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28/7/08

STONEHENGE

STONEHENGE
Por Nacho Ares


nachoares70@gmail.com / www.nachoares.com

Los círculos de piedras de Stonehenge se encuentran en la llanura de Salisbury, en el condado de Wilt, al suroeste de Inglaterra. Como todos hemos escuchado en alguna ocasión, se trata de un monumento megalítico prehistórico, cuya función exacta es todavía un enigma pero que seguramente debió de estar relacionada con las reuniones tribales o, siendo más precisos, reuniones relacionadas con la observación de las estrellas.
Con un diámetro de 88 metros y formado por 162 grandes bloques de piedra cuidadosamente labrados y traídos de la lejana cantera de Prescelly -a 300 kilómetros del lugar- la finalidad de este misterioso emplazamiento sigue siendo un enigma. En el interior de uno de los pozos sobre los cuales se erigieron los megalitos, se hallaron los restos de varias astas de ciervo empleadas en la fabricación de los hoyos. La datación por carbono 14 de dichos restos dio una fecha del 3100 a. de C. Por otra parte, en las cercanías de este lugar mágico se descubrieron 483 tumbas de la Edad del Bronce, lo que ha permitido especular con la posibilidad de que el monumento sea realmente más moderno, incluso del año 1600 a. de C.

El griego Hecateo de Abdera, que visitó el lugar hacia el 300 a. de C., nos relata en su fragmentada obra que "frente al país de los celtas y al norte del océano limítrofe, se encuentra una isla que no es menor que Sicilia. En la isla existe una suntuosa floresta consagrada al dios sol, así como un extraño templo de forma circular. Apolo llega a la isla cada 19 años, cuando el Sol y la Luna toman la misma posición con respecto al otro."
Este texto ha planteado una pregunta doble a los investigadores: ¿fue Stonehenge un santuario tribal o el lugar de observación estelar para los sacerdotes locales?
El astrónomo Geral S. Hawkins estudió en los años sesenta la estructura estelar de este misterioso enclave megalítico ayudándose de un ordenador conectado a un reproductor fotogramétrico. La revista Nature publicó los primeros resultados de la investigación. Al parecer, los menhires de Stonehenge estaban alineados con las doce direcciones solares y lunares existentes. Esta circunstancia que no podía ser casualidad ya que solamente existe la probabilidad de que ocurra en una ocasión entre un millón, fue corroborado en un segundo artículo publicado en la misma revista. En su nuevo trabajo, Hawkins dejaba bien claro que "Stonehenge es una computadora del Neolítico."

Siguiendo con la investigación, el astroarqueólogo Peter Newman afirmó que las montañas del círculo exteriores de Stonehenge representaban al mes lunar de 29 días y medio por lo que uno de los menhires tiene únicamente la mitad de altura que sus compañeros.
En cualquier caso, resulta asombroso que con conocimientos tan rudimentarios -¿o no?- los antiguos hubieran logrado tales adelantos en astronomía.
La estructura de Stonehenge está constituida por cuatro círculos concéntricos. El exterior tiene 30 metros de diámetro y está formado por los conocidos bloques de arenisca con dinteles en la parte superior. Dentro de este círculo hay otro con bloques más pequeños que, a su vez, encierra una especie de herradura formada por piedras y dinteles pequeños. Dentro de este último círculo se encuentra el llamado altar.
El conjunto está rodeado por un foso de 104 metros de diámetro y junto a éste hay un anillo de fosas, 56 en total, utilizadas como lugares de enterramiento. En la parte noreste se encuentra un paseo de 23 metros de ancho y casi 3 kilómetros de longitud, empleado como avenida procesional. Allí está la llamada Piedra Talón desde la que seguramente se vería la aparición del Sol en el solsticio de verano, el 21 de junio.
Recientemente, una nueva teoría identifica el milenario monumento megalítico con un antiguo lugar de peregrinaje y sanación. Las excavaciones, lideradas por el arqueólogoTim Darwill, de la Universidad de Bournemouth, y Geoff Wainwright, de la Sociedad de Anticuarios, han comenzado en el centro de los famosos círculos de piedra en busca de los restos más primitivos del asentamiento, las primeras “piedras azules”, seguramente procedentes de las colinas de Preseli, en Gales, a 250 kilómetros de Stonenhenge.

Además, otro de los objetivos de esta nueva misión es la de encontrar evidencias que puedan datar con precisión el monumento. Hasta la fecha se baraja un periodo de construcción que va desde el 2400 al 1600 a. de C.
La idea de que Stonehenge fue un antiguo lugar de peregrinaje y curación viene dado por los hallazgos de huesos con traumatismos. Los expertos creen que se trataría de una suerte de Lourdes del Neolítico. Hasta allí se
desplazarían los enfermos en busca de curación. Así lo demuestra el descubrimiento de varios cráneos con síntomas de haber sido trepanados.
También se ha señalado que podría ser una tumba familiar real. Ésta es la conclusión de los análisis de restos humanos allí encontrados. Al parecer, Stonehenge fue utilizado desde sus orígenes como tumba familiar real, en el 3.000 a. de C., cinco siglos antes de que se levantaran las piedras que hoy le dan fama.
Pero ahí no queda todo. Nadie puede negar que Stonehenge levanta pasiones a muchos entusiastas. Con 2.500 toneladas de granito procedentes de una cantera australiana, un comerciante cervecero de aquel país quiere inaugurar el próximo 21 de diciembre de 2008, solsticio de invierno, una réplica exacta de Stonehenge. La reconstrucción, que se llamará El Henge, estará abierta al público que podrá deambular entre los bloques de piedra. Será una reconstrucción ideal del auténtico, es decir, añadiendo las partes que hoy están dañadas y desaparecidas en el original.
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25/7/08

Los godos y demás bárbaros del norte

Los godos y demás bárbaros del norte

Por Fernando Díaz Villanueva

Corona votiva de Recesvinto.
El Imperio Romano se vino abajo en España en el otoño del año 409; el 12 de octubre exactamente, que ya es casualidad. Aquel día cruzaron el Pirineo, por los pasos de Roncesvalles y Somport, tres tribus bárbaras: los vándalos, los alanos y los suevos.
Tres años antes, aprovechando un descuido de los romanos, habían rebasado el Rin a la altura de Maguncia. Fue un invierno tan frío que el río estaba congelado. El cambio climático, como se ve, no es cosa de ahora. Encontrarse el cauce helado fue una bendición, y en pocas semanas decenas de miles se trasladaron a la otra orilla, la romana, donde aguardaban pacientes el saqueo de todas las maravillas del mundo clásico, es decir, civilizado.
Durante tres años vagaron sin rumbo por la Galia, hostigados por los romanos y por sus subcontratas guerreras, encargadas de mantener las fronteras limpias como una patena. El destino final de los tres grupos era el norte de África, la rica provincia romana que durante siglos había ejercido de granero del Imperio. Como la costa mediterránea de la Galia andaba intratable por aquel entonces, se aliaron para tomar un camino alternativo, el de la inmensa Hispania.
El camino, aunque largo, sinuoso y no exento de problemas, merecía la pena. Hasta llegar aquí, los alanos, el único pueblo no germánico de los tres, habían recorrido miles de kilómetros, desde las estepas asiáticas. Los vándalos provenían de la costa del Báltico y, tras una migración sostenida durante siglos, se habían puesto a la cola para cruzar el limes y tomar su parte de las incontables riquezas del alicaído imperio. Los suevos, que terminaron forjando una modesta fortuna en España, habían partido años atrás de algún punto entre las juras de Suabia y Franconia, en la actual Baviera, quizá empujados por otros o quizá porque estaban hartos de vivir subidos en un árbol y querían participar del festín. No lo sabemos: como eran bárbaros, no sabían ni leer ni escribir.
Las provincias romanas de Hispania no sólo eran inabarcables, montañosas y muy romanizadas, sino que, por aquellos años, se habían apuntado a una rebelión contra el emperador. La capitaneaba un tal Constantino, que a su vez había entregado el control de España a uno de sus generales, Máximo, que se proclamó emperador en Tarragona. Los invasores, encantados con el desorden que se habían encontrado a este lado del Pirineo, llegaron a un acuerdo con Máximo: no tocarían la costa de la Tarraconense, pero tendrían carta blanca en el resto.
Los alanos se dirigieron con presteza hacia el sur, hacia la Bética, la provincia más próspera y boyante de entre las españolas. Los vándalos –los había silingos y asdingos– se extendieron por las dos mesetas y el valle del Guadalquivir. Los suevos cabalgaron hacia el oeste, a reclamar la Lusitania y la Gallaecia. Buscaban tierra para cultivar. Allí la encontraron en abundancia; y ni tuvieron que habituarse al clima: en Galicia llueve tanto como en Alemania, o más.
Celosía de tradición visigótica (imagen tomada de www.cantabriajoven.com).Como todos los caminos llevaban a Roma, las malas noticias de Hispania no tardaron en llegar a oídos del emperador Honorio, que era un pelele en manos de Constancio, su magister militum, es decir, el espadón de toda la vida, que tenía mano en los cuarteles.
Para poder defenderlo mejor, años antes Teodosio el Grande, que era de Segovia, había dividido el imperio entre sus dos hijos: en el de Oriente reinaba Arcadio; en el de Occidente, Honorio. La situación en ambos era, sin embargo, muy diferente. Al primero los bárbaros ni se acercaban, y si lo hacían salían escaldados. En el segundo todo eran calamidades: Britania se había perdido, Bélgica también, y la Galia, del Loira para arriba, no obedecía a Roma. Con un imperio tan menguado, al emperador sólo le faltaba que le birlasen Hispania, que, para colmo, era el lugar donde había nacido su padre.
Con la idea de aventar a los intrusos y restituir su dominio sobre Hispania, comisionó a unos viejos amigos de la casa, los visigodos –o godos; que eso del "visi" se lo pusimos después, para diferenciarlos de sus primos italianos: los ostrogodos– para que limpiasen la provincia de merodeadores.
Los godos, en sus dos variedades, llevaban lo menos dos siglos enredando en las asuntos del Imperio. Eran originarios del valle del Danubio, y después de ganar una batalla a los romanos, la de Adrianópolis, habían llegado a la sabia conclusión de que, si pretendían heredar, lo mejor era quedarse a cuidar del viejo moribundo. El emperador los utilizaba para cubrirse las espaldas y ajustar cuentas en sus vastos y caóticos dominios.
Pero, como todos los sobrinos ansiosos por la herencia que nunca llega, los godos eran un dolor de cabeza y solían morder con cierta frecuencia la mano que les daba de comer. En el año 410, sin ir más lejos, habían saqueado Roma a conciencia por un asuntillo de poca monta.
Mandándolos a Hispania mataba dos pájaros de un tiro: largaba a los bárbaros, que saqueaban sin piedad los feraces campos y las espléndidas ciudades de la Tarraconense, y alejaba de Roma un montón de soldados incordiosos y pedigüeños, porque cuando los ejércitos godos no estaban en campaña pretendían vivir a costa del tesoro imperial, que estaba ya para pocos trotes.
El primer godo en hacer acto de presencia por esta tierra se llamaba Ataúlfo, y conquistó Barcelona en 415. Pero su idea no era quedarse, sino fundar un reino godo en el sur de la Galia, en lo que hoy es Aquitania y Provenza. El emperador le concedió el deseo, siempre y cuando su pueblo mantuviese lealtad y obediencia a Roma. Le concedió también la mano de su hermana, Gala Placidia, la última gran dama de Roma.
No pudo disfrutar de ninguna de las dos cosas: le apuñalaron ese mismo año en Barcelona. La bella Gala Placidia regresó a Italia y la casaron con un general. Se formó así el reino visigodo de Tolosa, que, creciendo y creciendo sin parar, en su cénit llegó a extenderse desde el Loira hasta el Guadalquivir.
Los otros bárbaros, los que dejamos arriba repartiéndose el botín, terminaron llegando a las manos. Inevitable, Hispania era demasiado pequeña para tanto bárbaro y tanta testosterona junta. Vándalos y suevos, olvidando alianzas anteriores, se vieron las caras en Mérida para dilucidar a quién de los dos pertenecía la vega del Guadiana, romanizada hasta la extenuación, esto es, rica y opulenta, sobrada de todo y falta de gobernantes.
Los vándalos ganaron; pero para nada: un año después se largaron por donde habían venido. En 429 el rey vándalo Genserico dio orden de cruzar el Estrecho. En África se encontraron de nuevo con los alanos, que habían llegado antes, y en menos de un siglo ambos pueblos se diluyeron en la bruma de la historia.
Visigodos.Los suevos no querían irse, les gustaba Hispania, y más en aquel momento, en que la competencia se había retirado. Su cuartel general estaba en lo que el hombre del tiempo llama "el cuadrante noroccidental", es decir, más o menos en lo que hoy es Galicia, León y el norte de Portugal. Desde allí concibieron la ambiciosa empresa de transformar Hispania en Suevia. No lo consiguieron: el godo traidor, que acechaba al otro lado del Ebro, les cortó el paso. Se establecieron en Mérida y saltaron a la Bética, con la idea de doblegar al poder romano-godo en Cartagena. De ahí a Tarragona, un paso, y la vieja Hispania sería suya. Una tribu, un reino. No es mal planteamiento. El problema es que los godos tenían uno muy parecido y eran más y otros bárbaros, los francos, les estaban empujando hacia el sur.
En 456 el godo Teodorico dio una buena tunda al suevo Requiario en Astorga. Eran cuñados, pero la guerra es la guerra y Requiario fue capturado y ejecutado sin ningún miramiento. El camino quedaba expedito para los godos de Tolosa, cada vez más poderosos y menos dependientes de Roma, que se acercaba a su consunción final por agotamiento. En 476 Odoacro, rey de los hérulos, depuso al último emperador, Rómulo Augústulo, un crío de 12 años que, para más inri, ni siquiera era romano: era hijo de uno de los generales de Atila.
A finales del siglo V el desbarajuste en lo que había sido el imperio occidental era de tal calibre que, de Escocia a Sicilia y de Suiza a Portugal, todos andaban guerreando con todos. Entonces, en pleno follón, los francos, una tribu lejana que había guardado las fronteras del norte, se pusieron en marcha. Acaudillados por Clodoveo, abandonaron las frías y desapacibles tierras del curso bajo del Rin y partieron hacia el sur. Espoleados por su jefe y convencidos de que suyos eran los despojos del Imperio, se impusieron a los alamanes y los burgundios.
El choque con los godos de Tolosa, guardianes de la puerta del Mediterráneo, era cuestión de tiempo. De poco tiempo, porque los bárbaros, sabedores de que, con la vida que llevaban, no vivían demasiado, no acostumbraban pensarse mucho las cosas antes de hacerlas. En el año 507 estalló la guerra entre francos y visigodos. Duró lo que dura una batalla, la de Vouillé, en la que el rey godo Alarico fue derrotado y muerto.
Los francos se derramaron por la Provenza y Aquitania. Saquearon Tolosa, Burdeos y Arlés. El corazón del reino godo había sucumbido. La salvación estaba al otro lado de los Pirineos, un país donde los francos difícilmente podían seguirles, aunque sólo fuese por sus dimensiones y su endemoniada geografía.
Tras el desastre, lo que quedaba del pueblo godo en la Galia se trasladó a Hispania, el último destino de un linaje que llevaba varios siglos dando vueltas por Europa. En breve nacería el reino godo de Toledo, la primera vez en la historia en que la Península Ibérica era independiente y se autogobernaba. La población local, que era romana de lengua, cultura y religión, lo aceptó como un mal menor, algo irremediable que, al menos, frenaría los desórdenes de uno de los siglos más revueltos de nuestra historia.
El mestizaje entre bárbaros venidos del norte e hispanorromanos cristianizados cuajó en una peculiar amalgama que es la base de que lo hoy, quince siglos después, somos. A lo largo de los últimos 1.500 años no hemos hecho más que afinar la mezcla de los tres ingredientes primordiales de lo que hoy llamamos "civilización occidental". No podemos quejarnos: el resultado, en su variante hispana, no ha salido del todo mal.
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23/7/08

