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17/12/07

s2t2 -Leonor de Navarra, la reina que reinó quince días


Leonor de Navarra, la reina que reinó quince días

escudonavarra.jpgA pesar de que nuestra Edad Media está plagada de Leonores, sólo una llegó a ser reina de verdad; "propietaria", que se decía entonces. Del antiguo reino de Navarra. Lo fue durante dos semanas y por pura chiripa, después de luchar por la corona toda su vida.

El sino de esta Leonor comienza a escribirse casi un siglo antes, cuando Martín el Humano, hijo de Leonor de Sicilia, rey de Aragón y último soberano de la Casa de Barcelona, murió allá por 1410 sin dejar descendencia y, lo que es peor, sin preocuparse de nombrar heredero. El desasosiego de encontrarse sin monarca impulsó a tres catalanes, tres aragoneses y tres valencianos a reunirse en la localidad zaragozana de Caspe para deliberar quién contaba con derecho y mérito para suceder al finado. La corona le cayó en suerte a un infante castellano, Fernando I de Trastámara.

La alegría, sin embargo, le duró poco. Se casó con otra Leonor (de Castilla), y a los cuatro años murió de una afección renal. Todo lo que tenía se lo dejó a su hijo primogénito, que se llamaba Alfonso. Con los años este Alfonso resultó ser un fenómeno de la gobernación, tanto que ha pasado a la historia como El Magnánimo. Conquistó Sicilia y Nápoles, pacificó Cerdeña y se dedicó a guerrear a placer contra franceses y genoveses, a quienes se la tenía jurada. Su hermano Juan, entretanto, se había quedado en España compuesto y sin reino. Duro destino para un infante ambicioso y con toda la vida por delante. Como no podía destronar a su propio hermano en Aragón, lo intentó primero con Castilla, pero ese era un hueso duro de roer. Testarudo como era, lo intentó en varias ocasiones; y fracasó en todas.

Eliminada la corona de Castilla, su hermano le buscó acomodo en Sicilia como gobernador. Cortejó a la princesa Juana de Nápoles, pero ésta, que era muy suya, le dejó plantado por un Borbón, un caballero francés llamado Jacques, intolerable. Allí, matando el aburrimiento de cacería en cacería, conoció a una viuda española que estaba de muy buen ver. Se trataba de Blanca de Navarra, heredera de un pequeño reino que había quedado encajonado entre los Pirineos y el Ebro. Tanto se gustaron que la cosa terminó en boda. Blanca, que, casualidades del destino, era hija de otra Leonor, le dio cuatro hermosos hijos: Carlos, Juana, Blanca y Leonor. Para Juan era un premio de consolación. Si no podía ser rey de Aragón porque su hermano estaba primero, la corona de la menuda y manejable Navarra le servía para seguir enredando en Castilla, que era, dicho sea de paso, su obsesión particular.

Juan era, gracias a su esposa, rey consorte de Navarra; gracias a su hermano, gobernador de Aragón y Valencia, y, gracias a su padre, duque de Peñafiel, es decir, vasallo del rey de Castilla. Tocaba de cerca tres coronas y ninguna era suya. Cosas de la Edad Media que no hay quien entienda.

Como la Providencia había sido generosa en descendencia, Blanca y Juan empezaron a disponer desde bien pronto el futuro de los vástagos reales. Para Carlos, el Principado de Viana, que era el equivalente navarro al Principado de Asturias. A las niñas las reservó para afianzar las relaciones dinásticas con otras casas notables. Blanca, la mayor, fue entregada en matrimonio a Enrique de Castilla, y Leonor a un príncipe francés con nombre de cuento: Gastón de Foix.

Lo de Blanca con el heredero de Castilla no terminó de funcionar. Normal: Enrique, que pasaría a la historia como El Impotente, era homosexual, y no llegó a mantener una sola relación con su esposa. O al menos así lo entendió el Papa Nicolás V cuando anuló el matrimonio, unos años después.

Con todo, el reino de Navarra parecía funcionar. El pueblo quería a la reina, la nobleza no incordiaba más de lo habitual y, aunque el consorte no era muy del agrado de los navarros, no había motivos para preocuparse, ya que el príncipe Carlos crecía sano y fuerte. Hasta que sucedió el desastre: la reina murió. Blanca, que bebía los vientos por su marido, había estipulado en secreto que, mientras Juan viviese, su hijo Carlos no podía hacerse con la corona. Esto sentó a cuerno quemado a buena parte del reino, especialmente a la parte que capitaneaba un tal Juan de Beaumont, jefe de los beamonteses, buena gente de la montaña que no tragaba al usurpador aragonés.

