para los que vinieron después.

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Fernando VI de España

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Fernando VI de España
Rey de España
Dinastía Casa de Borbón
Período 9 de julio de 174610 de agosto de 1759
Predecesor Felipe V
Sucesor Carlos III
Cónyuge(s) María Bárbara de Portugal
Nacimiento Madrid, 23 de septiembre de 1713
Fallecimiento Villaviciosa de Odón, 10 de agosto de 1759

Fernando VI de Borbón (Madrid, España; 23 de septiembre de 1713Villaviciosa de Odón; 10 de agosto de 1759), llamado el Prudente, rey de España1746-1759). Cuarto hijo de Felipe V y de su primera esposa María Luisa Gabriela de Saboya. Se casó en Badajoz con Bárbara de Braganza en 1729, que fue Reina de España hasta su muerte en 1758. (

Comienzos del reinado]

Cuando llegó al trono, España se encontraba en la Guerra de Sucesión Austriaca, que terminó al poco tiempo (Paz de Aquisgrán, 1748) sin ningún beneficio para España. Comenzó así, su reinado eliminando la influencia de la reina viuda Isabel de Farnesio y de su grupo de cortesanos italianos. Establecida la paz, el rey impulsó una política de neutralidad y paz en el exterior para posibilitar un conjunto de reformas internas. Los nuevos protagonistas de éste reinado fueron el Marqués de la Ensenada, francófilo; y José de Carvajal y Lancaster, partidario de la alianza con Gran Bretaña. La pugna entre ambos terminó en 1754, al morir Carvajal y caer Ensenada, pasando Ricardo Wall a ser el nuevo hombre fuerte de la monarquía.

Los proyectos de Ensenada

La labor más importante durante el reinado fue llevada a cabo por el marqués de la Ensenada, secretario de Hacienda, Marina e Indias. Planteó la participación del Estado para la modernización del país. Para ello era necesario mantener una posición de fuerza en el exterior para que Francia y Gran Bretaña considerasen a España como aliada, sin que ello supusiese una renuncia de Gibraltar.

Entre sus proyectos reformistas encontramos:

  • El nuevo modelo de la Hacienda, planteado por Ensenada en 1749. Intentó la sustitución de impuestos tradicionales por un impuesto único, el catastro, que gravaba en proporción a la capacidad económica de cada contribuyente. Propuso también la reducción de la subvención económica por parte del Estado a las Cortes y al ejército. La oposición de lo nobleza hizo que se abandonase el proyecto.
  • La creación del Giro Real en 1752, un banco para favorecer las transferencias de fondos públicos y privados fuera de España. Así todas las operaciones de intercambio en el extranjero quedaron en manos de la Real Hacienda beneficiando al Estado. Se le puede considerar el antecesor del Banco de San Carlos, que se instituyó durante el reinado de Carlos III.
  • El impulso del comercio americano, que pretendió acabar con el monopolio de las Indias y eliminar las injusticias del comercio colonial. Así se apoyaron a los navíos de registro frente al sistema de flotas. El nuevo sistema consistía en la sustitución de las flotas y galeones para que un barco español, previa autorización, pudiera comerciar libremente con América. Esto incrementó los ingresos y disminuyó el fraude. Aún así, este sistema provocó muchas protestas en los comerciantes del sector privado.
  • La modernización de la marina. Según Ensenada, una poderosa marina era fundamental para una potencia con un imperio en ultramar y aspiraciones a ser respetada por Francia y Gran Bretaña. Para ello incrementó el presupuesto y amplió la capacidad de los astilleros de Cádiz, Ferrol, Cartagena y la Habana, lo que supuso el punto de partida del poder naval español en el siglo XVIII.
  • Las relaciones con la Iglesia, que fueron muy tensas desde los inicios del reinado de Felipe V a causa del reconocimiento del archiduque Carlos como rey de España por el Papa. Se mantuvo una política regalista que perseguía tanto el objetivo fiscal como político y cuyo logro decisivo fue el Concordato de 1753. Por éste se obtuvo del papa Benedicto XIV el derecho de Patronato Universal, que supuso importantes beneficios económicos a la Corona y un gran control sobre el clero.
  • Florecimiento cultural con la creación en su reinado de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1752.

La política exterior de Carvajal

Durante la Guerra de Sucesión Austriaca y la de los Siete Años, España reforzó su poderío militar.

El principal conflicto fue el enfrentamiento con Portugal por la colonia de Sacramento, desde la que se facilitaba el contrabando británico por el Río de la Plata. José de Carvajal consiguió en 1750 que Portugal renunciase a tal colonia y a su pretensión de libre navegación por el Río de la Plata. A cambio, España cedió a Portugal dos zonas en la frontera brasileña, una en el Amazonia otra en el sur, en la que se encontraban siete de las treinta reducciones guaraníes de los jesuitas. Los españoles tuvieron que expulsar a los misioneros jesuitas, lo que generó un enfrentamiento con los guaraníes que duró once años.