LA VENUS DE WILLENDORF

LA VENUS DE WILLENDORF
Por Nacho Ares nachoares

70@gmail.com / www.nachoares.com
Con el nombre de “2008 Das Venusjahr” (2008 el año de la Venus), los austriacos quieren dar a conocer una de sus piezas arqueológicas más importantes de la Prehistoria. La Venus de Willendorf fue descubierta en el mes de agosto de 1908 por el arqueólogo Josef Szombathy, cerca de la localidad austriaca de Willendorf in der Wachau, a unos 70 kilómetros al noroeste de Viena, en la rivera izquierda del Danubio, de donde toma su nombre. El lugar es considerado un verdadero archivo del clima prehistórico, en donde se puede indagar la evolución del mismo durante un periodo de 35.000 años. El hallazgo se produjo durante una excavación en un lugar en donde se iba a construir una vía de ferrocarril. La “Venus” tiene una antigüedad de unos 25.000 años y se encuentra entre las representaciones más antiguas de una mujer. Su carácter único hizo que durante los casi 90 años siguientes no estuviera expuesta al público y solamente fuera estudiada por especialistas. En este tiempo estuvo conservada en un sótano del Museo de Historia Natural de Viena (Naturhistorisches Museum, NHM).
Sólo en 1999 se decidió ser mostrada al público. En aquella fecha los encargados del museo construyeron un marco adecuado, con todas las medidas de seguridad pertinentes, para poder conservar perfectamente la pequeña escultura y que, además, pudiera ser disfrutada por el gran público. Desde entonces se ha convertido en uno de los atractivos más importantes del NHM. La noticia más antigua de su hallazgo aparece en un artículo del antropólogo de la Universidad de Yale (Estados Unidos) George Grant MacCurdy (1863-1947). Grant se encontraba en Viena en el verano de ese año. En aquel momento la mayor parte de los objetos descubiertos en la excavación de Szombathy en Willendorf, estaban todavía empaquetados y almacenados en el NHM. El arqueólogo austriaco tuvo la gentileza de enseñarle la figura de la Venus. La publicación del americano hizo correr como la pólvora el sensacional
hallazgo de la representación prehistórica en bulto redondo de una mujer, la más antigua descubierta hasta la fecha.

No hay fotografía que haga justicia a esta figura. La Venus de Willendorf se encuentra en la mente de todos, gracias a sus continuas referencias en los libros de texto sobre Historia del Arte, Prehistoria o Arqueología. Sin embargo, insisto, hasta que uno no se pone frente a frente con esta pequeña estatuita de apenas 11,5 centímetros de altura no se es consciente de su grandiosidad. Está esculpida en piedra caliza muy porosa de tipo oolítica, que no se encuentra en la región en donde fue descubierta ahora hace un siglo. En origen debió de estar cubierta de ocre rojo, pigmentación que solamente ha conservado en muy escasas partes de su anatomía. Los expertos señalan que la escultura se trabajó con herramientas de piedra y que seguramente no fue labrada en las cercanías de Willendorf sino en otro emplazamiento, hoy desconocido, de donde fue “importada”. La Venus de Willendorf ofrece la imagen de una mujer muy gruesa completamente desnuda. No tiene rasgos faciales y sobre la cabeza solamente se ve una especie de gorro, una peluca formada por trenzas o un complicado peinado que parece cubrirle por completo la cabeza. Sus formas son exageradamente voluminosas (esteatopigia). Dos brazos muy delgados descansan sobre sus enormes pechos que a su vez se precipitan sobre un vientre descomunal. Bajo él una vulva bien definida se abre entre dos muslos de la misma talla que el resto del cuerpo. La espalda de la mujer está trabajada con igual esmero. Del conjunto destacan sobremanera dos enormes nalgas. Por último, no se conservan los pies de la figura, si es que alguna vez los tuvo. Además de ser la primera descubierta, es la que ha llegado hasta nosotros en mejor estado de conservación y la que puede ser fechada con cierta verosimilitud debido a un entorno arqueológico muy claro.
Más problemas que la Venus de Willendorf ofrecen otras figuras descubiertas en la década de 1920 y 30 en el Pirineo francés, Moravia y Rusia, ya que están incompletas. Hoy la conocemos con el nombre de Venus, gracias a la idea generalizada en un principio de que este tipo de figuras reflejaban un ideal de belleza de la mujer en época prehistórica. Realmente, es un argumento muy pretencioso querer simplificar un concepto, seguramente mucho más complicado, con ideas de este tipo. No son pocos los investigadores que han señalado lo absurdo de
esta posibilidad como es el caso de Christopher Witcombe, profesor de la Sweet Briar College, en Virginia (Estados Unidos). Otros piensan, por el contrario, que en la Prehistoria debería ser extremadamente raro encontrar personas de una obesidad tal. De haberlas, serían producto de alguna enfermedad como la de Cushing, hipotiroidismo, o disfunción de la pituitaria. No obstante, sea cual sea el origen, es obvio que el escultor tuvo que tener un modelo del que copiar, ya que nadie se inventa unos rasgos tan definidos en una patología determinada si no cuenta con un referente claro para reproducirlo. Este detalle echa por tierra la hipótesis de que en la Prehistoria no había mujeres gruesas, idea que también ha sido propuesta (ver recuadro). La existencia de una generalizada desnutrición, el que las mujeres no superaban los 30 años, reduciéndose así las causas que ayudarían a la obesidad como la menopausia, son elementos que hay que tener en cuenta para buscar una solución al problema. Si dejamos de lado la idea de la representación de un ideal de belleza prehistórico, no son muchas más las posibilidades que nos quedan. Otra de las posibilidades es ver en la mujer de Willendorf una representación de la Madre Tierra. Al no haber paralelismos ni elementos que realmente justifiquen esta idea, no deja de ser una simple posibilidad.
Las otras reflexiones que se han hecho sobre el significado de esta Venus están de alguna forma relacionadas con esta idea especulativa de la fertilidad. Hay quien ha señalado que podría representar un estatus social en la sociedad cazadora recolectora del Paleolítico Superior, hace más de 20.000 años. Este tipo de amuletos estarían también relacionados con la idea de bienestar y protección en ámbitos de comportamiento social que, sin lugar a dudas, hoy se nos escapan de las manos. Más psicalíptica es la idea de que pudo haber sido un amuleto para favorecer la fertilidad y que se introducía en la vagina de las mujeres para transmitir así su poder de reproducción. Se haría, al parecer, durante complicados rituales de reproducción que, una vez más, se nos escapan totalmente de nuestro entendimiento. Quizá el hecho de crear esculturas de mujeres gordas suponía precisamente el deseo de generar amuletos que acabaran con hambrunas, una idea que se aleja de la teoría tradicional de entender estas figuras como iconos de la fertilidad. Sin embargo, es extraño que las figuras aparecidas hasta la fecha solamente representen a mujeres y nunca a hombres.
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18/7/08

