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29/5/08

Blas de Lezo y Olavarrieta

Blas de Lezo y Olavarrieta

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Blas de Lezo y Olavarrieta
3 de febrero de 16897 de septiembre de 1741

Retrato conservado en el Museo Naval de Madrid.
Apodo Almirante Patapalo o Mediohombre
Lugar de nacimiento Pasajes, Guipúzcoa, Bandera de España España
Lugar de defunción Cartagena de Indias, Virreinato de Nueva Granada
Lealtad España
Años de servicio 17041741
Rango Almirante General
Mandos Armada
Batallas/guerras Guerra de Sucesión Española
Guerra de la Oreja de Jenkins

Blas de Lezo y Olavarrieta (Pasajes, Guipúzcoa, Corona de Castilla, 3 de febrero de 1689Cartagena de Indias, Nuevo Reino de Granada, 7 de septiembre de 1741), almirante español conocido como Patapalo, o más tarde como Mediohombre, por las muchas heridas sufridas a lo largo de su vida militar, fue uno de los mejores estrategas de la historia de la Armada Española, y al mismo tiempo uno de los mayores desconocidos.

Fue un marino de reconocido talento y genialidad, cuya brillante carrera aseguró el dominio marítimo del Imperio Español durante 60 años más. Y, sin embargo, murió en el olvido.

Biografía [editar]

Blas de Lezo y Olavarrieta nació en Pasajes (Guipúzcoa, España) el 3 de febrero de 1689. Pertenecía a una familia de la nobleza con ilustres marinos entre sus antepasados y en un pueblo prácticamente dedicado en exclusiva a la mar. Por ello no debe extrañar que con apenas 12 años, se enrolara en 1701 como guardiamarina al servicio del conde de Toulouse, Alejandro de Borbón, hijo de Luis XIV. Se integró en la armada francesa porque la española era apenas inexistente, la situación era calamitosa y lamentable, fiel reflejo del descalabro económico y la decadencia de los Austrias.

Tres años más tarde estallará la Guerra de Sucesión en España, al no dejar Carlos II descendencia alguna, enfrentando a Felipe de Anjou, por parte francesa, y al archiduque Carlos de Austria, apoyado por Inglaterra, ya que esta última temía el poderío que alcanzarían los Borbones en el continente. Frente a Vélez-Málaga se produjo el 24 de agosto de 1704 la batalla naval más importante del conflicto. En dicho combate se enfrentaron 96 naves de guerra franco-españolas (51 navíos de línea) y 68 navíos de línea anglo-holandeses, con 1.500 y 2.700 bajas, respectivamente.

Blas de Lezo participó en aquella batalla batiéndose de manera ejemplar hasta que una bala de cañón le destrozó la pierna izquierda, teniéndosela que amputar, sin anestesia, por debajo de la rodilla. Cuentan las crónicas que el muchacho no profirió un lamento durante la operación. Debido al valor demostrado en aquel trance y en el propio combate, es ascendido en 1704 a Alférez de Bajel de Alto Bordo por Luis XIV y se le ofrece ser asistente de cámara de la corte de Felipe V. Evidentemente necesitó una larga recuperación y rechazó estar en la corte, pues ambicionaba conocer las artes marineras y convertirse en un gran comandante. En 1705 vuelve a bordo y aprovisiona la asediada Peñíscola.

Continúa patrullando el Mediterráneo, apresando numerosos barcos ingleses y realizando valientes maniobras con un arrojo impropio. Tanto es así que se le premia permitiendo llevar sus presas a Pasajes, su pueblo natal. Pero enseguida es requerido por sus superiores y en 1706 se le ordena abastecer a los sitiados de Barcelona al mando de una pequeña flotilla. Sirviéndose de su aguda inteligencia, realiza su cometido brillantemente, escapa una y otra vez del cerco que establecen los ingleses para evitar el aprovisionamiento. Para ello deja flotando y ardiendo paja húmeda con el fin crear un densa nube de humo que los protegiera, pero además carga «sus cañones con unos casquetes de armazón delgada con material incendiario dentro, que, al ser disparados prendía fuego a los buques británicos»[cita requerida]. Los británicos se ven impotentes ante tal despliegue de ingenio. Posteriormente se le destaca a la fortaleza de Santa Catalina de Tolón, donde toma contacto con la defensa desde tierra firme en combate contra los saboyanos. En esta acción y tras el impacto de un cañonazo en la fortificación, una esquirla se le aloja en el ojo izquierdo, que explota en el acto, perdiendo así para siempre la vista del mismo.

Ostentó el mando de diversos convoyes que llevaban socorros a Felipe V, burlando la vigilancia inglesa sobre la costa catalana. En 1711 sirvió en la Armada a las órdenes de Andrés Pez. En 1713 ascendió a capitán de navío y en 1714 perdió el brazo derecho en el segundo sitio de Barcelona. En esa época, y al mando de una fragata, apresó once navíos británicos, entre ellos el emblemático Stanhope, buque muy bien armado y pertrechado.

Fragata de Blas de Lezo remolcando al buque británico Stanhope
Fragata de Blas de Lezo remolcando al buque británico Stanhope

Tras una breve convalecencia es destinado al puerto de Rochefort, donde le ascienden a Teniente de Guardacostas en 1707. Allí realizará otra gran gesta rindiendo en 1710 una decena de barcos enemigos, el menor de 20 piezas, y sometiendo en un impresionante combate al Stanhope (70) comandado por John Combs, que le triplicaba en fuerzas. Se mantuvo un cañoneo mutuo hasta que las maniobras de Lezo dejaron al barco enemigo a distancia de abordaje, momento en el que ordenó lanzaran los garfios para llevarlo a cabo: «Cuando los ingleses vieron aquello, entraron en pánico»[cita requerida]. Al abordaje los españoles casi siempre superaban a sus rivales. Por tanto, esta versión no debió diferir demasiado con la realidad, pues si no no se explica que saliera victorioso cuando la tripulación de Lezo era notablemente menor que la de Combs. Sea como fuere, Blas de Lezo se cubrió de gloria en tan fenomenal enfrentamiento, en el que incluso es herido, y es ascendido a Capitán de Fragata.

En 1712 pasa a servir a la incipiente Armada española en la flota de Andrés del Pez, ya que no tenía sentido seguir en la francesa al distanciarse los monarcas español y francés. Este afamado almirante quedó maravillado ante la valía de Lezo y emitió varios escritos que le valieron su ascenso a Capitán de Navío un año más tarde. Posteriormente participó en el asedio a Barcelona al mando del Campanella (70), en el que el 11 de septiembre de 1714, al acercarse con demasiado ímpetu a sus defensas, recibe un balazo de mosquete en el antebrazo derecho, quedando la extremidad sin apenas movilidad hasta el fin de sus días. De esta manera con sólo 25 años tenemos al joven Blas de Lezo tuerto, manco y cojo.

En 1715, al mando de Nuestra Señora de Begoña (54), y ya repuesto de sus heridas, se dirige en una extensa flota a reconquistar Mallorca, que se rinde sin un solo fogonazo.

Terminada la Guerra de Sucesión, se le confió el buque insignia Lanfranco. Un año después parte hacia La Habana escoltando a una flota de galeones en el Lanfranco (60), barco que será retirado del servicio debido a su calamitoso estado a su regreso a Cádiz.

Allí se queda hasta 1720, cuando se le asigna un nuevo navío bautizado también como Lanfranco (62), conocido asimismo como León Franco y Nuestra Señora del Pilar, y se le integra dentro de una escuadra hispano-francesa al mando de Bartolomé de Urdizu con el cometido de limpiar de corsarios y piratas los llamados Mares del Sur, o lo que es lo mismo, las costas del Perú. La escuadra estaba compuesta por parte española de cuatro buques de guerra y una fragata, y por parte francesa por dos navíos de línea. Sus primeras operaciones fueron contra los dos barcos, el Success (70) y el Speed Well (70) del corsario inglés John Clipperton, que logró evitarles y tras hacer algunas capturas huyó a Asia, donde fue capturado y ejecutado.

Contrajo matrimonio en el Perú en 1725.

En 1730 regresó a España y fue ascendido a jefe de la escuadra naval del Mediterráneo. Con este cargo marchó a la República de Génova para reclamar el pago de los dos millones de pesos pertenecientes a España que se hallaban retenidos en el Banco de San Jorge, lo que consiguió, además de un homenaje a la bandera real de España, bajo la amenaza de bombardear la ciudad.

