STONEHENGE
Por Nacho Ares
nachoares70@gmail.com / www.nachoares.com
Los círculos de piedras de Stonehenge se encuentran en la llanura de Salisbury, en el condado de Wilt, al suroeste de Inglaterra. Como todos hemos escuchado en alguna ocasión, se trata de un monumento megalítico prehistórico, cuya función exacta es todavía un enigma pero que seguramente debió de estar relacionada con las reuniones tribales o, siendo más precisos, reuniones relacionadas con la observación de las estrellas.
Con un diámetro de 88 metros y formado por 162 grandes bloques de piedra cuidadosamente labrados y traídos de la lejana cantera de Prescelly -a 300 kilómetros del lugar- la finalidad de este misterioso emplazamiento sigue siendo un enigma. En el interior de uno de los pozos sobre los cuales se erigieron los megalitos, se hallaron los restos de varias astas de ciervo empleadas en la fabricación de los hoyos. La datación por carbono 14 de dichos restos dio una fecha del 3100 a. de C. Por otra parte, en las cercanías de este lugar mágico se descubrieron 483 tumbas de la Edad del Bronce, lo que ha permitido especular con la posibilidad de que el monumento sea realmente más moderno, incluso del año 1600 a. de C.

El griego Hecateo de Abdera, que visitó el lugar hacia el 300 a. de C., nos relata en su fragmentada obra que "frente al país de los celtas y al norte del océano limítrofe, se encuentra una isla que no es menor que Sicilia. En la isla existe una suntuosa floresta consagrada al dios sol, así como un extraño templo de forma circular. Apolo llega a la isla cada 19 años, cuando el Sol y la Luna toman la misma posición con respecto al otro."
Este texto ha planteado una pregunta doble a los investigadores: ¿fue Stonehenge un santuario tribal o el lugar de observación estelar para los sacerdotes locales?
El astrónomo Geral S. Hawkins estudió en los años sesenta la estructura estelar de este misterioso enclave megalítico ayudándose de un ordenador conectado a un reproductor fotogramétrico. La revista Nature publicó los primeros resultados de la investigación. Al parecer, los menhires de Stonehenge estaban alineados con las doce direcciones solares y lunares existentes. Esta circunstancia que no podía ser casualidad ya que solamente existe la probabilidad de que ocurra en una ocasión entre un millón, fue corroborado en un segundo artículo publicado en la misma revista. En su nuevo trabajo, Hawkins dejaba bien claro que "Stonehenge es una computadora del Neolítico."

Siguiendo con la investigación, el astroarqueólogo Peter Newman afirmó que las montañas del círculo exteriores de Stonehenge representaban al mes lunar de 29 días y medio por lo que uno de los menhires tiene únicamente la mitad de altura que sus compañeros.
En cualquier caso, resulta asombroso que con conocimientos tan rudimentarios -¿o no?- los antiguos hubieran logrado tales adelantos en astronomía.
La estructura de Stonehenge está constituida por cuatro círculos concéntricos. El exterior tiene 30 metros de diámetro y está formado por los conocidos bloques de arenisca con dinteles en la parte superior. Dentro de este círculo hay otro con bloques más pequeños que, a su vez, encierra una especie de herradura formada por piedras y dinteles pequeños. Dentro de este último círculo se encuentra el llamado altar.
El conjunto está rodeado por un foso de 104 metros de diámetro y junto a éste hay un anillo de fosas, 56 en total, utilizadas como lugares de enterramiento. En la parte noreste se encuentra un paseo de 23 metros de ancho y casi 3 kilómetros de longitud, empleado como avenida procesional. Allí está la llamada Piedra Talón desde la que seguramente se vería la aparición del Sol en el solsticio de verano, el 21 de junio.
Recientemente, una nueva teoría identifica el milenario monumento megalítico con un antiguo lugar de peregrinaje y sanación. Las excavaciones, lideradas por el arqueólogoTim Darwill, de la Universidad de Bournemouth, y Geoff Wainwright, de la Sociedad de Anticuarios, han comenzado en el centro de los famosos círculos de piedra en busca de los restos más primitivos del asentamiento, las primeras “piedras azules”, seguramente procedentes de las colinas de Preseli, en Gales, a 250 kilómetros de Stonenhenge.