Pamplona bien vale una misa

Pamplona bien vale una misa

Por Fernando Díaz Villanueva

El Ayuntamiento de Pamplona.
De todos los reinos cristianos que nacieron como setas para recuperar la España perdida tras la invasión musulmana, el que peor suerte tuvo fue Navarra. Empezó bien y consolidó las posiciones, pero luego se confió, se durmió en los laureles y los vecinos, Castilla y Aragón, le birlaron la merienda. Después de tanto esfuerzo, a principios del siglo XII Navarra se había quedado encajonada en un cuadrilátero entre las Vascongadas y Aragón, entre el Ebro y los Pirineos, sin siquiera una mala salida al mar que echarse a la boca.
Durante el resto de la Edad Media mantuvo lo ganado, que ya de por sí tiene mérito, y se especializó en proporcionar princesas casaderas a todas las casas reales de Europa. Así, en diferentes épocas, Margarita de Navarra se casó con Roger de Sicilia, Berenguela de Navarra con Ricardo de Inglaterra, Inés de Navarra con Gastón de Foix... y Blanca de Navarra, la última de una saga tan numerosa que cuesta seguirla, matrimonió en España; primero con el heredero de la corona de Castilla y luego con el de la de Aragón.
El primero se llamaba Enrique y era homosexual e impotente; el segundo, Juan, era un caballero en la cama, un lince en la corte y un hacha en la guerra. No es de extrañar que, ya viudo, volviese a casarse con una más joven y engendrase a Fernando el Católico, el gobernante más cuco y maniobrero de cuantos ha tenido España.
Tanto casorio y tanta actividad venérea con príncipes extranjeros tenía que traer alguna consecuencia. Blanca de Navarra se enamoró perdidamente de su apuesto aragonés. A la muerte de la reina le tocaba heredar al hijo de ambos, Carlos de Viana, pero el padre se negó en redondo y se armó la gorda. El príncipe, reconciliado con el padre y con el perro mundo que le había negado hasta la legítima, murió joven, y la suya pasó a engrosar la lista de historias de la Historia de España que merecen ser contadas.
Juan recibió la corona de Aragón a la muerte de su hermano y se olvidó de Navarra, donde colocó a una de sus hijas de un modo bastante precario; tanto, que la hija y el padre murieron casi a la vez. Fernando, el heredero de Juan, no podía prestar demasiada atención a lo que pasaba en Navarra y consintió que la corona recayese en un niño de diez años, llamado Francisco Febo, que no tardó mucho en tomar el billete para el otro barrio. Una pena: el desdichado no llegó a cumplir los quince.
Francisco de Goya: RIÑA A GARROTAZOS.Su hermana Catalina recogió el relevo y, siguiendo la tradición familiar, se casó con Juan de Albret, un aristócrata del otro lado del Pirineo, muy francés, muy apegado a las costumbres galas, especialmente a las malas. Como por allí no se llevaba que las mujeres reinasen, hizo como que no se enteraba de que la heredera era Catalina y se coronó como Juan III de Navarra. Juan y Catalina, o Catalina y Juan, fueron los dos últimos reyes de un reino tan viejo como decadente.
El trajín dinástico era fiel reflejo de la descompuesta Navarra de entonces. Dos partidos se la tenían jurada: los beamonteses y los agramonteses. Los primeros venían del norte, de la montaña, y representaban a la Navarra pastoril y pirenaica, de verdes prados, frondosos bosques y frescos riachuelos. Se llamaban así por Carlos de Beaumont, primo del rey Carlos el Noble. Los segundos eran los hombres del sur, de la ribera del Ebro, de la interminable y feraz huerta, de los señoríos del llano, donde se cultivaba de todo. Debían su nombre a unos terratenientes de la ribera, los Agramunt. Las facciones eran tan irreconciliables que, persuadidos de que nunca se iban a entender, su principal ocupación era poner en el trono a un monarca que les favoreciese.
El odio africano que se dispensaban hacía que éste fuese utilizado intensamente por los reinos vecinos. Si se quería intervenir en Navarra no había más que congraciarse con uno de los dos bandos. Tal situación condenó a Navarra a vivir peligrosamente durante un siglo. A sus monarcas, que además tenían el patio revuelto, no les quedaban muchas alternativas: o con Francia o con España, que, por obra y gracia de Fernando el Católico, se habían declarado la enemistad eterna.
Navarra, sin embargo, no era un objetivo preferente para ninguno de los dos reinos; constituía más bien un estado-tapón entre ambos. Pero los estados-tapón tienen la peculiaridad de que se convierten con relativa frecuencia en estados-pasillo, y si no que se lo digan a los belgas. Esto quitaba el sueño a Fernando y a la corte parisina. Mientras anduvieron ocupados en las campañas italianas, la obsesión del aragonés era no encontrarse por sorpresa a sus enemigos en Pamplona, en las mismas puertas de Castilla y a un paso de Zaragoza. "He enviado a demandar a los reyes de Navarra que me den la seguridad conveniente de que estarán neutrales", decía, no sin cierta inquietud, antes de embarcarse en la guerra total contra los franceses en Nápoles. Le iba la vida en ello.
A Luis XII tampoco le complacía aquel escenario. Fernando era un zorro, y bien podía distraerle por un lado y atacar por otro. Con todos los bollos metidos en el horno italiano, una invasión española por los Pirineos podía hacerle un roto de dimensiones considerables. Si los españoles eran, además, tan bravos y resueltos como estaban siéndolo en Italia, el mismísimo trono podía bailar bajo su trasero.
Fernando el Católico.En medio se encontraban los reyes Catalina y Juan de Albret. No podían llevarse mal con ninguno de los dos, aunque el cuerpo les pedía desairar a Fernando, a quien tenían cerca, y pactar una entente más o menos cordial con Luis, de quien, por añadidura, eran vasallos.
Una situación tan tensa tenía que reventar por algún lado. Lo hizo, como suelen suceder estas cosas, por el más insospechado. Catalina y Juan decidieron acordar secretamente en Blois el apoyo navarro a Francia en caso de que ésta llegase a las manos con España, cosa que era de esperar en breve, porque Fernando se había embarcado en una nueva Liga Santa con patrocinio papal.
Uno de los diplomáticos franceses que acudieron a discutir los términos del convenio conoció a una dama navarra de la comitiva real. Se entendieron a la primera, y cuando se encontraban en plena faena el rijoso diplomático se quedó en el sitio de un infarto. La suerte, y algún avisado espía –quizá la misma mujer–, quiso que los documentos que custodiaba el finado en su habitación viajasen hasta Burgos, donde se encontraba Fernando esperando noticias. Ya es curioso que España, que se había perdido siglos antes por la ligereza de una mujer, se recuperase del todo gracias a los buenos oficios de otra. Esta última, por desgracia, se quedó a medias.
Esa era la prueba definitiva. El Católico no precisaba más para quitarse una incómoda china del zapato. Escribió a Catalina haciéndole partícipe de sus hallazgos. Al negar la reina haber firmado tratado alguno con los franceses, Fernando le pidió tres plazas que avalasen sus palabras: San Juan Pie de Puerto, Malla y Estella. Mientras apretaba las tuercas a su sobrina, negociaba con su yerno, Enrique VIII de Inglaterra, una operación de castigo a los franceses, ofreciéndole Guipúzcoa como base. No quería dejar nada al albur: si Juan de Albret se ponía farruco, dos ejércitos, el inglés y el español, le bajarían los humos de inmediato.
La decisión de invadir Navarra estaba ya tomada, pero Fernando, que no daba puntada sin hilo, se buscó la coartada definitiva. Pidió a Catalina permiso para que sus tropas atravesasen el reino camino de Francia. Catalina dijo que no. Acto seguido, dio orden a Fadrique de Toledo, duque de Alba, que se encontraba acantonado en Salvatierra con unos 15.000 infantes, de avanzar hasta Pamplona. Todo estaba previsto. Los ingleses de Guipúzcoa disuadirían a Luis XII de aventurarse en Navarra. Alfonso de Aragón, por su parte, estaba avisado para intervenir si se presentaban complicaciones en Tudela o en Olite.
Fue una campaña relámpago, sorprendente por su rapidez y por la escasa resistencia que los soldados, castellanos, alaveses y guipuzcoanos en su mayoría, se encontraron por el camino. Sólo duró cuatro días, los que tardan 15.000 personas en andar los cien kilómetros escasos que separan Salvatierra de Pamplona. El duque, previendo mayores contratiempos, hizo transportar artillería, pólvora y municiones para un largo asedio de la capital. Los pamploneses, sin embargo, no cerraron las puertas ni mostraron intención alguna de resistirse al cambio de los tiempos. El 25 de julio de 1512 Fadrique hizo su entrada en la ciudad. Quiso la casualidad que fuese el mismo día de Santiago, patrón de España.
Vista del Valle del Baztán.Los Albret pusieron pies en polvorosa hacia la parte norte del reino, la que quedaba al otro lado de la cordillera, un pequeño apéndice conocido como la Baja Navarra. Allí solicitaron el auxilio de Luis, que armó tres ejércitos para penetrar de nuevo en el reino y arrancárselo de las manos al duque de Alba. Cruzó los Pirineos y se dirigió a Pamplona.
Esta vez sí hubo asedio, aunque infructuoso: la llegada del invierno obligó a los franceses del mariscal Lautrec a levantar el campamento y regresar por donde habían venido. Cuentan que en los valles del Baztán y el Roncal los lugareños apedrearon al derrotado ejército galo cuando franqueaba los puertos. Aquello de "a enemigo que huye, puente de plata" no lo hemos interiorizado hasta hace bien poco tiempo.
Para evitar nuevas tentativas, Fernando se personó en Pamplona, y desde allí ofreció una tregua a su archienemigo. Luis, falto de iniciativa y convencido de que los navarros querían compartir el destino de castellanos y aragoneses, se avino a parlamentar. En abril de 1513 ambos monarcas firmaron en Orthez el fin de las hostilidades. Esto, lógicamente, no significaba que Catalina y Juan perdiesen sus derechos sobre el trono: esos sólo podía arrebatárselos el Papa.
La clave de todo estaba ahí, en un despacho del Vaticano. Dos meses antes Julio II había expedido una bula para desposeer de la corona a los Albret. Catalina y Juan fueron, además, excomulgados. Como lo que dice el Papa va a misa, el 23 de marzo de 1513 las Cortes de Navarra, reunidas para tan magna ocasión en Pamplona, nombraron a Fernando de Trastámara rey de Navarra, con carácter hereditario. Desde entonces, todos los reyes de Castilla lo han sido, a un tiempo, de Navarra, del mismo modo que sus herederos toman los títulos de Príncipe de Asturias y de Viana. Dos coronas, la de Castilla y la de Navarra; un rey, el de España. Una versión medieval del lema norteamericano: Et pluribus unum.
La anexión de Navarra fue tan legal y legítima como fue posible en algo que acaeció hace casi cinco siglos. Fernando el Católico se comprometió a respetar, mejorar y "no empeorar" los fueros del viejo reino. Ninguno de sus sucesores ha faltado a la palabra dada aquel día de marzo de 1513.
La actual Comunidad Foral es la última derivación histórica de aquel compromiso. Navarra, y los navarros, se incorporaron de este modo a la singular empresa de España, a cuya historia han contribuido con especial ahínco y convicción.
Pamplona, definitivamente, bien valía aquella misa.
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11/7/08