En reconocimiento de sus servicios al Rey, este le concede en 1731 como estandarte para su capitana la bandera morada con el escudo de armas de Felipe V, las órdenes del Espíritu Santo y el Toisón de Oro alrededor y cuatro anclas en sus extremos.[1]

En 1732, a bordo del Santiago mandó una expedición a Orán con 54 buques y 30.000 hombres, y rindió la ciudad, si bien cuando se marchó, Bay Hassan logró reunir tropas y sitiarla. Lezo retornó en su socorro con seis navíos y 5.000 hombres, logrando ahuyentar al pirata argelino tras reñida lucha. No contento con esto, persiguió su nave capitana de 60 cañones, que se refugió en la bahía de Mostagán, baluarte defendido por dos castillos fortificados y 4.000 moros. Ello no arredró a Lezo, que entró tras la nave argelina despreciando el fuego de los fuertes, incendiándola y causando además grave ruina a los castillos. Patrulló después durante meses por aquellos mares, impidiendo que los argelinos recibieran refuerzos de Estambul, hasta que una epidemia le forzó a regresar a Cádiz.

El rey le ascendió en 1734 a teniente general de la Armada. Regresó a América con los navíos Fuerte y Conquistador en 1737 como comandante general de Cartagena de Indias, plaza que tuvo que defender de un sitio (1741) al que la había sometido el ataque del almirante inglés Edward Vernon. La excusa de los ingleses para iniciar un conflicto con España fue el apresamiento de un barco corsario comandado por Robert Jenkins cerca de la costa de Florida. El capitán de navío Julio León Fandiño apresó el barco corsario, y cortó la oreja de su capitán al tiempo que le decía (según el testimonio del inglés): «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.». A la sazón, el tráfico de ultramar español se veía constantemente entorpecido e interrumpido por los piratas ingleses. En su comparecencia ante la Cámara de los Lores, Jenkins denunció el caso con la oreja en la mano, de ahí que los ingleses conozcan el conflicto como «Guerra de la oreja de Jenkins».

Vernon estaba envalentonado tras el saqueo de la mal guarnecida plaza de Portobelo (Panamá), y el inglés desafió a Lezo, a lo que el marino español contestó: «Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía». La flota inglesa, la agrupación de buques de guerra más grande que hasta entonces había surcado los mares (2.000 cañones dispuestos en 186 barcos, entre navíos de guerra, fragatas, brulotes y buques de transporte, y 23.600 combatientes entre marinos, soldados y esclavos negros macheteros de Jamaica, más 4.000 reclutas de Virginia bajo las órdenes de Lawrence Washington, medio hermano del futuro libertador George Washington), superaba en más de 60 navíos a la Gran Armada de Felipe II. Esta flota ha sido la segunda más grande de todos los siglos, después de la armada que atacó las costas de Normandía en la Segunda Guerra Mundial. Para hacerse idea del mérito estratégico de la victoria, baste decir que las defensas de Cartagena no pasaban de 3.000 hombres entre tropa regular, milicianos, 600 indios flecheros traídos del interior, más la marinería y tropa de desembarco de los seis únicos navíos de guerra de los que disponía la ciudad: el Galicia que era la nave Capitana, el San Felipe, el San Carlos, el África el Dragón y el Conquistador. Blas de Lezo, sin embargo, contaba con la experiencia de 22 batallas. Fue una gran victoria con una enorme desproporción entre los dos bandos.

Tan colosal derrota de los ingleses aseguró el dominio español de los mares durante más de medio siglo hasta que lo perdió en Trafalgar, cosa que la historia inglesa no reconoce. Humillados por la derrota, los ingleses ocultaron monedas y medallas grabadas con anterioridad para celebrar la victoria que nunca llegó. Tan convencidos estaban de la derrota de Cartagena que pusieron monedas en circulación que decían en su anverso: «Los héroes británicos tomaron Cartagena el 1 de abril de 1741» y «La arrogancia española, humillada por el almirante Vernon».

Fue justo lo contrario. Fue la derrota más importante que tuvo nunca Inglaterra. Con sólo seis navíos y 2.830 hombres, y mucha imaginación, Blas de Lezo derrotó a Vernon, que traía 180 navíos y casi 25.000 hombres.

El héroe falleció en dicha ciudad al contraer la peste, enfermedad generada en la ciudad por los cuerpos insepultos ocasionados por los sucesivos combates.

Pocos fueron los que acudieron a su entierro por temor a las represalias de Eslava, Virrey de la ciudad. Este último había tenido continuados enfrentamientos con Blas de Lezo a causa de las decisiones tomadas en la defensa de la ciudad durante el sitio inglés.

Su memoria en la actualidad [editar]

Su memoria es honrada por la Armada Española, donde su nombre se recuerda con el mayor honor que puede rendirse a un marino español, siendo costumbre que exista un navío de la Armada bautizado con su nombre. El último, una fragata de la clase F-100, la Blas de Lezo (F103), que encalló en 2007 durante unos ejercicio de la OTAN en Escocia, curiosamente, no es el único barco con este nombre que sufre percances, ya que el crucero Blas de Lezo se perdió en 1932 al tocar un bajío frente a Finisterre. Existe una placa en su honor en el Panteón de Marinos Ilustres en San Fernando (Cádiz) donde reposan Héroes de la Real Armada Española.

Sin embargo, aunque las proezas de Blas de Lezo estén a la altura de los más grandes héroes de la historia, es un personaje prácticamente olvidado con el que los españoles estamos en deuda. Actualmente, la empresa española DL-Multimedia está preparando un documental sobre su vida para los canales Historia y Odisea. Además, aunque cuenta con calles en Valencia, Málaga, Las Palmas de Gran Canaria o San Sebastián, se están recogiendo firmas [2] para dedicarle una calle en la capital de España, Madrid.

Bibliografía [editar]

  • En el sexto tomo de Nicolas Lenglet-Dufresnoy, Méthode pour étudier la géographie, París, 1741, se agrega como addendum de última hora, un Diario del sitio de Cartagena en América, escrito anónimamente por un español y traducido al francés por el propio embajador de España en Francia, Luis Rigio y Branciforte, príncipe de Campoflorido, Grande de España.
  • Narración de la defensa de Cartagena de Indias contra el ataque de los ingleses en 1741, publicada por Cristóbal Bermúdez Plata en Sevilla (1912).
  • Dos relatos anónimos publicados por Juan Manuel Zapatero: Diario puntual de lo acaecido en la invasión hecha por los ingleses a la plaza de Cartagena, tardíamente publicado por Manuel Ezequiel, escritas por «un paisano» y publicadas en La Habana.
  • Dos relatos que Guillermo Hernández de Alba hizo públicos: Diario de Enrique Forbes, teniente en el regimiento de Bland y las Noticias de la Provincia de Cartagena de Indias escrita el año 1772.
  • Tobías Smollet, Authentic papers related to the expedition against Carthagena, publicada por Jorge Orlando Melo en su Reportaje de la historia de Colombia, Bogotá: Planeta, 1989.
  • Don Blas de Lezo. Defensor de Cartagena de Indias, Gonzalo Quintero Saravia. Colombia, Planeta, 2002.
  • El vasco que salvó al Imperio Español. El almirante Blas de Lezo, José Manuel Rodríguez. España, Altera, 2008.
  • Biografía del Caribe, libro tercero, capítulo XVI: «Relato del almirante inglés y el cojo Don Blas», Germán Arciniegas. Editorial Sudamericana SA, 1966.
  • El día que España derrotó a Inglaterra, Pablo Victoria. Editorial Áltera.
SEGUN ENCICLONET

Marino español, nacido en Pasajes (Guipúzcoa) en 1689 y muerto en Cartagena de Indias (Colombia) en 1741, quien, además de diversas misiones de guerra en el Mediterráneo (durante la Guerra de Sucesión española y contra los argelinos) y los mares americanos (contra los corsarios), defendió con éxito el puerto de Cartagena de Indias del ataque inglés de 1741, durante la Guerra Hispanobritánica (o de la Oreja de Jenkins).

Comenzó su carrera naval como guardiamarina en el buque insignia de la marina francesa (entonces aliada de España), a las órdenes del almirante conde de Tolosa (1701). Su primera misión consistió en una acción contra una escuadra anglo-holandesa ante Vélez-Málaga, en 1704, durante la Guerra de Sucesión española; durante el combate fue herido gravemente y perdió una pierna, pero su entereza fue observada por el almirante y ello le valió ser ascendido a alférez de navío. Después tomó parte en el sitio del castillo de Santa Catalina, de Tolón, ya como teniente de navío, donde otra vez resultó herido en un ojo, y en los socorros enviados a las tropas de Felipe V que cercaban Barcelona; en la segunda ocasión en que se auxiliaba a los ejércitos sitiadores de la ciudad catalana (1713), Blas de Lezo (por entonces capítán de navío) fue nuevamente alcanzado y perdió el uso de un brazo desde entonces. Ésto no impidió que se le encargase el mando de uno de los buques que asaltaron Mallorca. Finalizada la Guerra de Sucesión, recibió asimismo el mando del Lanfrance para proteger las Antillas de ataques corsarios, tarea a la que se aplicó durante catorce años (1716-1730); fue nombrado general del Mar del Sur en 1723.

