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21/12/07

¿Por qué Hitler invadió la URSS?

Fernando Díaz Villanueva: ¿Por qué Hitler invadió la URSS?

¿Por qué Hitler invadió la URSS?

RetratoHitler.jpg Es un lugar común que el mayor error de los alemanes en la Segunda Guerra Mundial fue invadir la URSS. Si no se hubiesen metido en aquel berenjenal, se dice, Hitler habría concluido con éxito la aventura militar de 1939-40 doblegando la resistencia inglesa e imponiendo un nuevo orden en el continente. Tal vez, años más tarde, nazis y soviéticos se hubiesen visto las caras en una nueva e inevitable confrontación, pero Alemania estaría ya en condiciones de plantarse frente a la mole rusa con ciertas garantías y el dominio alemán en Europa sería incontestable.

Si es así, que no lo es, el gran interrogante radica en saber por qué el invicto Hitler se embarcó en una campaña que tenía perdida de antemano complicándose de paso una guerra que le iba viento en popa. La explicación más habitual a algo, aparentemente, tan irracional es incidir en la locura del Führer que, borracho de triunfo tras aplastar a Francia, se sintió llamado por la historia a liquidar de un plumazo el imperio bolchevique que estaba poblado, además, por eslavos inferiores llamados únicamente a servir al nuevo amo ario. Para ello ignoró los consejos de sus generales y se dejó llevar por un optimismo enfermizo, sobreestimando sus propias fuerzas e infravalorando las del adversario.

Lo cierto es que Hitler no pensó en ningún momento que la invasión de Rusia iba a complicarle la guerra sino a hacérsela mucho más llevadera. Estaba convencido –él y todo su Estado Mayor– que, más tarde o más temprano se terminaría formando una entente, parecida a la de la Primera Guerra Mundial, formada por los Estados Unidos, Rusia e Inglaterra. Si, anticipándose, eliminaba a uno de sus futuros enemigos, la tentativa quedaría conjurada para siempre. El problema, su problema, es que sólo estaba en guerra con uno de ellos, con el Reino Unido. Con Estados Unidos existía una relación tensa pero pacifica, y a la Rusia de Stalin le unía un pacto de no agresión gracias al cual había invadido Polonia a placer.

Lo lógico, visto desde hoy, es que hubiera intensificado su ofensiva contra Inglaterra, pero Alemania no estaba preparada para mantener los ataques aéreos, y mucho menos para efectuar un desembarco en las costas británicas. La Inglaterra de 1940 era una potencia mundial, mucho más poderosa que Rusia y dotada de una Armada realmente temible. Las islas británicas, por añadidura, carecían de valor estratégico para los nazis. Era un archipiélago periférico y aislado que, debidamente controlado, poco o nada podía hacer por interponerse en los planes de Hitler.

Rusia, por el contrario, se antojaba en Berlín como un desastre sin paliativos en lo militar. La derrota del Ejército Rojo en Finlandia durante el invierno de 1939 frente a un puñado de guerrilleros emboscados en la taiga venía a demostrarlo. Stalin había decapitado a la cúpula militar en las purgas de 1937-38 y el armamento con el que contaba el Ejército Rojo era bastante peor que el del alemán. Por último, las llanuras rusas eran el campo de batalla ideal para la táctica preferida de los estrategas del Reich: la blitzkrieg, un tipo de ataque novedoso, rápido, letal e imposible de frenar.

A diferencia de Inglaterra, Rusia sí era estratégico, y mucho. A espaldas del Reich todo era Unión Soviética, miles de kilómetros de frontera virtualmente indefendibles. Prácticamente todo el petróleo que Alemania consumía procedía de los yacimientos del Mar Caspio. Esto, junto a la industria pesada y, sobre todo, el feraz campo ucraniano, podían poner en jaque mate a la máquina bélica alemana si Stalin decidía aliarse con Inglaterra.

En el Berlín de 1940 se pensaba, naturalmente, que los eslavos eran seres inferiores pero, por encima de la ideología, los generales de Hitler estaban persuadidos de que, amén de lo anterior, los pueblos que convivían de mala manera en el seno soviético estaban muy desmotivados tras 20 años de miseria y hambrunas. Esto llevaría a bielorrusos, ucranianos o lituanos a recibir a los invasores como liberadores o, en el peor de los casos, a no ofrecer resistencia.

Vistas así las cosas, que es como estaban entonces, lo más oportuno era entrar en Rusia cuanto antes y quitarse el problema de en medio. Hitler, efectivamente, era un peligroso desequilibrado mental, pero no planificó la campaña de Rusia bajo el influjo de la locura. Midió bien sus pasos y estaba convencido de que iba a ganar.

En junio de 1941 dio comienzo la Operación Barbarroja. El generalato nazi, que se las prometía tan felices, se dio de bruces con la realidad y la guerra mundial inauguró su teatro de operaciones más mortífero e inhumano. Un ejemplo perfecto de cómo en la guerra no hay nada seguro y como una decisión equivocada, sólo una, puede llevar a colapso definitivo.

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17/12/07

s2t2 -Leonor de Navarra, la reina que reinó quince días


Leonor de Navarra, la reina que reinó quince días

escudonavarra.jpgA pesar de que nuestra Edad Media está plagada de Leonores, sólo una llegó a ser reina de verdad; "propietaria", que se decía entonces. Del antiguo reino de Navarra. Lo fue durante dos semanas y por pura chiripa, después de luchar por la corona toda su vida.

El sino de esta Leonor comienza a escribirse casi un siglo antes, cuando Martín el Humano, hijo de Leonor de Sicilia, rey de Aragón y último soberano de la Casa de Barcelona, murió allá por 1410 sin dejar descendencia y, lo que es peor, sin preocuparse de nombrar heredero. El desasosiego de encontrarse sin monarca impulsó a tres catalanes, tres aragoneses y tres valencianos a reunirse en la localidad zaragozana de Caspe para deliberar quién contaba con derecho y mérito para suceder al finado. La corona le cayó en suerte a un infante castellano, Fernando I de Trastámara.

La alegría, sin embargo, le duró poco. Se casó con otra Leonor (de Castilla), y a los cuatro años murió de una afección renal. Todo lo que tenía se lo dejó a su hijo primogénito, que se llamaba Alfonso. Con los años este Alfonso resultó ser un fenómeno de la gobernación, tanto que ha pasado a la historia como El Magnánimo. Conquistó Sicilia y Nápoles, pacificó Cerdeña y se dedicó a guerrear a placer contra franceses y genoveses, a quienes se la tenía jurada. Su hermano Juan, entretanto, se había quedado en España compuesto y sin reino. Duro destino para un infante ambicioso y con toda la vida por delante. Como no podía destronar a su propio hermano en Aragón, lo intentó primero con Castilla, pero ese era un hueso duro de roer. Testarudo como era, lo intentó en varias ocasiones; y fracasó en todas.