El Gran Capitán, o cómo poner una pica en Nápoles

El Gran Capitán, o cómo poner una pica en Nápoles

Por Fernando Díaz Villanueva

El Gran Capitán.
En el otoño de 1494 un jovenzuelo y alocado monarca francés que se llamaba Carlos decidió invadir Italia y empezar a cosechar glorias desde el primer minuto de su reinado. El plan era ambicioso y arriesgado. Tenía que cruzar los Alpes, transitar por el Milanesado y la Toscana sin contratiempos, detenerse en Roma para ser coronado y terminar la gira en Nápoles, para destronar al decadente y poco motivado rey del vecchio regno, Ferrante II, a quien llamaban Ferrandino por lo apocado y falto de espíritu que era.
Como era joven, valentón e irresponsable, no se preocupó de las consecuencias de su aventura. El emperador de Austria miraría para otro lado. El rey de Inglaterra poco podía decir, estaba muy lejos. En cuanto al de Aragón, único que podía sentirse directamente concernido, acababa de ser recompensado con la devolución del la Cerdaña y el Rosellón, dos comarcas que habían caído en manos francesas durante la guerra civil catalana, unos años antes. Eso era, más o menos, lo que circulaba por su cabecita antes de ordenar a sus generales que cargasen las mulas y enfilasen el camino de Milán.
Todo le salió como la seda, al menos al principio. En febrero del año siguiente hizo su entrada triunfal en Nápoles. Ferrandino, fiel a su carácter, salió disparado al sur, a Calabria, buscando la cercanía de Sicilia, que era parte de la Corona de Aragón.
Mientras todo esto sucedía en Italia, Fernando de Aragón, el Católico, esperaba tranquilo. El Papa Alejandro VI, que era valenciano, le había avisado de la cabalgada francesa, de los excesos de sus tropas y de lo mal que le caía el presuntuoso niñato que, en un abrir y cerrar de ojos, se había adueñado de Italia. El rey se hizo el sueco, no movilizó al ejército de Sicilia ni envió un contingente por si Carlos, a quien aún le quedaba cuerda, tenía la ocurrencia de cruzar el estrecho de Mesina.
Muy al contrario, dejó hacer al gabacho y se concentró en urdir una gran alianza internacional contra él. Decir que Carlos era muy malo y él muy bueno no colaba, así que tramó una coartada para que todos picasen el anzuelo. Propuso al Papa crear una Liga Santa para frenar el avance de los turcos en el Jónico. Todo un clásico. Eso implicaba que Francia debía abandonar Nápoles. El Pontífice lo recibió de mil amores y cursó petición a todos los reyes de la Cristiandad, incluido el de Francia. Venecia se apuntó a la primera; le siguieron Austria, Inglaterra, Castilla y Aragón. Carlos dijo que nones, que para defender Nápoles de los sarracenos ya se bastaba el sólito. Había caído en la trampa.
Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán.Rodeado Carlos por los cuatro puntos cardinales, Venecia llegó a un acuerdo con Milán para atacar a los franceses por el norte. Carlos acudió al combate sin saber que le esperaba una bochornosa derrota, de la que salió con vida de milagro. El sur, que era donde se ventilaba lo importante, se lo reservó Fernando. Envió una flota armada hasta los dientes al mando de Garcerán de Requesens. A bordo viajaba Gonzalo Fernández de Córdoba, un capitán castellano que había servido en la guerra de Granada. Conjugaba en perfecta armonía valor, inteligencia y mano izquierda, ingredientes que, no tan casualmente, se dan en todos los grandes generales de la historia. Gonzalo lo fue, y con letras mayúsculas.
Las órdenes de Gonzalo eran restituir a la familia real, la de Ferrandino, en el trono napolitano. Para ello habría de trasladar el ejército hasta la península, liquidar a los franceses, reconquistar Nápoles y asegurarse el control de varias fortalezas. Casi nada.
Con lo que había traído de España y el refuerzo de los napolitanos leales a Ferrandino franqueó el estrecho y, ya en Calabria, buscó el encuentro con los franceses, a quienes pensaba pasaportar de una tacada. Error fatal, porque los que le estaban esperando eran los propios franceses, que se habían anticipado al plan del cordobés. En Seminara Gonzalo cobró su primera y última derrota en Italia. El ejército de Montpensier estaba mejor preparado y había hecho un uso combinado de la artillería y la caballería que era casi imposible de replicar con las artes de la guerra que Gonzalo traía aprendidas de España.
Acantonó a sus tropas en Reggio, para reponerse y reflexionar sobre el desastre. Había una cosa buena: no habían conseguido obligarles a regresar a Sicilia, y otra mala: eran más, y mejor armados, de lo que pensaba. Tenía, además, que aprender del enemigo. Los franceses estaban muy bien organizados, sus distintas compañías funcionaban con precisión, sin estorbarse y entrando en combate en el momento adecuado. Había que inventarse de cero la milicia española, y había que hacerlo rápido: los franceses no le iban a dar otra oportunidad.
Escribió a los reyes para que le enviasen refuerzos, soldados, cuantos más mejor, y dinero, que sin ese no hay ni guerra, ni gloria ni nada de nada. Procedió entonces a reorganizar su ejército. Restringió el uso de ballesteros, que eran una antigualla, y de los incontrolables jinetes ligeros para dar protagonismo a los arcabuceros –uno por cada cinco infantes– y a la infantería. Los primeros podrían descabalgar a distancia a los resueltos jinetes franceses; los segundos darían buena cuenta de los piqueros suizos, que Carlos utilizaba con profusión. Para asaltar las compañías de piqueros ordenó que los infantes llevasen dos lanzas, y una espada corta para clavar en los vientres de los enemigos. Los españoles siempre hemos tenido mucho arte con las espadas cortas; de ahí a la navaja y al navajazo hay sólo un paso.
La estrategia también tenía que cambiar. La batalla campal y otras simplezas tácticas medievales ya no valían. Creó divisiones mandadas por un coronel y dejó de lado la antigua columna de viaje, sustituyéndola por el orden de combate, de manera que los soldados siempre estaban preparados para luchar. Con todo, su innovación más original fue la de motivar a los soldados. Les hizo sentirse parte de algo importante, no mera carne de cañón en busca de botín. No escatimó ni dinero ni tiempo para adiestrar a sus hombres, incentivó los ascensos por méritos y estimuló el sentido del honor y de servicio a una causa.
Gonzalo Fernández de Córdoba no lo sabía, pero esa reforma sería el germen de los tercios españoles, una máquina de hacer la guerra que estuvo ganando batallas ininterrumpidamente durante siglo y medio. Los primeros en probar la medicina hispana fueron los franceses de Montpensier, y tal fue el palo que se llevaron que, tras batirse con la infantería española, aseguraron no haber peleado "contra hombres sino contra diablos".
Panorámica de Nápoles.En julio de 1496 Gonzalo estaba de nuevo en marcha. Los franceses se habían retirado hacia Apulia y tenían sitiada la plaza de Atella, a medio camino entre Nápoles y Tarento. Enterado Alejandro VI del paradero de Montpensier, escribió al capitán andaluz para pedir su auxilio. Esta vez fue cosa de llegar, ver y vencer. Los franceses fueron diezmados y huyeron hacia el norte. Gonzalo se dirigió a Nápoles, donde entró días después aclamado por los napolitanos: "Por común consentimiento de todos fue juzgado ser verdadero merecedor del nombre de Gran Capitán".
La aventura del inexperto Carlos VIII había terminado peor que mal: no sólo no había conquistado Nápoles, sino que se lo había entregado en bandeja a Fernando de Aragón, su peor enemigo. El francés apenas tuvo tiempo para recrearse en su odio: poco después murió, como consecuencia de un accidente doméstico, sin dejar descendencia. Se dio un golpe en la cabeza contra el dintel de una puerta. Y es que la precipitación termina pasando factura.
El sucesor de Carlos, Luis XII, heredó, aparte de la corona, la apetencias de quedarse con Italia. Pero no era tan ingenuo. Antes de tirarse a la piscina se lo pensó dos veces y se buscó algunos aliados. En 1499 los franceses estaban de vuelta en Milán. Fernando, que tenía abiertos varios frentes, se avino a negociar. Invitó a Luis XII a firmar un tratado para repartirse la Bota entre los dos: el norte para Francia y el sur para España. El francés aceptó encantado y envainó el sable, en espera de mejor ocasión.
Ocasión que no tardaría en presentarse porque, como es bien sabido, dos gallos no pueden compartir el mismo corral. Felipe de Habsburgo, el Hermoso, que estaba casado con Juana de Castilla, la Loca, pensó que esa era su oportunidad para ir haciéndose un capitalito al margen de lo que heredase. Concertó un acuerdo con Luis XII en Lyon por el que reinaría en Nápoles hasta que su hijo Carlos (el futuro Carlos V) y la hija del rey de Francia, Claudia, estuviesen en edad de merecer y de heredar. El plan era tan tonto como su creador. Fernando no tragó y ordenó a las compañías españolas en Nápoles que se pusiesen en pie de guerra.
Gonzalo, que había regresado a España convertido en lo más parecido a un héroe, fue enviado de nuevo al escenario de sus triunfos pasados. Fernando ordenó armar dos flotas: una en Barcelona y otra en Cartagena, para dejar claro que la empresa italiana era ya un asunto que concernía por igual a castellanos y aragoneses; spagnoli, tal y como eran conocidos ambos en Italia.
El Gran Capitán se dirigió a Mesina para reunirse con los regimientos de Calabria, y allí recibió el apoyo de una tercera flota, capitaneada por Luis de Portocarrero. El Católico había puesto toda la carne en el asador. Italia sería española o no sería, así de sencillo. Gonzalo, entretanto, ansioso por encontrarse de nuevo con los franceses, se internó en la península y fue a dar con ellos en un lugar muy familiar: Seminara, el mismo en que había sido derrotado años atrás. Esta vez fue diferente: machacó a la tropa gala y siguió avanzando.
Luis XII había destacado en Italia al duque de Nemours, un joven y ambicioso general llamado a ser la horma del zapato de Gonzalo. El francés se retiró hasta la costa del Adriático para recibir ayuda de los venecianos, que se habían puesto de su lado. Puso sitio a Barletta y espero a que el andaluz corriese en su auxilio. Ese sería el cebo: una vez allí, otro ejército francés, liderado por el propio Nemours, le saltaría por la espalda. Gonzalo, como estaba previsto, acudió a liberar Barletta. Entonces todo el plan de Nemours se torció.
El Gran Capitán, en el batalla de Ceriñola.Gonzalo levantó el asedio en tiempo récord, y antes de que Nemours pudiese moverse salió en su búsqueda. Se lo encontró un poco más al norte, en Ceriñola. El plan de batalla de Gonzalo fue magistral. Mandó cavar unos fosos para detener a la caballería a piquetazos. Hecho esto, descargó toda su pólvora sobre los piqueros suizos y lo que quedaba de caballería. Entonces, cuando el enemigo estaba tocado de muerte, cargó con 6.000 infantes y 1.500 caballeros. La derrota francesa fue total. En el recuento de bajas sólo había 100 españoles muertos, por 3.000 franceses, entre los que se encontraba el propio Nemours.
Enterado Gonzalo de que su rival se había dejado la vida en el lance, ordenó que trajesen el cadáver ante su presencia. Ante la estupefacción de sus oficiales, le dedicó un sentido homenaje e hizo que le sepultasen con honores. Lo cortés no está reñido con lo valiente. Hasta en esto Gonzalo Fernández de Córdoba se adelantó a su tiempo.
Con idea de evitar que el enemigo se reagrupase, la hueste española corrió hacia Nápoles, donde el Gran Capitán fue recibido como uno de los héroes de la Antigüedad. Los nobles napolitanos habían encargado un arco del triunfo para que Gonzalo lo atravesase con sus hombres. El cordobés se negó elegantemente: aquel reino no le pertenecía a él, sino a Fernando el Católico. Alardes de nobleza como éste le valieron una fama que cruzó Europa de punta a punta. El condottiero español era, amén de invencible, leal y caballeroso.
Los franceses, sin embargo, no se habían rendido. Luis XII, emperrado con Nápoles como un niño pequeño, envió tropas de refuerzo a Gaeta. Gonzalo acudió a su encuentro desplegando una estrategia tan novedosa como inteligente. En lugar de cargar directamente sobre Gaeta, dejó que los franceses se confiasen y bajasen hasta el río Garellano con toda su artillería. Diseminó sus compañías a lo largo de varios kilómetros de barrizales para desgastar al enemigo. Llegado el momento, ordenó cruzar el río, rematar a los dispersos artilleros franceses y, ya sin defensas, rendir Gaeta con pocas bajas. Una soberbia lección de cómo se gana una batalla, y de cómo se obedecen las órdenes. Fernando le había pedido por carta que no malgastase hombres ni dineros, que evitase las carnicerías; "mucho más nos serviréis en conservar eso con paz que en darnos todo el reino con guerra".
Tras la victoria de Garellano, Luis XII entendió que de Roma para abajo todo esfuerzo era inútil. Los españoles había puesto una pica en Nápoles, y no había modo de arrancarla del suelo. La pica seguiría clavada en el soleado mezzogiorno durante dos siglos más, hasta la paz de Utrecht. Ya desvinculada de la corona española, Nápoles permanecería ligada a España por lazos dinásticos hasta que, en 1860, Garibaldi incorporó el vecchio regno a la Italia de los Saboya.
La empresa italiana fue la más provechosa y afortunada de cuantas España ha emprendido en Europa. Un torrente de refinada cultura italiana se derramó sobre nuestro país. Nápoles se convirtió en la ciudad más próspera y poblada de corona. A cambio, los primeros tomates llegados de América en las flotas de Indias posibilitaron que algún napolitano ingenioso inventase la pizza, el plato más universal del mundo. La toponimia, los apellidos y hasta ciertas formas dialectales del sur de Italia guardan memoria de la dilatada presencia española. Nuestra lengua se llenó de italianismos que traían pintores, escultores y músicos.
Fue una fructífera simbiosis latina. El buen recuerdo por la historia compartida es mutuo.
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4/7/08