El conflicto de las reducciones provocó una crisis en la Corte española. Ensenada, favorable a los jesuitas, y el padre Rávago, confesor del Rey y miembro de la Compañía de Jesús, fueron destituidos, acusados de entorpecer los acuerdos con Portugal.

Final del reinado

En agosto de 1758 falleció la reina en Aranjuez, lo que produjo un agravamiento en la salud del rey, hasta llegar a un alto grado de locura. Se recluyó en el palacio de Villaviciosa hasta su muerte, ocurrida en 1759, justo al año de la muerte de su esposa. Sus restos mortales descansan junto con los de su mujer en la Iglesia de Santa Bárbara, antiguo convento de las salesas reales. Fue sucedido por su medio hermano, Carlos III, hijo de Felipe V y la segunda esposa Isabel Farnesio al no tener descendencia propia.



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7/8/07

Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer

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Arthur Schopenhauer
Arthur Schopenhauer

Arthur Schopenhauer [ 'ʔatʰu:ɐ 'ʃo:pnhaʊɐ] (Sztutowo, Gdańsk, 22 de febrero de 1788Fráncfort del Meno, Alemania, 21 de septiembre de 1860) fue un filósofo alemán. Su filosofía, concebida esencialmente como una reacción ante los desarrollos metafísicos post-kantianos de sus contemporáneos, se siente deudora de Kant y Spinoza así como puente con la filosofía oriental; en especial con budismo e hinduísmo. Su obra más famosa, Die Welt als Wille und Vorstellung (" El mundo como voluntad y representación"), es una de las cumbres del idealismo occidental, cuya estética pesimista perdura en la obra de Cioran.

Denn da der ganze Mensch nur die Erscheinung seines Willens ist; so kann nichts verkehrter sein, als, von der Reflexion ausgehend, etwas Anderes sein zu wollen, als man ist <...> [Puesto que el hombre en su totalidad es sólo el fenómeno de su voluntad, nada puede resultar más absurdo que, partiendo de la reflexión, querer ser algo distinto de lo que se es <...>]

Die Welt als Wille und Vorstellung, I. iv, § 55


Biografía

Arthur Schopenhauer nació el 22 de febrero de 1788 en el seno de una acomodada famila de Danzig. El padre de Arthur, Heinrich Floris Schopenhauer, fue un próspero comerciante que inició a su hijo en el mundo de los negocios haciéndole emprender largos viajes por Francia e Inglaterra. Su madre, Johanna Henriette Trosenier, fue una escritora que alcanzó cierta notoriedad al organizar soirées literarias en la ciudad de Weimar. Tales reuniones le brindaron al joven Arthur la oportunidad de entrar en contacto con grandes personalidades del mundo cultural de su tiempo como Goethe y Wieland. Por lo demás, el carácter extravertido y jovial de Johanna contrastaba con la hosquedad y misantropía de su hijo. De ahí que la relación entre ambos fuera bastante conflictiva. Este rasgo de la personalidad de Schopenhauer condicionó también el trato con su única hermana, Adele, nueve años menor que él.

En 1793, poco antes de que Danzig fuera anexionada a Prusia, la familia se trasladó a Hamburgo. Por expreso mandato paterno y a contramano de su propia vocación, Schopenhauer inició en 1805 la carrera de comercio en calidad de aprendiz. Ese mismo año murió su padre —presumiblemente por suicidio. Sin embargo siempre llevó una buena relación con él, estima que aparece en sus escritos al agradecer que su independencia económica heredada de su progenitor le hubiera permitido llevar a cabo su verdadera vocación.— y el resto de la familia se trasladó a Weimar. Es allí donde su madre decidió iniciar las ya mencionadas tertulias literarias. Arthur, sin embargo, permaneció en Hamburgo con el fin de ejercer la profesión de comerciante.

No obstante, poco antes de cumplir los veinte años de edad, Schopenhauer decidió abandonar definitivamente el comercio para emprender estudios universitarios. De este modo, en 1809, se matriculó como estudiante de Medicina en la Universidad de Gotinga, donde asistió a varios cursos. Allí conoció a Gottlob Schulze, un profesor de filosofía que le aconsejó emprender el estudio pormenorizado de Platón y Kant, para que luego lo complementara con la lectura de las obras de Aristóteles y Spinoza.

La lectura de estos autores despertó en Schopenhauer su vocación filosófica y en 1811 se trasladó a Berlín, donde estudió durante dos años, para seguir los cursos de Fichte y Schleiermacher . Sin embargo, ambos filósofos —muy en boga por aquel entonces— sólo consiguieron decepcionarlo. Esto motivó en Schopenhauer un esporádico alejamiento de la filosofía y un súbito interés por la filología clásica. Asistió también a un buen número de cursos de ciencias naturales.