Vuelto a España y nombrado jefe de escuadra, la primera misión que se le encomendó fue la de reclamar 2.000 pesos depositados en el Banco de San Jorge de Génova, que obtuvo tras fondear su escuadra en el puerto genovés. A continuación, deseosa España de proteger la costa levantina peninsular de posibles ataques turcos desde los puertos norteafricanos, participó como segundo jefe de la escuadra de Cornejo, en el transporte de los 30.000 hombres del conde de Montemar que iban a tomar Orán, en 1732.

Logrado el objetivo, el marqués de Santa Cruz, nombrado gobernador, fue al poco atacado por el bey Hassan, y Lezo llevó en su ayuda 5.000 hombres en 6 navíos; una vez que aseguró la protección de la plaza, persiguió y hundió a la capitana argelina, y permaneció durante dos meses patrullando las aguas norteafricanas para evitar el envio de refuerzos desde Estambul. El acierto en sus acciones le permitió continuar ascendiendo: fue nombrado teniente general en 1734, y comandante general en 1737, de los barcos destinados a Cartagena de Indias; allí se encontraba cuando se declaró la guerra entre España en Inglaterra en 1739. Iniciadas las hostilidades, se mantuvo a la defensiva protegiendo el puerto con sus reducidas fuerzas; fue atacado por el almirante inglés Edward Vernon en 1741, con treinta y seis buques que le daban superioridad. Los ingleses desmantelaron los fuertes de la entrada del puerto y lograron desembarcar; tras retirarse Blas de Lezo y el gobernador Sebastián de Eslava, heridos, a la ciudad, el puerto fue ocupado totalmente, y desde él se bombardeó la población. Sin embargo, la fuerte defensa obligó a los ingleses a retirarse tras sufrir importantes pérdidas. Lezo falleció poco después de la batalla debido al esfuerzo realizado por una constitución ya gastada, concediéndosele de manera póstuma el título de marqués de Ovieco.
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25/5/08

Almanzor, el martillo de Alá

Almanzor, el martillo de Alá

Por Fernando Díaz Villanueva

Almanzor.
Si Abderramán III es el rey de Al Ándalus y Averroes su filósofo, Almanzor es el soldado. Hace cosa de mil años, año arriba año abajo, protagonizó las más sonadas y triunfantes campañas militares por los reinos cristianos. Sembró el terror y arrasó Santiago de Compostela, centro espiritual de lo que había quedado de España. Su nombre permanecería grabado a fuego durante generaciones, y aún hoy es sinónimo de caudillo invencible, porque a Almanzor el victorioso sólo le derrotó la muerte.
A mediados del siglo X la antigua Hispania romana se había convertido en un califato musulmán. Los árabes que habían llegado tres siglos antes serían bárbaros iletrados, pero no tontos; se habían quedado con lo mejor: las costas del Mediterráneo, tapizadas de palmeras y naranjos en flor, y los fértiles valles del Ebro y el Guadalquivir, que son una delicia y huelen a azahar. Lugares, en suma, muy agradecidos, donde el Islam echó raíces y floreció.
A la cabeza de aquel reino se situaba un califa que residía en Córdoba, una antigua ciudad romana que viviría en estos siglos su gran momento histórico. Sacando partido de la jugosa herencia romana, los moros hicieron de Al Ándalus un califato próspero, poderoso y temido.
Muy al contrario, al norte, más allá del Guadarrama y en las sierras del Pirineo, malvivían un puñado de reinos y condados cristianos, despoblados y débiles, castigados por expediciones de castigo o aceifas que, regularmente, enviaba el califa para proveerse de esclavos y, sobre todo, de esclavas, muy apreciadas en la Corte cordobesa. Con esta vida de sufrimientos, los aperreados cristianos sólo podían esperar que llegase el Apocalipsis, que un guerrero llegado del sur les diese la puntilla. No olvidemos que estaban cerca del año 1000, y, según el calendario de San Juan, al mundo le quedaban cuatro días mal contados antes del inevitable Juicio Final.
Mientras negros nubarrones cubrían el horizonte de los españoles del norte, la familia de los Al Maafí, avecindada cerca de Algeciras y descendiente de un antiguo linaje yemení, vivía tan ricamente trayendo hijos al mundo. En su seno nació, a mediados de siglo, Abu Amir Muhammad, un joven ambicioso que, tan pronto como pudo, se trasladó a Córdoba para medrar y hacer fortuna en la capital. En Córdoba no ataban a los perros con longaniza, pero se había ganado el sobrenombre de la Perla de Occidente, rivalizando en grandeza y refinamiento con la misma Bagdad.
Interior de la Mezquita de Córdoba.En la Corte, la carrera de Abu Amir fue meteórica. Estudió el Corán a fondo en alguna de las muchas madrasas que tenía la ciudad y se empleó como escriba, tomando al dictado las demandas que la buena gente analfabeta quería hacer llegar al califa. Sus labores debieron de ser tan apreciadas que un visir se lo presentó a Alhakén, un delicado príncipe amante de las letras y el arte. A él le debemos lo mejor de la mezquita de Córdoba y el palacio de Medina Azahara.
Abu Amir no estaba tan instruido como el califa ni poseía tanta sensibilidad artística, pero le birló a la favorita, la vascona Subh. Era muy habitual que los emires y nobles musulmanes enriqueciesen sus harenes con hermosas mujeres del norte, especialmente si eran rubias y metidas en carnes. Un gusto que, según parece, no ha decaído entre los árabes actuales.
Protegido por Subh, Abu Amir fue ascendiendo por los escalones del poder. El califa le nombró general y le envió al norte de África para que fuese fogueándose en las artes de la guerra o, quizá, para que dejase de enredar en el harén, porque la garbosa apostura del algecireño se lo estaba desgraciando.
En esas estaba cuando el califa murió. Su heredero, Hisham, tenía sólo diez años y era incapaz de hacerse con las riendas del Gobierno. Los espadones de la Corte, que de eso siempre hemos ido sobrados, pensaron que mejor sería liquidar al niño y nombrar a otro. Subh descubrió la trama y se lo dijo a su amante. Abu Amir era ya importante, pero no tanto como para hacerse con el poder. En un cónclave secreto, decidieron los notables del califato estrangular al aspirante. Nuestro hombre se presentó voluntario, y cuentan que lo hizo con sus propias manos.
Con Hisham correteando por las estancias de palacio y la reina madre Subh atendiendo sus deseos, Abu Amir se convirtió en una de las personas más poderosas e influyentes de Córdoba. Sólo dos hombres se interponían entre él y el poder: el visir Yafar al Musafi y el distinguido general Galib, glorioso vencedor de los cristianos. Hizo una jugada maestra para deshacerse de ambos. Primero acabó con el político, valiéndose de la ayuda del militar, al que luego dio matarile, y entremedias se casó con su hija, la bella Ismá. Digno de las mil y una noches.