Además, otro de los objetivos de esta nueva misión es la de encontrar evidencias que puedan datar con precisión el monumento. Hasta la fecha se baraja un periodo de construcción que va desde el 2400 al 1600 a. de C.
La idea de que Stonehenge fue un antiguo lugar de peregrinaje y curación viene dado por los hallazgos de huesos con traumatismos. Los expertos creen que se trataría de una suerte de Lourdes del Neolítico. Hasta allí se
desplazarían los enfermos en busca de curación. Así lo demuestra el descubrimiento de varios cráneos con síntomas de haber sido trepanados.
También se ha señalado que podría ser una tumba familiar real. Ésta es la conclusión de los análisis de restos humanos allí encontrados. Al parecer, Stonehenge fue utilizado desde sus orígenes como tumba familiar real, en el 3.000 a. de C., cinco siglos antes de que se levantaran las piedras que hoy le dan fama.
Pero ahí no queda todo. Nadie puede negar que Stonehenge levanta pasiones a muchos entusiastas. Con 2.500 toneladas de granito procedentes de una cantera australiana, un comerciante cervecero de aquel país quiere inaugurar el próximo 21 de diciembre de 2008, solsticio de invierno, una réplica exacta de Stonehenge. La reconstrucción, que se llamará El Henge, estará abierta al público que podrá deambular entre los bloques de piedra. Será una reconstrucción ideal del auténtico, es decir, añadiendo las partes que hoy están dañadas y desaparecidas en el original.
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Por Nacho Ares
nachoares70@gmail.com / www.nachoares.com
Los círculos de piedras de Stonehenge se encuentran en la llanura de Salisbury, en el condado de Wilt, al suroeste de Inglaterra. Como todos hemos escuchado en alguna ocasión, se trata de un monumento megalítico prehistórico, cuya función exacta es todavía un enigma pero que seguramente debió de estar relacionada con las reuniones tribales o, siendo más precisos, reuniones relacionadas con la observación de las estrellas.
Con un diámetro de 88 metros y formado por 162 grandes bloques de piedra cuidadosamente labrados y traídos de la lejana cantera de Prescelly -a 300 kilómetros del lugar- la finalidad de este misterioso emplazamiento sigue siendo un enigma. En el interior de uno de los pozos sobre los cuales se erigieron los megalitos, se hallaron los restos de varias astas de ciervo empleadas en la fabricación de los hoyos. La datación por carbono 14 de dichos restos dio una fecha del 3100 a. de C. Por otra parte, en las cercanías de este lugar mágico se descubrieron 483 tumbas de la Edad del Bronce, lo que ha permitido especular con la posibilidad de que el monumento sea realmente más moderno, incluso del año 1600 a. de C.

El griego Hecateo de Abdera, que visitó el lugar hacia el 300 a. de C., nos relata en su fragmentada obra que "frente al país de los celtas y al norte del océano limítrofe, se encuentra una isla que no es menor que Sicilia. En la isla existe una suntuosa floresta consagrada al dios sol, así como un extraño templo de forma circular. Apolo llega a la isla cada 19 años, cuando el Sol y la Luna toman la misma posición con respecto al otro."
Este texto ha planteado una pregunta doble a los investigadores: ¿fue Stonehenge un santuario tribal o el lugar de observación estelar para los sacerdotes locales?
El astrónomo Geral S. Hawkins estudió en los años sesenta la estructura estelar de este misterioso enclave megalítico ayudándose de un ordenador conectado a un reproductor fotogramétrico. La revista Nature publicó los primeros resultados de la investigación. Al parecer, los menhires de Stonehenge estaban alineados con las doce direcciones solares y lunares existentes. Esta circunstancia que no podía ser casualidad ya que solamente existe la probabilidad de que ocurra en una ocasión entre un millón, fue corroborado en un segundo artículo publicado en la misma revista. En su nuevo trabajo, Hawkins dejaba bien claro que "Stonehenge es una computadora del Neolítico."

Siguiendo con la investigación, el astroarqueólogo Peter Newman afirmó que las montañas del círculo exteriores de Stonehenge representaban al mes lunar de 29 días y medio por lo que uno de los menhires tiene únicamente la mitad de altura que sus compañeros.
En cualquier caso, resulta asombroso que con conocimientos tan rudimentarios -¿o no?- los antiguos hubieran logrado tales adelantos en astronomía.
La estructura de Stonehenge está constituida por cuatro círculos concéntricos. El exterior tiene 30 metros de diámetro y está formado por los conocidos bloques de arenisca con dinteles en la parte superior. Dentro de este círculo hay otro con bloques más pequeños que, a su vez, encierra una especie de herradura formada por piedras y dinteles pequeños. Dentro de este último círculo se encuentra el llamado altar.
El conjunto está rodeado por un foso de 104 metros de diámetro y junto a éste hay un anillo de fosas, 56 en total, utilizadas como lugares de enterramiento. En la parte noreste se encuentra un paseo de 23 metros de ancho y casi 3 kilómetros de longitud, empleado como avenida procesional. Allí está la llamada Piedra Talón desde la que seguramente se vería la aparición del Sol en el solsticio de verano, el 21 de junio.
Recientemente, una nueva teoría identifica el milenario monumento megalítico con un antiguo lugar de peregrinaje y sanación. Las excavaciones, lideradas por el arqueólogoTim Darwill, de la Universidad de Bournemouth, y Geoff Wainwright, de la Sociedad de Anticuarios, han comenzado en el centro de los famosos círculos de piedra en busca de los restos más primitivos del asentamiento, las primeras “piedras azules”, seguramente procedentes de las colinas de Preseli, en Gales, a 250 kilómetros de Stonenhenge.

