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12/2/08

Las lágrimas de Boabdil

Las lágrimas de Boabdil

Por Fernando Díaz Villanueva

Detalle de LA RENDICIÓN DE GRANADA (F. Padilla).
Lo que el moro Muza y sus secuaces tardaron dos años en conquistar, nos costó ocho siglos, con todos sus días y sus noches, reconquistar. El empeño fue lento, a trompicones, salpicado de episodios gloriosos y bochornosas derrotas. Al final, después de 600 años de ajetreo, la Reconquista quedó estancada en los montes de Jaén.
Los reyes cristianos se acomodaron dentro de lo ya ganado y se dedicaron con fruición a darse bofetadas entre ellos, afición, por lo demás, muy nuestra desde tiempos inmemoriales. Había nacido la España de los cinco reinos, cuatro cristianos: Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, y uno musulmán: el pequeño emirato nazarí de Granada.
El último empujón de la Reconquista había venido de mano de dos hombres: Fernando III de Castilla y Jaime I de Aragón. Se propusieron darle la puntilla a Al Ándalus, y casi lo consiguen. En una de esas extrañas ocasiones en que los españoles nos ponemos de acuerdo, los dos monarcas concertaron la acción: Jaime I se lanzó sobre Valencia y Mallorca, mientras Fernando entró a saco en el valle del Guadalquivir. Murcia la conquistó el primero y, tras un pacto entre caballeros, se la entregó al segundo, razón por la cual en el valle del Segura se habla hoy castellano y no valenciano.
A este arreglo le sucedieron 250 años de tranquilidad. La frontera se estabilizó y moros y cristianos se dedicaron, dentro de lo posible, al noble y pacífico arte del comercio. Los reyes de Castilla, que, de manirrotos que eran, andaban siempre a la cuarta pregunta, cobraban un tributo a sus homólogos nazaríes. Un tributo en oro, porque Granada, que se beneficiaba de sus privilegiadas relaciones de sangre con el norte de África, era la puerta del oro africano. Quizá de aquí provenga lo del "oro que cagó el moro". Sea como fuere, lo cierto es que Granada era un reino próspero, muy poblado y de refinadas costumbres. Ahí tenemos ese despliegue de orfebrería que es el palacio de la Alhambra como muestra de lo finolis que era aquella dinastía.
Isabel la Católica.A mediados del siglo XV el oro dejó de fluir como lo había venido haciendo y las tornas cambiaron. El rey moro, deleitándose sobre su diván con la contemplación de la sierra, no sabía la que le venía encima. A muchos kilómetros de allí, en la lejana y fría Valladolid, dos jovenzuelos, herederos de Castilla y Aragón, habían contraído matrimonio, casi de matute pero con una idea clara: querían reunir bajo su cetro los dominios de Rodrigo, el último de los godos.
Empezaron entonces las escaramuzas fronterizas. Los que abrieron fuego no fueron, como muchos creen hoy día, los cristianos, sino el gobernador moro de Ronda, Mohamed al Zagrí, que se apoderó de la plaza de Zahara en un arranque de hombría un tanto descerebrado. Las grandes tragedias las desatan siempre arrebatos de este tipo, pero nunca se aprende.
Isabel, que acababa de salir victoriosa de una guerra con Portugal, vislumbró que ella era la elegida por el Altísimo para dar el puntapié definitivo al infiel. Lo cual no es ninguna tontería, y menos en aquellos tiempos. Su marido, ya convertido en rey de Aragón, andaba también ilusionado con el proyecto, por lo que ambos se pusieron manos a la obra.
Los primeros años fueron un tanto descorazonadores. Las mesnadas de Fernando asaltaban en verano la fértil vega del Genil para retirarse con los primeros fríos y un suculento botín. Pero, claro, así no se conquista un reino, de manera que, acuartelado en Córdoba, el astuto aragonés trazó un cuidadoso plan para ganar la guerra.
Organizó un ejército regular con sus distintos cuerpos, su impedimenta y su Estado Mayor. Las campañas serían, como era de rigor, en los meses calurosos, pero no irían a tontas y a locas sino obedeciendo una estrategia premeditada a largo plazo. Del genio de Fernando de Aragón había nacido la guerra moderna. Algo teníamos que inventar. Los resultados fueron inmejorables. En apenas dos veranos Fernando había puesto al emir Muley Hacén mirando a Tarifa, y nunca mejor traida la comparación.
En Granada estas victorias no sentaron demasiado bien. Los granadinos, como buenos musulmanes, se sentían moralmente superiores a los cristianos, y no podían tolerar que un niñato aragonés les diese lecciones de guerra. Afloró entonces la crisis dentro del emirato. Si en la frontera pintaban bastos para el emir, en Palacio se afilaban las dagas en mil intrigas cortesanas. Muley Hacén, que ya era madurito, se encaprichó con una concubina cristiana mucho más joven que él llamada Soraya. Su esposa Aixa, temiendo lo peor y muy resentida por perder la condición de favorita, se conchabó en secreto con su hijo Boabdil para que le destronase y diese cumplida venganza a la traición. Boabdil, que, la verdad, muy avispado no era, se dejó enredar, y pasó lo que pasó.
A Muley Hacén le sucedió lo que a todos los cincuentones que se enamoran de jovencitas. Creyó ser más joven de lo que realmente era, y llevado por el entusiasmo, salió de campaña contra los cristianos para recuperar la ciudad de Alhama, que además de ser plaza importante era el lugar donde pasaba las vacaciones. Boabdil aprovechó la ausencia de su progenitor para dar un golpe de mano con la ayuda del poderoso clan de los Abencerrajes, una familia aristocrática cuya afición predilecta era quitar y poner emires.
Pero Boabdil no fue el único en sacar partido de la situación. Las noticias del folletín familiar granadino llegaron hasta Córdoba, donde había instalado Fernando su cuartel general. El Trastámara, que era más listo que el hambre, se aplicó a fomentar las rencillas internas, que a la postre podían ser más valiosas que el mejor motivado de los ejércitos.
La Alhambra (Patio de los Leones).Muley Hacén, enterado de la traición, se refugió en el castillo de Mondújar, asistido por su hermano Mohamed el Zagal. Y allí se quedaron esperando el momento propicio para el desquite. Boabdil ignoró a su padre y consideró, con buen tino, que lo primero era ganarle la partida a los cristianos. Condujo entonces un ejército hasta territorio cristiano, pero ese era campo minado. Los castellanos salieron a su encuentro, le derrotaron en Lucena y se lo enviaron a Fernando cargado de cadenas.
Los nobles pidieron que rodase la cabeza del moro para que sirviese de ejemplo a los granadinos. Pero eso no entraba en los planes del maniobrero Fernando. Le dejó marchar a cambio de que, en secreto, fuese su aliado y pagase una indemnización, porque la guerra estaba saliendo carísima. Los contables de Isabel se las veían negras para atender unos gastos que no hacían sino crecer. El Papa había echado una mano en forma de bula de Cruzada, pero ni eso fue suficiente. Menos mal que al final Granada se ganó, porque de lo contrario la guerra hubiera dejado un profundo boquete en las siempre exhaustas cuentas reales.
Con el emirato partido en dos bandos que se la tenían jurada, Fernando se dispuso a ir troceando con paciencia los dominios del enemigo, mientras su esposa Isabel rezaba... y se cambiaba de camisa a diario. Porque eso de que la reina católica llevó durante once años el mismo jubón es una de las trolas más tontas y maledicentes de cuantas se han inventado.
Desde 1484 todas las campañas fueron triunfantes. Ronda y Marbella cayeron en 1485, Loja en 1486 y Málaga en 1487, tras un sonado asedio. Málaga era un dulce bombón que justificaba el dispendio. Los reyes reclamaron soldados de todos sus reinos, y hasta allí llegaron enfervorecidas huestes de vizcaínos, guipuzcoanos, asturianos y valencianos. La flota castellana bloqueó el puerto para evitar que la ciudad recibiese refuerzos y provisiones de Marruecos. A finales de agosto se rindió. Tanto había costado doblegarla que Fernando fue extremadamente cruel con los supervivientes. Ordenó que todos fuesen esclavizados y, para curarse la mala conciencia, entregó a la ciudad la llamada Virgen de la Victoria, una talla que le había regalado Maximiliano de Habsburgo y que es hoy la patrona de los malagueños.
Lo que quedaba del emirato estaba dividido entre Boabdil, que controlaba Granada, y su tío el Zagal, que tenía en su poder Almería y Guadix. Muley Hacén había muerto dos años antes, abandonado por todos. Se cuenta que, al morir, los pocos partidarios que le quedaban llevaron su cadáver hasta lo más alto de Sierra Nevada, donde le dieron sepultura. El pico pasaría a llamarse como él: Mulhacén, que es, además, con sus casi 3.500 metros, el más alto de la Península. Bonito broche final para el último rey moro que mereció tal nombre.
Fernando se concentró en derrotar al Zagal, correoso militar de fino olfato, antes dar el remate al timorato Boabdil, que se escondía en el Albaicín detrás de las faldas de su madre. Los castellanos conquistaron Baza, y Fernando envió un emisario al Zagal para persuadirle de que la resistencia no tenía sentido... y para que se acordase de lo que había pasado en Málaga. El Zagal lo entendió a la perfección. Entregó Almería y se largó al norte de África, a Tlemecén, donde moriría con el alma partida por todo lo que se había perdido en España.
Granada, la rutilante capital del emirato, era ya, en 1490, fruta madura lista para la recolección. Pero Fernando no quería desperdiciar ni un céntimo ni una vida más de lo necesario, de modo que, en lugar de tratar de tomarla al asalto, la sitió. De un curioso modo: mandó construir una ciudad junto a Granada, a la que llamó Santa Fe, pío nombre que se ha mantenido hasta nuestros días y que ha cruzado el Atlántico. Santa Fe es, por ejemplo, la capital del estado de Nuevo México y una de las provincias de Argentina. Caso insólito éste: edificar una ciudad para sitiar otra. No se volvería a ver cosa igual.
Fernando el Católico.Como, a pesar de todo, Granada resistía, Isabel envió al eficiente Hernando de Zafra para que negociase una salida honrosa. Zafra ofreció a Boabdil un señorío en la Alpujarra, cuantiosas rentas y el compromiso de respetar la religión y las costumbres de los granadinos. El acuerdo no parecía malo, y más en la desesperada situación en que se encontraba, por lo que el emir aceptó. Se fijó el 2 de enero para hacer efectiva la entrega de la ciudad. Para evitar machadas de última hora, Fernando ordenó a Gutierre de Cárdenas que entrase con un pequeño contingente por la noche y ocupase la Alhambra.
Al amanecer, los reyes esperaron a Boabdil a orillas del Genil. El moro se acercó parsimonioso, derrotado; hizo ademán de besar las manos de Fernando, cosa que éste rechazó, y entregó las llaves al rey, que, a su vez, se las dio a Isabel. Era su regalo, el más preciado que una reina de Castilla pudo soñar jamás. Gutierre de Cárdenas hizo entonces ondear el pendón de Castilla en lo más alto de la Alhambra, en la torre de la Vela. El cardenal Mendoza, que estaba con él, puso una cruz junto al estandarte. Después de 781 años de batallar sin tregua, la Reconquista había terminado.
La noticia recorrió Europa con celeridad. El Papa hizo repicar al unísono todas las campanas de la Ciudad Eterna. Los reyes de Europa, incluido el de Francia, celebraron la conquista y ordenaron misas en gratitud por la victoria. Mientras tanto, un vencido Boabdil salía camino del exilio en compañía de su madre, la vengativa Aixa. Al coronar uno de los cerros que anticipan la sierra, Boabdil descendió del caballo, se giró y, mientras contemplada compungido el perfil de Granada al atardecer, con sus palacios y torres reflejando la delicada luz dorada que baña la ciudad los días de invierno, se echó a llorar. Es entonces cuando Aixa pronunció una de las frases más famosas de nuestra historia:
"Llora, llora como mujer lo que no supiste defender como hombre".
Cruel epitafio para un rey que nació condenado a la derrota; de ahí que sea conocido como Boabdil el Desdichado. Sus lágrimas siguen hoy inspirando a poetas, y el lugar donde las derramó se llama desde entonces Puerto del Suspiro del Moro.
El destronado iría, como su tío, a morir a África sirviendo a las órdenes del sultán. Granada, por su parte, se cristianizó a golpe de bautismo masivo, y a la vuelta de un siglo su esplendoroso pasado islámico se había convertido en arqueología, ruinas y olvido. Washington Irving, el redescubridor de la Alhambra, haría el resto.
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4/2/08