América no quiere ser inglesa

América no quiere ser inglesa

Por Fernando Díaz Villanueva

Alejandro Obregón: BLAS DE LEZO (detalle).
(A los marinos y marineros de la fragata Blas de Lezo, la mejor del mundo). Los españoles tuvimos la inmensa fortuna de ser los primeros en llegar a América y volver para contarlo. A pesar de la distancia y de las limitaciones tecnológicas de la época, en menos de un siglo buena parte del continente americano se convirtió en el jardín trasero de la Península Ibérica.
Un jardín fabuloso, lleno de riquezas, oro, plata, tabaco y especias, pero casi imposible de defender. Miles de kilómetros de costa en dos océanos, mares interiores, golfos, bahías, atolones, archipiélagos, islas de todas las formas y tamaños, altas cordilleras, volcanes, selvas impenetrables, desolados desiertos, altiplanos que tocan el cielo, bosques infinitos, glaciares, ríos anchos y caudalosos, intransitables senderos...
América era algo más que el Nuevo Mundo, era un mundo en sí mismo. Desconocido, fascinante y peligroso. Poblado de norte a sur por millones de personas, con civilizaciones avanzadas como la azteca o la inca, indígenas pacíficos y guerreros, caníbales abominables y tribus primitivas que vivían en el paraíso terrenal emulando al mismo Adán. En apenas cien años unos pocos miles de españoles se derramaron sobre aquella tierra, haciéndola suya. Unos, los más, para enriquecerse; otros, para evangelizar almas y ganarse con ello un puesto de privilegio en el cielo, algunos, para conquistar la gloria y una minoría ilustrada, enferma de curiosidad y humanismo renacentista, para escarbar en las maravillas que se ofrecían, gratuitas, ante sus ojos.
La bicoca que le había caído en suerte a nuestros antepasados no pasó inadvertida a este lado del Atlántico. Todos los reinos de la vieja, quisquillosa y mal avenida Europa querían su parte de la tarta, porque ¿dónde estaba escrito que al rey de España le perteneciese la mitad de la Creación?
Los primeros en lanzarse a degüello sobre la joya ultramarina española fueron los ingleses. Al emporio americano le salió un parásito, la piratería, que se cebó con él durante siglos. América ya no era un remoto e inalcanzable confín. El Atlántico se transformó en una concurrida autopista de ida y vuelta para los codiciosos corsarios franceses, británicos y holandeses. Esto obligó a la Corona a fortificar los principales puertos de América y a organizar un sistema de flotas para que el tesoro americano llegase a Sevilla intacto, con todo su oro y su plata, sus piedras preciosas y sus especias.
Las flotas partían de Sevilla una vez al año, fuertemente escoltadas por navíos de la Armada. Al llegar a América se dividían: una, la de Nueva España, se dirigía a Veracruz; la otra, la de Tierra Firme –o también llamada de los Galeones– ponía rumbo a Portobelo, en el istmo de Panamá. Unos meses más tarde las dos flotas, cargadas hasta arriba de riquezas, se encontraban en La Habana y enfilaban el camino de vuelta a España deslizándose por el azaroso canal de la Bahama, donde los piratas esperaban con la daga entre los dientes.
La flota atlántica tenía su complemento en el Pacífico. Desde Panamá partía la llamada Armada del Sur, que recalaba en los puertos de Perú, Ecuador y Chile. Más al norte, Acapulco servía de base para el Galeón de Manila, que era la prolongación de la flota de Nueva España en el Pacífico. Durante siglos, esta intrincada telaraña de rutas comerciales organizadas mantuvo en contacto todos los dominios de la Corona española. Parece increíble que en el país de la improvisación y del tente mientras cobro hayamos sido capaces de montar y hacer funcionar semejante trama comercial. Los odiadores profesionales de España prefieren no decirlo muy alto, no vaya a ser que se les caiga el mito de la ineficiencia española.
En el siglo XVIII los ingleses, ya jubilados de la piratería y convertidos en una respetada potencia marítima, decidieron cortar la yugular del sistema de flotas atacando Panamá. Su plan era partir la América española en dos y luego lanzarse como rateros sobre sus prósperas ciudades.
Para que la rapiña tuviese visos de honorabilidad se buscaron una excusa: la oreja del capitán Jenkins, cortada por un español por comerciar ilegalmente en Florida. "Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve", le dijo el capitán Juan Fandiño a Jenkins, mientras le devolvía el apéndice auditivo. Jenkins volvió a Londres y la armó en la Cámara de los Comunes, mostrando su amojamada oreja como prueba del delito. La batalla estaba servida. Se la conoció como la Guerra de la Oreja, probablemente el nombre más curioso de cuantos se han puesto a los conflictos que han tenido lugar en América.
En diciembre de 1739 el almirante Andrew Vernon se presentó ante Portobelo con la idea de borrarlo del mapa, cosa que hizo sin demasiada dificultad. El gobernador español se lo esperaba, hasta tal punto que pidió que la plata de la Armada del Sur no fuese trasladada a Portobelo. Una victoria pírrica que interrumpió la flota de Los Galeones y poco más. América era muy grande, y los españoles estaban por todas partes.
Fuerte de San Fernando (Cartagena de Indias).El Almirantazgo británico, que, para variar, había subestimado a su enemigo, planeó asestar el golpe definitivo al imperio español en Cartagena de Indias, el puerto más importante del virreinato de Nueva Granada. Cartagena era por aquel entonces un abigarrado cruce de caminos. Cosmopolita y floreciente. Sus calles estaban jalonadas por palacetes barrocos e iglesias. Tenía catedral, y hasta tribunal de la Inquisición propio.
Lo mejor de la ciudad eran, sin embargo, sus defensas. Era la plaza mejor fortificada de América. La bahía que servía de antesala al puerto era una peligrosa cazuela flanqueada de fortalezas artilladas y listas para achicharrar vivo al que se internase de matute en aquel desventurado brazo de mar. Los bastiones de San Felipe y San Luis o el fuerte de El Manzanillo son el testimonio en piedra de una larga historia de abordajes fallidos con olor a pólvora. Dieciocho veces intentaron ingleses y franceses hacerse con Cartagena. Nunca lo consiguieron.
Los ingleses habían planeado el asalto con sumo cuidado. Vernon no quería dar un paso en falso, de modo que no escatimó medios ni hombres para rendir la ciudad. Reunió en Jamaica una asombrosa flota, la más grande desde la Gran Armada española, que se había estrellado contra Inglaterra dos siglos antes. La componían 186 navíos, 23.600 hombres y 3.000 piezas de artillería.
Nada en el mundo podría oponerse a semejante alarde de fuerza bruta. No existía puerto ni flota que pudiese siquiera soñar con repeler el ataque de tal mastodonte flotante. Lo que Dios había dado a los españoles por las buenas, Vernon se lo iba a quitar por las malas.
Cartagena de Indias.En Cartagena sólo había seis barcos de la Armada, y apenas 3.000 hombres para defender la plaza. Sebastián Eslava, virrey de Nueva Granada, nervioso e intranquilo al ver lo que se le venía encima, pidió socorro a La Habana, donde paraba la Real Armada del almirante Torres. El aviso nunca llegó, probablemente porque los ingleses capturaron el navío que lo llevaba. Estaba solo. Él y su opulento virreinato. Cuando llegase a Madrid la noticia de la derrota ya sería demasiado tarde: Cartagena de Indias habría pasado a ser un inexpugnable puerto inglés.
Solo, lo que se dice solo, no estaba. Tenía a Blas de Lezo, un marino de leyenda cuyo nombre causaba terror entre los británicos. Había nacido en Pasajes, un pueblo de Guipúzcoa, y era la viva expresión del héroe guerrero. Había perdido una pierna en Gibraltar, un ojo izquierdo en Tolón y un brazo en Barcelona; todo, luchando contra los ingleses, a quienes había apresado 11 navíos militares y otros tantos piratas. Le llamaban, con cierta sorna no exenta de admiración, "medio hombre".
Vernon, enterado de que Blas de Lezo se encontraba entre los sitiados, le envió un mensaje desafiante, recordándole lo de Portobelo y haciéndole saber que sus días de gloria tocaban a su fin. El guipuzcoano, vacunado contra la altanería británica, le suministró una dosis de bravata española:
"Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Usted insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía".
Ese fue el fin de la correspondencia, al menos con Lezo. Seguro de la victoria, despachó a Inglaterra un barco con la noticia del triunfo y el encargo de acuñar medallas conmemorativas. Tal fijación tenía Vernon por su oponente español que especificó que, en las medallas, apareciese la escena de Blas de Lezo arrodillado entregándole las llaves de la ciudad. Se quedó con las ganas, y todo por vender la piel de oso antes de cazarlo.
El 20 de marzo de 1741 la imponente flota de Vernon apareció en Bocachica, la entrada a la bahía de Cartagena. Los baluartes costeros no daban abasto. Para rendirlos, el almirante inglés ordenó un cañoneo intensivo, día y noche sin dar pausa a los artilleros. La fortaleza de San Luis cayó después de haber recibido 6.068 bombas y 18.000 cañonazos, según apuntó Lezo diligentemente en su diario. No había nada que hacer: el fuego era de tal intensidad que los defensores se replegaron hacia el recinto amurallado.
Eslava ordenó hundir los buques de la Armada que quedaban a flote para dificultar el avance inglés. Vernon se abrió camino y desembarcó. El 13 de abril comenzó el asedio de la ciudad. La situación era desesperada: faltaban alimentos y el enemigo no daba tregua. El 17 de abril la infantería británica estaba ya a sólo un kilómetro del castillo de San Felipe. A esas alturas Blas de Lezo había decidido luchar hasta el final, hasta su último suspiro. Muerto antes que derrotado, como en Numancia.
Convencido de que la victoria era posible, trazó un ingenioso plan. Hizo excavar un foso en torno al castillo para que las escalas inglesas se quedasen cortas al intentar tomarlo. Aprovechando que tenía a los mandados con el pico en la mano, les ordenó cavar una trinchera en zigzag, así evitaría que los cañones ingleses se acercasen demasiado y podría soltarles a la temida infantería española en cuanto reculasen. Su última artimaña fue enviar a dos de los suyos al lado inglés. Se fingirían desertores y llevarían a la tropa enemiga hasta un flanco de la muralla bien protegido, donde serían masacrados sin piedad.
El plan del general funcionó a la perfección. Los soldados británicos fueron cayendo en todas las trampas. Las escalas se demostraron insuficientes y hubieron de abandonarlas; al replegarse les esperaban los infantes en las trincheras, con la bayoneta oxidada y sedienta de sangre. El descalabro ante el castillo de San Felipe desmoralizó a los ingleses, que, además, se habían abierto muchos más frentes de los que podían permitirse. Vernon, el engreído Sir Andrew Vernon, se había revelado como un incompetente incapaz de vencer a 850 españoles harapientos y famélicos capitaneados por un anciano tuerto, manco y cojo.
El pánico se apoderó de los casacas rojas, que huyeron despavoridos tras la última carga española. Los artilleros abandonaron sus cañones y cargaron a bayoneta, al grito de: "¡A por ellos, matad a los herejes!". Mano de santo. Los ingleses salieron en estampida hacia la costa.
La abadía de Westminster.La batalla había dado la vuelta. Los cadáveres no sepultados que se pudrían al inclemente sol del Caribe hicieron aflorar la peste, que se cebaría a gusto con los ingleses en los días siguientes. Incapaz de mantener las posiciones, Vernon ordenó la retirada. Había fracasado estrepitosamente. Tan sólo acertó a pronunciar, entre dientes, una frase: "God damn you, Lezo!".
Para calmar su mala conciencia, le envió la última carta: "Hemos decidido retirarnos, pero para volver pronto a esta plaza, después de reforzarnos en Jamaica". A lo que Lezo respondió con ironía: "Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra mayor, porque esta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres".
Los ingleses nunca volvieron, ni a Cartagena ni a importunar los puertos del Caribe, que siguieron siendo hispanos hasta que decidieron ser hispanoamericanos. La factura, simplemente, no se la podían permitir.
Pasarían dos siglos hasta que se reuniese una flota mayor sobre el océano. Sería en el Canal de la Mancha, durante el Desembarco de Normandía.
La humillación fue tal que el rey Jorge II prohibió hablar de la batalla y que se escribiesen relatos sobre ella. A Vernon no se le pidieron responsabilidades, y a su muerte fue enterrado con honores en la abadía de Westminster.
Blas de Lezo corrió una suerte muy diferente. Su país le olvidó y murió solo, de peste, en Cartagena de Indias. Nadie sabe dónde fue enterrado. España es así de ingrata con los hombres que mejor la han servido. Cartagena y los colombianos le siguen recordando, y mantienen viva la memoria del día en que un español de acero asombró al mundo propinando un sonoro bofetón a la arrogancia británica en la cara de su general más prestigioso.
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27/6/08

¡América!