Además, otro de los objetivos de esta nueva misión es la de encontrar evidencias que puedan datar con precisión el monumento. Hasta la fecha se baraja un periodo de construcción que va desde el 2400 al 1600 a. de C.
La idea de que Stonehenge fue un antiguo lugar de peregrinaje y curación viene dado por los hallazgos de huesos con traumatismos. Los expertos creen que se trataría de una suerte de Lourdes del Neolítico. Hasta allí se
desplazarían los enfermos en busca de curación. Así lo demuestra el descubrimiento de varios cráneos con síntomas de haber sido trepanados.
También se ha señalado que podría ser una tumba familiar real. Ésta es la conclusión de los análisis de restos humanos allí encontrados. Al parecer, Stonehenge fue utilizado desde sus orígenes como tumba familiar real, en el 3.000 a. de C., cinco siglos antes de que se levantaran las piedras que hoy le dan fama.
Pero ahí no queda todo. Nadie puede negar que Stonehenge levanta pasiones a muchos entusiastas. Con 2.500 toneladas de granito procedentes de una cantera australiana, un comerciante cervecero de aquel país quiere inaugurar el próximo 21 de diciembre de 2008, solsticio de invierno, una réplica exacta de Stonehenge. La reconstrucción, que se llamará El Henge, estará abierta al público que podrá deambular entre los bloques de piedra. Será una reconstrucción ideal del auténtico, es decir, añadiendo las partes que hoy están dañadas y desaparecidas en el original.


Como todos los caminos llevaban a Roma, las malas noticias de Hispania no tardaron en llegar a oídos del emperador Honorio, que era un pelele en manos de Constancio, su magister militum, es decir, el espadón de toda la vida, que tenía mano en los cuarteles.
Los suevos no querían irse, les gustaba Hispania, y más en aquel momento, en que la competencia se había retirado. Su cuartel general estaba en lo que el hombre del tiempo llama "el cuadrante noroccidental", es decir, más o menos en lo que hoy es Galicia, León y el norte de Portugal. Desde allí concibieron la ambiciosa empresa de transformar Hispania en Suevia. No lo consiguieron: el godo traidor, que acechaba al otro lado del Ebro, les cortó el paso. Se establecieron en Mérida y saltaron a la Bética, con la idea de doblegar al poder romano-godo en Cartagena. De ahí a Tarragona, un paso, y la vieja Hispania sería suya. Una tribu, un reino. No es mal planteamiento. El problema es que los godos tenían uno muy parecido y eran más y otros bárbaros, los francos, les estaban empujando hacia el sur.