A Musafi le tendió una trampa, y el antaño hombre fuerte de Alhakén terminó sus días estrangulado en la cárcel de Córdoba. El estrangulamiento era una muerte reservada a los reyes. Con Galib no fue tan suave: le dedicó una agonía terrible, después de enfrentarse con él en el campo de batalla. Cuentan que ordenó que le despellejasen y que sus restos fuesen crucificados delante del alcázar. El infierno mismo para un musulmán.
Sin enemigos incómodos, pudo al fin disfrutar del poder absoluto. Tenía sólo 40 años y la ambición intacta. Para igualar su gloria a la del califa mandó construir cerca de Córdoba un palacio a imagen y semejanza del de Medina Azahara, el de Madinat Al Zahira (la ciudad resplandeciente). Como no quería quedar por debajo de los califas y buscaba que el pueblo le viese como tal, encargó la última ampliación de la mezquita y se hizo llamar Al Mansur Bil Allah, el Victorioso de Alá; es decir, Almanzor, que es el nombre con el que pasaría a la historia.
La paradoja que se daba entonces es que Abu Amir sería todo lo Almanzor que él quisiese, pero no había ganado una sola batalla en condiciones a los cristianos. Todo se lo debía a su encanto, primero, y a su falta de escrúpulos, después. Un líder que quisiese ser apreciado en la Córdoba califal debía salir, al menos una vez en su vida, y dar su merecido a los infieles del norte. Ocupado como había estado en estrangular y despellejar a los que le hacían sombra, apenas había tenido tiempo de dar una dentellada a los crecidos cristianos que se aventuraban por las tierras del Ebro. Y eso era una intolerable mancha en su, por otro lado, inmaculado expediente.
La localidad de Rueda.Concibió entonces la idea de golpear a los cristianos como un martillo; es decir, todos los años, saquear sus campos, incendiar sus ciudades, profanar sus templos y convertir a los que quedasen con vida en esclavos. Nada del otro mundo: en la Edad Media no se hacían prisioneros. Las guerras eran así.
La primera campaña la dirigió contra León: arrasó Zamora y le dio un palo a la coalición de leoneses, castellanos y navarros que le estaban esperando en Rueda. Era sólo el principio. En 985 dejó a los leoneses respirar y dirigió sus fuerzas contra Cataluña. El conde Borrell, que le había prestado sumisión, no se lo podía creer; intentó parar el golpe, pero de nada le sirvió: la morisma se ensañó con Barcelona y devastó los condados aledaños.
Si era eso lo que le hacía a los amigos, los enemigos podían ir preparándose. En 987 un nuevo ejército abandonó Córdoba para asolar el reino leonés por lo que, andando el tiempo, sería Portugal. Arrasó Coimbra y se dirigió a por la presa más codiciada, la ciudad de León, un símbolo de la resistencia cristiana cuyos reyes eran herederos de Pelayo. No dejó piedra sobre piedra. El rey Bermudo, que tuvo que salir en estampida de la capital, se refugió en Galicia, donde pensaba que nunca se atreverían a entrar los bárbaros del sur. Se equivocaba.
El rey de Navarra, viéndolo venir, bajó hasta Córdoba para inclinarse ante Almanzor y ofrecerle su vasallaje. Esto era mucho más de lo que hubiera soñado el afortunado escriba de Algeciras: todo un rey, acaso el más respetado de la Cristiandad hispana, arrodillado ante él en el salón del trono de su palacio. Los botines obtenidos en las continuas aceifas estaban, además, colmándole de riquezas y engordando las arcas del califato. Tal cantidad de todo llegó a Córdoba en aquellos años que hasta bajó los impuestos, medida recibida con júbilo por un pueblo que le veía como un guerrero de leyenda. Para celebrar su fama se hizo llamar, aparte de Almanzor, Malik Karim, esto es, Rey Noble. Estaba a un paso de la corona, de convertirse por derecho en lo que ya era de hecho.
Los únicos que le enseñaban los dientes eran los castellanos. Castilla era un condado fronterizo de campesinos libres que, en sólo cien años, se había extendido desde el Cantábrico hasta Somosierra. Envió una expedición contra el levantisco condado y aplastó la resistencia en Gormaz, a la sombra de su espléndida fortaleza. Después se dio un festín saqueando Álava, Burgos y Soria.
La España cristiana estaba, en 997, en su momento más bajo desde la invasión musulmana. Sólo había que poner el broche final. Al frente de un nutrido ejército, se dirigió a Santiago de Compostela. Contra Almanzor no había victoria posible, por lo que los habitantes abandonaron la ciudad, animados por el obispo Mendoza. Los moros se cebaron a conciencia con uno de los corazones de la Cristiandad. Normal que muchos pensasen que el fin del mundo estaba cerca.
Para que quedase constancia de su hazaña, ordenó llevar las campanas y las puertas de la catedral hasta Córdoba y a hombros de esclavos cristianos. Las primeras fueron devueltas a Santiago por Fernando III; a hombros de moros, claro. Las segundas forman parte del techo de la mezquita.
Un pendón de Castilla de 1666 (imagen tomada de www.museoferias.net).La gesta compostelana le convirtió en un personaje mítico del que se hablaba en todo el mundo islámico, desde los arenales de Persia hasta el Magreb.
Tan sólo le quedaba por castigar un reino cristiano: Navarra. Ésta, aunque obediente, no iba a librarse del martillo de Alá. El último año del primer milenio Pamplona fue salvajemente pillada e incendiada. La aceifa continuó por los valles del Pirineo donde, poco después, nacería el reino de Aragón.
Veintitantos años de guerra, aunque sean victoriosos, pasan factura a cualquiera, y Almanzor, ya sesentón, no era una excepción. Su última campaña la dirigió contra Castilla, la irreductible Castilla, que no le daba más que disgustos.
Corría el verano del año 1002. Se encontraba guerreando en Soria, se puso malo y murió en algún lugar de las serranías ibéricas, cerca de Medinaceli. Acababa, eso sí, de saquear el monasterio de San Millán de la Cogolla, el mismo lugar donde, unos años antes, nuestra lengua castellana había dado su primer balbuceo.
Siglos después, y para quitarse la mala conciencia de no haber podido ganar una sola escaramuza contra Almanzor, los cronistas cristianos se inventaron una batalla en la que las tropas andalusíes mordieron el polvo, la de Calatañazor. De aquí nacería aquello de "Calatañazor, donde Almanzor perdió su tambor". La batalla no existió, pero hasta hoy perduran sus ecos.
El califato quedó en manos de su hijo, Abdelmalik, que se lo disputó con su hermano, y éste con un general que terminaría por extinguir la estirpe de Almanzor. Envuelto en mil disputas, el califato fue de mal en peor, y en pocos años se vino abajo.
La estrella de Al Ándalus comenzaba a decaer, pero eso los baldados cristianos no lo sabían; apenas acertaban a escribir acongojados: "En el año 1002 murió Almanzor y fue sepultado en los infiernos". Razón no les faltaba.
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18/5/08