Eliminada la corona de Castilla, su hermano le buscó acomodo en Sicilia como gobernador. Cortejó a la princesa Juana de Nápoles, pero ésta, que era muy suya, le dejó plantado por un Borbón, un caballero francés llamado Jacques, intolerable. Allí, matando el aburrimiento de cacería en cacería, conoció a una viuda española que estaba de muy buen ver. Se trataba de Blanca de Navarra, heredera de un pequeño reino que había quedado encajonado entre los Pirineos y el Ebro. Tanto se gustaron que la cosa terminó en boda. Blanca, que, casualidades del destino, era hija de otra Leonor, le dio cuatro hermosos hijos: Carlos, Juana, Blanca y Leonor. Para Juan era un premio de consolación. Si no podía ser rey de Aragón porque su hermano estaba primero, la corona de la menuda y manejable Navarra le servía para seguir enredando en Castilla, que era, dicho sea de paso, su obsesión particular.

Juan era, gracias a su esposa, rey consorte de Navarra; gracias a su hermano, gobernador de Aragón y Valencia, y, gracias a su padre, duque de Peñafiel, es decir, vasallo del rey de Castilla. Tocaba de cerca tres coronas y ninguna era suya. Cosas de la Edad Media que no hay quien entienda.

Como la Providencia había sido generosa en descendencia, Blanca y Juan empezaron a disponer desde bien pronto el futuro de los vástagos reales. Para Carlos, el Principado de Viana, que era el equivalente navarro al Principado de Asturias. A las niñas las reservó para afianzar las relaciones dinásticas con otras casas notables. Blanca, la mayor, fue entregada en matrimonio a Enrique de Castilla, y Leonor a un príncipe francés con nombre de cuento: Gastón de Foix.

Lo de Blanca con el heredero de Castilla no terminó de funcionar. Normal: Enrique, que pasaría a la historia como El Impotente, era homosexual, y no llegó a mantener una sola relación con su esposa. O al menos así lo entendió el Papa Nicolás V cuando anuló el matrimonio, unos años después.

Con todo, el reino de Navarra parecía funcionar. El pueblo quería a la reina, la nobleza no incordiaba más de lo habitual y, aunque el consorte no era muy del agrado de los navarros, no había motivos para preocuparse, ya que el príncipe Carlos crecía sano y fuerte. Hasta que sucedió el desastre: la reina murió. Blanca, que bebía los vientos por su marido, había estipulado en secreto que, mientras Juan viviese, su hijo Carlos no podía hacerse con la corona. Esto sentó a cuerno quemado a buena parte del reino, especialmente a la parte que capitaneaba un tal Juan de Beaumont, jefe de los beamonteses, buena gente de la montaña que no tragaba al usurpador aragonés.

El rey, sabedor de la insurrección que le aguardaba, se atrajo a su propio bando para garantizarse la Corona, el de los agramonteses, liderado por un tal Pedro de Agramunt, cabecilla de la buena gente de la ribera. Al final pasó lo que tenía que pasar: los dos bandos llegaron a las manos y Carlos, viendo que esa era la oportunidad de aventar al intruso de su padre, se alió con los beamonteses. Estalló una guerra civil que enfrentó al padre y al hijo, a Juan de Aragón y el Príncipe de Viana, dando comienzo a una de los más novelescos culebrones de nuestra historia. Leonor se puso de parte del padre, Blanca del hermano, y el rey de Castilla, ojo avizor por si pescaba algo, osciló entre uno y otro sin decidirse del todo.

Juan –más sabe el diablo por viejo que por diablo– le ganó el pulso a su hijo, y éste se vio obligado a huir a Nápoles a contar sus penas a su tío Alfonso, el rey de Aragón. Alfonso, sin embargo, tenía los días contados. Murió unos meses después; y se volvió a liar. Los catalanes vieron que Carlos bien podría ser, además de rey de Navarra, príncipe de Cataluña, lo que enfureció, y con razón, a su padre. Ordenó que le encarcelasen, la Generalidad protestó, Juan liberó al príncipe, que, cuando ya todo parecía haberse arreglado, murió en Barcelona de una inoportuna tuberculosis. Tal era la veneración que por él tenían los catalanes que mandaron que fuese sepultado en el monasterio de Poblet, junto al resto de monarcas de la Corona de Aragón.

Leonor, que se había mantenido fiel a su padre con idea de saltarse por dos veces la línea sucesoria, recogió lo que había sembrado, pero no del todo. Llegó a un acuerdo con su padre en Olite (una "concordia", que se llamaba entonces), pero éste no quiso entregarle la corona. Y eso que la infanta había hecho méritos sobrados para conseguirla. Liquidó a su hermana Blanca, que había sido repudiada por Juan, con un bebedizo y se trasladó junto a Gastón a vivir al sur del Pirineo, a la ciudad de Sangüesa.

Juan, que ya era Juan II de Aragón, había cambiado mucho en los veinte años que transcurrieron entre la muerte de su esposa y la de su hijo. Se había vuelto a casar, con una aristócrata castellana nada menos, y la vida le había sonreído con el nacimiento de un nuevo heredero: Fernando, que con el andar del tiempo llegaría a convertirse en Fernando el Católico. Pero la cosa volvería a torcerse.

Gastón de Foix y Leonor habían sido nombrados lugartenientes vitalicios del reino y herederos de la Corona, pero Juan era hombre de humor cambiante: se pensó dos veces lo de la herencia y destituyó a Leonor para colocar en su lugar a su nieto, el joven Gastón. Nueva guerra familiar. Juan, que adoraba los golpes de efecto para impresionar al rival, mandó ejecutar a Nicolás de Chávarri, obispo de Pamplona y consejero privado de su hija. Leonor, sospechando que ella sería la siguiente, se atrincheró y solicitó ayuda a los beamonteses, los mismos que, unos años antes, había combatido por ser valedores de la candidatura de su hermano. Su marido cabalgó hasta Bearn, al otro lado del Pirineo, a por refuerzos, y cuando volvía con ellos murió, quizá de la fatiga o quizá de la impotencia de ver cómo su frágil reino se extinguía sin remedio.

Al final, padre e hija, que habían aguantado hasta el final, llegaron a un acuerdo por el cual, cuando Juan muriese, ella heredaría la corona. Así sucedió, aunque Leonor pudo paladear su tan anhelado triunfo tan sólo dos semanas, que, eso sí, le debieron de saber a gloria. A mediados de febrero de 1479 murió, en Tudela, exhausta de tanto ajetreo. Le sucedió su nieto Francisco Febo, un débil niño de diez años que no llegaría a cumplir los quince.

El reino de Navarra daba sus últimas boqueadas en la historia. Un cuarto de siglo después, el hermanastro de Leonor, Fernando el Católico, anexionaría Navarra a Castilla, "guardando los fueros e costumbres del dicho regno". La España que quedó entonces configurada, la que hoy conocemos, es la misma (o casi) sobre la que reinará algún día la recién nacida infanta Leonor de Borbón. Confiemos en que su reinado no sea tan breve. Su antecesora navarra contemplará complacida desde arriba cómo, después de cinco siglos y medio, una reina vuelve a llevar su nombre.