Ante la inminencia de los combates en contra de la ocupación napoleónica, Schopenhauer abandonó Berlín y, tras una breve estancia junto a su familia en Weimar, decidió retirarse a Rudolstadt. Allí terminó de redactar su tesis titulada Über die vierfache Wurzel des Satzes vom zureichenden Grunde ( La cuádruple raíz del principio de razón suficiente), escrito este que fue publicado en 1813 y que le valió el título de Doctor por la Universidad de Jena . Según una anécdota popular, pero de dudosa veracidad, su examen de doctorado estuvo marcado por su confrontación con Hegel, quien encabezaba el tribunal.

Poco tiempo después regresó a la casa materna en Weimar, donde tuvo la ocasión de vincularse con Goethe y de conocer al orientalista Friedrich Majer, quien lo introdujo en la antigua filosofía hindú.

De la fusión de las doctrinas brahmánicas y búdicas con las enseñanzas de Platón y Kant, había de surgir el núcleo del propio sistema schopenhaueriano, sistema éste que quedó definitivamente plasmado en su Hauptwerk intitulada Die Welt als Wille und Vorstellung ( "El mundo como voluntad y representación"). Schopenhauer escribió su obra capital durante los cuatro años que residió en Dresde y, aunque la primera edición apareció un año más tarde, la redacción del manuscrito concluyó en 1818.

A pesar de las grandes expectativas que Schopenhauer había cifrado respecto de su obra, ésta resultó un rotundo fracaso. Tanto fue así que, nueve años después de su aparición, todavía quedaban en los depósitos de la editorial Brockhaus ciento cincuenta ejemplares de una tirada de ochocientos, muchos de los cuales, a su vez, habían sido reciclados en lugar de venderse.

Entre los años 1818 y 1819, Schopenhauer viajó por Italia y visitó las ciudades de Florencia, Roma, Nápoles y Venecia.

En el verano de 1819, a raíz de una crisis financiera sin mayores consecuencias, se vio obligado a retornar a Alemania. Una vez allí, decidió entrar en la docencia. Fue admitido como profesor en la Universidad de Berlín, donde comenzó a dictar clases en marzo de 1820 como Privatdozent.

Con la expresa intención de competir con Hegel, que a la sazón era a todo efecto el filósofo oficial de la nación y gozaba de una inmensa popularidad, Schopenhauer hizo coincidir el horario de sus cursos con los de aquél, aunque sin éxito alguno. Su fugaz paso por los claustros duró sólo seis meses.

Schopenhauer emprendió, en 1822, un nuevo viaje a Italia. Más tarde, en 1825, regresó a Berlín, donde intentó infructuosamente regresar a la docencia.

En 1831, huyendo de una epidemia de cólera —que ese mismo año había de cobrarse la vida de Hegel—, Schopenhauer se radicó en Francfurt, donde llevó una vida apacible y recluida durante los últimos 28 años de su vida.



En 1844 vio la luz la segunda edición de su obra capital, considerablemente aumentada con cincuenta nuevos capítulos. Más tarde, en 1851, apareció una colección de ensayos y aforismos publicada bajo el nombre de Parerga und Paralipomena (Parerga y paralipómena). Esta obra le permitió a Schopenhauer alcanzar finalmente la repercusión y el renombre que por tanto tiempo le habían sido negados. La tercera y última edición de El mundo como voluntad y representación tuvo lugar en 1859.

Schopenhauer murió como consecuencia de un paro cardiorespiratorio el 21 de septiembre de 1860. [1]

Pensamiento

Schopenhauer, poco dado en principio a las licencias especulativas del idealismo objetivo, tomó como base de su propio sistema el criticismo de Kant. Sin embargo, mientras el Kant de la primera crítica negaba radicalmente la posibilidad de conocer el noúmeno o cosa en sí (Ding an sich), Schopenhauer sostuvo que mediante la introspección era posible acceder al conocimiento esencial del yo. Identificó a éste con un principio metafísico al que denominó "voluntad" o "voluntad de vivir" ( Wille zum Leben); de manera no completamente diferente a la de su detestado Hegel, sostuvo que la misma sustancia animaba realmente a la aparente pluralidad de las criaturas. Por otra parte, redujo los doce conceptos puros a priori del entendimiento (categorías) del sistema kantiano a uno sólo: el principio de razón suficiente o de causalidad.