1640, el año de la discordia

1640, el año de la discordia

Por Fernando Díaz Villanueva

Olivares, pintado por Velázquez.
A finales del verano de 1640, el Conde Duque de Olivares se recluyó en su estudio para redactar un largo memorial con el que dar cuentas al monarca de la cadena de desastres que habían puesto la Corona española al borde del precipicio. "Este año se puede contar sin duda por el más infeliz que esta Monarquía ha alcanzado". No exageraba, y en el momento de escribirlo aún le quedaba por vivir la debacle de los tercios de Flandes y la independencia de Portugal.
Tras un largo y zarandeado reinado, Felipe II dejó el trono al único hijo que le quedaba después de cuatro matrimonios. Mucha confianza en él no tenía. Se lamentaba amargamente: "Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos", o confesaba resignado a los más cercanos que se temía que a su hijo Felipe se lo iban a gobernar. Así fue. Abúlico, débil de carácter y medio lerdo, entregó el gobierno a los privados mientras él, en su simpleza, se entregaba a los bailongos de la Corte y a ponerse las botas en los banquetes.
Su favorito fue el Duque de Lerma, un ambicioso cortesano cuya inmoralidad era sólo superada por su incapacidad para gobernar. Despilfarró a placer y, para seguir haciéndolo, evitó meterse en guerras que tenía perdidas de antemano. Por lo demás, no dio una a derechas y dejó la economía castellana, ya tocada por los derroches de Felipe II, en los mismísimos huesos. Por suerte, tanto el rey como el valido duraron poco. A los 20 años la Corona pasó al siguiente Felipe, el cuarto de nuestra historia.
Si el padre había sido bobo, el hijo no le iba a la zaga. A éste, en lugar de darle por comer, le dio por andar de cama en cama, con especial predilección por las actrices y cómicas, vieja tradición de nuestros reyes que no ha decaído. Unos cincuenta hijos engendró, entre bastardos y legítimos. Ya se sabe que a los tontos, o les da por el sexo o por pasarse el día metidos en la despensa. De viejo se arrepintió de los excesos y se transformó en un beato maniático que, viendo de cerca la muerte, pidió que acostasen junto a él la momia de San Isidro. Y así se despidió de este ingrato mundo que tantos sinsabores le había acarreado.
El rey, que no estaba por la labor de reinar, dejó el gobierno en manos de Gaspar de Guzmán y Pimentel, Conde Duque de Olivares, un aristócrata de rancio abolengo que le acompañaba desde la infancia. Olivares, muy a diferencia de Lerma, tenía intención de gobernar, amaba el mando y el poder por encima de cualquier otra cosa. Creía que la Providencia le había elegido como herramienta para que la Monarquía Hispánica reafirmase su hegemonía en todo el orbe. El problema es que los cuantiosos gastos de esa monarquía, a pesar de sus incontables dominios, en los que no se ponía el sol, corrían a cuenta de uno solo: el reino de Castilla.
Detalle de un retrato de Olivares debido a Velázquez.Los tercios de Flandes y de Italia, las guerras con Francia e Inglaterra, las flotas de Indias, los galeones que atravesaban el océano cargados de oro y todo el boato que rodeaba a la Corte recaía sobre los hombros de los castellanos; y no de todos: sólo de los que trabajaban, que, debido a todo lo anterior, eran cada vez menos. Olivares anhelaba un imperio aún más universal, más incontestable, pero Castilla no daba más de sí, estaba literalmente agotada. Ingenió entonces un plan de reformas que consistía, básicamente, en promover el buen gobierno económico y castellanizar todos los reinos de la Corona; vamos, tratar de que todos arrimasen el hombro. No logró ninguna de las dos cosas.
En 1624 le presentó a Felipe IV un memorial secreto que llamó "Unión de Armas". La idea era que cada una de las posesiones del rey contribuyesen con dinero y hombres a la magna empresa que había trazado en sus cavilaciones solitarias, paseando por el Alcázar de Madrid. Lo de los hombres ya se vería, lo principal era el dinero. Convenció al rey para que se desplazase a Aragón y expusiese a las Cortes sus designios. Valencia y Aragón aceptaron a regañadientes un servicio extraordinario, pero nada de aportar soldados a los ejércitos del rey para que fuesen a morir a Holanda, a Francia, a Italia o a Alemania, que eran los cementerios habituales del sufrido soldado español de la época.
En Cataluña la cosa fue mucho más complicada. Correosos como de costumbre, los diputados se negaron en redondo a soltar un solo ducado y el rey regresó a Madrid con lo puesto. Olivares, sin embargo, consideró que la gira había sido un éxito y se dispuso a armarla en Europa. Declaró la guerra a los franceses por un asunto menor en Italia y se comprometió a ayudar al primo del rey, el emperador de Alemania, metido de lleno en la Guerra de los Treinta Años.
La decisión del valido no pudo ser más errónea. Al poco quedó claro que España no podía batirse en tantos frentes. Los holandeses no daban tregua, ni en tierra ni en el mar; los franceses menos aún, y en Alemania los tercios hubieron de pelear con un enemigo tan insólito como lejano: los suecos. Ésta fue la primera y última guerra entre España y Suecia: un despropósito más que añadir en la errática política europea de los Austrias.
Todo salía mal: la antaño inexpugnable fortaleza española se vino abajo como un castillo de naipes en sólo unos años. Un corsario apresó la flota que traía el tesoro de Nueva España junto a las costas de Cuba. Los franceses sitiaron Fuenterrabía y atacaron Bélgica. Bernhard von Weimar tomó Breisach, en Alsacia, y cortó de cuajo el corredor por el que los generales españoles movían tropas de Italia a Flandes. Esto obligó a llevar a los soldados por el mar, en la flota del almirante Oquendo, que fue aniquilada por los holandeses en el Canal de la Mancha. Una letanía de desastres que parecía no tener fin.
La guerra salía por un pico, y a los soldados había que pagarlos puntualmente si se quería evitar males mayores, como, por ejemplo, que se pasasen al enemigo. Olivares, falto de otros ingresos, apretó las tuercas a Castilla hasta obtener el último real de las exhaustas ubres de la vaca castellana. Creó impuestos nuevos, subió los existentes, devaluó la moneda y hasta incautó la plata que venía de América, y se apropió de las rentas del Arzobispado de Toledo. Con todo, no fue suficiente: sólo sirvió para debilitar aún más la ya exangüe economía de Castilla. No había vuelta de hoja: Aragón y Portugal tenían que contribuir al esfuerzo, por las buenas o por las malas.
Con la excusa de que los franceses habían tomado el castillo de Salses, en el Rosellón, desplazó un ejército hasta Cataluña. Recuperada la plaza, Olivares creyó contar con el arma disuasoria adecuada para que los diputados de la Generalidad, esta vez sí, aflojaran la bolsa y reclutasen hombres para defender Milán.
El Corpus de Sang.Sucedió exactamente lo contrario. Los tercios acantonados en Cataluña empezaron a causar problemas en los pueblos y aldeas. El conde de Santa Coloma, virrey de Cataluña, se mostró incapaz de frenar los desmanes de los soldados, y una ola de descontento popular, debidamente azuzada por la Iglesia, recorrió el Principado.
Un oficial del rey fue quemado vivo en Santa Coloma de Farners, ofensa que los tercios vengaron metiendo fuego a todo el pueblo. El drama estaba servido. Los campesinos de las comarcas del norte se levantaron contra el rey enfrentándose a las dispersas compañías del ejército. Un grupo de segadores, de los que bajaban hasta Barcelona en verano para emplearse en la cosecha, entró en la Ciudad Condal el 7 de junio de 1640, fiesta del Corpus.
La anarquía se adueñó de Barcelona. Los segadores, con su hoz en la mano, la emprendieron contra los funcionarios reales y no se detuvieron hasta dar muerte al virrey, a quien degollaron en la playa. Fue el llamado Corpus de Sangre.
Pau Claris, un clérigo que se había significado en la resistencia contra el ejército real, se hizo cargo de la situación y proclamó una curiosa República catalana bajo la protección del rey de Francia. Eso de la república independiente no le hizo mucha gracia al cardenal Richelieu, por lo que Claris hubo de desdecirse y reconocer a Luis XIII como soberano de Cataluña. La independencia había durado, exactamente, una semana.
La noticia cayó en Madrid como un jarro de agua fría y puso al favorito en una situación insostenible. En una carta al Cardenal-Infante le confiesa, apesadumbrado: "De todos nuestros trabajos, el de Cataluña es el mayor que jamás hemos tenido, y mi corazón no admite consuelo de que vamos a una acción en la cual, si mata nuestro ejército, mata a un vasallo de Su Majestad".
Olivares, terco como un mulo pero hombre resuelto, reunió un nuevo ejército y lo mandó a Cataluña, no ya para sofocar la revuelta sino para recuperarla. Las tropas del rey se dieron de bruces contra el ejército francés, que había acudido a defender su reciente "conquista". El valido cayó en desgracia y su sucesor, Luis de Haro, heredó tal cúmulo de problemas que tuvo que olvidarse de lo de Cataluña, al menos temporalmente.
A Cataluña le siguió Portugal. Pero allí no había un solo soldado español a quien degollar, por lo que la operación fue incruenta y expeditiva. Los portugueses hasta tuvieron la deferencia de escoltar a la gobernadora, Margarita de Austria, a la frontera para que no cayese en manos de unos desaprensivos. Habían pasado 60 años desde que Felipe II uniese las dos coronas, la de España y la de Portugal. El matrimonio ibérico quedó disuelto definitivamente; aunque, eso sí, a Portugal le seguimos llamando "el país hermano", porque lo es.
En Aragón, incluso en Andalucía, se produjeron revueltas similares a la catalana, aunque, por fortuna, la cosa no fue a mayores. En Andalucía el duque de Medina-Sidonia soñó con crear un reino andaluz independiente a imagen y semejanza del portugués, pero no obtuvo demasiada respuesta por parte de sus potenciales súbditos.
Felipe IV, retratado por Velázquez.Felipe IV, contemplando la que había liado su inseparable privado y amigo, desterró al Conde Duque a Toro, donde murió años después loco de atar, sin asimilar el fracaso de su política dentro y fuera de España. En el destierro encargó un libro para reivindicar su privanza titulado Nicandro. La osadía le costó una denuncia ante el Santo Oficio, que, no lo olvidemos, tenía entre sus cometidos, aparte de quemar herejes, hacer limpieza entre clérigos y aristócratas incómodos.
El recién nombrado valido buscó desesperadamente la paz. En Westfalia se reconoció, después de casi cien años de guerra, la independencia de Holanda, la peor y más ruinosa empresa exterior de nuestra historia. La paz con Francia tardó en llegar unos años más, y, para lo mal que se habían puesto las cosas, no fue del todo desventajosa. Se fijaron los lindes pirenaicos tal cual están hoy, con todas las peculiaridades y rarezas que hacen de esta frontera una de las más antiguas de Europa, si no la más.
Portugal no volvió al redil. Después de intentarlo durante años, Felipe IV se dio por vencido y firmó la paz, para que, como buenos hermanos, cada uno siguiese por su camino. En Cataluña, la dominación francesa se les terminó por indigestar. Habían salido de la sartén para caer en el fuego. Los funcionarios franceses eran bastante peores que los castellanos, por lo que las disensiones internas no tardaron en aflorar. Españoles a fin de cuentas, los miembros de la Generalidad se enzarzaron unos contra otros, haciendo de Cataluña el rincón más ingobernable y olvidado del Reino de Francia, que los ignoraba por completo.
Luis de Haro, que no le quitaba ojo a Cataluña, aprovechó el barullo catalán y condujo dos ejércitos, uno desde Lérida y otro desde Tarragona, para poner sitio a la capital. Se entregó en octubre de 1652, sin mucha resistencia. Felipe IV concedió una amnistía, juró respetar los fueros, pelillos a la mar y aquí no ha pasado nada. Un final muy español, la eterna dualidad de Quijote y Sancho que marca nuestro carácter. La historia de España tiene estos vuelcos, a veces inexplicables, en los que se salva la ropa de puro milagro. La idea imperial estaba, eso sí, herida de muerte.
El siglo fue consumiéndose a la vez que la dinastía. Mientras en la Corte pintaban Zurbarán y Velázquez, y por las callejas de Madrid malvivían Quevedo, Calderón de la Barca y Tirso de Molina, en los dominios del rey de España el sol se ponía lentamente.
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
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11/5/08

Los almogávares: Desperta, ferro!