¡América!

Por Fernando Díaz Villanueva

Estas naos de época participaron en el Discovery of America Day de 2004
En 1485 un genovés errante abandonaba Lisboa desasosegado y en secreto, acompañado de su hijo pequeño. Dejaba el reino vecino porque se había quedado viudo y, sobre todo, porque Juan II no había accedido a financiar su gran proyecto náutico. Algo nunca visto, revolucionario; un plan secreto que llevaría las carabelas portuguesas hasta el otro lado del mundo en un santiamén. Su nombre era Cristóbal Colón, era marino y estaba, sin saberlo, a punto de convertirse en el europeo más universal de la Historia.
Pero no adelantemos acontecimientos. En aquel momento de desventura Cristóbal era un trotamundos anónimo y se encontraba en la ruina más absoluta. Se dirigió a Palos, donde vivía su cuñada, para que se hiciese cargo del niño y, ya de paso, para entrevistarse con Antonio Marchena, un monje franciscano aficionado a la geografía que profesaba en el monasterio de La Rábida. Trabó contacto con el religioso y le expuso el plan con todo lujo de detalles. Marchena se convenció rápidamente de lo prometedor que era aquello y puso su nutrida agenda al servicio del marino.
Si hoy, para prosperar en la vida, hay que estar a buenas con los políticos, en el siglo XV había que estarlo con la Iglesia. Colón se percató de este detalle a la primera. El franciscano de La Rábida puso la máquina de recomendaciones a funcionar. Eso de recomendar no ha cambiado en cinco siglos. Pesa más una recomendación a tiempo que una vida de sacrificio y méritos. A la vuelta de dos cartas el genovés se encontró a solas con el confesor de la reina, otro fraile, Hernando de Talavera. Sus buenos oficios le abrieron las puertas de la Corte, que en aquel momento se encontraba en Sevilla. Ya se sabe: más vale ser oportuno que rondar un año.
El 20 de enero de 1486 Isabel y Fernando accedieron a escuchar lo que el oscuro marino venido de Portugal les ofrecía. La reina se mostró interesada y resolvió que la propuesta fuese estudiada a fondo por un comité de sabios. A finales de ese año, ya designados los miembros de la comisión, citaron a Colón en Salamanca para escudriñar el plan y sacarle los defectos pertinentes. No salió adelante. Los cosmógrafos y astrólogos reunidos concluyeron que, aunque no dudaban que Colón fuese un consumado lobo de mar, se había equivocado en los cálculos. El océano era mucho más ancho. Eso es lo que decían Eratóstenes, Ptolomeo y otros tantos genios de la Antigüedad. No iba a venir ahora un pelagatos a enmendarles la plana.
El dictamen fue remitido a los reyes, que llamaron de nuevo a Colón para comunicárselo. No iban a pagarle el capricho, pero le permitirían quedarse en Castilla, asistido por una pequeña subvención real. Así las cosas, rechazado en Portugal y en Castilla, Cristóbal se resignó a su aciago destino, pero sin renunciar a llevar adelante sus planes. Envió a su hermano a Londres para que tantease a Enrique VII, sin demasiada fortuna. El inglés no quiso saber nada. Si portugueses y españoles, verdaderos expertos en la materia, lo habían desechado no era por casualidad.
Los inquietos lusos, sin embargo, no terminaban de encontrar el deseado camino a la India, por lo que Juan II volvió a fijarse en Colón. Pero la antojadiza suerte del navegante italiano quiso que, justo ese año de 1488, Bartolomé Díaz regresase a Lisboa asegurando haber dado con el fin del calvario africano: el Cabo de Buena Esperanza, que ponía punto final a siglo y pico de navegar sin descanso hacia el sur, siempre hacia el sur.
Isabel la Católica.Los años pasaban y nadie se acordaba de Colón, que malvivía con lo puesto y con los cuatro reales que recibía de Isabel la Católica. Desilusionado y harto de la vida perra que llevaba, decidió largarse de España para ver si Francia, la única puerta que le quedaba por llamar, se animaba a patrocinar la expedición. Al enterarse los frailes de La Rábida de sus intenciones le suplicaron que pidiese una última audiencia a la reina, que a punto se encontraba de rematar la guerra de Granada y estaría más dispuesta a escucharle.
Así fue. A finales de 1491 Colón se presentó en la ciudad-campamento de Santa Fe. Isabel y Fernando le concedieron audiencia y nombraron una nueva comisión, aunque esta vez prescindieron de los sabios, que eran un incordio, y pusieron contables que arreglasen los pormenores económicos. El genovés, sorprendido por la determinación de los monarcas, pensó que lo mejor era aprovechar el momento y pidió todo lo que pudo. Estaba tan convencido de su descubrimiento que no consintió rebajar un maravedí del premio que ya casi tenía al alcance de sus dedos. Fernando se resistió y le dio puerta, pero, al poco de marcharse, mandó que le trajesen de nuevo a su presencia. Lo aceptaba todo, hasta la última exigencia. Si Colón regresaba ya habría tiempo de no cumplir lo pactado, que en eso el Católico se las pintaba solo.
Capitularon solemnemente en la misma Santa Fe. Cristóbal Colón, el buscavidas que llevaba siete años vagabundeando por Castilla, viviendo de prestado, y que se había ganado cierta fama de chiflado, sería en adelante Almirante de la Mar Océana, una merced del mismo rango que la de Almirante de Castilla. Además, pasaría a ser Virrey y Gobernador General de todo lo que descubriese, que, fuese lo que fuese, le haría un hombre riquísimo, porque se llevaría un diezmo de la mercadería "comprada, ganada, hallada o trocada dentro de los límites de su Almirantazgo". Un dineral, vamos.
Las capitulaciones se firmaron el 30 de abril de 1492. Colón cerró satisfecho su cartapacio, se ajustó el bombacho y salió de la sala con la cabeza bien alta, diciéndose a sí mismo: "Si ya lo sabía yo; el que la sigue la consigue".
Para evitar problemas, Isabel quería que la expedición partiese de un puerto real, cosa bastante difícil, pues Andalucía se encontraba enfeudada en su práctica totalidad. De los pocos que pertenecían a la Corona el más indicado era Palos, un puertecito cercano a Huelva casi tan familiar para Colón como su Génova natal. A los lugareños, sin embargo, la idea de embarcarse en una aventura de incierto futuro al mando de un pirado no les parecía demasiado halagüeña. Intervino entonces la Providencia, de la mano, una vez más, de Antonio Marchena, que presentó a Colón un acreditado marino onubense: Martín Alonso Pinzón. El genovés expuso su plan y Pinzón, que era tanto o más ambicioso que Colón, se apuntó de mil amores; y apuntó a su hermano Vicente como capitán del tercer barco.
Martín Alonso Pinzón.A primeros de agosto estaba todo listo para zarpar. Habían reclutado a unos 90 marineros para la gran expedición hacia lo desconocido. La mayoría eran andaluces y vascos; también estaba el montañés Juan de la Cosa, armador de la nao capitana, el veedor real, que era de Segovia, y un judío converso que haría las veces de traductor cuando llegasen a la corte del Gran Khan. Hablaba "hebreo, caldeo y aun diz que arábigo". No es necesario precisar que el buen hombre ni se estrenó. Se embarcaron también un portugués y, cómo no, tres italianos; ubicua nacionalidad, ésta: no hay episodio de nuestra historia en que un natural de la Bota no esté enredado.
El 2 de agosto la flotilla se hizo a la mar. La componían tres naves; una nao, la Santa Maria, y dos carabelas, la Pinta y la Niña. La primera escala eran las Islas Canarias. Entre la Península y el archipiélago se extendía un ancho mar, conocido como el "de las Damas" porque era tan calmo y llevadero que hasta las señoras podían gobernar los barcos. Un cobarde resabio machista que hoy sería tan insolente que ya habrían prohibido su uso. Aguaron en La Gomera y no, como cabría pensar, en Tenerife. La Achinet de los guanches no estaba en aquel entonces conquistada. Le quedaba, no obstante, un mal suspiro. Ese mismo mes, Alonso de Lugo desembarcó en La Palma para lanzarse sobre su vecina. Le costaría tres años rendirla, bastantes más que a Colón cruzar el Atlántico y volver.
Se cuenta que, durante el mes que pasó la flota colombina en La Gomera, su almirante, que dejaba novia formal en España, encontró tiempo para un amorío. Si es que de los marinos nadie puede fiarse. Se trataba de Beatriz de Peraza, gobernadora de la isla, una mujerona casquivana y revoltosa que Isabel había alejado de Castilla porque sospechaba que se entendía con su marido. Y la reina era católica, sí, pero tan celosa y desconfiada como lo sería su hija Juana, la que de celos se volvió loca.
El 6 de septiembre largaron velas, bordearon la isla del Hierro, despidiéndose, ya de paso, del último confín conocido, y descendieron hasta el paralelo 27. Aquí comenzaba la odisea. Sobre el mapa parecía fácil, pero ¿cómo se cruzaba el Atlántico? No había costas que sirviesen como guía, ni islas que marcasen la derrota. Más allá de ese punto, de la enigmática isla que hoy marca el extremo meridional de España, no había nada seguro, sólo océano, cielo azul y un insondable misterio, que se atornilló en forma de congoja en las gargantas de los marineros.
El Almirante.Los portugueses habían descubierto una corriente que soplaba durante todo el año en dirección a Poniente, una suerte de autopista de viento que esperaba a que alguien con suficientes arrestos la tomase. Eso hizo Colón: enfiló con decisión sus tres barquitos por ese bien venteado pasillo. Noventa hombres sin afeitar y con las ropas ajironadas estaban cruzando una sima abisal que se había formado millones de años atrás, separando irremediablemente los seres vivos de ambas orillas. La curiosidad, la perseverancia y, por qué no, la codicia de los europeos lo habían hecho posible; la testarudez de un simple hombre lo estaba convirtiendo en realidad.
Durante todo septiembre navegaron sin pausa, hasta que, a finales de mes, se encontraron con el Mar de los Sargazos, rodeados por un océano de repelentes algas que presagiaban entre la marinería una ineluctable catástrofe. Colón tranquilizó a la tripulación. Él sabía lo que se hacía, pero no era ajeno al miedo y las supersticiones de su tripulación. Llevaba doble contabilidad, una para sí mismo y otra para los pilotos de las tres naves. La suya era ligeramente mayor. Rebasadas las 750 leguas, cuando pensaba dar con Cipango, el nombre que Marco Polo había dado a Japón, empezó a escamarse. ¿Dónde estaba la tierra prometida?
Martín Alonso y el Almirante se reunieron para estudiar la derrota. El español propuso virar hacia el sur, pero Colón se negó: estaba persuadido de que se encontraba ya en aguas asiáticas y de que habían sobrepasado las costas de Cipango sin advertirlo, probablemente de noche.
La tripulación se impacientaba, y el 6 de octubre estalló un motín en la Santa María. Los marineros vascos exigían volver a Canarias. Martín Alonso hizo entrar en razón a los vizcaínos y le pasó la factura al Capitán: se viraría hacia el sur. Tres días después estalló un nuevo motín, esta vez en las tres naves. De nuevo el Pinzón terció, llegando a un comprometido acuerdo: si no avistaban tierra en tres días regresarían a casa.
El 11 de octubre Colón se retiró a su camarote angustiado: el siguiente sería el último día: o veían tierra o se acababa la aventura. Esa misma madrugada, en la espesura de la noche, el grumete de la Pinta, un sevillano llamado Juan Rodríguez Bermejo, infló sus pulmones y gritó: "¡Tierra!". Martín Alonso saltó del catre y oteó el oscuro horizonte en busca de la irregular línea parda que delata la presencia de la costa por las noches. Ahí estaba. Habían llegado al otro lado del mundo.
Por la mañana se acercaron cautelosamente a la costa, para no desgraciar las naves con algún arrecife traicionero. El Almirante se vistió para la ocasión, abordó un bote y se dirigió a la playa con la bandera real en la mano. Los Pinzones hicieron lo propio con los pendones de la Cruz Verde. Ya en tierra, se hizo llamar al escribano, Rodrigo de Escobedo, y al veedor real, Rodrigo Sánchez, para que tomasen buena nota del histórico momento. Él, Cristóbal Colón, Almirante de la Mar Océana, hacía dueños y señores de todo lo que abarcaban sus ojos a Isabel de Castilla y a Fernando de Aragón. Era 12 de octubre de 1492, y aunque Colón seguía empeñado en que había llegado a la India, se hallaba en una remota playa de un nuevo continente que no salía en los mapas: América.
Hechos los honores, prosiguió el viaje saltando de isla en isla, sin olvidarse de bautizarlas todas. A la que había contemplado su desembarco la llamó San Salvador, porque la tenue silueta de su costa había salvado por los pelos a su empresa de un estrepitoso fracaso. A las siguientes les fue poniendo nombres más o menos previsibles: Santa María, Fernandina, Isabela, Juana o La Española, que es donde terminó fundando el primer asentamiento europeo en América, el fuerte Navidad. A los aborígenes los llamó "indios" desde que puso sus ojos en el primero de ellos. A fin de cuentas, estaba en la India, o muy cerca, por lo que esos infelices que "andan todos desnudos como su madre los parió" y que eran "de la color de los canarios, ni negros ni blancos", tenían, por fuerza, que ser indios. Súbditos lejanos del Gran Khan, cuyos dominios presumía cercanos.
El 16 de enero, con un barco menos y un magro botín en la bodega, ordenó el regreso a España. Si llegar había sido difícil, ¿cómo volver? Colón lo sabía. Navegó hacia el norte unos cientos de leguas hasta que otra autopista de viento, los alisios septentrionales, hincharon sus velas en dirección a Europa. Por esas latitudes, sin embargo, el océano no es tan apacible como en los trópicos. Un mes después de abandonar La Española, un temporal sorprendió a las dos carabelas y las separó. Una, la de Martín Alonso Pinzón, iría a parar al puerto de Bayona, en Galicia. La otra, la del Almirante, a las Azores primero y a Lisboa después.
El 4 de marzo la Niña entraba, lenta y fatigosamente, en las aguas del Tajo. Era el fin del viaje. Otros habían llegado a América, pero ninguno había vuelto para contarlo.
Los Reyes Católicos recibieron a Colón un mes más tarde en Barcelona. Les ofrecía algo que ningún monarca de la Cristiandad estaba en disposición de poseer: un nuevo mundo. Inexplorado y exótico, tan virgen e inocente como los seis indios que le acompañaban.
El Almirante, colmado de parabienes, realizó tres viajes más. Meses después de regresar del último, en 1506, murió solo y olvidado en Valladolid, convencido de que había llegado a la India, de que la siguiente isla sería la definitiva. Para entonces el Caribe era ya un lago español, y los exploradores se aventuraban intrépidos en el continente.
En los albores del siglo XVI, los nombres de España y América habían quedado, para lo bueno y para lo malo, indisolublemente unidos.
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20/6/08