Fernando Díaz Villanueva:
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11/12/07

s2t2 -1898, el año que perdimos Cuba

1898, el año que perdimos Cuba

Por Fernando Díaz Villanueva

Detalle de una litografía sobre la batalla de la bahía de Santiago de Cuba.
La guerra que condujo a la liquidación de los restos del Imperio, es decir, la Guerra de Cuba, es la constatación de que a perro flaco todo son pulgas. Y no sólo por lo que se perdió, que fue mucho, sino por el modo en que se hizo. En apenas unos meses, entre la primavera y el verano de 1898, nuestra dilatada presencia en América quedó reducida a cenizas.
Lo que tan duramente se había conservado durante más de cuatro siglos nos lo quitaron de las manos en unos pocos meses. A muchos, entonces, ni les importó: aquélla fue una era dorada de la tauromaquia, y las gestas de Frascuelo en el albero movían más voluntades que las vicisitudes de la flota de ultramar. Otros, sin embargo, quedaron tan marcados que bautizaron el tropezón como "el Desastre del 98" o, simplemente, "el Desastre".
España se ha había convertido en una potencia de segunda que vivía placenteramente ignorando y siendo ignorada por todos. Ni tan arrastrada como las azoradas naciones de Oriente ni tan vigorosa como nuestros vecinos del continente. De su antiguo esplendor colonial conservaba poco: algunas islillas insignificantes en el Océano Pacífico, el archipiélago filipino y dos pequeñas colonias en América. De estas dos la más preciada era Cuba, la muy leal isla de Cuba, que, tras el terremoto de las guerras de independencia de principios del XIX, había permanecido fiel a la Corona.
Al igual que las colonias del continente americano se habían independizado aprovechando la invasión napoleónica, los independentistas cubanos vieron que, con el destronamiento de Isabel II y el desorden que le siguió, la ocasión la pintaban calva. En 1868, al grito de "¡Viva Cuba Libre!", en la localidad de Yara estalló la primera revuelta. Reconducir la situación llevó años: diez exactamente; los mismos que España invirtió en buscarse un nuevo rey, echarle, proclamar la República, abolirla en unos meses, traer al hijo de la reina exiliada y, entretanto, guerrear con la insurrección carlista. Martínez Campos, un curtido general que había estado a las órdenes de Prim en África y había participado en la campaña mexicana de 1862, alcanzó un generoso acuerdo con los rebeldes en Zanjón. Su espíritu conciliador y la magnanimidad con la que trató a los insurgentes ganaron la paz.
José Martí.El equilibrio se mantendría durante algo más de quince años. En 1895 los cubanos, capitaneados por José Martí, volvieron a gritar aquello de la Cuba Libre; esta vez en Baire. De aquí que, salvando los aquelarres revolucionarios del castrismo, hoy en Cuba se celebren los dos gritos, el de Yara y el de Baire, con honores de fiesta nacional.
El brote del 95 fue mucho más violento. Los rebeldes habían sacado valiosas lecciones de la guerra de los diez años. En lugar de enfrentarse a pecho descubierto a las tropas españolas, ensayaron un tipo de guerrilla económica centrada en incendiar los ingenios azucareros, que eran, por otra parte, el sustento económico de la colonia. El impacto fue tal que la producción de azúcar, que en 1894 había superado el millón de toneladas, dos años después apenas llegaba a las 300.000.
El Gobierno de Cánovas envió a Martínez Campos, el artífice de la paz de Zanjón, para que sofocase el motín. El general pronto se dio cuenta de que esta vez iba en serio. Los independentistas gozaban de un apoyo popular muy amplio, especialmente en el campo. Sólo las ciudades eran resueltamente leales a la metrópoli; y ni eso, porque la parte oriental de la isla estaba dominada al completo por los rebeldes. Unos meses después de su llegada, un desmoralizado Martínez Campos dimitió y volvió a España. Cánovas encontró rápido un recambio, el general Valeriano Weyler y Nicolau, un mallorquín con una hoja de servicios excelente.
Weyler cambió de estrategia. Para ahogar la revuelta en el campo decretó la concentración de sus habitantes en las ciudades. La decisión fue catastrófica en términos humanos. Se amontonó a la población rural en campos en los que faltaba comida, agua y medicinas. Hasta 200.000 personas murieron por causa del malhadado Decreto de Reconcentración, que sirvió, además, para que ingleses y americanos denunciasen en todo el mundo las salvajadas de los españoles en Cuba. Huelga decir que ambos se valieron de medidas semejantes en Filipinas y Sudáfrica pocos años después, pero, claro, para entonces concentrar a la población ya se había convertido en una medida de guerra legítima.
Además, Weyler hizo cavar dos fosos que atravesaban Cuba de norte a sur, con objeto de evitar que los guerrilleros se colasen en la parte española de la isla. Lo consiguió, pero a costa de pedir inmensos sacrificios a la tropa y de dejar la guerra en un angustioso tiempo muerto.
En el verano de 1897 un anarquista de nombre Angiolillo asesinó a tiros al presidente del Gobierno en un balneario guipuzcoano. Sagasta, líder del Partido Liberal, le sucedió en el cargo. Lo primero que hizo fue destituir fulminantemente a Weyler, de quien ya muchos echaban pestes y al que acusaban de ineficacia. No en vano las medidas del general habían estancado la guerra y estaban dejando a la otrora vibrante y próspera colonia convertida en un arrasado erial. El nuevo Gabinete dictó un decreto de autonomía para Cuba y Puerto Rico y llegó a un acuerdo con los rebeldes filipinos, que, en el otro lado del mundo, también se habían levantado en armas contra la metrópoli.
Fotografía del Regimiento de Infantería Mallorca durante la Guerra de Cuba.Justo cuando la cosa parecía haberse arreglado entró un tercer jugador en la partida: los Estados Unidos de América. Los americanos, que no eran aún la superpotencia de hoy en día pero ya apuntaban maneras, se encontraban en plena expansión demográfica y económica. Cuba era, para sus políticos y empresarios, un apetecible caramelo, una extensión natural del estado de Florida. Así se lo hizo saber el presidente McKinley a la regente María Cristina de Habsburgo cuando, en un mensaje secreto, le ofreció comprarle la isla por una generosa cantidad.
No era, en principio, nada descabellada la oferta. En 1819 Quincy Adams le había comprado Florida a Fernando VII por cinco millones de dólares. Entonces nadie se rasgó las vestiduras, porque Florida era un territorio marginal y los virreinatos del sur permanecían –por poco tiempo– leales a la Corona. En 1898 la cosa era bien distinta: se trataba de un insulto. La regente sabía que, si cedía Cuba, supondría el fin del sistema de la Restauración y, por descontado, de la dinastía. La disyuntiva era simple: o empezar una guerra perdida de antemano contra Estados Unidos o exponerse a una revolución interna de imprevisibles consecuencias.
Los americanos, con la excusa de proteger los intereses de sus nacionales en Cuba, enviaron un potente acorazado, el Maine, al puerto de La Habana. Quiso entonces la casualidad desencadenar la tragedia de la manera más tonta posible. Una mala combustión en la sala de máquinas del Maine lo hizo saltar por los aires. Los periódicos norteamericanos se cebaron con el accidente, que según ellos no fue tal, sino un sabotaje español.