Los almogávares: Desperta, ferro!

Por Fernando Díaz Villanueva

Guerrero almogávar (imagen tomada de www.lilliputmodel.com).
En 1245 los reyes de Aragón dieron por concluida la Reconquista. Habían llegado hasta Alicante, hasta el punto donde el río Segura se encuentra con el mar. A partir de ahí le tocaría a Castilla continuar la labor de recobrar la España perdida. El problema es que a los belicosos catalanes, aragoneses y valencianos de la época les quedaba cuerda para rato, y no estaban dispuestos a quedarse cruzados de brazos.
Abrevaron sus caballos en las aguas del Segura y pusieron sus ojos sobre el ancho mar que tenían enfrente: el Mediterráneo, un océano de oportunidades al alcance de su mano que, nobleza obliga, no iban a dejar escapar.
En la lejana Sicilia se estaba cociendo, allá por 1282, un asunto muy feo. Los partidarios del Papa, llamados güelfos, habían colocado en el trono de la isla a Carlos de Anjou, un insolente francés que había repartido el regalo entre su camarilla de amigos. El partido contrario, el de los gibelinos, conspiraba contra él, pero sus seguidores, como carecían de candidato, poco podían hacer, salvo emigrar o encerrarse en casa. En Aragón, el rey Pedro III estaba al tanto de la jugada, y cuando la cosa se puso imposible reclamó sus derechos dinásticos.
Naturalmente, la Casa de Barcelona, a la que pertenecía el monarca, nunca había tenido derechos sobre la isla, pero Pedro se había casado con una alemana, Constanza de Hohenstaufen, que sí que los tenía. Eso era suficiente para intervenir. Declaró la guerra a los usurpadores franceses y la ganó. Fue un paseo militar que le proporcionó insospechada fama y el bien merecido título de Pedro el Grande. Todo este episodio se conoce como las Vísperas Sicilianas, y fue el primer capítulo de la dilatadísima presencia española en el sur de Italia. Tan dilatada que se extendería durante cinco siglos.
El secreto de Pedro el Grande para conquistar Sicilia tan rápidamente fue un novedoso cuerpo de ejército traído de las guerras contra los moros en España y que se había demostrado invencible: las compañías de almogávares.
Los almogávares eran los soldados más bravos y temibles de su época. Eran tropas ligeras, normalmente de infantería, armados con lo justo pero que se movían con sorprendente agilidad en cualquier campo de batalla. Se agrupaban en compañías no muy numerosas, lideradas por un caudillo que las sometía a una disciplina férrea. O vencían o morían: no había término medio. Se les iba la vida en ello, y no sólo porque no daban cuartel en el combate, sino porque carecían de impedimenta: vivían de lo que saqueaban al vencido tras haberle aniquilado. Así de sencillo.
San Jorge.Provenían de las serranías ibéricas y de los valles del Pirineo, donde eran reclutados muy jóvenes, casi niños. La vida que llevaban era durísima: sometidos a mil privaciones, dormían al raso y comían un día sí y tres no. Vivían por y para la guerra.
No llevaban armadura, ni casco, ni siquiera la socorrida cota de malla, tan en boga en aquellos tiempos. Su equipo se limitaba a una lanza colgada al hombro, unos dardos o azconas –que lanzaban con tanta fuerza que eran capaces de atravesar los escudos del adversario– y un afilado chuzo, su arma más mortífera. Antes de entrar en combate golpeaban con fuerza el chuzo contra las piedras, hasta que saltaban chispas; entonces, cuando el sonido era ya ensordecedor, gritaban al unísono: "Desperta, ferro!", seguido de los más tradicionales "Aragó, Aragó!" o "Sant Jordi!", y se lanzaban sobre el enemigo como auténticos diablos. Estremecedor.
A los enemigos, según veían de lejos el dantesco espectáculo, se les helaba la sangre en las venas. Su destino estaba sentenciado. Y no era para menos. Los almogávares no tomaban prisioneros ni hacían distingos; mataban a todos y se jactaban de que, durante la batalla, su chuzo había pasado más tiempo dentro del cuerpo del adversario que fuera.
Tras la conquista de Sicilia, al heredero de Pedro el Grande, Federico III, empezó a incomodarle la presencia de los rudos almogávares, que no terminaban de acostumbrarse a vivir sin guerrear. Habían pasado unos años persiguiendo a los franceses por el reino de Nápoles, pero con la paz de Caltabellota la diversión se les acabó.
La fama que habían criado en Italia atravesaba las fronteras. Cuentan que, en cierta ocasión, un almogávar fue hecho prisionero por los franceses. El rey franco, intrigado por el romanticismo que envolvía a este cuerpo de españoles asilvestrados, lo mandó traer a su presencia. Para salvar su vida, le propuso una justa con su mejor caballero. Si salía vencedor podría volver con los suyos. El almogávar aceptó sin dudarlo. Sabía que iba a ganar.
El francés se presentó sobre su caballo, armado hasta los dientes y protegido por una coraza primorosamente labrada. El español midió la distancia y, antes de que pudiese reaccionar el jinete, alanceó al caballo hasta matarlo. El francés cayó rodando al suelo, donde el almogávar le esperaba chuzo en ristre. Ahí terminó la justa: el rey pidió al vencedor que perdonase la vida al infeliz caballero y el almogávar regresó a casa tan pimpante.
Con la aventura siciliana tocando a su fin, a los almogávares se les presentaba una dura disyuntiva: o se disolvían o encontraban una causa por la que matar y morir, que era casi lo único que sabían hacer. Ésta se les presentó de improviso. Andrónico II, el emperador de Bizancio, tenía a los turcos encima, a pocas jornadas de Constantinopla, amenazando el trono y la existencia misma del Imperio. Se puso en contacto con el caudillo de los almogávares sicilianos, Roger de Flor, un soldado de fortuna que, antes de recalar en la singular compañía aragonesa, había sido templario, cruzado en San Juan de Acre y pirata. Un genuino aventurero medieval.
De Flor aceptó la oferta y se dirigió, con 7.000 hombres, a Constantinopla. Sólo pidió dos cosas: que le dieran un título nobiliario y que le suministraran una esposa. El bizantino fue espléndido en ambos requerimientos: le hizo Megaduque (nada menos) y le dio la mano de una sobrina suya que vivía en Bulgaria. Cumplimentados los trámites, la Gran Compañía Catalana de Almogávares, o Societate Catallanorum, se dirigió al encuentro con el turco.
Las fuerzas eran desiguales: a cada español le tocaban dos turcos; pero los almogávares, fieles a su consigna de vencer o morir, al grito de "Desperta, ferro!" pusieron en desbandada al enemigo. Al que pudo, porque la degollina de este primer encuentro fue antológica: 13.000 muertos, todos los mayores de diez años, edad a la que Roger de Flor estimaba que un hombre podía blandir una espada.
Entregada su carta de presentación, levantaron el asedio sobre Filadelfia y Thira y persiguieron a los turcos, matándolos allí donde los encontraban.
En menos de un año, las tropas españolas llegadas de Sicilia habían dado la vuelta a la tortilla y se encontraban en el interior de Anatolia. Fue allí donde tuvo lugar la batalla más celebrada de los almogávares, la del monte Tauro: Roger de Flor y su senescal Berenguer de Rocafort, al frente de 7.000 españoles, plantaron cara a unos 40.000 turcos. La misma ceremonia al alba, los hierros despertando entre chispas y la horda colina abajo gritando como posesos los nombres de Aragón y su santo patrón. Los turcos salieron en estampida después, eso sí, de dejar 18.000 cadáveres en el campo de batalla. "Feren tal carnissería que era meravella", apuntaría años después Ramón Muntaner, uno de los integrantes de la expedición, en su Crónica de los Almogávares.
Roger de Flor, tras su victoriosa campaña contra el turco.Corría el año 1304, y éste de los almogávares sería el último ejército cristiano en penetrar en el interior de Asia Menor, la actual Turquía. Hecho el trabajo, Roger de Flor y los suyos regresaron a Constantinopla. Tan impresionante había sido la victoria que el emperador le concedió un nuevo título, el de César.
Tanta generosidad con el forastero destapó el frasco de las intrigas palaciegas. Miguel, hijo del emperador, invitó a Roger de Flor y a sus generales a una cena en Adrianópolis. Tras el último plato, con alevosía y por sorpresa, los guardias alanos de la corte pasaron a cuchillo a los confiados catalanes, que, para más inri, estaban a esa hora algo bebidos.
Advertida la tropa de la traición bizantina, salió como una furia de su campamento en Galípoli y se dedicó durante días a arrasar pueblos y aldeas. Fue la llamada "venganza catalana", que arrojó casi tantas víctimas como las que los almogávares habían dejado en los campos de Anatolia. De ésta no se libraron ni los niños. Muntaner trata de justificar la salvajada apelando al honor: "Fue hecha tan gran venganza [...] pues valía más morir con honor que vivir en deshonra". Los españoles, siempre tan españoles.
Andrónico II, asustado por el cariz que habían tomado los acontecimientos, armó un ejército para neutralizar la amenaza. No sirvió de gran cosa. La compañía almogávar, crecida e iracunda, derrotó a los bizantinos. Para evitar la tentación de huir, metieron fuego a los barcos y se lanzaron, guiados por los dos Berengueres, el de Rocafort y el de Entença, al cuello de sus antiguos anfitriones, gritando, cómo no, "Desperta, ferro!". Muntaner asegura que mataron, ellos solitos, a 26.000 bizantinos; aunque ya sería alguno menos, que a los "cronistas en primera persona" siempre se les va la mano cuando se trata de contar sus hazañas.
Una vez reparada la ofensa, la compañía, visiblemente mermada por los combates, se dirigió hacia Grecia, saqueando a conciencia lo que encontraron a su paso, excepto los monasterios del monte Athos, que se salvaron gracias al ruego de Jaime II de Aragón. Lo cortés no quita lo valiente: serían crueles y sanguinarios, sí, pero también devotos y aficionados a oír misa antes de la batalla.
Muertos sus caudillos en las refriegas con los bizantinos, formaron un consejo de gobierno, el Consell de Dotze, y se pusieron al servicio de los barones francos que mandaban en el sur de Grecia desde tiempos de las Cruzadas. Uno de ellos, Gualterio de Brienne, volvió a traicionarles. Se le olvidó liquidar la soldada por los servicios prestados. En mala hora, porque el despiste lo pagó con su vida. En pocos años se adueñaron de los señoríos francos; pero no de cualquier manera, sino a su manera: asesinaron a los barones y se quedaron con sus haciendas, sus castillos y sus viudas para fundar dos ducados, los de Atenas y Neopatria, que perdurarían 80 años. Durante casi un siglo estos dos pedazos de Grecia se convirtieron en un apéndice lejano y semiolvidado de la Corona de Aragón.
Tras la caída de Atenas y la toma de Constantinopla por los turcos, en el siglo XV, la epopeya de los indomables almogávares fue cayendo en el olvido y su historia se transformó en leyenda. Habían luchado contra corriente, contra el signo de los tiempos, contra todo y contra todos, hasta contra sí mismos. Hoy nadie los reivindica; son, en cierto modo, incómodos recuerdos de una época de la que pocos quieren acordarse. Hasta en la muerte son temidos y respetados. Desperta, ferro!
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4/5/08