El concepto de voluntad, en el estricto sentido schopenhaueriano, no alude a la mera facultad psíquica de querer sino que, antes bien, se refiere a un fundamento de carácter metafísico cuyo correlato sensible es el mundo fenoménico. En efecto: el mundo de los fenómenos —que a diferencia de la Voluntad está sujeto indefectiblemente a las coordenadas espacio-temporales determinadas por el principio de individuación (principium individuationis) y a la ley de causalidad—, no es más que la Voluntad misma objetivada que, en cuanto tal, debe ser entendida en términos de lo que Schopenhauer llama "representación" (Vorstellung).

Según Schopenhauer, la voluntad —en su modo de ser objetivado— se manifiesta en todos los estratos del mundo natural, desde la simple piedra hasta el hombre, en quien alcanza su grado máximo al adquirir la forma del deseo constante —en cuyo único caso pasa a identificarse con la noción corriente de voluntad—. En sí misma, sin embargo, la Voluntad no es otra cosa que "un ciego afán (Drang), un impulso (Trieb) carente por completo de fundamento y motivos" (El mundo como voluntad y representación , II. ii, 28). En otras palabras:

Bajo tales aspectos, entonces, resulta evidente que yo, con razón, haya puesto a la Voluntad de vivir como lo ulteriormente inexplicable, o más bien, como fundamento y base de toda explicación y que ésta —muy lejos de ser un palabrerío vacío como 'lo absoluto', 'lo infinito', 'la idea' y demás expresiones similares— sea lo más real (das Allerrealste) que conocemos; más aún: el núcleo de la realidad misma (der Kern der Realität selbst). (Ibid.)

Ahora bien, en la medida en que la voluntad se expresa en la vida anímica del hombre bajo la forma de un continuo deseo siempre insatisfecho, Schopenhauer concluye que "toda vida es esencialmente sufrimiento (Leiden)" (Op. cit., I. iv, § 56). Y aun cuando el hombre, tras múltiples esfuerzos, consigue mitigar o escapar momentáneamente del sufrimiento, termina por caer, de manera inexorable, en el insoportable vacío del aburrimiento. De ahí que la existencia humana sea un constante pendular entre la Escila del dolor (Schmerz) y la Caribdis del tedio (Langeweile), periplo éste que la inteligencia sólo puede anular a través de una serie de fases que conducen, progresivamente, a una negación consciente de la Voluntad de vivir.

Es por ello que Schopenhauer propone una huida del mundo. Con todo, no aprueba el suicidio como camino, ya que el suicida no renuncia a la vida en sí misma, sino a la que le ha tocado vivir en condiciones desfavorables. Por lo tanto, el filósofo reconocerá como válidas sólo tres alternativas, que jerarquiza según el grado de aniquilación de la Voluntad implicado en cada una de ellas:

  • la contemplación de la obra de arte como acto desinteresado, fundamento de su estética;
  • la práctica de la compasión, piedra angular de su ética;
  • la autonegación del yo (asimilable a una suerte de nirvana) mediante una vida ascética.

Por lo demás, Schopenhauer fue el primer gran filósofo occidental que puso en contacto los pensamientos de su época con los de Oriente y uno de los primeros en manifestarse abiertamente ateo (Bryan Magee: The Philosophy of Schopenhauer. New York, Oxford University Press, 1997 (2nd.), p. 287).

La originalidad y el carácter anticipativo del pensamiento schopenhaueriano dejó su fuerte e insoslayable impronta en autores de la talla de Friedrich Nietzsche, Sigmund Freud , Thomas Mann, Ludwig Wittgenstein, Eduard von Hartmann, Hans Vaihinger, Marcel Proust, Henri Bergson y É. M. Cioran, entre otros.

El concepto de impulso (Trieb) sin objeto, presumiblemente a través de la obra de Nietzsche, constituyó la base de la doctrina psicoanalítica de Sigmund Freud, otro pesimista.


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SHOPENHAUER O LA FELICIDAD ORIENTAL


(1788 – 1860)


"Todas las limitaciones contribuyen a la felicidad."


En el año 1851, después de haber sido rechazado por tres editores, se publicaba en Berlín el libro de Schopenhauer Parerga y Paralipómena, una extensa recopilación de aforismos y artículos sobre los más diversos temas, pero con una clara preocupación de fondo por la raíz del bienestar humano. Schopenhauer tenía entonces sesenta y tres años y aunque había tenido la suerte de heredar una gran fortuna, que le permitió dedicarse intensamente a la creación filosófica, no había experimentado la fama literaria hasta aquel momento.


Arthur Schopenhauer nació en Danzig el 22 de febrero de 1788. su padre era un próspero comerciante que le proporcionó una esmerada educación y la posibilidad de viajar desde muy joven. Al morir éste, en 1803, Schopenhauer abandonó el negocio familiar y empezó a estudiar medicina, disciplina que después de un año sustituyó por la filosofía a causa, como el mismo dijo, de la imposibilidad de resolver los problemas de la vida por medio de remedios naturales. Desde ese momento, su existencia estará marcado por una serie de decepciones: el fracaso universitario, el proceso judicial de su vecina Marquet que supondrá el secuestro judicial de su fortuna durante seis años, una desdichada relación amorosa con una corista, la enfermedad nerviosa que lo inmovilizará en la cama durante largas épocas...