Magnates de la prensa como Pulitzer o el todopoderoso William Randolph Hearst, editor del New York Journal, magnificaron el suceso, calentando a la opinión pública hasta ponerla en pie de guerra. Las páginas del Journal, que vendía cinco millones de ejemplares diarios, pintaban una España decadente y cruel que esclavizaba a los cubanos y los mataba mediante el hambre y las privaciones.
La campaña periodística prendió en la clase política, muy proclive, por otro lado, al belicismo infantil que imperaba entonces. En abril el Congreso americano exigió a España que se retirase de Cuba. A pesar de que se trataba de una simple resolución, el Gobierno español, espoleado por el ambiente patriótico que se vivía en las ciudades, lo tomó como una declaración de guerra y rompió relaciones diplomáticas con Washington.
La batalla de Cavite, en un cuadro de la época.La guerra empezó formalmente el 25 de abril. La flota americana del Pacífico, fondeada en Hong Kong, se dirigió presta a Filipinas, donde derrotó sin contemplaciones a la escuadra española del almirante Patricio Montojo, concretamente en la bahía de Cavite. Fue una derrota humillante. Montojo, aterrado por la potencia de fuego del enemigo, tiró la toalla y ordenó hundir sus propios barcos. El de Cavite sería el aperitivo de la tragedia de la Armada en Cuba.
La flota del Atlántico se encontraba, al mando del contralmirante Pascual Cervera, a la espera de entrar en combate en las islas de Cabo Verde. Recibió órdenes de zarpar al Caribe y romper el cerco americano.
La declaración de guerra había sido un suicidio. España no podía ni soñar medirse con el ejército americano: su flota estaba, como siempre, mal mantenida, y, por si esto fuera poco, no se había planificado la defensa de las islas. La típica chapuza española plagada de improvisaciones. Cervera puso rumbo a Puerto Rico, donde el comodoro Sampson esperaba interceptarle. Se quedó con un palmo de narices: tan penoso era el estado de la escuadra de Cervera que tardó una eternidad en cruzar el Atlántico. De este modo, inesperado y fortuito, Cervera eludió el bloqueo y arribó al Caribe sin contratiempos. Sabedor de que la flota de Sampson merodeaba por las aguas de Puerto Rico en su busca y de que La Habana se encontraba bloqueada, encaminó sus buques a Santiago, donde atracó a mediados de mayo. Allí se decidiría la guerra.
Enterados los americanos de la posición de la Armada española, diseñaron una sencilla estrategia de pinza. El general Shafter desembarcó en la isla con un ejército de 17.000 hombres: tropa regular, marines y un buen número de voluntarios. Entre estos últimos eran especialmente temibles los Rough Riders, a cuyo frente se situaba un impetuoso Theodore Roosevelt, que con el tiempo llegaría a ser presidente de los Estados Unidos. Los marines tomaron Guantánamo, a 60 kilómetros de Santiago, mientras, en el mar, la fuerza naval cerró a cal y canto la bahía santiaguera.
El cerco terrestre sobre Santiago se cerraba por días. De poco servían la entrega y el sacrificio de los soldados españoles. Las tropas americanas eran más numerosas y estaban mejor armadas, y sus líneas de avituallamiento funcionaban a la perfección gracias al apoyo de los independentistas cubanos. La caída de la ciudad era cuestión de tiempo.
Tanto en Washington como Madrid estaban al tanto del comprometido brete en el que se encontraban los militares españoles. A primeros de julio los yanquis estaban a las puertas de Santiago, que resistía penosamente el asedio sin esperanzas de recibir auxilio. El Gobierno español decidió entregar la ciudad, pero antes había que sacar a la flota de Cervera del puerto, para que no cayese en manos del enemigo. Se cursó orden al almirante de zarpar y batirse con la escuadra de Sampson. Era un suicidio, pero, ya se sabe, una de nuestras divisas nacionales es aquélla de "Más vale honra sin barcos que barcos sin honra". La España heroica de siempre, la del pan para hoy y hambre para mañana.
Almirante Pascual Cervera.Cervera no tenía dudas del desenlace, como queda de manifiesto en estas líneas que escribió a su hermano: "Vamos a un sacrificio tan estéril como inútil; y si en él muero, como parece seguro, cuida de mi mujer y de mis hijos". Los americanos no esperaban semejante harakiri, y al principio les cogió de sorpresa, pero Cervera no tenía intención alguna de combatir. Navegó junto a la costa y fue embarrancando los barcos uno a uno, conforme los destructores americanos se les echaban encima.
De toda la flota española, sólo el Plutón fue hundido por la artillería enemiga; los demás fueron abandonados por sus tripulaciones. Algunos cruceros, como el Cristóbal Colón, estaban en perfectas condiciones cuando sus capitanes decidieron hundirlos.
Al final de la jornada 350 españoles habían encontrado la muerte en las aguas de la bahía. Cervera no estaba entre ellos. Ganó la costa a nado. Fue hecho prisionero por los americanos y liberado a los pocos meses. Moriría años después, convertido en senador vitalicio. Hoy sus restos reposan junto a los de los héroes de Trafalgar en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando.
La decisión de no presentar batalla fue discutida entonces y sigue siéndolo hoy. Poco importa ya. Lo sorprendente no es que Montojo y Cervera hundiesen sus barcos, sino que España mantuviese los dispersos restos de su imperio durante casi un siglo sin que nadie le importunase. Alemanes, franceses y británicos miraban con ojos golosos las posesiones españolas. En aquel tiempo de imperios, si no hubiese sido la guerra de Cuba, el disparador del conflicto probablemente hubiera aparecido otro.
En la Paz de París el Gobierno español hubo de aceptar los duros términos impuestos por Estados Unidos. Se perdía todo: Cuba, Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam. A cambio, 20 millones de dólares, pero sólo por Filipinas. Un año después, y con la idea de liquidar las migajas, se llegó a un acuerdo con Alemania: 25 millones de pesetas por las islas del Pacífico que aún quedaban en manos españolas.
Con el amanecer del nuevo siglo España volvía a los límites geográficos de los tiempos de los Reyes Católicos. Un ciclo histórico se cerraba y se abría otro, en el que aún estamos inmersos, porque de aquellos polvos vinieron muchos de los lodos que empantanaron nuestro ajetreado siglo XX. Eso, claro, es otra historia.
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1/12/07

s2t2 -Karl Marx. vida y obra



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Karl Marx

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Filosofía de occidente
Filosofía del siglo XIX

Nombre

Karl Marx

Nacimiento

Tréveris, Prusia, 5 de mayo de 1818

Fallecimiento

Londres, Inglaterra, 14 de marzo de 1883, (64 años de edad)

Escuela/Tradición

Marxismo

Intereses principales

Política, economía

Ideas notables

Co-fundador del marxismo (junto a Engels), Materialismo histórico, Manifiesto del Partido Comunista, El Capital

Karl Marx (Tréveris, Prusia, 5 de mayo de 1818Londres, 14 de marzo de 1883) fue un filósofo, historiador, sociólogo, economista, escritor y pensador socialista alemán. Padre teórico del socialismo científico y del comunismo, es considerado una figura histórica clave para entender la sociedad y la política.

