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31/10/07

Trafalgar la gloriosa derrota

Por Fernando Díaz Villanueva

Detalle de una pintura conmemorativa de la batalla de Trafalgar.
Una rutilante estrella política se alzaba con fuerza en el firmamento europeo a finales del siglo XVIII. Se llamaba Napoleón Bonaparte, y había decidido, después de consultarlo consigo mismo, que Europa le pertenecía. En pocos años, su bien motivado ejército había puesto en jaque a todos los reyes del continente. Viejas alcurnias se rendían ante la irrefrenable ambición del general corso, a quien todo le parecía poco.
Sólo había un país que se resistía a sus designios: el Reino Unido. La Inglaterra de entonces era una nación que cotizaba al alza y no se dejaba amilanar por cualquiera. Poseía la flota más extraordinaria jamás vista en alta mar y tenía de su lado, además, el Canal de la Mancha, un soberbio foso natural custodiado día y noche por los perros de presa de la Royal Navy.
Napoleón lo sabía. Sabía que si no sometía Inglaterra y anulaba su poderío marítimo nunca llegaría a emular a los emperadores de la Antigüedad en magnificencia y dominio. En 1804, ya convertido en rey de reyes, vio llegada la hora de echarse sobre su vecino del otro lado del canal. Ordenó reunir un impresionante ejército en Calais y diseñó una cuidada estrategia para alejar a los navíos ingleses de las aguas del canal, con el objetivo de que sus tropas lo cruzasen sin contratiempos. Una vez en la isla, la invasión se haría conforme a lo habitual, es decir, con determinación y sin miramientos. Mientras en París el emperador ultimaba su plan maestro, dos de sus almirantes, Villeneuve y Missiessy, zarparon de Tolón rumbo al Caribe con una poderosa flota. Los ingleses advirtieron la maniobra y cayeron en la trampa, corriendo tras ellos en una denodada carrera por el Atlántico.
Villeneuve llevaba orden de huir de los ingleses y, una vez hubiese avistado América, volver de inmediato a Europa y reagrupar la flota franco-española, que se encontraba desperdigada por El Ferrol, Rochefort y Brest. Con eso bastaría para garantizar el paso del canal. Los ingleses, que en las cosas del mar siempre han ido un paso por delante, cayeron en la cuenta de que se trataba de un ardid al recibir un informe de un bergantín que había visto a la flota de Villeneuve navegando a toda vela hacia El Ferrol. El Gobierno de su Majestad fue rápido, tanto que al llegar los franceses a Galicia se encontraron con quince navíos ingleses dispuestos a abrir fuego.
Horatio Nelson.Así fue. Villeneuve perdió dos barcos (españoles, por cierto) y se batió en retirada, refugiándose en Vigo. Es aquí donde termina de fraguarse el drama –o la dicha, según se mire– de Trafalgar. Desobedeciendo órdenes de Napoleón, Villeneuve titubeó y, en lugar de poner su proa rumbo al Canal, donde le esperaban las tropas, se dirigió al sur, a Cádiz, puerto donde se encontraba el grueso de la flota española.
Cuando Napoleón se enteró de que su almirante se encontraba en Cádiz y no en Brest (tal y como constaba en sus órdenes), envió a España a otro marino para que le sustituyese. Villeneuve, sabiendo que tenía los días contados, se lo jugó todo a una carta. En el golfo de Cádiz se había concentrado una soberbia flota inglesa, en espera de echar el guante al escurridizo almirante francés. A su frente se encontraba uno de los mejores marinos de todos los tiempos, el legendario Horatio Nelson, ya convertido por entonces en todo un héroe nacional. Lo había ganado todo, hasta el amor de Lady Hamilton, una significada y adúltera dama de la Corte que estaba casada con un diplomático del rey. En la guerra era lo contrario que Villeneuve. Resolutivo, implacable y tenaz. Su aspecto formaba parte de la leyenda; tuerto, manco y lleno de cicatrices. Sus hombres le idolatraban. Asistía a las batallas vestido de gala, luciendo sus muchas medallas y desde la primera línea de combate.
En Cádiz, entretanto, el ambiente andaba muy caldeado. Para nuestros marinos, a quienes la invasión de Inglaterra les traía al fresco, no era un secreto que la flota española se encontraba en muy mal estado. Muchos de sus navíos eran viejos, y otros estaban semiabandonados. Las tripulaciones apenas contaban con el entrenamiento básico, y eso con suerte, porque los recortes presupuestarios impuestos por Carlos IV habían obligado a los capitanes a tener fondeados perennemente sus buques. Salir al mar abierto a vérselas con Nelson y su curtida flota era lo más parecido a un suicidio. Así se lo hizo saber el almirante de la Armada, Federico Gravina, a Villeneuve, pero éste no se avino a razones. Dispuso que el combinado franco-español zarpase el 19 de octubre, organizando la flota en cinco divisiones compuestas por barcos españoles y franceses.