Bertolt Brecht - Biografias

Biografia de Bertolt Brecht

Bertolt Brecht

Escritor alemán, nacido en Augsburg el 10 de febrero de 1898 y muerto en Berlín oriental en 1956. Su verdadero nombre era Eugen Berthold Friedrich Brecht.

Además de ser uno de los dramaturgos más destacados e innovadores del siglo XX, cuyas obras buscan siempre la reflexión del espectador, trató también de fomentar el activismo político con las letras de sus lieder, a los que Kurt Weill puso la música.

Comenzó en Múnich sus estudios de Literatura y Filosofía en 1917, a los que añadiría posteriormente los de Medicina. Durante la I Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Desde 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich y trabajó como dramaturgo y director de escena. En este entorno conoció a F. Wedekind, K. Valentin y L. Feuchtwanger, con quienes mantuvo siempre un estrecho contacto. En 1924 se trasladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutsches Theater; posteriormente colaboró también en obras de carácter colectivo junto con Elisabeth Hauptmann, Erwin Piscator, Kurt Weill, Hans Eisler y Slatan Dudow, y trabó relaciones con el pintor Georg Grosz.

En 1926 comenzó su dedicación intensiva al marxismo y estableció un estrecho contacto con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigroschenoper (Opera de cuatro cuartos, 1928) obtuvo en 1928 el mayor éxito conocido en la República de Weimar. En ese año 1928 se casó con la actriz Helene Weigel.

Será en 1930 cuando comience a tener más que contactos con el Partido Comunista Alemán. El 28 de febrero de 1933, un día después de la quema del Parlamento alemán, Brecht comenzó su camino hacia el exilio en Svendborg (Dinamarca). Tras una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, marchó a Dinamarca, donde se estableció con su mujer y dos colaboradoras, Margarethe Steffin y Ruth Berlau. En 1935 viajó a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, suscitando una fuerte polémica.

En 1939, temiendo la ocupación alemana, se marchó a Suecia; en 1940, a Finlandia, país del que tuvo que escapar ante la llegada de los nazis; y en 1941, a través de la Unión Soviética (vía Vladivostok), a Santa Monica, en los Estados Unidos, donde permaneció aislado seis años, viviendo de guiones para Hollywood. En 1947 se llevó a la pantalla GalileoGalilei, con muy poco éxito. A raíz del estreno de esta película, el Comité de Actividades Antinorteamericanas le consideró elemento sospechoso y tuvo que marchar a Berlín Este (1948), donde organizó primero el Deutsches Theater y, posteriormente, el Theater am Schiffbauerdamm. Antes había pasado por Suiza, donde colaboró con M. Frisch y G. Weisenborn.

En Berlín, junto con su esposa Helene Weigel, fundó en 1949 el conocido Berliner Ensemble, y se dedicó exclusivamente al teatro. Aunque siempre observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal, tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática.

Brecht es sin duda uno de los dramaturgos más destacados del siglo XX, además de uno de los líricos más prestigiosos. Aparte de estas dos facetas, cabe destacar también su prosa breve de carácter didáctico y dialéctico. La base de toda su producción es, ya desde los tiempos de Múnich, una posición antiburguesa, una crítica a las formas de vida, la ideología y la concepción artística de la burguesía, poniendo de relieve al mismo tiempo la necesidad humana de felicidad como base para la vida.

Con su dedicación al marxismo, esta postura se hizo mucho más radical y pasó de hacer referencia a un individuo aislado a enmarcarse en el ámbito del conjunto de la sociedad: el individuo autónomo aniquilado por el capitalismo (Mann ist Mann, El hombre es el hombre, 1924/25) consigue nuevas cualidades dentro del colectivo. Con el personaje que da título a su drama Baal (1922), Brecht creó un tipo que aparece a lo largo de toda su producción en diversas variaciones (Schweyk im Zweiten Weltkrieg, Schweyk en la Segunda Guerra Mundial, 1943) y que se expresa de manera mucho más radical en los fragmentos Untergang des Egoisten Johann Fatzer (El ocaso del egoísta Johann Fatzer, 1927/30) y Die Reisen des Glücksgotts (Los viajes del dios de la suerte, 1941).

La posición opuesta la representan las figuras maternales junto con el colectivo revolucionario y los dialécticos (Geschichten von Herrn Keuner, Historias del señor Keuner, 1930). El desarrollo literario de Brecht, que en su lírica pasa desde un acercamiento crítico a la "Neue Sachlichkeit" hasta formas de resistencia colectiva (Lieder-Gedichte-Chöre, Canciones-Poemas-Coros, 1934), está influido por la Biblia de Lutero, la obra de Shakespeare y la Antigüedad Clásica, así como por el teatro asiático y la filosofía china.

Brecht entiende la filosofía como la doctrina del buen comportamiento, una categoría que resulta fundamental en su obra. En este sentido entiende sus textos como intentos progresivos de provocar asombro, reflexión, reproducción y cambios de actitud y de comportamiento en el espectador. Para ello utiliza el conocido "efecto de distanciamiento" ("Verfremdungseffekt"), que no debe ser entendido sólo como una técnica estética, sino como "una medida social". Sus intentos dramáticos más radicales de carácter pedagógico y político son Lindberghflug (El vuelo de Lindbergh, 1929), Das Badener Lehrstück und der Neinsager (La parábola de Baden y el que decía que no, 1930), Die Maßnahme, (La medida, 1930), Die Ausnahme und die Regel (La excepción y la regla, 1930) y Die Horatier und die Kuratier (Los horacianos y los curacianos, 1934); en todos ellos se pone de relieve una fuerte separación entre escenario y espectador.

Con la llegada del nacionalsocialismo todos estos intentos revolucionarios perdieron sus presupuestos sociales. En el exilio, Brecht escribió sin publicarlas algunas de sus piezas más conocidas: Leben des Galilei (Vida de Galileo Galilei, que apareció en 3 versiones: una danesa de 1938-39, otra americana de 1945-46, y la tercera, berlinesa, de 1953-55), Mutter Courage und ihre Kinder (Madre Coraje y sus hijos, 1939), Der gute Mensch von Sezuan (El hombre bueno de Sezuan, 1943), Herr Puntila und sein Knecht Matti (El señor Puntila y su criado Matti, 1940), aparte de escritos teóricos sobre teatro (Der Messingkauf, La compra de latón, 1939/40) y algunos apuntes para unas novelas (Tui-Roman, Novela de Tui, 1930/42; Die Geschäfte des Herrn Julius Caesar, Los negocios del señor Julio César, 1938/39). Con sus análisis sobre el fascismo y los Svendborger Gedichte (Poemas de Svendborg, 1939) tomó parte activa en la lucha antifascista.

Condicionado por la situación social, tras 1945 trabajó sólo en obras de carácter didáctico, olvidando sus experimentos de los primeros años. Tal vez esto fue lo que le convirtió en un clásico hasta el punto de que el teatro actual (tanto en la antigua RDA como en la antigua RFA) sería impensable sin él.

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Bertolt Brecht

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Bertolt Brecht
Bertolt Brecht

Bert (Bertolt) Brecht, nacido Eugen Berthold Friedrich Brecht (Augsburgo, 10 de febrero1898 – Berlín, 14 de agosto de 1956), dramaturgo y poeta alemán, uno de los más influyentes del siglo XX, creador del llamado Teatro épico. de

Vida y obra [editar]

Su padre Bertolt Friedrich Brecht y su madre Sofie Brecht, nacida en Brezing. Bertolt asistió a la escuela primaria desde 1908, y finalizó sus estudios en la escuela secundaria de Augsburgo en 1917, año en el cual casi no obtiene el titular de bachiller por su implicación en un escándalo escolar.

Brecht terminó el bachillerato especial (Notabitur), al verse involucrado en un escándalo. Inicialmente influenciado por la euforia de la guerra, Brecht criticó con el ensayo sobre el poeta Horacio (65 a.C. - 8 a.C.) Dulce et decorum est pro patria mori (Dulce y honorable es morir por la patria), en el que se considera honorable morir por la patria y que Brecht considera como propaganda dirigida en la que sólo los tontos caen. Por ello fue castigado con la expulsión de la escuela. Sólo la intervención de su padre y el profesor de religión le evitaron el cumplimiento del castigo[1] .

A continuación estudió medicina en Múnich, teniendo que interrumpir sus estudios al año siguiente al ser llamado a filas como soldado sanitario en un hospital militar en Augsburgo, en el marco de la Primera Guerra Mundial. Durante este tiempo conoció a Paula Banholzer, quien en 1919 dio luz a un hijo suyo, Frank, que moriría en el frente soviético durante la Segunda Guerra Mundial, en 1943.