Elcano o el viaje al fin del mundo

Elcano o el viaje al fin del mundo

Por Fernando Díaz Villanueva

Juan Sebastián Elcano.
El 8 de septiembre de 1522, miles de años de polémica sobre si la Tierra era plana o no quedaron zanjados en un muelle del puerto de Sevilla. Juan Sebastián Elcano y 17 hombres más, harapientos y exhaustos, descendieron con parsimonia de la nao Victoria. Habían pasado tres años desde su partida. Tres años de navegación, tempestades, calmas chichas, costas ignotas habitadas por tribus de salvajes y penurias sin cuento. El precio pagado por la gesta era elevado, pero ese grupo de hombres acababa de completar la primera vuelta al mundo.
La expedición se había fraguado unos años antes, en la bulliciosa Sevilla de principios del siglo XVI. Atraídos por el deseo de enriquecerse y por un innegable espíritu de aventura, marineros, comerciantes y trotamundos de media Europa se dieron cita a orillas del Guadalquivir. América estaba recién descubierta, y las expediciones desbordaban optimismo. Los primeros capitanes, dispuestos a comerse el mundo, bajaban orgullosos por el río al mando de sus carabelas. Era un lugar de promisión, la ciudad de los prodigios.
Fernando de Magallanes, un marino portugués que había navegado por los mares de Oriente, viajó hasta Sevilla para ofrecer al jovencísimo rey de España un ambicioso proyecto que en la corte lisboeta no había cosechado demasiado éxito. Se trataba de llegar a las islas de las especias navegando hacia el Oeste y no hacia el Este, como se venía haciendo desde que Vasco da Gama arribase a la India, años antes. Magallanes estaba convencido de dos cosas: de que la Tierra era esférica –y, por tanto, circunnavegable– y de que la especiería se encontraba en el lado español de la línea de demarcación acordada con Portugal en Tordesillas.
La cosa no era para tomársela en broma. Si era cierto lo que decía el portugués, España podía convertirse en la primera suministradora de pimienta, clavo, nuez moscada y otras bagatelas que, en Europa, tenían precios astronómicos. Magallanes se puso en contacto con Juan de Aranda, factor de la Casa de Contratación, que le consiguió una entrevista con el rey en persona. Carlos I estaba aún muy verde y apenas hablaba español, pero alguien debió de recordarle que lo de Colón empezó del mismo modo. El monarca se avino a capitular y financió de su bolsillo buena parte del coste del viaje.
Se armaron cinco naves: la Trinidad, la San Antonio, la Santiago, la Concepción y la Victoria. Por el puerto de Sevilla se reclutaron 240 tripulantes, y se cargaron provisiones y otras vituallas para dos años de travesía.
Magallanes.Es aquí donde aparece el hombre que pondría el broche final a la aventura, Juan Sebastián Elcano. Había nacido en un pueblecito de Guipúzcoa, Guetaria, que pronto se le quedó pequeño. Anduvo guerreando en Italia con el Gran Capitán, y se apuntó entusiasta a la expedición militar que en 1509 el cardenal Cisneros había armado contra Argel. Conquistada la gloria, regresó a España y se afincó en Sevilla, que era donde se cortaba el bacalao. Allí conoció a Magallanes y, engolosinado con las riquezas que le aguardaban al otro lado del mundo, consiguió el puesto de contramaestre de la Concepción.
La flota partió de Sevilla a cañonazo limpio en agosto de 1519, y se hizo a la mar desde Sanlúcar al mes siguiente. Las cinco naves, con las velas hinchadas por la corriente de las Canarias, se dejaron caer hasta Tenerife, donde hicieron aguada. La idea de Magallanes era navegar pegado a la costa africana hasta poco antes del ecuador. En ese punto, y para evitar la temida zona de calmas chichas que tantas vidas se cobraba, tomaría rumbo oeste, para que el viento llevase sus barcos hasta la costa americana. Para bregados marinheiros como Magallanes, eso era coser y cantar.
Ya en Brasil había que seguir la ruta que, años antes, había trazado Juan Díaz de Solís, un desdichado que, tras descubrir y cartografiar el Río de la Plata, terminó en la olla de los indios charrúas. Se dieron un festín, porque a Díaz de Solís le acompañaban 60 hombres. Magallanes ya sabía algo: ahí no debía fondear. A partir de ese punto todo lo tendría que descubrir él solito. No había mapas, ni testimonios: estaba tan lejos de la civilización que ni siquiera tenía leyendas a las que agarrarse.
El primer invierno se les echó encima frente a las costas de la Patagonia. Fondearon y establecieron contacto con sus habitantes, unos indios de un tamaño descomunal a los que llamaron "patagones". El paraje era frío e inhóspito, y las mujeres, tal y como precisa el cronista de la expedición, Antonio Pigafetta, eran tan altas como los hombres; "pero, en compensación, son más gordas [...] Nos parecieron bastante feas; sin embargo, sus maridos parecían muy celosos".
Pigafetta era un italiano culto y refinado que se había embarcado buscando aventuras y emociones fuertes. Gracias a él conocemos todos los detalles de la expedición. Como un reportero de la National Geographic, fue anotándolo todo: las plantas, las gentes, sus costumbres, las lenguas que hablaban, las constelaciones del cielo. No escatimó ni los arreglos comerciales con los indios. En Brasil, por ejemplo, comenta con sorna: "Cambiamos también a buen precio las figuras de los naipes: por un rey de oros me dieron seis gallinas, y aún se imaginaban haber hecho un magnífico negocio". Los indígenas de Filipinas resultaron ser aún más desprendidos: "Nuestras joyas y bagatelas se convertían en arroz, en cerdos, en cabras [...] por catorce libras de hierro nos daban diez piezas de oro". El paraíso de un negociante.
Paisaje de la Patagonia chilena.Las diferencias entre Magallanes y los capitanes de las otros barcos, que eran españoles, no tardaron en aflorar durante el invierno patagón. Se produjo un motín. El portugués lo sofocó a tiempo y ajustició a sus instigadores. A uno de ellos, Gaspar de Quesada, le castigó abandonándole en la costa con un sacerdote. Es de suponer que para darle la extremaunción, llegado el momento. Elcano estaba envuelto en el complot, pero supo hacerlo de tal manera que, pasado lo peor, se ganó la estima de Magallanes.
Superado el motín, el capitán general dio orden de proseguir hacia el sur. Hacía frío, y el mar era difícil de navegar. Estaban ya en el paralelo 50, pero Magallanes tenía intención de seguir hasta el 75 buscando el deseado paso que condujese su flota hasta el mar del sur, el mismo que había descubierto Núñez de Balboa en Panamá. El 21 de octubre dieron con él. Le llamaron "Estrecho de las Once Mil Vírgenes", aunque ha pasado a la historia como Estrecho de Magallanes. A la salida se encontraron con el océano más grande del planeta, la mayor masa de agua del sistema solar. Y tenían que cruzarlo.
Un suave viento del sur infló sus velas. Muy a diferencia del Atlántico, el nuevo mar estaba plano como un plato, razón por la cual lo bautizaron "Océano Pacífico", denominación que ha llegado hasta nuestros días. Fue por pura casualidad, porque, en esa latitud, lo normal es que el Pacífico esté tan picado como su temperamental vecino.