Nelson, informado en todo momento de la cantidad y calidad de los enemigos con los que habría de batirse, apretó los dientes. Se encontraba en franca inferioridad. Villeneuve contaba con 33 navíos, él con 27. La escuadra franco-española aventajaba a la inglesa en número de cañones y en efectivos embarcados. Sin embargo, no se acobardó. Se sabía poseedor de algo que Villeneuve no tenía: coraje, y de unas tripulaciones muy bien entrenadas y dispuestas a dejarse la piel en la batalla. Y es que, para Inglaterra, Trafalgar fue una apuesta a vida o muerte. Nelson era consciente de que si caía derrotado su amada patria no tardaría en sucumbir. El almirante tampoco era ajeno al calamitoso estado en que se encontraba la Armada española, y a lo poco que iban a decidir en el curso de la batalla sus desmotivados capitanes.
El día 21 por la mañana los dos contendientes se encontraban frente al cabo Trafalgar, a medio camino entre Cádiz y Gibraltar, y dio comienzo la batalla con un breve mensaje que Nelson dio mediante banderas a todas sus naves desde el Victory: "Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber". La flota hispano-francesa se dispuso en forma de media luna, en un fabuloso arco que se extendía más de doce kilómetros. Un espectáculo digno de ver. Villeneuve, confiado en su superioridad numérica, pensó que Nelson enfrentaría sus naves a la distancia de combate y, al uso de las batallas navales de entonces, el vencedor lo decidirían los cañones.
A pesar de sus deficiencias, la escuadra capitaneada por el francés contaba con magníficos navíos y mejores capitanes, la flor y la nata de la Armada española. A bordo del Príncipe de Asturias se encontraba el almirante Gravina, bregado marino que llevaba treinta años navegando por los siete mares. El San Juan Nepomuceno estaba al mando del carismático capitán guipuzcoano Cosme Damián Churruca, quintaesencia del marino vocacional que había realizado varias expediciones científicas y a quien la marinería reverenciaba. Tal era su valor que, antes de entrar en batalla, pronunció una frase que ha pasado a la historia: "Si llegas a saber que mi navío ha sido hecho prisionero, di que he muerto". Otro grande de la Real Armada, el cordobés Dionisio Alcalá-Galiano, capitaneaba el Bahama. Su nombre era respetado por marinos de todo el orbe. Había participado en la expedición de Malaspina y, no contento con semejante honor, se había aventurado por las brumosas costas del Pacífico canadiense para cartografiarlas. Testigo de aquellas derrotas es la isla que descubrió, la Galiano Island, cuyo nombre conservan hoy celosamente sus habitantes.
La SANTÍSIMA TRINIDAD.La pericia de Nelson le decía que debía rehuir a cualquier precio un enfrentamiento abierto con la combinada franco-española. El inglés era intrépido, pero no temerario. Como buen militar, respetaba a sus enemigos y no quería exponer sus naves al fuego demoledor de navíos como el español Santísima Trinidad, el mayor de la época. Un coloso que desplazaba 4.000 toneladas de madera, acero y pólvora. Era el único navío del mundo que contaba con cuatro cubiertas de fuego, en las que se alineaban en perfecta formación de ataque 140 cañones. La sola mención de su nombre causaba temor en los capitanes británicos.
Lo cierto es que el Santísima Trinidad, a pesar de su poderío y del sobrecogedor perfil de su velamen, era un paquidermo del mar. Costaba Dios y ayuda maniobrar con él, y era presa fácil de las ágiles fragatas enemigas. En Trafalgar fue asediado durante horas por varios navíos ingleses, y no se rindió. Sólo cuando los hombres de Nelson lo apresaron para llevarlo remolcado a Gibraltar el gigante español cedió y entregó su astillado casco al fondo del mar.
Ante semejante panorama, Nelson ideó un simple pero efectivo plan de ataque. Organizó sus 27 naves en dos columnas, una liderada por él mismo, a bordo del Victory, y la otra al mando del vicealmirante Cuthbert Collingwood, Old Cuddy, tal y como le apodaba cariñosamente la marinería. Ambas líneas de ataque navegarían a toda vela en perpendicular hacia la línea enemiga, con intención de fracturarla en dos. Fue el famoso Nelson Touch o Toque Nelson. Una maniobra tan sencilla y arriesgada que nadie hasta la fecha se había atrevido a llevarla a cabo. Tal acometida conllevaba serios peligros. En la aproximación los atacantes se exponían al fuego enemigo durante un considerable periodo de tiempo. Nelson, sin embargo, confiaba en el efecto sorpresa y en la lentitud de los artilleros españoles y franceses. Por cada andanada que disparaban los navíos de la combinada franco-española los ingleses eran capaces de disparar hasta tres. Eso que llevaban ganado, y que, junto con la incompetencia del almirante francés, terminaría por decidir la batalla del lado inglés.
La maniobra le salió a pedir de boca. En parte porque la suerte ayuda a los audaces y en parte porque Villeneuve era un incapaz que al principio no supo reaccionar, y que, cuando reaccionó, lo hizo mal, ordenando a la combinada virar 180º, exponiendo a los ingleses las popas de sus navíos. Collingwood y su Royal Sovereign cortaron la línea aliada a la altura del navío español Santa Ana. El choque entre ambos fue tan violento que los dos quedaron arruinados. El hueco abierto por el Royal Sovereign fue de inmediato aprovechado por el resto de la columna de Collingwood, que se coló por él, abriendo dos frentes al sur de la línea aliada.