Inicios [editar]

A partir de 1920 Brecht viajó a menudo a Berlín, donde entabló relaciones con gente del teatroliteraria. En 1924 se trasladó definitivamente allí y empezó a trabajar como dramaturgo junto a Carl Zuckmayer en el Deutsches Theater de Max Reinhardt. y de la escena

En 1922 se casó con la actriz de teatro y cantante de ópera Marianne Zoff. A partir de aquel momento el joven artista tuvo papeles en Münchner Kammerspiele y en el Deutsches Theater de Berlín. Un año más tarde tuvieron una hija, Hanne; poco después conoció a la que sería su segunda esposa, Helene Weigel. En 1924 nació su segundo hijo, Stefan, y tres años más tarde se divorció de Marianne Zoff. En 1929 se casó con Helene Weigel, matrimonio del cual tuvieron una hija, Bárbara.

Desde 1926 tuvo frecuentes contactos con artistas socialistas que influyeron ampliamente en su ideología. Sus primeras obras ya sufrieron el influjo del pensamiento hegeliano, que conocía desde su primera juventud, así como las obras del discípulo de Hegel: Karl Marx. A los 29 años publicó su primera colección de poemas Devocionario doméstico y un año más tarde alcanzó el mayor éxito teatral de la República de Weimar con La ópera de cuatro cuartos, con música de Kurt Weill.

Brecht siempre quiso influir en el público con sus actuaciones, concienciarlo y hacerlo pensar, para lo cual fue configurando una teoría dramática antirrealista que procuraba distanciar al espectador del elemento anecdótico; para ello se fijó en los incipientes medios de comunicación de masas que la recién nacida Sociología empezaba a utilizar con fines políticos: la radio, el teatro e incluso el cine, a través de los cuales podía llegar al público que pretendía educar. Su meta fue alcanzar un cambio social que lograse la liberación de los medios de producción. En ello incluyó tanto el ámbito intelectual como el estético.

Pueden observarse estas metas ya en sus primeras obras como Baal, Tambores en la noche y en su colección de poemas Devocionario doméstico. La Ópera de cuatro cuartos critica, por ejemplo, el orden burgués, del que se burla representándolo como una sociedad de delincuentes. Esta obra fue llevada al cine en 1931 bajo la dirección de Georg Wilhelm Pabst y con la participación de varios de los artistas originales de la obra de teatro.

Un año después, Brecht llevó a cabo un proyecto de propaganda de sus ideas comunistas a través del cine. Kuhle Wampe (o ¿A quién le pertenece el mundo?), dirigida por Slatan DudowHanns Eisler, muestra las opciones que el Comunismo puede ofrecer a un pueblo alemán azotado por la crisis de la República de Weimar. La película fue prohibida un año después, cuando el régimen nazi llegó al poder en Alemania, manteniéndose la prohibición durante el periodo de 1933 a 1945. y con música de

Vida en el exilio [editar]

A comienzos de 1933 la representación de la obra La toma de medidas fue interrumpida por la policía y los organizadores fueron acusados de alta traición. El 28 de febrero —un día después del incendio del Reichstag— Brecht con su familia y amigos abandonó Berlín y huyó a través de Praga, Viena y Zúrich a Skovsbostrand, cerca de Svendborg, en Dinamarca, donde pasó cinco años. En mayo de 1933 todos sus libros fueron quemados por los nacionalsocialistas.

El exilio de Brecht fue seguramente el tiempo más duro de su vida, a pesar de lo cual escribió algunas de sus mayores obras. Encontrándose en una situación económica difícil, tuvo que viajar a Londres y París, e incluso a Nueva York, para que se le permitiera la representación de sus obras e influir de este modo en la sociedad y la política. Pero aparte de sus obras teatrales, escribió también contribuciones para varias revistas de emigrantes en Praga, París y Ámsterdam.

En 1939 abandonó Dinamarca para vivir durante un año en una granja cerca de Estocolmo, y en abril de 1940 en Helsinki. Durante esta época escribió su obra La vida de Galilei. En esta obra de teatro retrató en parte su propia situación en la sociedad: Galilei nunca se dirige directamente contra la Iglesia, en cuyo caso la Inquisición le hubiera podido demostrar que es un hereje. Brecht actuó de manera parecida durante su exilio: nunca se pronunció explícitamente crítico contra la autoridad, el estado y la sociedad, sino siempre de una manera subliminal; con la justa crítica para no llegar a ser mártir de sus propias ideas.

En el verano de 1941 viajó desde Moscú en el expreso transiberiano a Vladivostok. Desde el este de la URSS viajó en barco a California, donde se asentó en Santa Mónica, cerca de Hollywood. Se imaginó obtener un papel en el negocio cinematográfico. Lo consiguió sólo en pequeña medida. Además, organizó algunas representaciones teatrales menores, en la mayoría de los casos en escenarios de emigrantes. Apenas tuvo ocasión de actuar políticamente. Se describió a sí mismo como «maestro sin alumnos», ya que los estadounidenses no parecían estar interesados en su trabajo. Por lo tanto decidió concentrarse únicamente en sus obras mayores, entre las cuales contaba con La vida de Galilei, que fue estrenada el 9 de septiembre de 1943 en el teatro de Zúrich.

Las autoridades en Estados Unidos de América le atribuían peligrosas ideas comunistas por lo cual fue interrogado el 30 de octubre de 1947 por el Comité de Actividades Anti Estadounidenses, que conducía el senador republicano Joseph McCarthy.

Un día después del interrogatorio abandonó los EE.UU. —durante el estreno de La vida de Galilei en Nueva York—, viajando a Zúrich vía París. Allí pasó un año, ya que Suiza era el único país al que podía viajar; le fue prohibida la entrada a Alemania Occidental (RFA), ya que las autoridades de ocupación de la postguerra (aliados) le negaban la entrada y tres años después obtuvo la nacionalidad austriaca.

A comienzos de 1949 se trasladó con un pasaporte checo a través de Praga a Berlín Este. Vivió en la «Casa de Brecht» en Weissensee y fue director general del Deutsches Theater. En otoño fundó junto con Helene Weigel el Berliner Ensemble. A continuación trabajó de una manera muy comprometida para el teatro y tuvo incluso algunas actuaciones por invitación en capitales europeas. Este hecho le causó algunas tensiones con la dirección del SEDSozialistische Einheitspartei Deutschlands: Partido Socialista Unificado de Alemania) así como con representantes de la burocracia cultural y de la vida del teatro. Diversas obras fueron rechazadas, como por ejemplo Santa Juana de los Mataderos y la película Kuhle Wampe. (

En mayo del año 1956 Brecht ingresó en el hospital Charité de Berlín enfermo de una gripe. Murió el 14 de agosto de ese mismo año en Berlín a causa de un ataque al corazón.

Recientemente, en virtud del quincuagésimo aniversario de su muerte, el diario alemán de Berlín, Tagesspiegel publicó las grabaciones completas de un discurso dado el 1 de septiembre de 1956 por Erik Mielke en virtud de su asunción como Director de la Stasi (policía secreta de la RDA). En él Mielke admitía que Brecht «quería hacer una denuncia contra un dirigente de la Staatssicherheit», y luego de una pausa, cargada de significado, agregó: «Y después Brecht se murió de un infarto». De este modo la hipótesis abonada es que Brecht recibió un «tratamiento mortal deliberado» a la afección coronaria que arrastraba desde hacía años.[2]

Estilo [editar]

El teatro brechtiano está creado para un público intelectual; no escribe historias entretenidas que impliquen al espectador, ni era su intención. De hecho, busca el distanciamiento o alienación del espectador –e incluso del actor– con respecto al personaje. Es, por ello, un teatro de difícil acceso, que es necesario poner en su contexto literario e histórico. La mirada de Brecht es dura, profundamente pesimista –eso le llevó a tener problemas con el pretendido socialismo real feliz–, descreída, fría, como participando del distanciamiento que predica para el espectador. Además, concibe el teatro como un instrumento para transformar el mundo, lo que imprime un marcado carácter didáctico a sus obras: algo que puede resultar molesto para el aficionado a un teatro menos militante.[3]

Curiosidades [editar]

  • La famosa cita «Imagínate que hay una guerra y nadie va...» se ha atribuido erróneamente a Brecht. Tampoco es de Brecht el poema que comienza: «Primero se llevaron a los comunistas pero a mí no me importó, porque yo no era comunista...» ni es un poema, sino una frase del pastor protestante alemán Martin Niemöller. (Véase la cita original traducida del alemán en Wikiquote: Martin Niemoeller).
  • Pero sí hay una cita famosa que el pronunció: "Hay hombres que luchan un día y son buenos, otros luchan un año y son mejores, hay quienes luchan muchos años y son muy buenos, pero están los que luchan toda la vida, y esos son los imprescindibles".
  • Como casi todos los intelectuales alemanes exiliados a causa de los nazis, mostró su apoyo por la Segunda República Española. Varias canciones militares para las Brigadas Internacionales se basan en textos suyos, o contaron con su colaboración, como Einheitsfrontlied («La canción del frente unido

El Rockero Peruano Rafo Raez musicalizo un poema de Brecht llamado EL CIRUELO.

Véase también [editar]

Referencias [editar]

  1. ↑ Jürgen Hillesheim: Bertolt Brechts Augsburger Geschichten. Augsburg 2004, S. 66
  2. ↑ ¿Bertolt Brecht fue asesinado por la Stasi? La Nación, Suplemento Cultura, 20 de agosto de 2006.
  3. ↑ Agustín Alonso-Gutiérrez, 2007. "Teatro completo." Aceprensa, 2007-02-14.

Enlaces externos [editar]

Wikiquote

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segun ENCICLONET



Bertolt Brecht

àEscritor alemán, nacido en Augsburg el 10 de febrero de 1898 y muerto en Berlín oriental en 1956. Su verdadero nombre era Eugen Berthold Friedrich Brecht. Además de ser uno de los dramaturgos más destacados e innovadores del siglo XX, cuyas obras buscan siempre la reflexión del espectador, trató también de fomentar el activismo político con las letras de sus lieder, a los que Kurt Weill puso la música.

Comenzó en Múnich sus estudios de Literatura y Filosofía en 1917, a los que añadiría posteriormente los de Medicina. Durante la I Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Desde 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich y trabajó como dramaturgo y director de escena. En este entorno conoció a F. Wedekind, K. Valentin y L. Feuchtwanger, con quienes mantuvo siempre un estrecho contacto. En 1924 se trasladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutsches Theater; posteriormente colaboró también en obras de carácter colectivo junto con Elisabeth Hauptmann, Erwin Piscator, Kurt Weill, Hans Eisler y Slatan Dudow, y trabó relaciones con el pintor Georg Grosz.