Su tesis Sobre la cuádruple raíz del principio de razón suficiente está escrita en plena campaña militar de Napoleón en Rusia. Desde junio hasta noviembre de 1813 vivirá en un hostal en la idílica Rudolstadt, donde redactó la tesis en una absoluta soledad disfrutó de la felicidad de la creación. "Toda mi naturaleza rechazaba el ejército, era feliz de no ver ningún soldado, ni oír tambores aquel turbulento verano, rodeado como estaba de valles y montañas cubiertas de bosque; y me entregaba de manera ininterrumpida, en una honda soledad, a los más remotos problemas e investigaciones, sin que nada pudiera distraerme o dispersarme", escribe en el dietario, citado por Safranski.


Su obra más importante, El mundo como voluntad y representación, se publicó a principios del año 1819. a pesar de que él le atribuía una gran importancia, hasta llegar a asegurar que algunos párrafos le habían sido dictados por el Espíritu Santo, no causó ningún impacto. Un año después se trasladó a Berlín, donde intentó dar clases, sin tener cátedra alguna, a la misma hora en que Hegel dictaba sus lecciones (un claro antecedente de la idea de contraprogramación televisiva). Seis meses después, el eco de sus palabras en un aula vacía le confirmó que o sus ideas no eran lo bastante brillantes y originales (evidentemente, él se inclinó por la primera explicación) para competir con las del padre del espíritu absoluto y la conciencia insatisfecha.


La vida de este adinerado pensador idealista, sin embargo, estuvo repleta de anécdotas como la que se ha reseñado. Su carácter egoísta, vanidoso, molesto, grosero, violento, pesimista, dogmático, tendencioso y avaro lo llevó a sufrir algunos problemas, pero sobre todo a infligir un también considerable dolor a las personas que lo rodeaban. El escritor Herman Rollet lo describe de la siguiente manera: "Era un hombre de estatura media, de buena planta y siempre bien vestido aunque algo anticuado (...) tenía el cabello corto plateado y patillas largas de aire casi militar (...) una expresión irónica y sonriente. Pero, por lo general, mostraba una forma de ser taciturna y al expresarse resultaba casi extravagante, lo cual proporcionaba no poca materia de sátira..." Son conocidas, por ejemplo, sus opiniones vejatorias sobre las mujeres, o los comentarios racistas que acostumbraba hacer verbalmente y por escrito, y también su naturaleza ultraconservadora. Igual que Séneca, por tanto, su sensibilidad teórica respecto al sufrimiento de la humanidad en sus libros de ética no fue acompañada de ningún esfuerzo práctico para intentar reducirlo, sino al contrario.


Como cualquier clase de hombre cultivado, era extremadamente sensible a los ruidos de la vida cotidiana. Él mismo consideraba esta cualidad como un síntoma de inteligencia. El ruido dispersa, según Schopenhauer, y aquel que lo cultiva demuestra así su poca propensión a la concentración y el pensamiento. En el segundo volumen de su obra principal desarrolla una teoría al respecto.


Bertrand Russell, en su historia de la filosofía, hace un retrato ciertamente sorprendente de este autor (y lo digo sobre todo pensando en su carga irónica): "Tenía un perro llamado Atma (el alma del mundo), daba un paseo diario de dos horas, fumaba en una larga pipa, leía el Times de Londres y utilizaba corresponsales para recoger pruebas de su fama. Era antidemocrático y odió la revolución de 1848; creía en el espiritualismo y en la magia; en su estudio tenía un busto de Kant y una estatua de bronce de Buda. Intentó comportarse como Kant, excepto en la cuestión de levantarse temprano."


La opinión de Russell queda confirmada por la noticia que atribuye a Schopenhauer, durante la revolución de 1848 en Frankfurt, el hecho de subir al tejado de su casa y empezar a disparar de forma indiscriminada sobre los manifestantes que reivindicaban unas condiciones de vida mejores. Con posterioridad a este hecho, cuando tuvo que justificarlo, afirmó que no quería que nadie hiciera el trabajo sucio que podía hacer él mismo. En una ocasión le molestó la presencia de una modistilla que hablaba con un amigo ante su puerta, enviándola de empujón escaleras abajo y causándole heridas que le provocaron una incapacidad permanente. Un tribunal lo condenó a pagarle una cantidad de dinero al mes mientras viviera. Veinte años más tarde, el día en que murió dicha mujer, Schopenhauer escribe en su dietario: "obit anus, abit onus" (Muerta la vieja, muerta la carga).