Nelson, entretanto, fue directo a por el Bucentaure, de cuyo mástil colgaba la enseña de Villeneuve. El francés, que era cobarde pero no tonto, se había apostado sabiamente junto al Santísima Trinidad para utilizarlo como batería flotante en caso de que los ingleses se acercasen demasiado. No le sirvió de mucho. El Victory se distanció del Santísima Trinidad y barloventeó hasta situarse en la popa del Bucentaure. Entonces Nelson ordenó que hiciese fuego su arma más temida, la carronada, un tipo de cañón corto que disparaba ráfagas de balas de mosquete.
El Bucentaure no pudo resistir la embestida del Victory y se rindió pasadas las dos de la tarde. Fue tan letal el ataque que de aquél apenas quedó un bamboleante cascarón que no tardó en hundirse. El vacilante Villeneuve, preso de la desesperación, se entregó a los ingleses. Aunque tarde, en su auxilio llegó el francés Redoutable, cuyo capitán, Jean Jacques Lucas, aleccionado por los efectos de las carronadas, que habían masacrado el Bucentaure, se aproximó hasta el Victory para que sus fusileros barriesen la cubierta. Uno de ellos acertó con el almirante Nelson. Un certero balazo le atravesó el pulmón y se instaló en su columna vertebral. El almirante fue trasladado al sollado de la nave, pero el galeno de a bordo poco pudo hacer por su vida. Murió, tras una dolorosa agonía, a las cuatro y media de la tarde. El inglés había cumplido con su deber entregando su bien más preciado, su propia vida, en el fragor del combate.
A Nelson no tardarían en seguirle los otros dos héroes de Trafalgar, los españoles Churruca y Alcalá-Galiano. El guipuzcoano, asediado por siete navíos británicos, resistió hasta el final. Una bala de cañón le amputó una pierna y murió desangrado en la cubierta del San Juan Nepomuceno. Se dice que Churruca, al verse postrado en las tablas y viendo cómo se le escapaba la vida, gritó a sus hombres: "Esto no es nada, que siga el fuego". Genio y figura.
Cosme Damián de Churruca.Alcalá-Galiano no corrió mejor suerte. Una andanada le decapitó mientras su Bahama era desarbolado a conciencia por los dos barcos ingleses. Había hecho honor a su promesa de no capitular. "Ningún Galiano se rinde", le dijo a un joven guardiamarina antes de empezar la batalla. Y no se rindió. La tragedia estaba servida para pasar a la posteridad.
Tres de los mejores marinos del mundo se habían dejado algo más que la piel en la batalla. Nelson tuvo un entierro digno de un monarca, y para los ingleses es modelo de patriotismo y sacrificio. Los cuerpos de Churruca y Alcalá-Galiano reposan, sin embargo, en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando, olvidados por todos. El nuestro es un país ingrato que hace a los hombres y los gasta. El vasco y el andaluz, arquetipos de patriotas y hombres de honor, merecerían mejor recuerdo. Pero, claro, eso aquí no se lleva.
A media tarde, el almirante Gravina, malherido, se hizo cargo de la situación y dio señales a lo que quedaba de la flota para que regresase a puerto. El desastre era mayúsculo. De 33 naves que habían zarpado de Cádiz tres días antes sólo regresaban 10, en un lastimoso estado. La jornada había sido especialmente sangrienta. Miles de cadáveres flotaban a la deriva, otros tantos se habían ido al fondo del mar, y allí permanecen, sepultados entre los maderos corroídos de las que un día fueron las armadas más poderosas de la Tierra. Muchos morirían después víctimas de las heridas, las amputaciones, las infecciones y la incomprensión.
Gravina falleció en Cádiz meses después, como consecuencia de las lesiones que le ocasionó su fiera resistencia al frente del Príncipe de Asturias. Villeneuve, por el contrario, fue liberado por los ingleses y se suicidó en Rennes, temeroso de la ira del emperador. El vicealmirante Collingwood murió unos años después en alta mar, mientras batallaba contra Napoleón en el Mediterráneo. El capitán del Neptuno, Cayetano Valdés, fue de los pocos que sobrevivió largo tiempo a la maldición de Trafalgar. Se convirtió en un furibundo liberal y hubo de exiliarse, vueltas que da la vida, en la misma Inglaterra cuando el bribón de Fernando VII le condenó a muerte.
Doscientos años después, Trafalgar sigue levantando ampollas. Para los ingleses es, junto con Waterloo y la resistencia frente a Hitler, símbolo de su independencia, tanto que lo conmemoran cada año en el vistoso y patriótico Trafalgar Day. Para los franceses, una insufrible humillación a su sobredimensionado orgullo. Para nosotros, para los españoles, un traspié incomprensible. La más gloriosa de nuestras derrotas. Uno de esos momentos tontos de nuestra historia en que dimos mucho sin recibir nada a cambio. Sírvanos ahora de lección que nuestro aliado natural es y siempre fue Inglaterra, y que de Francia no podemos esperar más que desgracias.