En 1926 comenzó su dedicación intensiva al marxismo y estableció un estrecho contacto con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigroschenoper (Opera de cuatro cuartos, 1928) obtuvo en 1928 el mayor éxito conocido en la República de Weimar. En ese año 1928 se casó con la actriz Helene Weigel.

Será en 1930 cuando comience a tener más que contactos con el Partido Comunista Alemán. El 28 de febrero de 1933, un día después de la quema del Parlamento alemán, Brecht comenzó su camino hacia el exilio en Svendborg (Dinamarca). Tras una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, marchó a Dinamarca, donde se estableció con su mujer y dos colaboradoras, Margarethe Steffin y Ruth Berlau. En 1935 viajó a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, suscitando una fuerte polémica.

En 1939, temiendo la ocupación alemana, se marchó a Suecia; en 1940, a Finlandia, país del que tuvo que escapar ante la llegada de los nazis; y en 1941, a través de la Unión Soviética (vía Vladivostok), a Santa Monica, en los Estados Unidos, donde permaneció aislado seis años, viviendo de guiones para Hollywood. En 1947 se llevó a la pantalla Galileo Galilei, con muy poco éxito. A raíz del estreno de esta película, el Comité de Actividades Antinorteamericanas le consideró elemento sospechoso y tuvo que marchar a Berlín Este (1948), donde organizó primero el Deutsches Theater y, posteriormente, el Theater am Schiffbauerdamm. Antes había pasado por Suiza, donde colaboró con M. Frisch y G. Weisenborn.

En Berlín, junto con su esposa Helene Weigel, fundó en 1949 el conocido Berliner Ensemble, y se dedicó exclusivamente al teatro. Aunque siempre observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal, tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática.

Brecht es sin duda uno de los dramaturgos más destacados del siglo XX, además de uno de los líricos más prestigiosos. Aparte de estas dos facetas, cabe destacar también su prosa breve de carácter didáctico y dialéctico. La base de toda su producción es, ya desde los tiempos de Múnich, una posición antiburguesa, una crítica a las formas de vida, la ideología y la concepción artística de la burguesía, poniendo de relieve al mismo tiempo la necesidad humana de felicidad como base para la vida. Con su dedicación al marxismo, esta postura se hizo mucho más radical y pasó de hacer referencia a un individuo aislado a enmarcarse en el ámbito del conjunto de la sociedad: el individuo autónomo aniquilado por el capitalismo (Mann ist Mann, El hombre es el hombre, 1924/25) consigue nuevas cualidades dentro del colectivo. Con el personaje que da título a su drama Baal (1922), Brecht creó un tipo que aparece a lo largo de toda su producción en diversas variaciones (Schweyk im Zweiten Weltkrieg, Schweyk en la Segunda Guerra Mundial, 1943) y que se expresa de manera mucho más radical en los fragmentos Untergang des Egoisten Johann Fatzer (El ocaso del egoísta Johann Fatzer, 1927/30) y Die Reisen des Glücksgotts (Los viajes del dios de la suerte, 1941). La posición opuesta la representan las figuras maternales junto con el colectivo revolucionario y los dialécticos (Geschichten von Herrn Keuner, Historias del señor Keuner, 1930). El desarrollo literario de Brecht, que en su lírica pasa desde un acercamiento crítico a la "Neue Sachlichkeit" hasta formas de resistencia colectiva (Lieder-Gedichte-Chöre, Canciones-Poemas-Coros, 1934), está influido por la Biblia de Lutero, la obra de Shakespeare y la Antigüedad Clásica, así como por el teatro asiático y la filosofía china.

Brecht entiende la filosofía como la doctrina del buen comportamiento, una categoría que resulta fundamental en su obra. En este sentido entiende sus textos como intentos progresivos de provocar asombro, reflexión, reproducción y cambios de actitud y de comportamiento en el espectador. Para ello utiliza el conocido "efecto de distanciamiento" ("Verfremdungseffekt"), que no debe ser entendido sólo como una técnica estética, sino como "una medida social". Sus intentos dramáticos más radicales de carácter pedagógico y político son Lindberghflug (El vuelo de Lindbergh, 1929), Das Badener Lehrstück und der Neinsager (La parábola de Baden y el que decía que no, 1930), Die Maßnahme, (La medida, 1930), Die Ausnahme und die Regel (La excepción y la regla, 1930) y Die Horatier und die Kuratier (Los horacianos y los curacianos, 1934); en todos ellos se pone de relieve una fuerte separación entre escenario y espectador.

Con la llegada del nacionalsocialismo todos estos intentos revolucionarios perdieron sus presupuestos sociales. En el exilio, Brecht escribió sin publicarlas algunas de sus piezas más conocidas: Leben des Galilei (Vida de Galileo Galilei, que apareció en 3 versiones: una danesa de 1938-39, otra americana de 1945-46, y la tercera, berlinesa, de 1953-55), Mutter Courage und ihre Kinder (Madre Coraje y sus hijos, 1939), Der gute Mensch von Sezuan (El hombre bueno de Sezuan, 1943), Herr Puntila und sein Knecht Matti (El señor Puntila y su criado Matti, 1940), aparte de escritos teóricos sobre teatro (Der Messingkauf, La compra de latón, 1939/40) y algunos apuntes para unas novelas (Tui-Roman, Novela de Tui, 1930/42; Die Geschäfte des Herrn Julius Caesar, Los negocios del señor Julio César, 1938/39). Con sus análisis sobre el fascismo y los Svendborger Gedichte (Poemas de Svendborg, 1939) tomó parte activa en la lucha antifascista.

Condicionado por la situación social, tras 1945 trabajó sólo en obras de carácter didáctico, olvidando sus experimentos de los primeros años. Tal vez esto fue lo que le convirtió en un clásico hasta el punto de que el teatro actual (tanto en la antigua RDA como en la antigua RFA) sería impensable sin él.

Otras obras.

Entre las más tempranas, destacan Tambores en la noche (1919), en la que reflejó la revuelta espartaquista de Berlín, y En la espesura de las ciudades (1921-1924), que reproduce el Chicago de los gangsters. En Libro de plegarias domésticas (1927) hizo una exaltación de la insociabilidad y destacó todo lo corrupto y la energía destructiva.

En La ascensión y caída de la ciudad de Mahagonny (1918-1929) quedó patente su adhesión al marxismo. Otras obras de este período son: La línea de conducta (1939), ambientada en China; La madre (1930-1932), obra que trata de la educación padres-hijos; La excepción y la regla (1930), y Santa Juana de los mataderos (1929-1930), complejo drama enmarcado en Chicago, donde las diferencias de clases aparecen marcadas por el lenguaje, y la protagonista Juana no entenderá que únicamente la violencia ayuda allí donde la violencia reina.

En el exilio, publicó varias de sus poesías. Entre ellas destacan: Canciones, poesías, coros y Poesías de Svendborg (ambas de 1934), del mismo año es la Novela de dos centavos. Reelabora la Ópera con el título Historias de almanaque (1948). Debemos añadir Diálogos de prófugos de 1940. Una exaltación de positivas energías puestas en acción es El círculo de tiza caucasiano (1944). Merece la pena señalar La prodigiosa ascensión de Arturo Ui (1941), Schweyk en la Segunda Guerra Mundial (1941-44), El proceso de Lúculo (1951); y, por último, Turandot (1954). Poeta de gran calidad, vuelve la espalda a la tradición europea simbólica y surrealista para asumir, tal como dice él mismo, "el seco, innoble, léxico de la economía dialéctica". Exploró todas las posibilidades rítmicas que le alejaran de la melodía.