Biografía [editar]

Juventud [editar]

Karl Marx nació en 1818 en la ciudad de Tréveris (Trier en alemán), siendo el tercero de siete hijos de una familia judía de clase media. Su padre, Herschel Mordechai (luego Heinrich) Marx, quien era descendiente de una larga línea de rabinos, ejercía la abogacía en Tréveris, su ciudad natal. Era además consejero de justicia, sin embargo recibió fuertes presiones políticas, por parte de las autoridades prusianas que le prohibieron continuar con sus prácticas legales de acuerdo a su religión y le obligaron a abrazar el Protestantismo para poder mantener el cargo en la administración de Renania. Su madre fue Henrietta Pressburg, nacida en Holanda, sus hermanos fueron Sophie, Hermann, Henriette, Louise, Emilie y Caroline.

Realizó sus estudios de Derecho en la Universidad de Bonn pero los dejó para estudiar filosofía en Berlín. Se doctoró en 1841 en Jena con una tesis titulada Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de Epicuro. Pronto se implicó en la elaboración de trabajos en torno a la realidad social, colaborando en 1842 junto con Bruno Bauer en la edición de la Gaceta Renana (Rheinische Zeitung), publicación de la que pronto llegó a ser redactor jefe. Durante este período también frecuentó la tertulia filosófica de Los Libres (Die Freien). La publicación finalmente sería intervenida por la censura, y posteriormente, Marx tuvo que marchar al exilio.

El periodo de París [editar]

Junto a Ruge funda en París la revista Anales franco-alemanes (Deutsch-französische Jahrbücher), de la que fue director, si bien durante poco tiempo ya que el gobierno francés la cierra por presión del gobierno prusiano. En 1844, en París, Marx conoce y traba amistad con Friedrich Engels, que se convertirá en su principal colaborador y además le ofrecerá en múltiples ocasiones apoyo económico debido a la penuria económica a la que se ve sometida su familia dada la eventualidad de sus ingresos. También conocerá en Francia a otros importantes pensadores socialistas de la época tales como Pierre-Joseph Proudhon, Louis Blanc y Mijaíl Bakunin y al poeta alemán Heinrich Heine. Escribió sus reflexiones teóricas de esa época en una serie de cuadernos de trabajo que póstumamente fueron publicados como los Manuscritos económicos y filosóficos. Por otra parte, el peso político de sus artículos periodísticos le hizo ganar fama de revolucionario, lo que provocó su expulsión de Francia.

El periodo de Bruselas y del Manifiesto [editar]

Estatua de Karl Marx en la Karl-Marx-Allee, Berlín
Estatua de Karl Marx en la Karl-Marx-Allee, Berlín

Establecido en Bruselas, funda la Liga de los Comunistas, tras lo cual se declara apátrida, ateo y revolucionario. Tras el periodo revolucionario de 1848 y la publicación del Manifiesto del Partido Comunista, en coautoría con Engels, se traslada a Colonia, donde organiza un nuevo diario, "Nueva Gaceta Renana" (Neue Rheinische Zeitung). Su nueva publicación alcanza un éxito inmediato, en el contexto de una época de fuerte sentimiento social y compromiso revolucionario. En consecuencia, es prohibido por el gobierno renano.

El periodo de Londres y del Capital [editar]

Es ahora cuando Marx se dedica a la escritura de una de sus obras fundamentales, El Capital, que elabora en las salas de lectura del Museo Británico. El primer volumen de El Capital no verá la luz hasta 1867, tras dieciocho años de trabajo.

Además, Marx participó en la fundación y organización de la Primera Internacional (28 de septiembre de 1864), conocida como la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), participando activamente en las discusiones. A él se le encarga la redacción del Llamamiento inaugural de la Internacional y participa en la elaboración de su estatuto y otros documentos. Se entablará a partir de los debates un enfrentamiento entre Marx y Bakunin, que terminará con la expulsión de este último en el Congreso de La Haya de 1872 y la salida de la Internacional de las secciones bakunistas. Estos últimos, reunidos en el Congreso de Saint-Imier (Suiza), no reconocerían los acuerdos de La Haya y refundarían la Internacional.

Tras la derrota de la Comuna de París de 1871, que significó un duro golpe para la Internacional, Marx se retiró de la lucha política y se dedicó a la escritura de su pensamiento. El 14 de marzo de 1883 falleció en Londres.

Vida familiar [editar]

Marx en 1882
Marx en 1882

Karl Marx se casó con Jenny von Westphalen, hermana del ministro de Interior prusiano, amiga de infancia con la que se prometió siendo ya estudiante, pero sólo consiguió casarse con ella tras la muerte de los padres de ésta, que se oponían a la relación, y tras conseguir una cierta estabilidad económica (eventual) como director de los "Anales franco-alemanes". Vivieron con fuertes penurias económicas debido a la irregularidad de los ingresos de Marx, a la persecución política (que censuraba y clausuraba las revistas que publicaba) y a tener que mudarse constantemente de país. Marx tuvo con Jenny von Westphalen 6 hijos, en 1849 esperaban ya el cuarto, en 1855 ya habían fallecido tres –Guido, Franciska y Edgar- convulsiones, bronquitis y tuberculosis serían las causas, la pequeña, Eleonora Marx formó parte del movimiento feminista y Laura Marx, se casó con el dirigente socialista francés Paul Lafargue, y se suicidó junto a él en 1911.

Con ellos vivía Helene Demouth, quien les ayudaba en las tareas domésticas y tenía una excelente relación con la familia Marx. Era especialmente cercana a Karl, tanto así, que se supone que tuvo un hijo ilegítimo con ella que fue reconocido por Friedrich Engels como propio para evitar controversias dentro del matrimonio de Karl y Jenny.

Marx tuvo una vida personal dedicada de forma exhaustiva al estudio de las diferentes disciplinas del pensamiento y en especial de la filosofía e historia lo cual implicó que nunca tuviera estabilidad económica; sin embargo, contó siempre con el apoyo fiel e incondicional de su amigo Engels.