Desde muy joven reparte el día de la siguiente manera: por la mañana escribe tres horas, ya que piensa que es imposible dedicarse a una tarea intelectual más tiempo seguido sin que la obra se resienta, después de las cuales se relaja tocando la flauta; alarga bastante la hora de comer, hay días en que no se levanta de la mesa hasta las cinco: tiene un hambre descomunal, mientras come no habla y sólo charla en el rao del café; por la tarde, alterna la lectura con un largo pase que da siempre independientemente del tiempo; por la noche, va a el teatro, adonde acostumbra llegar tarde, se sale antes de tiempo y demuestra de manera ostentosa sus opiniones con gritos cuando una obra no le gusta –es un buen amante de la ópera italiana, sobre todo de Rossini–; antes de dormir, todavía tiene tiempo para meditar un rato sobre los Upanishads: "Cuando se obtiene felicidad se actúa. Cuando no se obtiene felicidad no se actúa. Sólo si se obtiene felicidad se actúa. Pero es necesario desear conocer la felicidad (...) Deseo conocer la felicidad, venerable", leía de madrugada repasando los capítulos de este texto sagrado de la India.


El siglo XIX es un siglo de reformas sociales, pero también un siglo pesimista. Si es verdad, por tanto, que esta centuria ha producido las bases teóricas de las futuras revueltas populares de carácter democrático y socialista, no es menos cierto que este optimismo esencial del pensamiento de carácter marxista ha tenido que compartir época con "las teorías pesimistas más radicales que jamás hayan sido formuladas", según la opinión de numerosos historiadores. Una buena muestra de ello podemos encontrarla en la literatura: los héroes valerosos del pasado son sustituidos por individuos pusilánimes que evidencian en cada uno de sus actos la vacuidad y la inutilidad de la vida. El propio Stendhal escribe: "si alguien mantiene que es feliz, seguro que está de broma."


En el segundo volumen de su obra principal, Schopenhauer describe su época como un infierno dantesco. Un averno que es provocado por el ilimitado egoísmo de los hombres y su manifiesta maldad: "A la edad de cinco años entran los niños en las fábricas textiles o en cualquier fábrica y, desde ese momento, tendrán que pagar caro el placer de respirar: pasarán al principio diez, luego doce y finalmente catorce horas diarias ejecutando el mismo trabajo mecánico. Pero ése es el destino de millones, y mucho otros millones tienen un destino análogo."


El pensamiento de Schopenhauer sintoniza claramente con esta tendencia triste, reconoce que el dolor es la experiencia más elemental y profunda que espera a cualquier individuo, y predica una actitud ascética y estética, de espaldas a la vida, par superarlo. La felicidad se identifica con el reposo, con la quietud, con la característica marginalidad de aquellos que se alejan del rumor de la avidez. El carácter pulsional de la vida del hombre sitúa el centro de su existencia en el deseo, y esta misma realidad lo condena a vivir encadenado a la noria que mueve la aspiración moderna de felicidad, sin llegar a disfrutar nunca plenamente de esta codiciada recompensa. Bertrand Russell escribe al respecto: "La felicidad para Schopenhauer no existe porque el deseo insatisfecho causa dolor y el deseo satisfecho sólo provoca saciedad."


La estética es la parte de la filosofía que Schopenhauer reivindica para entender el mundo. los conceptos del pensamiento clásico, así como los de la ciencia, siempre según esta concepción, no pueden explicar la existencia. El arte penetra en el meollo de la vida, la verdad o el bien de manera mucho más precisa que los argumentos, las ecuaciones, los sistemas o los lamentos propios de otras tradiciones culturales. Así se explica por qué Schopenhauer se convirtió en la coartada intelectual de muchos artistas. Es evidente su influencia, por ejemplo, sobre Wagner, Thomas Mann, Marcel Proust, Kafka o Samuel Beckett, por citar solamente unos cuantos casos. "La filosofía de Schopenhauer ha sido entendida siempre como una filosofía por excelencia de los artistas", escribe Mann.


En el libro mencionado al principio, Parerga y Paralipómena, se incluye una colección de aforismos sobre el arte de vivir, de los que hemos seleccionado aquí una pequeña muestra, que contribuyó mucho más que su obra principal a la tardía popularidad de Schopenhauer. El carácter intencionadamente autobiográfico de estas reflexiones y su optimismo lo alejan de la filosofía sistemática y desesperanzada que había cultivado durante toda su vida.