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22/1/08

s2t2 -Todo lo que no se ganó en Lepanto

Todo lo que no se ganó en Lepanto

Por Fernando Díaz Villanueva

El Veronés: LA BATALLA DE LEPANTO (detalle; c. 1572).
A mediados del siglo XVI, el rey de España era el monarca más poderoso de la Cristiandad. Sólo dos borrones ensombrecían su gloria: la revuelta de los protestantes en Centroeuropa y la amenazadora presencia del turco en el Mediterráneo. Lo de los luteranos era una inacabable sangría que terminó por costarnos un riñón. Con los alemanes se llegó a un medio acuerdo; los holandeses, sin embargo, eran mucho más tozudos, y hasta que no se salieron con la suya no pararon de incordiar.
En el Mediterráneo la cosa quedó en tablas, y dando gracias, porque el empate lo logramos en Lepanto. Una idolatrada batalla que, en palabras de Miguel de Cervantes, que se dejó el brazo en ella, fue "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros". No fue para tanto, aunque es cierto que Lepanto es, con creces, nuestra plusmarca naval de todos los tiempos, que no es moco de pavo.
La batalla empezó a cocinarse unos años antes, frente a las costas de Almería. Tras la conquista de Granada, los Reyes Católicos no expulsaron a todos los musulmanes que vivían en España. Los dejaron tranquilos, a condición de que se convirtiesen al cristianismo, cosa que, naturalmente, no hicieron o hicieron a medias.
Esta comunidad de moriscos era especialmente numerosa en Andalucía y Levante. Se deslomaba a trabajar en el campo mientras soñaba con la vuelta del Califa y el fin de la indignante opresión cristiana. Sus primos del otro lado del Estrecho les insuflaban esperanzas en visitas relámpago de corsarios argelinos que no dejaban títere con cabeza. El más célebre de todos era un moro llamado Luchalí: infundía tanto pavor que las madres amedrentaban a los niños con sólo mentar su nombre. Al final, crecidos por el poderío que mostraban los piratas de Alá, se levantaron contra Felipe II, con tal virulencia que al rey le llevó dos años sofocar la revuelta.
Ese fue el primer compás; el segundo y definitivo tuvo lugar un año después de la rebelión de la Alpujarra. Los turcos andaban muy envalentonados: sus dominios se extendían desde el Tigris hasta el Danubio, y en el mar, al menos en el Mediterráneo, eran los amos. Durante décadas habían respetado a los venecianos, diligentes comerciantes con los que mantenían una próspera relación, hasta el punto de que les permitían disponer de bases de avituallamiento como la isla de Chipre. En 1569 el sultán Selim II decidió que ni eso: invadió Chipre, largó a los venecianos y puso sus ojos en el sur de Italia. Y hasta ahí llegaron porque Italia era una finca española.
Felipe II.Felipe II empezó a preocuparse en serio y se lo hizo saber al Papa Pío V, para que fuese tejiendo una Santa Liga que plantase cara a unos sarracenos que, a poco que se les dejase, se plantarían a las puertas de Roma como los nuevos bárbaros.
Pío V, que era muy beato, acogió con agrado la idea del Rey Católico y fue contactando, uno a uno, a todos los monarcas de la Cristiandad para que dejasen las rencillas a un lado y se uniesen en esta cruzada. Francia se negó porque con España no quería ir ni a cobrar; los príncipes alemanes se hicieron los suecos alegando que bastante tenían con lo suyo, y suecos, ingleses y demás bárbaros del norte se frotaron las manos fantaseando con el negro porvenir que le esperaba al herético catolicismo. Occidente, como siempre, muy unido.
A la vuelta de las gestiones papales sólo un estado se había comprometido en firme con la alianza: la República de Venecia, que, además de pesetera, aún respiraba por la herida de Chipre. Pío V, convencido de que la Providencia –y el oro de las Indias– ayudarían en el lance, envió un mandado a Madrid, donde Felipe II dispuso que la flota se reuniese a finales del verano de 1571 en Sicilia.
Deseo del rey fue que la flota la mandase uno de los suyos, tan suyo que se trataba de su propio hermanastro: Juan de Austria, hijo ilegítimo de Carlos I y gallardo general a quien, por causa de su bastardía, había criado, con el nombre de Jeromín, un mayordomo real en un caserío de Leganés. Juan de Austria era por entonces un joven y prometedor militar, pero mucha experiencia no tenía. Los venecianos enviaron a Sebastiano Veniero, un marino de raza, malhumorado y pendenciero. El Papa, que como promotor algo tenía que poner aparte de la bendición, contrató a un veterano mercenario llamado Marco Antonio Colonna. Las discrepancias entre Juan de Austria y Veniero no tardaron en aflorar. Al veneciano le sobraba carácter, y no llevó nada bien ponerse a las órdenes de un español barbilampiño.
Por suerte, Felipe II había enviado para asistir a su hermano lo mejor que tenía entonces la Armada Real. El legendario Andrea Doria y una cohorte de los más bravos capitanes españoles: los castellanos Álvaro de Bazán y Gil de Andrade o los catalanes Juan de Cardona y Luis de Requesens. A la flota no le faltó en esta ocasión ni estrategas navales de la talla de García de Toledo, perspicaz marino gracias al cual, siendo menor y peor dotada, nuestra Armada se impuso a la turca. Al ingenio de García de Toledo, se debió, por ejemplo, que las naves cristianas rompiesen con la tradición de usar el espolón de proa para acometer a los navíos enemigos.
El estratega español pensó, con muy buen tino, por cierto, que liberando la proa podían utilizarse sus cañones para barrer la cubierta del oponente. Idea de García de Toledo fue también llevar el combate lo más cerca posible de la costa, lo que causó numerosas bajas en el bando turco. Muchos marineros del Sultán, que no estaban por la labor de dejarse el pellejo en la refriega, se echaron al agua en pleno combate para ganar la costa a nado, una costa que les pertenecía. El golfo de Lepanto está en la actual Grecia, que por entonces era parte del Imperio Otomano.
La espectacular armada de la Santa Liga abandonó el puerto de Mesina en septiembre con idea de encontrarse con los turcos de Alí Pachá en aguas griegas. Navegaban juntos un total de 214 navíos, entre galeones y galeras. La dotación de combate no era desdeñable: más de 50.000 marineros y galeotes y 31.000 soldados de varias nacionalidades, pero sobre todo españoles. Nunca se había visto nada igual navegando al unísono por las aguas del Mare Nostrum.
El 7 de octubre las dos flotas se avistaron. Los turcos, precavidos como de costumbre, enviaron dos esquifes camuflados como barcas de pesca para conocer de primera mano los efectivos cristianos y decidirse al combate. Las noticias no podían ser mejores. Los exploradores informaron a Alí Pachá de que Juan de Austria tenía menos barcos, y de que, al ser de diferentes países, sus capitanes no se entenderían entre ellos.
El combate entre la SULTANA y la REAL.El turco no se lo pensó dos veces. Disparó el cañón de su galera, la Sultana, invitando a Juan de Austria a la pelea. El español aceptó cortésmente el cañonazo, y lo devolvió a la vez que arriaba el estandarte de la Liga: la cruz de Cristo flanqueada por los escudos de los aliados. Los turcos se habían dispuesto en forma de media luna frente a la costa. La armada cristiana, que, según cuenta la leyenda, venía desde Italia formando un inmenso crucifijo, secundó la maniobra y se abrió hasta cubrir los extremos del enemigo.
De primeras no pintaba muy bien. Los turcos eran más, tenían más barcos y combatían en casa. Parecía un partido amañado, pero Juan de Austria no se acobardó. Dividió la flota en tres: una, al mando de Andrea Doria, para enfrentarse contra el moro Luchalí, el terror de la costa, que había sumado sus naves a las de Alí Pachá; otra, capitaneada por el veneciano Agostino Barbarigo, para detener al temible gobernador de Alejandría, Mohamed Siroco; y en el centro, el grueso de la armada, con Juan de Austria y los capitanes españoles, que no veían la hora de ajustar cuentas con el infiel, personificado en Alí Pacha y, muy especialmente, en su lugarteniente, el renegado Pertev, un antiguo cristiano convertido al Islam.
Barbarigo resistió como un valiente hasta que una flecha turca envenenada le atravesó un ojo y murió sobre cubierta. Siroco se las vio entonces muy felices, pero Álvaro de Bazán, advertido de la maniobra, envió a Martín de Padilla para que saliese al encuentro del egipcio. Padilla atacó con tal furia –española, naturalmente– que la galera de Siroco cedió y se fue al fondo del mar con su capitán.
Mientras el cadáver de Mohamed Siroco flotaba ensangrentado en las agitadas aguas del golfo, Andrea Doria, en inferioridad numérica, hubo de ceder al empuje de Luchalí. Álvaro de Bazán, que estaba en todo, acudió en su auxilio. El combate dio la vuelta: los españoles de éste se ensañaron con la tropa del argelino, y al moro cobarde no le quedó más remedio que replegarse y abandonar el campo de batalla. Doria trató de perseguir a Luchalí, pero desistió, pues la batalla no se había decidido todavía.
El moro había perdido más de la mitad de sus barcos, pero se llevó de premio, cargado de cadenas en el sollado de su galera, a un cautivo que con el tiempo daría mucho que leer: un joven soldado de fortuna, nacido en Alcalá de Henares y de nombre Cervantes. En el fragor de la batalla acababa de perder el brazo izquierdo; el derecho lo emplearía, y bien, en escribir las más delicadas páginas que se hayan escrito jamás en nuestra bella lengua castellana.
Con Siroco bajo el agua y Luchalí en desbandada, los protagonistas del acto final de la batalla serían, como en las películas, los comandantes de ambas flotas, el bueno y el malo peleando a cara de perro. No veo necesario remarcar que, en esta lid, el bueno era Juan de Austria y el malo, el turco traidor. Las dos galeras, la Real del español y la Sultana de Alí Pachá, se enzarzaron en una feroz jarana de cañonazos hasta que, conforme a lo que dictaban los manuales de guerra, la Sultana embistió al navío español. Y ahí es donde le estaban esperando los artilleros. Barrieron la cubierta una y otra vez, pero la Sultana era imposible de abordar. Los turcos contaban con un cuerpo de élite, los jenízaros, aguerridos soldados que se juramentaban ante Alá para dejarse la vida en el combate.
Álvaro de Bazán corrió en auxilio de la Real, pero ni con esas: los arqueros turcos rechazaban todos los intentos de abordaje. Entonces a Juan de Austria se le encendió la bombilla: mandó liberar a los galeotes que permanecían encadenados a los remos. Los galeotes eran delincuentes que purgaban su pena en galeras bogando de por vida. Para encender su furia, el almirante les prometió la libertad si salían victoriosos.
Mano de santo: como fieras corrupias, dejaron sus bancos para arrojarse con una daga entre los dientes contra el enemigo. En los barcos turcos se produjo entonces una revuelta. Los galeotes que empleaba el Sultán solían ser prisioneros de guerra cristianos que, al encontrarse cerca de sus hermanos de fe, hicieron de tripas corazón y se enfrentaron a sus verdugos.
Juan de Austria.El lado turco devino en un caos total y absoluto. Ni los jenízaros, ni los arcabuceros, ni la supuesta protección que Alá prestaba a los ejércitos de la Sublime Puerta pudieron evitar la hecatombe. Un galeote cristiano recién liberado se dirigió hacia un Alí Pachá que ya estaba preso de la desesperación y le decapitó con un hacha. Su cabeza enturbantada rodó por las tablas de cubierta marcando el fin definitivo de la batalla.
Ya no tenía sentido continuar. Los navíos turcos que seguían combatiendo se rindieron suplicando clemencia a los españoles. La hubo: Juan de Austria confiscó las naves enemigas y permitió a sus aliados venecianos que se llevasen cuanto quisiesen. Cosa que hicieron gustosos, empezando por las alhajas. Los hijos de Alí Pachá también cayeron en manos cristianas, pero Juan de Austria, que era un tanto desprendido, se los regaló al Papa para que pidiese rescate por ellos. Muy español: aquí, ya se sabe, con tal de quedar bien tiramos la casa por la ventana sin remilgos.
La victoria había sido completa. Los turcos habían perdido las tres cuartas partes de su flota, unos 225 navíos, y más de 25.000 hombres. A los cristianos, por el contrario, les había salido barato el lance: sólo 15 barcos y 8.000 hombres. Sin embargo, el bofetón propinado en la cara del sultán no sirvió de mucho. Juan de Austria se encargó personalmente de que el estandarte de Alí Pachá llegase a Madrid como prueba de la victoria.
Y nada más. A los pocos días cada uno volvió a su casa y la cosa terminó como había empezado. Es cierto que los turcos nunca se atrevieron a invadir Italia, pero no lo es menos que los piratas musulmanes siguieron haciendo de las suyas en los puertos cristianos. La gloria se desvaneció pronto. Francia, en su mezquindad habitual, siguió aliándose con el turco siempre que pudo, y el rey de España tuvo que atender otras urgencias, como, por ejemplo, mantener a salvo de los corsarios británicos el río de oro que llegaba de América, para poder gastárselo a placer en Flandes.
Al final, lo que no se ganó en Lepanto superó con creces a lo que se ganó. La gloria militar pura, sin contrapartidas materiales. Quijotesco a más no poder: normal que su héroe más recordado fuese Miguel de Cervantes, el inmortal manco de Lepanto, padre del no menos inmortal Don Quijote de la Mancha, obra cumbre de la literatura universal.
A la batalla de Lepanto le cupo, eso sí, el honor de ser la última gran batalla naval en el Mediterráneo, la última en que se despachaba algo importante entre dos potencias. Tuvo que ser en Grecia, entre Oriente y Occidente, entre la barbarie y la civilización; vamos, la historia de siempre. La partida se desplazó entonces a los grandes océanos, y ahí sigue. Aunque, claro, nosotros hace tiempo que la abandonamos.
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9/1/08

Descartes, René (1596-1650)

SEGUN ENCICLONET

Descartes, René (1596-1650)

René Descartes.