La fugaz vida y reinado de Luis el Breve

La fugaz vida y reinado de Luis el Breve

Por Fernando Díaz Villanueva

Luis I.
El de Luis I de Borbón fue uno de los reinados más breves de nuestra historia. El infortunado príncipe, primogénito de Felipe V, vivió sólo 17 años y reinó siete míseros meses, en los que apenas le dio tiempo de hacer nada relevante. Llamado a protagonizar una larga y fructífera porción del siglo XVIII, el de las Luces, la mala suerte y una inoportuna viruela le condenaron a representar un triste papel secundario en el fastuoso escenario de la corte del primer Borbón.
En el probablemente caluroso verano –en Madrid todos lo son– de 1707 España se encontraba en mitad de una guerra, la de sucesión. El conflicto había comenzado como una simple disputa dinástica entre habsburgos austriacos y borbones franceses. Pero se complicó y, al poco, todas las potencias europeas se vieron involucradas en la riña, transformándola en una guerra europea en la que intervinieron británicos y portugueses, italianos y holandeses. Tanto trajín de ejércitos y gloriosos episodios de armas devino en una guerra civil que, como siempre, se alargó más de lo debido y dejó heridas que aún perduran, aunque sólo sea porque a algunos les conviene que así sea.
En el lance nos hicieron el siete de Gibraltar y se esfumaron las adoradas posesiones europeas de los Austrias, fuente interminable de fastidios y ruina nacional por excelencia que en mala hora llegaron dos siglos antes, y de rebote, a las manos de los reyes de España.
A la reina Maria Luisa Gabriela, que tres nombres gastaba la condenada, todo ese desorden le cogió a punto de dar a luz un niño, que ya es mala pata parir en Madrid en pleno agosto y con el país en pie de guerra. Era el primer príncipe heredero que nacía en España desde que, casi medio siglo antes, llegase al mundo Carlos II, en toda su deformidad y decadencia. El parto salió bien: madre e hijo sobrevivieron, y el pueblo de Madrid, que siempre ha sido muy amigo de inventarse canciones, dedicó una sentida estrofilla al natalicio:
Cuarenta y seis años son,
Con éste que va corriendo,
Que España un príncipe pide
Al Señor de la tierra y el cielo.
El niño, además de nacer sano y completito, era bien parecido, rubicundo, de cara redonda como un tambor y tan español como los miles de curiosos que se agolparon a la puerta del santuario de la Virgen de Atocha el día de su bautizo. La reina y regente –su marido se encontraba de campaña– salió al encuentro de la entregada plebe y alzó al crío en brazos exclamando, satisfecha: "¡Este es Luisillo, vuestro paisano!".
Alegoría del Tratado de Utrecht (detalle).El pueblo prorrumpió en vivas a la reina, al rey Felipe y a Luisillo, porque con Luisillo se quedó. Alguno hasta incluso lloraría, que los madrileños siempre han sido muy sentimentales con estas cosas.
Años después la guerra terminó, se firmaron los preceptivos tratados en Utrecht, que todavía traen cola, y el país retornó a la calma. Entonces la reina murió de tuberculosis, dejando tres hijos –uno de ellos, el futuro Fernando VI, con sólo 4 meses– y un esposo sumido en la más absoluta desesperación.
Felipe V fue muy dependiente de las dos mujeres con las que se casó. Más que gobernar, le gobernaron. La llave estaba en el desmedido apetito sexual del monarca. Felipe V de Borbón fue tan adicto al sexo como su antecesor Felipe IV de Habsburgo, con la diferencia de que el primero despachaba las urgencias en casa. Eso que se ahorró en disgustos.
Con Maria Luisa Gabriela de Saboya se fue una de las mejores consortes que ha tenido la Monarquía. Buena regente y mejor esposa, condujo los destinos del reino a dúo con su camarera mayor, una fascinante mujer que fue la que más mandó en España durante los tres primeros lustros del siglo XVIII: Marie Anne de la Trémoille, princesa de los Ursinos.
La de los Ursinos, que de princesa no tenía más que haberse quedado viuda de un anónimo príncipe italiano, era, en cambio, todo un talento de la gobernación y tremendamente hábil para moverse a sus anchas por las intrigas y manejos de un Palacio infestado de espías franceses, ministros incompetentes y embajadores cotillas que lo anotaban todo en la libreta para soplárselo a su soberano en la siguiente valija.
Lo que le sobró para regir con acierto la pesada nave del Estado le faltó para recomendar una nueva esposa al abatido monarca. Gracias a sus numerosos contactos en Italia, dio, o creyó dar, con la candidata perfecta para poder seguir mangoneando en los asuntos de gobierno. Fue el cardenal Alberoni quien se la metió doblada. Le dijo que en Parma había "una buena muchacha de veintidós años, feúcha, insignificante, que se atiborrra de mantequilla y de queso parmesano, educada en lo más intrincado de su país, donde jamás ha oído hablar de nada que no sea coser y bordar".
Isabel de Farnesio.Se llamaba Isabel de Farnesio, y sí, era feota, picada de viruela y una devoradora impenitente de mantequilla; el resto era pura fabulación del abate, tan enredador como la Ursinos o más. La llegada de la Farnesio a España puso punto y final a los dorados días de la princesa de los Ursinos en la Corte. La reina, aparte de hacer gala de un apetito insaciable –tanto en la mesa como en el lecho–, albergaba la ambición secreta de colocar a sus futuros hijos al frente de la Corona, pero lo tenía muy difícil porque Felipe iba sobrado de herederos: tres hijos y los tres varones.
El mayor de ellos, Luisillo, a quien dejamos contemplando desde las alturas a la embriagada muchedumbre en Atocha una fría mañana de otoño, era, además, querido por el pueblo. Había echado con los años una gallarda planta principesca: alto, delgado, de finas facciones y pelo rubio. Sólo la nariz, desmesuradamente borbónica, afeaba el cuadro, pero no mucho. El porte iba parejo con el carácter.
A los quince años se había convertido en un cazador de primera, en un galán de segunda y en un juerguista de categoría. Cualidades éstas que, como es bien sabido, siempre han sido muy apreciadas en España. No es extraño que, tanto ayer como hoy, el pueblo valore más en un gobernante la campechanía que la prudencia, o, lo que es lo mismo, prefiera el buen rollito al buen tino. Somos así, qué le vamos a hacer.
Le buscaron una esposa en el mercado de princesas europeas. El tráfico de sangre real nunca estuvo tan boyante como en aquellos tiempos que precedieron a la Revolución Francesa, que por algo estalló. La Farnesio arregló un matrimonio a tres bandas con el Duque de Orleans, que por entonces era el regente de Francia. La hija de la reina se casaría con el delfín Luis, el futuro y licencioso Luis XV; su hijo, el infante don Carlos, con Mademoiselle de Beaujolais, y, por último, el Príncipe de Asturias con el descarte, otra mademoiselle, esta vez la de Montpensier, de nombre Luisa Isabel.
La niña tenía sólo doce años, pero era, con diferencia, la princesa peor educada de Europa. Sus padres no le habían prestado demasiada atención, dejándola en manos de sus hermanas mayores, que la instruyeron en todo lo que una reina no debía saber. La engolfada Corte parisina era muy distinta a la madrileña, donde al menos se guardaban las formas, los confesores de alcoba eran omnipresentes y la larga mirada del inquisidor general llegaba hasta el último rincón.
Casaron a los príncipes precipitadamente en Lerma, pero les prohibieron mantener relaciones, que aún eran muy jóvenes y a Luisa Isabel no le había venido ni la primera regla. Al año siguiente se lo permitieron, y, a decir del espía francés de turno, la cosa funcionó a las mil maravillas: "El Príncipe parecía satisfecho; la Princesa, acalorada; ambos, muy alegres". Cómo no lo iban a estar: él tenía 16 años, ella 14.
El palacio de La Granja.Unos meses después del feliz encuentro carnal el rey se recluyó definitivamente en el palacio de La Granja y abdicó. Se encontraba hundido, preso de la tristeza, y llevaba un año sin cambiarse de ropa. Los médicos fueron contundentes: el monarca padecía "frenesí, melancolía, morbo, manía y melancolía hipocondríaca". Es decir, tenía una depresión como un piano. Hoy lo hubiesen arreglado con prozac y autoayuda, pero entonces, en una época en que la palabra "psiquiatría" ni se había inventado, lo solucionaron prescribiendo paseos por los jardines de La Granja e interminables audiciones musicales, en las que los tenores castrados hacían su agosto.
De este modo, la Corona de España recayó en un príncipe imberbe de 16 años, completamente inexperto y casado con una niñata en plena edad del pavo. La realidad era que el inconsolable Felipe no reinaba en el momento de su abdicación: lo hacía su mujer, que no estaba deprimida y mantenía intacto su espíritu de mando. Se formaron dos cortes: una en La Granja, a cargo de la Farnesio, y otra en Madrid, a cargo de la camarilla que rodeaba al joven soberano.
La sangre, por fortuna, no llegó al río. La muerte del rey impidió que así fuese. Quién sabe si, con el tiempo, hubiese derivado en otra guerra civil, que en eso somos peritos. Durante los siete meses de aquel efímero reinado no pasó nada importante. La descocada Luisa Isabel dio algún disgusto al monarca, y poco más. La reina se dedicaba a tontear con todos en Palacio, a corretear por los pasillos en camisón y a pasarse de tanto en tanto con la bebida. La edad y el no tener que trabajar acarrea estas consecuencias.
El rey, por su parte, inauguró dos inmarchitables tradiciones borbónicas: la de echar el día con el mosquetón al hombro despoblando de ciervos el monte del Pardo y la de desfogarse en los prostíbulos de la Villa y Corte. Para ello se vestía como los chuletas madrileños de entonces y, acompañado de algún noble libertino, daba rienda suelta a la llaneza que le había hecho célebre.
A mediados de agosto de 1724 el rey cayó enfermo de viruela. El último día de ese mes murió, acompañado sólo por la reina. Acababa de cumplir 17 años. Fue breve en todo. Había reinado 6 meses y 23 días, y la fatal enfermedad se lo llevó a la tumba en menos de dos semanas. Ni su padre ni su madrastra quisieron acercarse a verle, por miedo al contagio. A Luisa Isabel la despacharon de vuelta a Francia y allí murió, olvidada, de hidropesía, quince años más tarde.
Felipe V tuvo de volver a ceñirse la corona, y la Farnesio miró el futuro con optimismo renovado. Un obstáculo menos en la carrera de sus hijos al trono. Hasta hubo quien le acusó de haber envenenado al joven y querido rey Luis. El pueblo, afligido por la pérdida, le bautizó como el Bienamado. Quizá porque no tuvieron tiempo de conocerle, o quizá por preludiar aquello del vive rápido y muere joven.
Lo que sí dejó Luis I fue, con sus 17 primaveras y su larga melena dorada, un hermoso cadáver.
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16/6/08