El deseo que Schopenhauer analiza es indinito. La vida del hombre se encuentra atrapada dentro del círculo infernal de unas ganas que no tienen ningún objetivo definido si no es la perpetuación de su movimiento circular. Nada saciará por completo ese apetito. La única vía de liberación posible es romper la rueda del delirio apaciguando nuestros deseos, la misma solución de los estoicos y de los budistas –no en vano Schopenhauer fue un buen conocedor de la filosofía oriental–. Escribe en su diario: "Cuando tenía diecisiete años y no tenía ningún tipo de instrucción superior, me cautivó la desolación de la vida tal y como le había pasado a Buda en su juventud al contemplar la enfermedad, la vejez, el dolor y la muerte." "Quien se interesa por la vida", escribe Mann en una de sus obras más emblemáticas, "se interesa sobre todo por la muerte", aunque también afirma que "quien se interesa por la muerte, en ella busca la vida".



Su arte de vivir no será tanto un canto a la avidez como una reflexión sobre la renuncia a la existencia, del mismo modo que su ética se construirá antes sobre una serie de estrategias intelectuales o de argucias para sobrevivir un tiempo de indigencia que sobre grandes principios o valores claramente definidos. La invitación clásica a una vida contemplativa que recoge Schopenhauer será, por tanto, una consecuencia lógica de este planteamiento de abandono de la vida, i no, como algunos han querido ver, la provocación de un rentista rico que se burla de los que tiñen que comprar su derecho a respirar con catorce horas de trajo agotador en los telares: "sólo es feliz quien en la vida, no quiere la vida, es decir, no persigue sus bienes. Ya que la carga se vuelve ligera", escribe en su diario.


Su reflexión sobre el arte de sobrevivir empieza con una referencia a Aristóteles: "Aristóteles ha dividido los bienes de la vida humana en tres clases: los externos, los del alma y los del cuerpo." Conservando esta misma división, Schopenhauer afirma que la diferente suerte de los mortales puede reducirse a tres condiciones fundamentales: primera, lo que es; segunda, lo que uno tiene, o tercera, lo que uno representa, es decir, lo que otros piensan de mí. Desde luego, muy sintéticamente, el resto de la obra no consistirá en otra cosa sino en la defensa de lo que uno es sobre sus posesiones o la opinión de la gente, como fuente de bienestar.


Para Schopenhauer, todo lo que nos pasa, todo lo que existe, no pasa no existe inmediatamente, sino en nuestra conciencia. El mundo que vive cada cual dependerá sobre todo de la manera de concebirlo en el cerebro, en un claro antecedente de una de las corrientes de la psicología más practicadas en estos últimos años: el cognitivismo. Ésta es la razón que justifica, según este pensador, que la subjetividad sea más importante para entender la raíz de nuestro verdadero bienestar que lo objetivo, aunque sean factores tan determinantes como el hambre, las enfermedades o la guerra, en un planteamiento típicamente idealista. La condición primera y más esencial para la felicidad es la personalidad, ya que no está sometida a la fortuna, como las otras dos categorías, ni puede senos arrebatada. Así pues, lo más importante para la felicidad de la vida es lo que cada cual tiene en sí mismo.


Ésta es la misma opinión que defiende en el segundo capítulo de su obra a partir de una referencia a la lengua inglesa que no deja de ser divertida. Schopenhauer nos dice que el inglés es el idioma que mejor caracteriza su pensamiento en este punto, ya que en inglés de dice, por ejemplo, to enjoy one's self, que quiere decir disfruta tu mismo, para anunciarnos el valor de un libro, una cita o un viaje, acentuando el valor interno del individuo a la hora de realizar la acción, y no la posible valía de la actividad o del objeto externo por sí mismo.


Los dos enemigos más importantes de cualquier vida son el dolor y el aburrimiento, ya que cuando nos parece que nos alejamos del uno nos acercamos al otro y viceversa. La necesidad y la privación, afirma Schopenhauer, engendran dolor; de la misma manera que el bienestar y la abundancia hacen brotar el tedio. El único remedio contra estos males del alma es la riqueza interior, la riqueza de espíritu. El hombre inteligente aspirará en primer lugar a evitar cualquier malestar y buscará el bienestar en una vida tranquila de ocio y de reposo, aunque este planteamiento conduzca indefectiblemente a la soledad. Un poco más adelante nos recordará aquel apólogo que tanto le gustaba mencionar a Freud: los hombres se parecen a los puercos espines que, como consecuencia del frío de invierno, se juntan hasta clavarse las púas. La soledad ofrece al hombre intelectualmente capaz, añadirá en el comentario final, una doble ventaja: la primera, estar consigo mismo, y la segunda, no estar con los demás. El propio Voltaire había llegado a decir: "La terre est couverte de gens qui ne méritent pas qu'on leur parle." Un hombre rico interiormente sólo pide al mundo exterior un don negativo, a saber: tiempo libre para poder desarrollar y perfeccionar las facultades de su espíritu y poder disfrutar de sus riquezas interiores; reclama, por tanto, únicamente, toda su vida, todos los días y todas las horas, ser él mismo, afirma Schopenhauer. La felicidad está en el ocio, como dijo Aristóteles; Sócrates alabó el ocio como la más de las riquezas. Tiempo para poder cultivar la sabiduría, a que el saber es la parte más importante del gozo que nos presenta Schopenhauer. En otro apartado de este capítulo, y en este mismo sentido, podemos leer, como una muestra más de su talante negativo y guasón, una de las sentencias que más hemos utilizado en defensa de esta ultrajada materia: "Mi filosofía no me ha hecho ganar nada, pero me ha ahorrado muchas cosas."