àFilósofo y científico francés, considerado "padre de la filosofía moderna", Descartes (también conocido con el nombre latinizado de Cartesius) es un pensador que puso su vida al servicio de una noble causa: la consecución de la verdad. Genial innovador de la filosofía, fue también el primero en aplicar las matemáticas a las ciencias físicas, y el iniciador de la concepción mecanicista de la naturaleza. Su doctrina tuvo tal capacidad para espolear a los espíritus de su época, que, de una u otra forma, las importantes corrientes posteriores han partido de él.

Vida y obras

Perteneciente a una noble familia, nació en La Haye (Turena). A los ocho años entró a la escuela jesuita de La Flèche, una de las más famosas de Europa en aquella época, donde permaneció hasta la edad de 16 años. Luego estudió Derecho en Poitiers hasta el año 1617. Fueron estos años de su juventud una etapa marcada por la disipación y la incertidumbre, sin que nunca llegara a apagarse en él la inquietud por conocer. Con afán de aventura se enroló, primero, en el ejército protestante de Mauricio de Nassau, príncipe de Orange, y luego en el ejército católico del Duque de Baviera. En 1619, estando acampados en Neuburg, en espera de que amainara la tormenta para entrar en combate, y entregado Descartes a sus reflexiones, vivió una noche de entusiasmo, de sueños exaltantes y reveladores, en los cuales tomaron forma las primeras intuiciones de una nueva lógica (el inventum mirabile), capaz de fundar una ciencia universal. Agradecido por aquel don, prometió peregrinar a los pies de la Virgen de Loreto, y cumplió su promesa al viajar a Italia tres años después. En 1621 ya había abandonado la vida militar. Vendió sus propiedades, y del dinero que obtuvo vivió toda su vida, sin penurias, pero austeramente. El encuentro con el cardenal Bérulle, en 1627, reforzó su decisión de consagrarse a la investigación filosófica. Buscando la paz y la libertad necesarias que requería su trabajo científico y de reflexión, se trasladó a Holanda. Allí conoció la fama, pero también las dificultades, pues las controversias contra sus teorías le venían tanto de parte de los católicos como de los protestantes. En 1649, aceptando una invitación de la reina Cristina, pasó a vivir a Estocolmo. En la corte sueca prosiguió su intenso trabajo, el cual, unido al riguroso clima de Estocolmo, minó su salud, hasta acarrearle la muerte.

Desde el principio de su filosofar, Descartes abandonó la filosofía de corte escolástico que había aprendido en La Flèche, -la cual, según él, poco tenía de utilidad-, para entregarse a la búsqueda de un saber fundado en el modelo del conocimiento matemático y, cada vez con mayor intensidad, la ambición de efectuar una síntesis que, en cuanto alternativa a la escolástica, constituyese un marco sistemático a la vez comprensivo y definitivo. Hubo dos momentos decisivos en este camino: uno fue el encuentro, en 1618-19, con I. Beeckmann, matemático y físico holandés de formación galileana, a raíz del cual abandonó también su tentación de adentrarse por el camino del ocultismo de inspiración renacentista, al cual mirará desde ese momento como a otro enemigo que combatir; el segundo fue en los años 1628-29, cuando halló el fundamento metafísico que le permitió la fundamentación de la física en la metafísica a través de la deducción a priori de las leyes fundamentales de la naturaleza a partir de un atributo de Dios, como es la inmutabilidad de la acción divina. A estos años se remonta la genial contribución matemática de Descartes, con la elaboración de la geometría analítica, la cual, al permitir la reducción de los problemas geométricos a ecuaciones algebraicas, implicaba una gran universalización y, en consecuencia, una gran simplificación de los problemas.

Sus obras principales son: Regulae ad directionem ingenii (1628), Discours de la méthode pour bien conduir sa raison et chercher la vérité dans les sciencesMeditationes de prima philosophia (1641), Principia philosophiae (1644), y Les passions de l´âme (1649). (1637),

René Descartes.

Para más información sobre la doctrina filosófica de Descartes y su influencia a lo largo de la historia de la filosofía y la ciencia véase cartesianismo.

Bibliografía

HALBFASS, W.: Descartes Frage nach der Existenz der Welt, Meisenheim, 1968.
KENNY, A.: Descartes. A Study of his philosophy, Nueva York, 1970.
VIAL LARRAIN, J.: La metafísica cartesiana, Santiago de Chile, 1971.
RABADE ROMEO, S.: Descartes y la gnoseología moderna, Madrid, 1971.
PICARDI, F.: Il concetto di metafisica nel razionalismo cartesiano, Milán, 1971.



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René Descartes

De Wikipedia, la enciclopedia libre

Filosofía occidental
Filosofía del siglo XVII
René Descartes

Nombre

René Descartes

Nacimiento

31 de marzo de 1596
La Haye en Touraine [ahora Descartes], Indre-et-Loire, Francia

Fallecimiento

11 de febrero de 1650
Estocolmo, Suecia

Escuela/Tradición

Cartesianismo, Racionalismo, Fundacionalismo

Intereses principales

Metafísica, Epistemología, Ciencia, Matemática

Ideas notables

Cogito ergo sum, Duda metódica, Coordenadas cartesianas, Dualismo, Argumento ontológico

Influencias

Al-Ghazali, Platón, Aristóteles, Anselmo, Aquino, Ockham, Suarez, Mersenne, Sexto Empírico, Michel de Montaigne, Duns Scoto

Influenció a

Spinoza, Hobbes, Arnauld, Malebranche, Pascal, Locke, Leibniz, More, Kant, Husserl, Brunschvicg, Žižek, Chomsky

René Descartes (n. 31 de marzo, 1596 - m. 11 de febrero, 1650), fue un filósofo, matemático y científico francés.


Biografía [ editar]

Infancia [ editar]

Descartes nació el 31 de marzo en el año de 1596 en La Haye ( Touraine, cerca de Poitiers, Francia) en el seno de una familia de abogados, comerciantes y médicos. Fue el tercer hijo del jurista Joaquín Descartes y de Jeanne Brochard. Aunque René pensaba que su madre murió al nacer él, lo cierto es que murió un año después, durante el parto de un hermano que tampoco sobrevivió. Tras la muerte de su madre, él y sus hermanos fueron educados por su abuela, pues su padre, consejero del Parlamento de Bretaña, no pudo estar ahí. Fue alumno del Collège Royal de La Flèche, de los jesuitas, entre 1604 y 1612.

Educación [ editar]

Registro de Graduación de Descartes en elCollège Royal Henry-Le-Grand, La Flèche, 1616.
Registro de Graduación de Descartes en elCollège Royal Henry-Le-Grand, La Flèche, 1616.

La educación en La Flèche le proporcionó, durante los cinco primeros años, una sólida introducción a la cultura clásica, habiendo aprendido latín y griego en la lectura de autores como Cicerón, Horacio y Virgilio, por un lado, y Homero, Píndaro y Platón, por el otro. El resto de la enseñanza estaba allí muy basada en textos filosóficos de Aristóteles (Organon, Metafísica, Ética a Nicómaco), acompañados por comentarios de jesuitas ( Suárez, Fonseca, Toledo, quizá Vitoria ) y otros autores españoles (Cayetano). Conviene destacar que Aristóteles era entonces el autor de referencia para el estudio, tanto de la física, como de la biología. El plan de estudios incluía también una introducción a las matemáticas (Clavius), tanto puras como aplicadas: astronomía, música , arquitectura. Siguiendo una extendida práctica medieval y clásica, en esta escuela los estudiantes se ejercitaban constantemente en la discusión ( disputatio).

La Universidad [ editar]

A su regreso del colegio a los 18 años, René Descartes ingresó en la Universidad de Poitiers para estudiar derecho y posiblemente, algo de medicina. Para 1616 Descartes cuenta con los grados de bachiller y licenciado.

Etapa Investigadora [ editar]

René Descartes en su Oficina
René Descartes en su Oficina

En 1619, en Breda, conoció a Isaac Beeckman, quien intentaba desarrollar una teoría física corpuscularista, muy basada en conceptos matemáticos. El contacto con Beeckman estimuló en gran medida el interés de Descartes por las matemáticas y la física. Pese a los constantes viajes que realizó en esta época, Descartes no dejó de formarse y en 1620 conoció en Ulm al entonces famoso maestro calculista alemán J. Faulhaber. Él mismo refiere que inspirado por una serie de sueños, en esta época vislumbró la posibilidad de desarrollar una "ciencia maravillosa". El hecho es que, probablemente estimulado por estos contactos, Descartes descubre el teorema denominado de Euler sobre los poliedros.

A pesar de discurrir sobre los temas anteriores, Descartes no publica entonces ninguno de estos resultados. Durante su estancia más larga en París, Descartes reafirma relaciones que había establecido a partir de 1622 con otros intelectuales, como Marin Mersenne y Guez de Balzac, así como con un círculo conocido como "los libertinos". En esta época sus amigos propagan su reputación, hasta el punto de que su casa se convirtió entonces en un punto de reunión para quienes gustaban intercambiar ideas y discutir; con todo ello su vida parece haber sido algo agitada, pues en 1628 libra un duelo, tras el cual comentó que "no he hallado una mujer cuya belleza pueda compararse a la de la verdad". El año siguiente, con la intención de dedicarse por completo al estudio, se traslada definitivamente a los Países Bajos, donde llevaría una vida modesta y tranquila, aunque cambiando de residencia constantemente para mantener oculto su paradero. Descartes permanece allí hasta 1649, viajando sin embargo en una ocasión a Dinamarca y en tres a Francia.

La preferencia de Descartes por Holanda parece haber sido bastante acertada, pues mientras en Francia muchas cosas podrían distraerlo y había escasa tolerancia, las ciudades holandesas estaban en paz, florecían gracias al comercio y grupos de burgueses potenciaban las ciencias fundándose la academia de Ámsterdam en 1632. Entre tanto, el centro de Europa se desgarraba en la Guerra de los Treinta Años, que terminaría en 1648 .

Fallecimiento [ editar]

Descartes en la Corte de la reina Cristina de Suecia (Detalle), Pierre Louis Dumesnil. Museo nacional de Versailles.
Descartes en la Corte de la reina Cristina de Suecia (Detalle), Pierre Louis Dumesnil. Museo nacional de Versailles.