Pensamiento [editar]

Testigo y víctima de la primera gran crisis del capitalismo (década de 1830 del siglo XIX) y de las revoluciones de 1848, Marx se propuso desarrollar una teoría económica capaz de aportar explicaciones a la crisis, pero a la vez de interpelar al proletariado a participar en ella activamente para producir un cambio revolucionario.

La vasta obra de Marx ha sido leída de distintas formas. En ella se incluyen obras de teoría y crítica económica, polémicas filosóficas, manifiestos de organizaciones políticas, cuadernos de trabajo y artículos periodísticos sobre la actualidad del siglo XIX. Muchas de sus obras las escribió junto con Engels. Los principales temas sobre los que trabajó Marx fueron la crítica filosófica, la crítica política y la crítica de la economía política.

Algunos autores pretendieron integrar la obra de Marx y Engels en un sistema filosófico, el marxismo, articulado en torno a un método filosófico llamado materialismo dialéctico. Los principios del análisis marxista de la realidad también han sido sistematizados en el llamado materialismo histórico y la economía marxista. Del materialismo histórico, que sitúa la lucha de clases en el centro del análisis, se han servido numerosos científicos sociales del siglo XX: historiadores, sociólogos, antropólogos, teóricos del arte, etc. También ha sido muy influyente su teoría de la alienación.

Otros autores, entre los que destaca Louis Althusser, argumentan que los escritos de Marx no forman un todo coherente, sino que el propio autor, al desarrollar sus reflexiones críticas sobre la economía política durante la década de 1850, se desembarazó de su propia conciencia filosófica anterior y comenzó a trabajar científicamente. Desde esta perspectiva no existiría una ciencia marxista, sino un científico, Karl Marx, que fue un pionero en la comprensión de los mecanismos fundamentales que rigen el funcionamiento de la sociedad moderna, en especial con su reelaboración de la teoría del valor, y cuya obra cumbre fue El Capital.

Las obras de Marx han inspirado a numerosas organizaciones políticas comprometidas en superar el capitalismo. Por una parte, habría que señalar la interpretación que han realizado leninistas, trotskistas y maoístas, partidarios de que una vanguardia del proletariado se haga con el poder a través de la fuerza, para así avanzar hacia el socialismo.

Por otra, la que realiza la socialdemocracia, en sus orígenes contraria a la táctica revolucionaria y partidaria de avanzar hacia el socialismo a través de progresivas reformas parlamentarias (hay que decir que la mayoría de partidos socialdemócratas han ido poco a poco reformando sus planteamientos, hasta aceptar la economía de mercado). Otros teóricos, como los del comunismo consejista son partidarios de la toma del poder por parte de la clase obrera autoorganizada y no por parte de un partido.

Ideas filosóficas [editar]

Durante su juventud, y tras su formación en filosofía, Marx recibió la influencia del filósofo alemán predominante en Alemania en aquel tiempo, Hegel. De este autor tomó el método del pensamiento dialéctico, al que, según sus propias palabras, pondría sobre sus pies; significando el paso del idealismo dialéctico del espíritu como totalidad al materialismo histórico.

Una interpretación sobre el desarrollo de la obra de Marx, proveniente del francés Louis Althusser, considera que los escritos de Marx se dividen en dos vertientes. Esta interpretación es relevante en la exegética marxista, pero a la vez es muy polémica y pocos autores la mantienen al día de hoy. Althusser encuentra dos etapas:

1 - Marx joven (hasta 1845) período en que estudia la alienación (o enajenación) y la ideología, desde una perspectiva cercana al humanismo influida en gran parte por la filosofía de Ludwig Feuerbach.

Marx se pregunta y contesta en sus Manuscritos de 1844:

¿En qué consiste, entonces, la enajenación del trabajo? Primeramente en que el trabajo es externo al trabajador, es decir, no pertenece a su ser; en que en su trabajo, el trabajador no se afirma, sino que se niega; no se siente feliz, sino desgraciado; no desarrolla una libre energía física y espiritual, sino que mortifica su cuerpo y arruina su espíritu. Por eso el trabajador sólo se siente en sí fuera del trabajo, y en el trabajo fuera de sí. Está en lo suyo cuando no trabaja y cuando trabaja no está en lo suyo. Su trabajo no es, así, voluntario, sino forzado, trabajo forzado. Por eso no es la satisfacción de una necesidad, sino solamente un medio para satisfacer las necesidades fuera del trabajo. Su carácter extraño se evidencia claramente en el hecho de que tan pronto como no existe una coacción física o de cualquier otro tipo se huye del trabajo como de la peste. El trabajo externo, el trabajo en que el hombre se enajena, es un trabajo de autosacrificio, de ascetismo. En último término, para el trabajador se muestra la exterioridad del trabajo en que éste no es suyo, sino de otro, que no le pertenece; en que cuando está en él no se pertenece a si mismo, sino a otro. (...) Pertenece a otro, es la pérdida de sí mismo. [1]

Paralelamente a estas ideas describe al hombre con diversas concepciones: lo considera un ser real de carne y hueso; es únicamente el resultado de la historia económica, un predicado de la producción de la misma.

Piensa que el hombre se realiza modificando la naturaleza para satisfacer sus necesidades en un proceso dialéctico en que la transformación de agente y paciente es transformación mutua. La autogeneración del hombre es un proceso real, histórico – dialéctico, entendiéndose la dialéctica como proceso y movimiento a través de la superación sintética de las contradicciones.

Cuando Marx habla de 'realidad' hace referencia al contexto histórico social y al mundo del hombre. Asegura que el hombre es sus relaciones sociales.

Para Marx, lo que el hombre es no puede determinarse a partir del espíritu ni de la idea sino a partir del hombre mismo, de lo que éste es concretamente, el hombre real, corpóreo, en pie sobre la tierra firme. El hombre no es un ser abstracto, fuera del mundo sino que el hombre es en el mundo, esto es el Estado y la sociedad.

La libertad, la capacidad de actuar eligiendo, está limitada a las determinaciones históricas, pero es, al mismo tiempo, el motor de aquéllas cuando las relaciones sociales y técnicas entran en crisis.

Dios, la Filosofía y el Estado constituyen alienaciones en el pensamiento, alienaciones dependientes de la alienación económica, considerada para Marx única enajenación real.

En líneas generales, Marx defiende la idea de que la alineación empobrece al hombre sociohistórico negándole la posibilidad de modificar aspectos de los ámbitos en los que se ve involucrado, provocándole una conciencia falsa de su realidad. Sin embargo, éste es un hecho que puede suprimirse.

Políticamente, el pensador alemán aboga por una sociedad comunista. Entre el hombre alienado (aquel que no coincide consigo mismo) y el hombre comunista (aquel que finalmente es igual a hombre) se coloca el proceso transformador. Sólo en la sociedad comunista habrá desaparecido toda alienación.