Su hermana Catalina recogió el relevo y, siguiendo la tradición familiar, se casó con Juan de Albret, un aristócrata del otro lado del Pirineo, muy francés, muy apegado a las costumbres galas, especialmente a las malas. Como por allí no se llevaba que las mujeres reinasen, hizo como que no se enteraba de que la heredera era Catalina y se coronó como Juan III de Navarra. Juan y Catalina, o Catalina y Juan, fueron los dos últimos reyes de un reino tan viejo como decadente.
En medio se encontraban los reyes Catalina y Juan de Albret. No podían llevarse mal con ninguno de los dos, aunque el cuerpo les pedía desairar a Fernando, a quien tenían cerca, y pactar una entente más o menos cordial con Luis, de quien, por añadidura, eran vasallos.
Los Albret pusieron pies en polvorosa hacia la parte norte del reino, la que quedaba al otro lado de la cordillera, un pequeño apéndice conocido como la Baja Navarra. Allí solicitaron el auxilio de Luis, que armó tres ejércitos para penetrar de nuevo en el reino y arrancárselo de las manos al duque de Alba. Cruzó los Pirineos y se dirigió a Pamplona. 
Rodeado Carlos por los cuatro puntos cardinales, Venecia llegó a un acuerdo con Milán para atacar a los franceses por el norte. Carlos acudió al combate sin saber que le esperaba una bochornosa derrota, de la que salió con vida de milagro. El sur, que era donde se ventilaba lo importante, se lo reservó Fernando. Envió una flota armada hasta los dientes al mando de Garcerán de Requesens. A bordo viajaba Gonzalo Fernández de Córdoba, un capitán castellano que había servido en la guerra de Granada. Conjugaba en perfecta armonía valor, inteligencia y mano izquierda, ingredientes que, no tan casualmente, se dan en todos los grandes generales de la historia. Gonzalo lo fue, y con letras mayúsculas.
En julio de 1496 Gonzalo estaba de nuevo en marcha. Los franceses se habían retirado hacia Apulia y tenían sitiada la plaza de Atella, a medio camino entre Nápoles y Tarento. Enterado Alejandro VI del paradero de Montpensier, escribió al capitán andaluz para pedir su auxilio. Esta vez fue cosa de llegar, ver y vencer. Los franceses fueron diezmados y huyeron hacia el norte. Gonzalo se dirigió a Nápoles, donde entró días después aclamado por los napolitanos: "Por común consentimiento de todos fue juzgado ser verdadero merecedor del nombre de Gran Capitán".
Gonzalo levantó el asedio en tiempo récord, y antes de que Nemours pudiese moverse salió en su búsqueda. Se lo encontró un poco más al norte, en Ceriñola. El plan de batalla de Gonzalo fue magistral. Mandó cavar unos fosos para detener a la caballería a piquetazos. Hecho esto, descargó toda su pólvora sobre los piqueros suizos y lo que quedaba de caballería. Entonces, cuando el enemigo estaba tocado de muerte, cargó con 6.000 infantes y 1.500 caballeros. La derrota francesa fue total. En el recuento de bajas sólo había 100 españoles muertos, por 3.000 franceses, entre los que se encontraba el propio Nemours.
Las flotas partían de Sevilla una vez al año, fuertemente escoltadas por navíos de la Armada. Al llegar a América se dividían: una, la de Nueva España, se dirigía a Veracruz; la otra, la de Tierra Firme –o también llamada de los Galeones– ponía rumbo a Portobelo, en el istmo de Panamá. Unos meses más tarde las dos flotas, cargadas hasta arriba de riquezas, se encontraban en La Habana y enfilaban el camino de vuelta a España deslizándose por el azaroso canal de la Bahama, donde los piratas esperaban con la daga entre los dientes.
El Almirantazgo británico, que, para variar, había subestimado a su enemigo, planeó asestar el golpe definitivo al imperio español en Cartagena de Indias, el puerto más importante del virreinato de Nueva Granada. Cartagena era por aquel entonces un abigarrado cruce de caminos. Cosmopolita y floreciente. Sus calles estaban jalonadas por palacetes barrocos e iglesias. Tenía catedral, y hasta tribunal de la Inquisición propio.
En Cartagena sólo había seis barcos de la Armada, y apenas 3.000 hombres para defender la plaza. Sebastián Eslava, virrey de Nueva Granada, nervioso e intranquilo al ver lo que se le venía encima, pidió socorro a La Habana, donde paraba la Real Armada del almirante Torres. El aviso nunca llegó, probablemente porque los ingleses capturaron el navío que lo llevaba. Estaba solo. Él y su opulento virreinato. Cuando llegase a Madrid la noticia de la derrota ya sería demasiado tarde: Cartagena de Indias habría pasado a ser un inexpugnable puerto inglés.
El 20 de marzo de 1741 la imponente flota de Vernon apareció en Bocachica, la entrada a la bahía de Cartagena. Los baluartes costeros no daban abasto. Para rendirlos, el almirante inglés ordenó un cañoneo intensivo, día y noche sin dar pausa a los artilleros. La fortaleza de San Luis cayó después de haber recibido 6.068 bombas y 18.000 cañonazos, según apuntó Lezo diligentemente en su diario. No había nada que hacer: el fuego era de tal intensidad que los defensores se replegaron hacia el recinto amurallado.
La batalla había dado la vuelta. Los cadáveres no sepultados que se pudrían al inclemente sol del Caribe hicieron aflorar la peste, que se cebaría a gusto con los ingleses en los días siguientes. Incapaz de mantener las posiciones, Vernon ordenó la retirada. Había fracasado estrepitosamente. Tan sólo acertó a pronunciar, entre dientes, una frase: "God damn you, Lezo!".