En septiembre de 1649 la Reina Cristina de Suecia le llamó a Estocolmo. Allí murió de una neumonía el 11 de febrero de 1650. Descartes aceptó la invitación de la reina Cristina para trabajar en su corte como filósofo residente y tutor de la propia soberana. La encomienda, que en principio parecía grata, pues la alumna era inteligente y aplicada, resultó fatal para René al verse obligado a iniciar las lecciones a las cinco de la mañana; siendo un hombre habituado a dormir diez horas diarias y a meditar y leer en la cama no soportó la prueba; el frío polar del invierno de Estocolmo y las desveladas cobraron su vida a los cuatro meses de su llegada a Suecia, con 53 años de edad.

Actualmente se pone en duda si la causa de su muerte fue la neumonía. En 1980, el historiador y médico alemán Eike Pies halló en la Universidad de Leyden una carta secreta del médico de la corte que atendió a Descartes, el holandés Johan Van Wullen, en la que describía al detalle la agonía. Curiosamente, los síntomas presentados –náuseas, vómitos, escalofríos– no eran propios de una neumonía. Tras consultar a varios patólogos, Pies concluyó en su libro "El homicidio de Descartes, documentos, indicios, pruebas", que la muerte se debía a envenenamiento por arsénico. La carta secreta fue enviada a un antepasado del escritor, el holandés Willem Pies.

En el año de 1676 se exhumaron los restos de Descartes; puestos en un ataúd de cobre se trasladaron a París para sepultarlos en la iglesia de Ste. Geneviève-du-Mont; removidos nuevamente durante el transcurso de la Revolución Francesa, los restos fueron colocados en el Panthéon, la basílica dedicada a los pensadores y escritores de la nación francesa; nuevamente, en 1819, los restos de René Descartes cambiaron de sitio de reposo siendo llevados esta vez a la iglesia de St. Germain-des-Prés donde actualmente se hallan.

Obras [ editar]

Diferentes Campos [ editar]

Como científico, Descartes produjo al menos dos importantes revoluciones. En matemáticas simplificó la notación algebráica y creó la geometría analítica. Fue el creador del sistema de coordenadas cartesianas, lo cual abrió el camino al desarrollo del cálculo diferencial e integral por el matemático y físico inglés Sir Isaac Newton y el filósofo y matemático alemán Gottfried Leibniz. Inventó la regla del paralelogramo, que permitió combinar, por primera vez, fuerzas no paralelas. En química, el sistema propuesto por Descartes consiguió desplazar al aristotélico, al proporcionar una explicación unificada de innumerables fenómenos de tipo magnético, óptico, en astronomía, en fisiología orgánica. De este modo sentó los principios del determinismo físico y biológico, así como de la psicología fisiológica.

Las primeras Obras [ editar]

Su primera obra fue "Reglas para la dirección del espíritu" (ca. 1628) (póstuma). Luego escribió "El mundo" o "Tratado de la luz" y "El hombre". En 1637 publicó el Discurso del método seguido de tres ensayos: "Dióptrica", "Geometría" y "Meteoros". Estas se consideran sus primeras obras de evidente importancia. En 1641 publicó las Meditaciones metafísicas, acompañadas de un conjunto de Objeciones y respuestas que amplió y volvió a publicar en 1642. Hacia 1642 puede fecharse también un diálogo, "La búsqueda de la verdad mediante la razón natural" (póstumo). En 1647 aparecen los "Principios de filosofía", que Descartes idealmente habría destinado a la enseñanza. En 1648 Descartes le concede una entrevista a Frans Burman, un joven estudiante de teología, quien le hace interesantes preguntas sobre sus textos filosóficos. Burman registra detalladamente las respuestas de Descartes, y éstas usualmente se consideran genuinas. En 1649 publica un último tratado, "Las pasiones del alma", sin embargo aún pudo diseñar para Cristina de Suecia el reglamento de una sociedad científica: su única norma es que el turno de la palabra corresponda rotativamente a cada uno de los miembros, en un orden arbitrario y fijo.

La correspondencia [ editar]

De Descartes también se conserva una copiosa correspondencia, que en gran parte canalizaba a través de su amigo Mersenne, así como algunos esbozos y opúsculos que dejó inéditos. La edición de referencia de sus obras es la que prepararon Charles Adam y Paul Tannery a fines del S. XIX e inicios del XX, y a la que los comentaristas usualmente se refieren como AT.

Filosofía [ editar]

El primer contacto con la filosofía cartesiana debiera hacerse mediante la lectura del Discurso del Método (es la principal obra escrita por René Descartes y un texto que rompe con la escolástica propia de la Edad Media, por ello ha sido considerada una obra fundamental de la filosofía occidental con implicaciones para el desarrollo de la filosofía y de la ciencia). Descartes explica el camino que ha seguido para alcanzar a la verdad, que en su caso, es sinónimo de certeza o evidencia [1] . Ese camino no es otro que el seguimiento cuidadoso de cada uno de los pasos que integran lo que él llama "el método". Un método que comienza poniendo en duda todo conocimiento anterior y actual, para ver si resiste la prueba (duda metódica). En lo que se refiere al término de camino, también es usado por Paul Ricoeur, en "Caminos del reconocimiento", donde al igual que Descartes, Ricoeur, a través de un camino va ilustrándonos de dónde tuvo que detenerse para llegar a saber lo que sabe. En "Discurso del Método" pretende mostrar el camino que siguió para conducir bien la razón, de ahí que se le de el nombre de racionalista. Comenta que la lectura de los textos ayudan a formar el espíritu. Ya que por su formación leyó muchos libros en muchas lenguas. Reconoce el papel de las matemáticas para disminuir el trabajo de los hombres y las admira por su exactitud. Los libros "contienen muchas enseñanzas y exhortaciones a la virtud que son muy útiles; que la teología enseña a ganar el cielo; que la filosofía da medios para hablar con verosimilitud de todas las cosas y hacerse admirar de los menos sabios; que la jurisprudencia, la medicina y las demás ciencias dan honores y riquezas a los que las cultivan, y, finalmente, que es bueno haberlas examinado todas, aun las más supersticiosas y falsas, para conocer su justo valor y no dejarse engañar por ellas." Para Descartes la investigación trata de mejorar la vida con ayuda de un conocimiento auténtico; y cuál es su punto de partida: el reconocimiento de la ignorancia; también explica ( Discurso, III) por qué considera conveniente dirigir metódicamente esta investigación: cuando uno está extraviado parece preferible seguir una dirección fija (una regla), mientras no haya buenas razones para variarla. Además de esto Descartes quiso emplear el método matemático también en la reflexión filosófica, cuya meta era lograr un conocimiento certero sobre la naturaleza de la vida.

Las reglas del método [ editar]

Descartes consideraba que aunque la lógica tenía muchos preceptos válidos, que en general eran inútiles, y que en realidad podrían bastarnos cuatro. Son las reglas del método:

1.El precepto de la evidencia: No admitir nunca algo como verdadero sin conocer con certeza que lo es, es decir, no dar asentimiento más que a aquello que no tuviera ocasión de dudar, evitando la precipitación y la prevención.

2.El precepto del análisis: Dividir las dificultades que tengamos en tantas partes como sea posible, para solucionarlas mejor.

3.El precepto de la síntesis: Establecer un orden de nuestros pensamientos, incluso entre aquellas partes que no estén ligadas por un orden natural, apoyándonos en la solución de las cuestiones más simples (que Descartes llama "naturalezas simples") para resolver los problemas más complejos.

4.El precepto de la comprobación: Hacer siempre revisiones amplias para estar seguros de no haber omitido nada.

Debe añadirse que, aunque Descartes emplea en todo momento lo que llama "deducción", sus ejemplos a menudo más parecen casos de inducción o de argumentos a la mejor explicación (Cfr. D. Clarke).

Además descartes aplica su método a la busqueda de la verdad en lo referente a la existecia de Dios y del alma. Para ello siguiendo los pasos de su metodo siempre dudó de todo, refutando y confirmando aparentes verdades. Aunque en la realidad no existe nada más que una sola verdad; la verdad subjetiva, es decir la verdad para cada uno. puesto que de igual forma fue para Descartes, su verdad fue la de dudar de todo ya que no estaba realmente seguro de las premisas o las conclusiones planteadas por los demás, sino mas bien en lo que se puede pecribir por los sentidos.

El padre de la filosofía moderna [ editar]

Al menos desde tiempos de Hegel, Descartes es considerado como el padre de la filosofía moderna. De hecho los principales filósofos que lo sucedieron estudiaron con profundo interés sus teorías, sea para desarrollar sus resultados, o para objetarlo. Este es el caso de Spinoza, Leibniz, Malebranche, Locke e incluso Kant. Sin embargo, esta manera de juzgarlo no debe impedir la valoración de los estrechos vínculos que este autor mantiene con los grandes filósofos clásicos, Platón y Aristóteles. Suele pensarse que Descartes desarrolló su nueva filosofía tomando como modelo los procedimientos deductivos de las cienciasaritmética y la geometría. Sin embargo, su método también puede interpretarse como basado en la aplicación de la idea ya tradicional (clásica y medieval) de una prueba dialéctica. En su Investigación de la verdad mediante la luz natural, Descartes únicamente considera verdadero aquello de lo que hay certeza —es decir, las ideas indudables—, excluyendo la supuesta verdad preestablecida, hasta no someterla al juicio del crítico más competente, y constatar que sus objeciones pueden responderse. Como se verá, este tipo de interpretación vale también para las Meditaciones metafísicas. exactas, concretamente de la

Autor continuador de lo clásico [ editar]

La filosofía cartesiana puede considerarse, al mismo tiempo, como un desarrollo de la investigación clásica, tal como había quedado planteada por Platón y Aristóteles. Su principal proyecto es esclarecer la legitimidad de las bases del conocimiento, en particular aquél de índole filosófica, para a partir de allí atender las otras preguntas fundamentales. Su manera de escribir puede considerarse como intencionalmente críptica, y la comprensión de sus obras exige la participación activa del lector. Un ejemplo de esta escritura críptica permite ilustrar también la importancia que Descartes concede a la idea de una prueba dialéctica (vg., la que puede obtenerse a través de una discusión): él nunca explica por qué, tanto en las Meditaciones Metafísicas como en los Principios..., desarrolla lo que visiblemente son tres pruebas distintas de la existencia de Dios. (Al contrario, en la "Carta a los Decanos y Doctores..." que precede a las Meditaciones, da a entender que la multiplicidad de pruebas es innecesaria, e incluso dificulta su apreciación).