Napoleón traza sus planes

Napoleón traza sus planes

Por El Conde de Toreno

Detalle de la portada de HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO.
Napoleón (...) se preparaba a destruir en su raíz la noble resistencia de un pueblo cuyo ejemplo era de temer cundiese a las naciones y reyes que gemían bajo su imperial dominación.
En un principio se había figurado que con las tropas que tenía en la Península podría comprimir los aislados y parciales esfuerzos de los españoles, y que su alzamiento, de corta duración, pasaría silencioso en la historia del mundo. Desvanecida su ilusión con los triunfos de Bailén, la tenaz defensa de Zaragoza y las proezas de Cataluña y Valencia, pensó apagar con extraordinarios medios un fuego que tan grande hoguera había encendido. Fue anuncio precursor de su propósito el publicar en 6 de septiembre en El Monitor, y por primera vez, una relación circunstanciada de las novedades de la Península, si bien pintadas y desfiguradas a su sabor.
Su mensaje al Senado
Había precedido en el 4 del mismo mes a esta publicación un mensaje del emperador al Senado con tres exposiciones, de las que dos eran del ministro de Negocios extranjeros, Mr. de Champagny, y una del de la Guerra, Mr. Clarke. Las del primero llevaban fecha de 24 de abril y 1º de septiembre. En la de abril, después de manifestar Mr. Champagny la necesidad de intervenir en los asuntos de España, asentaba que la revolución francesa, habiendo roto el útil vínculo que antes unía a ambas naciones, gobernadas por una sola estirpe, era político y justo atender a la seguridad del imperio francés, y libertar a España del influjo de Inglaterra; lo cual, añadía, no podría realizarse, ni reponiendo en el trono a Carlos IV, ni dejando en él a su hijo.
En la exposición de septiembre hablábase ya de las renuncias de Bayona, de la constitución allí aprobada, y, en fin, se revelaban los disturbios y alborotos de España provocados, según el ministro, por el gobierno británico, que intentaba poner aquel país a su devoción y tratarle como si fuera provincia suya. Mas aseguraba que tamaña desgracia nunca se efectuaría, estando preparados para evitarla 2.000.000 de hombres valerosos que arrojarían a los ingleses del suelo peninsular.
Leva de nuevas tropas
Pronosticaban tan jactanciosas palabras demanda de nuevos sacrificios. Tocó especificarlos a la exposición del ministro de Guerra. En ella, pues, se decía, que habiendo resuelto S. M. I. juntar al otro lado de los Pirineos más de 200.000 hombres, era indispensable levantar 80.000 de la conscripción de los años 1806, 7, 8 y 9, y ordenar que otros 80.000 de la del 10 estuviesen prontos para el enero inmediato. Al día siguiente de leídas estas exposiciones y el mensaje que las acompañaba, contestó el Senado aprobando y aplaudiendo lo hecho, y las medidas propuestas; y asegurando también que la guerra con España era "política, justa y necesaria". A tan mentido y abyecto lenguaje había descendido el cuerpo supremo de una nación culta y poderosa.
Por anteriores órdenes habían ya empezado a venir del norte de Europa muchas de las tropas francesas allí acantonadas. A su paso por París, hizo reseña de varias de ellas el emperador Napoleón, pronunciando para animarlas una arenga enfática y ostentosa.
Napoleón.Conferencia de Erfurth
No satisfecho éste con las numerosas huestes que encaminaban a España, trató también de asegurar el buen éxito de la empresa estrechando su amistad y buena armonía con el emperador de Rusia. Sin determinar tiempo, se había en Tilsit convenido que en más adelante se avistarían ambos príncipes. Los acontecimientos de España, incertidumbres sobre Alemania, y aun dudas sobre la misma Rusia, obligaron a Napoleón a pedir la celebración de las proyectadas vistas.
Accedió a su demanda el emperador Alejandro, quien y el de Francia, puestos ambos de acuerdo, llegaron a Erfurth, lugar señalado para la reunión, en 27 de septiembre. Concurrieron allí varios soberanos de Alemania, siendo el de Austria representado por su embajador, y el de Prusia por su hermano el príncipe Guillermo. Reinó entre todos la mayor alegría, satisfacción y cordialidad, pasándose los días y las noches en diversiones y festines, sin reparar que, en medio de tantos regocijos, no sólo legítimos monarcas sancionaban la usurpación más escandalosa, y autorizaban una guerra que había hecho correr tantas lágrimas, sino que también, tachando de insurrección la justa defensa y de rebeldía la lealtad, abrían ancho portillo por donde más adelante pudieran ser acometidos sus propios pueblos y atropellados sus derechos. Ni motivos tan poderosos, ni tales temores, detuvieron al emperador Alejandro. Contento con los obsequios de su aliado y algunas concesiones, reconoció por rey de España a José, y dejó a Napoleón en libertad de proceder en los asuntos de la Península según conviniese a sus miras.
Correspondencia con el gobierno inglés
Mas al propio tiempo, y para aparentar deseos de paz, cuando después de lo estipulado era imposible ajustarla, determinaron entablar acerca de tan grave asunto correspondencia con Inglaterra. Ambos emperadores escribieron en una y sola carta al rey Jorge III, y sus ministros respectivos pasaron notas con aviso de que plenipotenciarios rusos se enviarían a París para aguardar la respuesta de Inglaterra; los que, en unión con los de Francia, concurrirían al punto del continente que se señalase para tratar.
En contestación, Mr. Canning escribió el 28 de octubre dos cartas a los ministros de Rusia y Francia, acompañadas de una nota común a ambos. Al primero le decía que, aunque S. M. B. deseaba dar respuesta directa al emperador su amo, el modo desusado con que éste había escrito le impedía considerar su carta como privada y personal, siendo, por tanto, imposible darle aquella señal de respeto sin reconocer títulos que nunca había reconocido el rey de la Gran Bretaña. Que la proposición de paz se comunicaría a Suecia y a España. Que era necesario estar seguros de que la Francia admitiría en los tratos al gobierno de la última nación, y que tal sin duda debía ser el pensamiento del emperador de Rusia, según el vivo interés que siempre había mostrado a favor del bienestar y dignidad de la monarquía española; lo cual bastaba para no dudar que S. M. I. nunca sería inducido a sancionar, por su concurrencia o aprobación, usurpaciones fundadas en principios no menos injustos que de peligroso ejemplo para todos los soberanos legítimos. En la carta al ministro de Francia se insistía en que entrasen como partes en la negociación Suecia y España.
El mismo Mr. Canning respondió ampliamente en la nota que iba para dichos dos ministros, a la carta autógrafa de ambos emperadores. Sentábase en ella que los intereses de Portugal y Sicilia estaban confiados a la amistad y protección del rey de la Gran Bretaña, el cual también estaba unido con Suecia, así para la paz como para la guerra. Y si bien con España no estaba ligado por ningún tratado formal, había sin embargo contraído con aquella nación a la faz del mundo empeños tan obligatorios como los más solemnes tratados; y que, por consiguiente, el gobierno que allí mandaba a nombre de S. M. C. Fernando VII debería asimismo tomar parte en las negociaciones.
El ministro ruso replicó no haber dificultad en cuanto a tratar con los soberanos aliados de Inglaterra; pero que de ningún modo se admitirían los plenipotenciarios de los insurgentes españoles (así los llamaba), puesto que José Bonaparte había ya sido reconocido por el emperador su amo como rey de España. Menos sufrida y más amenazadora fue la contestación de Mr. Champagny, ministro de Francia.
Fernando VII, retratado por Goya.Fin de la correspondencia
Diose fin a la correspondencia con nuevos oficios en 9 de diciembre de Mr. Canning, concluyendo éste en repetir al francés, "que S. M. B. estaba resuelto a no abandonar la causa de la nación española y de la legítima monarquía de España; añadiendo que la pretensión de la Francia de que se excluyese de la negociación el Gobierno central y supremo que obraba en nombre de S. M. C. Fernando VII, era de naturaleza a no ser admitida por S. M. sin condescender con una usurpación que no tenía igual en la historia del universo".
Discurso de Napoleón al cuerpo legislativo
Contaba Napoleón tan poco con esta negociación, que volviendo a París el 18 de octubre, y abriendo el 25 el cuerpo legislativo, después de tocar en su discurso muy por encima el paso dado a favor de las paces, dijo: "Parto dentro de pocos días para ponerme yo mismo al frente de mi ejército, coronar con la ayuda de Dios en Madrid al rey de España, y plantar mis águilas sobre las fortalezas de Lisboa". Palabras incompatibles con ningún arreglo ni pacificación, y tan conformes con lo que en su mente había resuelto, que sin aguardar respuesta de Londres a la primera comunicación, partió de París el 29 de octubre, llegando a Bayona en 3 de noviembre.
Fuerza y división del ejército francés
Empezaban ya entonces a tener cumplida ejecución las providencias que
había acordado para sujetar y domeñar en poco tiempo la altiva España. Sus tropas acudían de todas partes a la frontera, y variando por decreto de septiembre la forma que tenía el ejército de José, le incorporó al que iba a reforzarle, dividiendo su conjunto en ocho diversos cuerpos a las órdenes de señalados caudillos, cuyos nombres y distribución nos parece conveniente especificar.
1º cuerpo, mariscal Víctor, duque de Bellune.
2º cuerpo, mariscal Bessières, duque de Istria.
3º cuerpo, mariscal Moncey, duque de Conegliano.
4º cuerpo, mariscal Lefebvre, duque de Dantzick.
5º cuerpo, mariscal Mortier, duque de Treviso.
6º cuerpo, mariscal Ney, duque de Elchingen.
7º cuerpo, el general Saint-Cyr.
8º cuerpo, el general Junot, duque de Abrantes.
A veces, según iremos viendo, se sustituyeron nuevos jefes en lugar de los nombrados. El total de hombres, sin contar con enfermos y demás bajas, ascendía a 250.000 combatientes, pasando de 50.000 los caballos. De estos cuerpos, el 7º estaba destinado a Cataluña, el 5º y 8º llegaron más tarde. Los otros en su mayor parte aguardaban ya a su emperador para inundar, a manera de raudal arrebatado, las provincias españolas.
NOTA: Este texto pertenece al capítulo 28 de HISTORIA DEL LEVANTAMIENTO. GUERRA Y REVOLUCIÓN DE ESPAÑA (TOMO II, 1808-1809), del CONDE DE TORENO, que acaba de publicar la editorial Akrón.
Pinche aquí para acceder al adelanto del primer volumen que publicó LD.
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