En el aparatado dedicado al honor sexual, encontramos un claro ejemplo de sexismo que le atribuíamos al empezar: "El sexo femenino lo reclama y espera todo del sexo masculino, todo lo que desea y todo lo que le es necesario; el sexo masculino sólo exige al otro una única cosa. Se ha tenido que arreglar, por tanto, de manera que el sexo masculino no pudiera obtener esta única cosa sin antes cuidarse del todo." El honor, acaba diciendo Schopenhauer, es un código extraño, bárbaro, ridículo, que no tiene nada que ver con la esencia de la naturaleza humana o con una manera sensata de examinar las relaciones entre los hombres. Ni los griegos, ni los romanos, ni los pueblos asiáticos supieron nada, afortunadamente, de esta dolencia.


El libro se acaba con el comentario de cincuenta y tres máximas referentes a nuestra conducta, respecto a los demás y, finalmente, acerca de la fortuna. Entre las primeras, podríamos destacar la que inicia el capítulo por la relevancia que tiene en el pensamiento de Schopenhauer, así, se inscribe claramente en una corriente histórica socarrona y práctica que incluye entre sus representantes más destacados a Aristóteles, que ya nos anticipó que debemos aplicarnos más a evitar el mal que a procurarnos placer. El hombre más feliz es, pues, el que se pasa la vida entera sin demasiados dolores de cabeza, ya sean físicos o morales.


Como nos anticipaba el propio Schopenhauer en la introducción, y como nos recuerda Platón en algunos de sus escritos, los sabios de todos los tiempos han dicho siempre lo mismo, y los memos de todos los tiempos han hecho y dicho también siempre lo mismo, y siempre continuará siendo así. Por ello escribe Voltaire: "Nous laisserons ce monde ci aussi sot et aussi mérchant que nous l'avons trouvé en y arrivant", aunque ahora nos toca decidir a nosotros en qué categoría clasificamos el pensamiento de este viejo chocho. O lo que quizás es aún más importante, a qué bando queremos incorporarnos.


A finales del mes de abril de 1860, Schopenhauer tiene un fuerte ataque de asfixia que, a pesar de ser un aviso inequívoco del final próximo que le espera, no camia ni un ápice su vida cotidiana: continúa paseando, yendo al teatro o bañándose en las frías aguas del río Main. Parece que sólo hay una cosa con suficiente importancia para aturdirlo y, en este sentido, también se podría establecer un evidente paralelismo con Wittgenstein: "Que los gusanos fueran enseguida a roer su cuerpo no era un pensamiento temible para él; pero pensaba con horror en cómo sería destrozado su espíritu a manos de los catedráticos de filosofía."


Pocos días antes de este último momento de clarividencia suprema añadió a mano la siguiente nota a su libro de aforismos: "Ya que nuestro placer más grande consiste en ser admirados, pero los admiradores no se presentan a admirar con facilidad, ni siquiera cuando hay motivos para hacerlo, el más feliz será aquel que, de la manera que sea, consiga admirarse a sí mismo con sinceridad."


UNDÉCIMA LECCIÓN


La vida del hombre se encuentra dentro del círculo infernal de unas ganas que no tienen ningún objetivo definido si no es la perpetuación de su movimiento. La condición primera y más esencial para la felicidad es controlar este afán a fuerza de construir una fuerte personalidad. Así pues, lo más importante para la felicidad de la vida es lo que cada cual tiene en sí mismo. Los dos enemigos más importantes de cualquier persona son el dolor y el aburrimiento, ya que cuando nos parece que nos alejamos del uno, nos acercamos al otro y viceversa. El único remedio contra estos males también es el anteriormente mencionado, la riqueza del espíritu.


La soledad ofrece al hombre intelectualmente capaz una doble ventaja: la primera, estar consigo mismo, y la segunda, no estar con los demás: "La sociedad se puede comparar a una hoguera con al que el hombre prudente se calienta a distancia, pero sin acercarse tanto como el necio que, después de haberse quemado, huye al frío de la soledad y se lamenta de que el fuego queme." La constatación más importante de Schopenhauer es, según la formulación de La Bruyère, que "todos nuestros males se derivan del hecho de no poder estar solos".


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