Ahora bien, al final de la Meditación Primera, Descartes había aceptado tres razones para plantear la duda más radical: el genio maligno, la hipótesis de un azar desafortunado, la hipótesis de una causalidad natural adversa (la posibilidad de que estemos sometidos a un destino aciago o a la fatalidad, que también menciona, pueden considerarse como maneras elípticas de reformular la hipótesis del genio, ya que el destino es tejido por las Moiras, y la fatalidad es dictada por el Hado; ambas, divinidades paganas no omnipotentes). Así, al suponerse que Descartes argumenta para enfrentar al crítico radical (escéptico), el desarrollo de tres pruebas se vuelve comprensible, pues a cada una de las pruebas puede asignársele el propósito de refutar una de las hipótesis escépticas. Entonces Descartes no habría querido "demostrar", en primer término, la existencia de Dios: en cambio habría intentado vencer dialécticamente a su antagonista en el debate, rechazando una razón específica entre las que se habían dado para plantear la duda más radical. Naturalmente, si esto se consigue, las dudas más radicales se habrían tornado infundadas y podrían dejarse de lado en la investigación filosófica. Esto, a su vez, permite aceptar ciertas proposiciones como válidas (por ser racionalmente indudables). Pero Descartes habría callado este aspecto negativo de su procedimiento.

La duda [ editar]

Descartes fue considerado el filósofo de la duda porque pensaba que, en el contexto de la investigación, había que rehusarse a asentir a todo aquello de lo que pudiera dudarse racionalmente. Él estableció tres niveles principales de duda:

en el primero se ponen en duda algunas percepciones sensoriales, especialmente las que se refieren a objetos lejanos o las que se producen en condiciones desfavorables;

en el segundo se señala la similitud entre la vigilia y el sueño, y la falta de criterios claros para discernir entre ellos; de este modo se plantea una duda general sobre las percepciones (aparentemente) empíricas, que podrían imputarse al sueño;

por último, imagina que podría haber un ser superior, específicamente un genio maligno extremadamente poderoso (aunque como se mencionó, Descartes también considera las hipótesis de un azar desfavorable o un orden causal adverso) capaz de inducirnos a un error masivo que puede afectar también las ideas no sensibles ( vg., racionales).

Como se explicó, la eliminación de estas hipótesis es el objetivo verdadero de lo que aparenta ser una demostración positiva de la existencia de Dios.

La metafísica [ editar]

Otra postura que Descartes sostiene es la evidencia de la libertad. Pero más que discutir la realidad o no del libre albedrío, Descartes parece partir de la hipótesis de que él mismo es libre, para poner esta libertad en práctica: ya la investigación, en su caso, resulta de una determinación (aparentemente) voluntaria y libre. Además, la epistemología cartesiana (vg., su investigación sobre las condiciones de validez del conocimiento) hace un aporte tácito, pero fundamental, al campo de la filosofía práctica: la responsabilidad no es ilusoria, pues si hay conocimiento legítimo, y éste versa en parte sobre algunas relaciones causales, hemos de tomar nuestras decisiones sin hacernos de oídos sordos a las consecuencias previsibles de nuestros actos.

Sin embargo, parece que Descartes nunca intentó demostrar la corrección de la citada hipótesis sobre el libre albedrío, como no fuera poniéndola a prueba indirectamente, acaso examinando su capacidad de producir resultados favorables. Descartes compara el cuerpo de los conocimientos a un árbol cuyas raíces son de tipo metafísico, el tronco equivale a la física, y las ramas principales son las artes mecánicas (cuya importancia está en que permiten disminuir el trabajo de los hombres), la medicina y la moral. La metafísica es fundamental, pero añade que los frutos de un árbol no se cogen de las raíces, sino de las ramas.

Teoría de las dos sustancias [ editar]

La sustancia es aquello que existe por sí mismo sin necesidad de otra cosa, es decir, es aquello autosubsistente. Partiendo del cogito Descartes sostiene que él mismo es sólo una sustancia pensante, dado que ni siquiera el escéptico radical puede negar la existencia del pensamiento (su negación sería un pensamiento más), mientras sí puede mantenerse una duda sobre el cuerpo. Este razonamiento es sospechoso, dado que una idea tan evidente como el propio cogito puede ponerse en duda en términos generales (es inteligible la frase: «las ideas más evidentes son dudosas, acaso están equivocadas»), y esta clase de duda sólo queda claramente superada cuando se refutan las razones para dudar más radicales que ha admitido la investigación. Además, sólo estas mismas razones habían permitido poner en duda las más elementales de las ideas sensibles ( Cfr. el argumento escéptico del sueño y sus secuelas inmediatas, tanto en el Discurso IV, como en la Meditación I). Ahora bien, entre estas ideas simples se encuentran la extensión, la figura, etc.

En cualquier caso, la teoría de las dos sustancias nos invita a un mundo dualista. Para llegar de una realidad a otra, del cuerpo al alma (en la percepción sensorial), o viceversa (como en el movimiento voluntario) Descartes menciona que hay una glándula en el cerebro humano (la pineal), donde se encuentra el punto de contacto entre ambas sustancias. Por supuesto Descartes nunca pudo verificar esta afirmación. Por otro lado Descartes afirma que hay dos tipos de sustancia, la infinita y la finita. La sustancia infinita es Dios, que es un ser perfecto o infinito (estas dos nociones parecen equivalentes, tal como D. las emplea). Tradicionalmente se considera que Descartes introduce a Dios en su metafísica como garantía de la verdad, pero esto da lugar al profundo problema de la circularidad, que Descartes mismo señala en la "Carta a los Decanos y Doctores..." que antecede a las Meditaciones.

El problema del círculo [ editar]

¿Cómo sabemos que existe Dios, si frente a los ateos no basta invocar un texto sagrado, y frente al escéptico no bastaría dar una prueba, siquiera evidente? Este es un tema discutido entre los comentaristas, pero hay dos respuestas básicas: 1) no lo sabemos en absoluto. O bien 2), se trata de una prueba dialéctica. Según esta línea interpretativa, Descartes no ha intentado demostrar la existencia de Dios, sino refutar la hipótesis en la que se funda la duda. Esto se conseguiría al mostrar 1) que un argumento incompatible con la hipótesis del genio (o del azar adverso, etc.) es comparativamente 'más sólido que' la(s) respectiva(s) hipótesis escéptica(s); y 2), que ni ese argumento, ni el juicio que lo considera incompatible y superior al alegato opuesto, merecen ser juzgados circulares. Este camino sólo sería promisorio, por supuesto, si no suponemos de entrada que la duda radical planteada por el escéptico y admitida en la investigación, es universal (si lo fuera, a priori toda respuesta a esa duda estaría condenada a la circularidad). Además, habría que preguntarse dos cosas: 1) ¿es posible plantear una duda general, que afecte incluso a las ideas evidentes, pero que no sea universal? (Una posibilidad, desde luego, es imaginar que la duda se formula con ayuda del cuantificador plurativo: "la mayoría de...") Y 2), ¿habría razones que permitan desechar la duda universal, que sean distintas del fracaso al que estaríamos condenados, si hubiésemos de enfrentar esta clase de escepticismo? Esta última es una pregunta abierta.

Bibliografía relacionada [ editar]

Ediciones accesibles en español de obras cartesianas [ editar]

  • Descartes, R. Discurso del Método y Meditaciones Metafísicas, Traducción de Manuel García Morente. Ed. Espasa Calpe (Colección Austral). [El texto está disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes].
  • Descartes, R. Discurso del método, Ediciones de la Universidad de Puerto Rico / Editorial Revista de Occidente, Madrid / Río Piedras, Puerto Rico, 1954. Edición bilingüe. Trad., Estudio Preliminar y Notas de Risieri Frondizi.
  • Descartes, R. Discurso del método (Discours de la méthode pour bien conduire sa Raison et chercher la Vérité dans les Sciences ), Editorial Aguilar, Buenos Aires, 1968. Trad. y Prólogo de Antonio Rodríguez Huéscar .
  • Descartes, R. Discurso del Método, Dióptrica, Meteoros y Geometría, Editorial Alfaguara, Madrid, 1981. Trad., Introducción, Cronología, Bibliografía Selecta y Notas de Guillermo Quintás Alonso.
  • Descartes, R. Discurso del Método, Grupo Editorial Norma, Colección Cara y Cruz. Santa Fé de Bogotá, 1992. Trad., Cronología, Bibliografía y Notas de Jorge Aurelio Díaz A. [Ofrece la paginación AT]
  • Descartes, R. Meditaciones Metafísicas con las Objeciones y Respuestas. Trad. de Vidal Peña. Ed. Alfaguara, Madrid [Ofrece la paginación AT].
  • Descartes, R. Los Principios de la Filosofía(Principia Philosophiae), Ed. Losada, Buenos Aires, 1951. Trad. del latín de Gregorio Halperin.
  • Descartes, R. Dos opúsculos. Trad. de Luis Villoro, UNAM. [Contiene las Reglas para la dirección del espíritu y la Búsqueda de la verdad mediante la luz natural].
  • Descartes, R. El Mundo o Tratado de la luz, Trad. L. Benítez.
  • Descartes, R. Tratado del Hombre. Trad. de Quintás.
  • Descartes, R. Las pasiones del alma, Ediciones Península, Barcelona,1972. Trad. de Francisco Fernández Buey. Introducción de François Villandry.

Bibliografía secundaria [ editar]

  • Beyssade, J-M. Descartes au fil de l'ordre. Vrin
  • Clarke, Desmond. La filosofía de la ciencia de René Descartes Alianza Universidad.
  • Curley, E. Descartes Against the Skeptics.
  • De Teresa, J. Descartes. U. Aut. Metropolitana, México 2007.
  • Doney, W. (Comp.) Descartes. A Collection of Critical Essays
  • Gaukroger, S. Descartes. An Intellectual Biography
  • José Ortega y Gasset: ¿Qué es filosofía?; O.C., Vol. VII, Ed. Alianza, Madrid.
  • José Ortega y Gasset: La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva; O.C., Vol. VIII, Ed. Alianza, Madrid.
  • José Ortega y Gasset: Sobre la razón histórica; O.C., Vol. XII, Ed. Alianza, Madrid.
  • Edmund Husserl: Ideas relativas a una fenomenología pura y a una filosofía fenomenológica; §§32 y siguientes.
  • Edmund Husserl: La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología transcendental; §§17 y siguientes.
  • Martin Heidegger: Ser y Tiempo, §§ 19, 20 y 21, Ed. Universitaria, Santiago de Chile, 1997. Trad. de Jorge Eduardo Rivera Cruchaga.
  • Martin Heidegger: La época de la imagen del mundo; en Caminos de bosque, Ed. Alianza, Madrid, 1995 y 1998. Trad. de Helena Cortés y Arturo Leyte.
  • Martin Heidegger: Prolegómenos para una historia del concepto de tiempo, § 22, Ed. Alianza, Madrid, 2006.Trad. de Jaime Aspiunza.
  • Leonardo Polo: Evidencia y realidad en Descartes, 1996.

Maritain, Jacques. "Tres Reformadores".

Véase también [ editar]

Enlaces externos [ editar]

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