A partir de ahí comenzaría la verdadera odisea. Magallanes no sabía que el Pacífico era tan grande, por lo que se pasaron más de tres meses sin avistar tierra. Ningún europeo había navegado antes por esas aguas, que, en cierto modo, eran tan desconocidas para Magallanes como la cara oculta de la Luna para los primeros astrónomos.
La travesía del Pacífico fue agotadora y se cobró muchas vidas a causa del escorbuto. "La galleta que comíamos no era ya pan sino un polvo mezclado con gusanos, que habían devorado toda su sustancia, y que tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata", precisa Pigafetta en su diario. Acabadas las provisiones, terminaron comiendo serrín y el cuero del palo mayor, previamente remojado y cocido. En cuanto a las ratas de a bordo, todas desfilaron por la cazuela.
En marzo de 1521 avistaron las primeras islas: el archipiélago de las Marianas, que llamaron "de los Ladrones" porque los indígenas les birlaron una chalupa que habían dejado en la playa mientras se avituallaban. Tras comprobar que el buen salvaje no lo es tanto cuando ve algo que le gusta, prosiguieron viaje hasta que se tropezaron con un vasto grupo de islas, las Filipinas, que llamaron "de San Lázaro" porque, siguiendo el santoral al pie de la letra, las avistaron el 16 de marzo. Los portugueses, que trasteaban por la zona, aún no habían dado con ellas, por lo que Magallanes tomó posesión de las mismas en nombre del rey de España.
El cuaderno de Pigafetta. A la izquierda, un mapa de las Molucas.Allí el capitán se buscaría la ruina. Se alejó del objetivo del viaje, que era llegar a las Molucas, y le dio por la política. Se dedicó a trabar alianzas con los jefes locales. Se alió con una tribu en contra de otra y pereció en una escaramuza entre ambas. Muertos Magallanes y su sucesor, Juan Serrano, a quien los indios asesinaron tras invitarle a cenar, se planteó el problema de volver a España y de nombrar nuevo jefe. Juan Sebastián Elcano fue el elegido.
De los cinco navíos que habían partido de Sevilla quedaban tres a flote, pero no había tripulación suficiente. Incendiaron la Concepción y, ya al mando de Elcano, se encaminaron a las Molucas. El desánimo cundía. "Estábamos tan hambrientos y tan mal aprovisionados que estuvimos muchas veces a punto de abandonar los navíos y establecernos en cualquier tierra para terminar en ella nuestros días", anota Pigafetta.
El problema de Elcano es que sabía que las Molucas existían, pero desconocía el lugar exacto donde se encontraban. Los portugueses, que conocían su posición, guardaban a buen recaudo el secreto. Propagaron incluso el falso rumor de que sus costas estaban infestadas de arrecifes y eran innavegables. Vagaron durante meses por el mar de las Celebes, recalaron en Borneo y, al final, una tribu de Mindanao les indicó cómo llegar hasta la codiciada especiería.
El 8 de noviembre de 1521 llegaron a destino. Habían pasado dos años desde su partida. Elcano fondeó a la entrada de Tidur e hizo disparar toda la artillería. La ocasión merecía el dispendio. No había tiempo que perder: a los cuatro días ordenó comprar clavo a los indígenas. Les salió muy económico: algunos espejos, tijeras, cuchillos, gorros y paño de color rojo, que hacía furor entre las gentes de aquellas islas. Pigafetta, no obstante, se lamenta de haber sacado tan poco beneficio en el cambalache: "Hicimos, como se ve, un comercio muy ventajoso, aunque no sacamos todo el provecho que hubiéramos podido, pues deseábamos apresurar en lo posible el regreso a España".
Gracias a un portugués que habían encontrado en Tidur, Elcano se enteró de que el rey de Portugal andaba pisándole los talones. Ordenó carenar las naves y poner nuevas velas, sobre las que hizo pintar la cruz de Santiago y la leyenda "Esta es la figura de nuestra buena aventura". El vasco estaba dispuesto a volver a España a cualquier precio, costase lo que costase.
Abandonaron las Molucas a finales de diciembre y tomaron rumbo sur. El capitán dividió la flota: la Trinidad regresaría por el Pacífico; la Victoria, con Elcano abordo, por el Índico. No podía hacer una sola escala. El Índico pertenecía a Portugal, por lo que un encontronazo con cualquiera de sus barcos supondría el fin del viaje. Hizo aguada en Timor y, sospechando que los portugueses le esperarían junto a las costas de Bengala, trazó una arriesgada singladura: ir desde Timor hasta el cabo de Buena Esperanza, cruzando el océano por el paralelo 40, los rugientes 40, a miles de kilómetros de las costas de Asia. Era casi un suicidio, pero el de Guetaria, que a cabezón no le ganaba nadie, se salió con la suya.
Cabo Verde.Doblado el cabo, ya sólo restaba remontar el Atlántico Sur sin aproximarse a la costa y tomar los alisios de vuelta a casa. Pero a Elcano y a su mermada tripulación le quedaba por vivir la última aventura, la traca de fin de fiesta. En julio avistaron Cabo Verde; no les quedaba agua ni comida, y el escorbuto visitaba de nuevo la cubierta, por lo que se arriesgaron a fondear en un archipiélago que era el cruce de caminos de todas las derrotas portuguesas, la mismísima boca del lobo.
Elcano elaboró un ardid. Mintió a los portugueses asegurando que, en realidad, venían de América y que la rotura del trinquete les había desviado de la ruta. Los portugueses tragaron, pero al día siguiente advirtieron el engaño. El gobernador mandó un esquife para prender al español, pero era demasiado tarde: Elcano ya había largado velas.
La maniobra fue magistral: se dirigió al Caribe y, antes de llegar, enfiló el alisio que condujo la Victoria al golfo de Cádiz, frente a la desembocadura del Guadalquivir. Sólo restaba un pequeño esfuerzo más, remontar el río, y estaban en casa.
El 8 de septiembre entraron en el puerto de Sevilla, dispararon los pocos cañones que les quedaban y amarraron la Victoria. Sólo regresaban 18 hombres: 13 españoles, tres italianos, un portugués y un alemán, el leal cañonero Hans, de Aquisgrán. Lo desconocían, pero eran, después de Dios, los que más sabían del verdadero tamaño y complejidad del ancho mundo que empezaba, tímidamente, a abrirse a los ojos de Europa.
Carlos I, ya convertido en emperador, recibió a Elcano en Valladolid. Le colmó de honores y le concedió un escudo de armas, cuya cimera era un globo terráqueo con la leyenda Primus circumdedisti me (El primero en rodearme). El escudo luce hoy en el buque escuela de la Armada Española, que lleva por nombre, precisamente, Juan Sebastián Elcano.
El marino moriría años después en el Pacífico, durante otra expedición a las Molucas. Sus hombres arrojaron el cadáver en alta mar: bello final para el más grande de nuestros navegantes, para el hombre que llegó hasta el fin del mundo... y regresó.
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