2 - Marx maduro (1845-1875): Según Althusser, 1845, el año de La ideología alemana y las Tesis sobre Feuerbach, marca la ruptura epistemológica (concepto tomado de Gaston Bachelard). A partir de la cual Marx rompe con su etapa anterior, ideológica y filosófica, e inaugura un período científico en el cual desarrolla estudios económicos e históricos usando el método del materialismo histórico. Como diría Althusser, Marx inaugura el continente historia.

Este es, eminentemente, el período de su magna obra: El capital. Crítica de la economía política. No hay que olvidar, por otro lado, los textos de los que esta obra surge: la Contribución a la crítica de la economía política (que dará material para el primer capítulo de El capital) o los Grundrisse, cuyo tardío descubrimiento dio mucho que hablar sobre las continuidades de Marx con su primera etapa, y proporcionó de argumentos a los críticos de la ruptura epistemológica. Durante su etapa de madurez, la obra de Marx se vuelve más sistemática y surgen sus conceptos económicos más destacados: la teoría del valor, la explotación como apropiación de plusvalía, o la teoría explicativa sobre las crisis capitalistas.

Críticos de Marx [editar]

La importancia de Karl Marx en el panorama intelectual y político del siglo XIX, y de su legado en el siglo XX, han provocado numerosas críticas a su obra y su persona. En el siglo XIX, las principales críticas provenían de intelectuales y organizaciones del movimiento obrero que sostenían posturas políticas distintas a las de Marx. Entre otros, Bakunin, anarquista y rival en la inspiración de la Internacional, consideraba autoritario a Marx.

Durante el último tercio del siglo XIX y, sobre todo durante el siglo XX, la fuerza del marxismo en los ambientes intelectuales y organizaciones políticas de todo el mundo hizo que numerosos pensadores conservadores y liberales intentasen refutarlo. Algunas críticas se centran en elementos concretos de la obra de Marx, mientras otras se oponen a alguna de las versiones del canon marxista elaborado por las organizaciones políticas y los intelectuales socialistas o comunistas.

Poco después de la muerte de Marx, el economista austríaco Böhm-Bawerk publicó varios ensayos sobre el subjetismo del valor, entre ellos Karl Marx and the Close of His System, de 1896, donde consideraba refutar El Capital y la teoría del valor-trabajo marxista, en tanto que teorías del campo de la economía. Ya en el siglo XX, una de las críticas más influyentes ha sido la de Karl Popper. En La sociedad abierta y sus enemigos analizó lo que llama 'profecías' marxistas, supuestamente desmentidas por la historia. Popper escribió también un ensayo crítico con las pretensiones del marxismo como ciencia de la historia, considerando que incurre en lo que llama 'historicismo'.

En el plano de la crítica personal, el historiador Paul Johnson dedica a Marx un capítulo de Intellectuals, un libro en el que resalta la mezquindad personal de muchas otras luminarias intelectuales.[1]

Bibliografía [editar]

Obras de Karl Marx [editar]

El Capital, de Karl Marx
El Capital, de Karl Marx

Obras biográficas sobre Karl Marx [editar]

  • FERNÁNDEZ BUEY, Francisco: Marx (sin ismos). Barcelona, El Viejo Topo, 2004
  • BERLIN, Isaiah: Karl Marx: Su vida y su entorno.
  • BLUMENBERG, Werner: Marx.
  • MEHRING, Franz: Carlos Marx: Historia de su vida.
  • REISS, Edward: Una guía para entender a Marx. Madrid, Siglo XXI de España Editores, 1997

Obras sobre el pensamiento de Karl Marx [editar]

  • ALTHUSSER, Louis, La revolución teórica de Marx y Para leer el capital, ambos editados por Siglo XXI.
  • HARNECKER, Marta, Los conceptos elementales del materialismo histórico. Siglo XXI. Magnífico libro introductorio a la teoría de Marx.
  • LENIN, V. I., Carlos Marx. Texto breve, de estilo divulgativo, que precisa no obstante una lectura atenta y crítica.
  • LENIN, V. I., El Estado y la revolución. Un trabajo sistemático de lectura en torno a los textos marxistas sobre el Estado, define teóricamente y con rigor la idea del Estado socialista o dictadura del proletariado como fase transicional hacia la extinción del Estado o sociedad comunista. Imprescindible.
  • LENIN, V. I., Las tres fuentes y las tres partes integrantes del marxista. Esas fuentes serían el materialismo del siglo XVIII y la filosofía alemana; la economía política clásica británica, y el socialismo utópico francés.
  • LENIN, V. I., El imperialismo, etapa superior del capitalismo. En esta obra, Lenin declara: "El imperialismo es el capitalismo en la fase de desarrollo en que ha tomado cuerpo la dominación de los monopolios y del capital financiero, ha adquirido señalada importancia la exportación de capitales, ha empezado el reparto del mundo por los trusts internacionales y ha terminado el reparto de toda la Tierra entre los países capitalistas más importantes. Un clásico, conviene no obstante no exportarlo mecánicamente, como se hace habitualmente, a la coyuntura del siglo XXI.
  • NEGRI, Antonio, Marx más allá de Marx. Cuaderno de trabajo sobre los Grundrisse. Madrid: Akal, 2001. Texto clásico de uno de los más relevantes autores procedentes del obrerismo italiano.
  • RICOEUR, P. (1999), Freud: una interpretación de la cultura, México, Siglo Veintiuno. Primera edición de 1970. Es donde se formula la célebre comparación entre Marx, Nietzsche y Freud, por ser los tres grandes autores del siglo XIX que superan el racionalismo, y a quienes denomina maestros de la sospecha.
  • RUBEL, M., El estado visto por Karl Marx.

Notas [editar]

  1. Según Paul Johnson, los conceptos y la metodología marxistas "tienen un fuerte encanto para [los] espíritus carentes de rigor" (Johnson, Intelectuales, pág. 71); por otro lado afirma (v. op. cit., págs. 83 y ss), "los 'hechos' no tienen una importancia central en la obra de Marx", sino que "ocupan un lugar secundario, refuerzan conclusiones previas a las que llegó independientemente de ellos"; y que El Capital, la obra cumbre de Marx, "es un sermón enorme y a veces incoherente, una embestida contra el proceso industrial y el principio de la propiedad llevada a cabo por un hombre que había concebido un odio fuerte pero esencialmente irracional contra ambos" (op. cit., pág. 83)

Enlaces externos [editar]

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Enciclonet :: Marx, Karl Heinrich (1818-1883), Pag:

àFilósofo, economista y político alemán. Marx es el fundador del socialismo científico o materialismo histórico y el pensador que alumbró la concepción del mundo que hoy inspira el movimiento comunista de todos los países. Fue, además, un activo periodista, y sobre todo político enérgico y sagaz que conoció y supo trabajar con eficacia la realidad social de su tiempo.
Vida y obras

Hijo de un abogado, Marx nació en Tréveris y estudió Derecho en las universidades de Bonn y Berlín, pero al fin, influido por la lectura de Hegel, se dedicó a la filosofía, decidido a buscar "la Idea de la realidad". Se doctoró en Jena con la tesis Diferencia entre la filosofía de la naturaleza de Demócrito y la de EpicuroRheinische Zeitung, en el que trabajó con B. Bauer, llevó a cabo una encarnizada batalla contra las instituciones estatales, basándose en una concepción del Derecho como figura racional de la libertad. Vivió en París, donde conoció a Proudhon y a Bakunin. Expulsado de París por instigación del Gobierno de Prusia, pasó a Bruselas, donde publicó Miseria de la filosofía (1847). Uniendo su firma a la de quien sería siempre su más íntimo colaborador, Friedrich Engels (con quien escribió en colaboración La Sagrada Familia, 1845), redactó el célebre Manifiesto comunista (1848), documento de capital importancia para la historia del pensamiento y las luchas sociales de nuestro tiempo. En Alemania intervino en los acontecimientos revolucionarios de 1848. Fue procesado por traición y, aunque absuelto, tuvo que emigrar a Londres (ciudad donde murió). Desde allí, fundada ya la Asociación Internacional de Trabajadores (la llamada Primera Internacional), orientó ideológica y políticamente el movimiento obrero mundial. (1841). De las dos alas en que se dividieron los seguidores de Hegel, Marx escogió la izquierda. Debido a esta posición de avanzada, tuvo que renunciar a su cátedra de Berlín. Desde la redacción del diario

Otras de sus obras más relevantes son: Manuscritos económico-filosóficos de 1844 (publicados en 1932); Tesis sobre Feuerbach (1845); Ideología alemanaLuchas de clases en Francia desde 1848 a 1850 (1850); Contribución a la crítica de la economía política (1859, cuyo prefacio contiene una de las exposiciones más célebres del materialismo histórico); El Capital, sin duda su obra más importante (tres vols., de los cuales Marx sólo alcanzó a publicar el primero, 1867; los otros dos los publicaría Engels en 1885 y 1894); Teorías sobre la plusvalía (redactadas en 1862-63, pero no publicadas hasta 1905); Crítica del programa de Gotha (1875, que supone el punto más avanzado del pensamiento político de Marx). (1845-46);

El pensamiento de Marx
El hombre y la alienación

Para Marx no existe una esencia humana en general: el hombre se hace a sí mismo a través de la historia, en la sociedad y transformando la naturaleza. El hombre es, pues, ante todo, un ser activo, práctico, y el trabajo constituye su actividad principal. Hay que superar el concepto del hombre como ser teórico, concepción que proviene de la filosofía griega, donde el trabajo de transformación de la naturaleza estaba reservado a los esclavos. El trabajo, por el contrario, pone al hombre en relación con la naturaleza y con los demás hombres. La naturaleza aparece así como su obra y su realidad, más aún, como "el cuerpo inorgánico del hombre". De manera que la esencia humana viene a ser la realidad del conjunto de las relaciones sociales.

Pero el hombre está alienado en la sociedad capitalista. El trabajo, que en principio debería ser realización del hombre, es causa de su alienación, y esto se da en una cuádruple dimensión: 1. Con respecto al producto de su trabajo: éste no le pertenece puesto que se ha convertido en "capital" de otros. 2. Con respecto a su propia actividad: su trabajo no es suyo, sino de otro. 3. Con respecto a la naturaleza: ésta, en lugar de ser el "cuerpo inorgánico del hombre", aparece como propiedad de otro. 4. Con respecto a los otros hombres: a diferencia de los animales, el hombre es capaz de trabajar no sólo para sí, sino también para los otros. Pero en el trabajo alienado se corta toda relación con la naturaleza y con la humanidad: cada uno trabaja para sí mismo y el "otro" aparece, todo lo más, "como el ser extraño al que pertenece el trabajo y el producto del mismo". Marx concluye que la propiedad privada es la consecuencia del trabajo alienado, o también la "realización de la alienación". Por eso considera que sólo el comunismo, entendido como supresión de la propiedad privada, es decir, del "capital", permitirá la eliminación de todas las alienaciones y la humanización del hombre. El sentido de "tener" debe desaparecer para que el hombre pueda relacionarse con las cosas "por amor a las cosas", y no simplemente para tenerlas.
La dialéctica

Marx presenta su dialéctica como una inversión de la dialéctica hegeliana. La suya es una dialéctica de la realidad y no de la idea; es una dialéctica de la transformación (revolucionaria) de esa realidad, y no de su justificación o "transfiguración". Esta dialéctica se apoya sobre todo en la categoría de la contradicción, y es una dialéctica abierta e inacabada, porque la historia y el mundo real están también inacabados. No hay, pues, sistema concluido.
El materialismo histórico

El "materialismo" de Marx no consiste en la simple afirmación de que "todo es materia". Su materialismo tiene significación polémica y práctica. Se opone tanto al idealismo de Hegel como al materialismo "clásico". Contra el primero, afirma la prioridad del ser sobre el pensamiento. Contra el materialismo clásico, Marx dirige dos acusaciones. Primera: es un materialismo abstracto y mecanicista, que reduce la materia a leyes mecánicas, y segunda: carece de carácter dialéctico e histórico. También se rebela contra el materialismo de Feuerbach, porque considera la realidad únicamente como objeto de contemplación. Es decir, si el pensar es posterior al ser y las ideas puro "reflejo" de la realidad, el hombre se convierte en un ser pasivo-contemplativo y la naturaleza y el hombre quedan escindidos. En palabras de Marx, el materialismo histórico es "la concepción de la historia universal que ve la causa final y la fuerza propulsora decisiva de los acontecimientos históricos importantes en el desarrollo económico de la sociedad, en las transformaciones del modo de producción y de cambio, en la consiguiente división de la sociedad en distintas clases y en las luchas de estas clases entre sí".

Engels considera a Marx como el creador de este materialismo, que es su mayor descubrimiento científico (junto con la teoría de la plusvalía). Se trata en realidad de una teoría no filosófica, sino sociológica. Algunos de los principios básicos de este sistema son:

1. La estructura económica constituye la base real de la sociedad.
2. Tal estructura está constituida por las relaciones de producción y por las relaciones de propiedad.
3. El concepto de fuerzas productivas comprende el trabajo (o "fuerza del trabajo") y los medios de producción.
4. La estructura económica determina o condiciona una superestructura constituida por las ideologías, que son el conjunto de representaciones y valores de la sociedad en un momento dado. La ideología dominante corresponde también a la clase dominante de ese momento. Como tal, tiende a justificar la estructura económica del momento.
5. El conflicto estalla merced al desarrollo normal de las fuerza productivas, las cuales ya no encuentran un marco adecuado en las relaciones de producción. De este modo se entra en la fase de revolución social, que transforma también la superestructura ideológica.
6. En conclusión, la historia no es conducida por las fuerzas de la razón, sino por el desarrollo de las fuerzas de la producción.
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