El rey, sabedor de la insurrección que le aguardaba, se atrajo a su propio bando para garantizarse la Corona, el de los agramonteses, liderado por un tal Pedro de Agramunt, cabecilla de la buena gente de la ribera. Al final pasó lo que tenía que pasar: los dos bandos llegaron a las manos y Carlos, viendo que esa era la oportunidad de aventar al intruso de su padre, se alió con los beamonteses. Estalló una guerra civil que enfrentó al padre y al hijo, a Juan de Aragón y el Príncipe de Viana, dando comienzo a una de los más novelescos culebrones de nuestra historia. Leonor se puso de parte del padre, Blanca del hermano, y el rey de Castilla, ojo avizor por si pescaba algo, osciló entre uno y otro sin decidirse del todo.

Juan –más sabe el diablo por viejo que por diablo– le ganó el pulso a su hijo, y éste se vio obligado a huir a Nápoles a contar sus penas a su tío Alfonso, el rey de Aragón. Alfonso, sin embargo, tenía los días contados. Murió unos meses después; y se volvió a liar. Los catalanes vieron que Carlos bien podría ser, además de rey de Navarra, príncipe de Cataluña, lo que enfureció, y con razón, a su padre. Ordenó que le encarcelasen, la Generalidad protestó, Juan liberó al príncipe, que, cuando ya todo parecía haberse arreglado, murió en Barcelona de una inoportuna tuberculosis. Tal era la veneración que por él tenían los catalanes que mandaron que fuese sepultado en el monasterio de Poblet, junto al resto de monarcas de la Corona de Aragón.

Leonor, que se había mantenido fiel a su padre con idea de saltarse por dos veces la línea sucesoria, recogió lo que había sembrado, pero no del todo. Llegó a un acuerdo con su padre en Olite (una "concordia", que se llamaba entonces), pero éste no quiso entregarle la corona. Y eso que la infanta había hecho méritos sobrados para conseguirla. Liquidó a su hermana Blanca, que había sido repudiada por Juan, con un bebedizo y se trasladó junto a Gastón a vivir al sur del Pirineo, a la ciudad de Sangüesa.

Juan, que ya era Juan II de Aragón, había cambiado mucho en los veinte años que transcurrieron entre la muerte de su esposa y la de su hijo. Se había vuelto a casar, con una aristócrata castellana nada menos, y la vida le había sonreído con el nacimiento de un nuevo heredero: Fernando, que con el andar del tiempo llegaría a convertirse en Fernando el Católico. Pero la cosa volvería a torcerse.

Gastón de Foix y Leonor habían sido nombrados lugartenientes vitalicios del reino y herederos de la Corona, pero Juan era hombre de humor cambiante: se pensó dos veces lo de la herencia y destituyó a Leonor para colocar en su lugar a su nieto, el joven Gastón. Nueva guerra familiar. Juan, que adoraba los golpes de efecto para impresionar al rival, mandó ejecutar a Nicolás de Chávarri, obispo de Pamplona y consejero privado de su hija. Leonor, sospechando que ella sería la siguiente, se atrincheró y solicitó ayuda a los beamonteses, los mismos que, unos años antes, había combatido por ser valedores de la candidatura de su hermano. Su marido cabalgó hasta Bearn, al otro lado del Pirineo, a por refuerzos, y cuando volvía con ellos murió, quizá de la fatiga o quizá de la impotencia de ver cómo su frágil reino se extinguía sin remedio.

Al final, padre e hija, que habían aguantado hasta el final, llegaron a un acuerdo por el cual, cuando Juan muriese, ella heredaría la corona. Así sucedió, aunque Leonor pudo paladear su tan anhelado triunfo tan sólo dos semanas, que, eso sí, le debieron de saber a gloria. A mediados de febrero de 1479 murió, en Tudela, exhausta de tanto ajetreo. Le sucedió su nieto Francisco Febo, un débil niño de diez años que no llegaría a cumplir los quince.

El reino de Navarra daba sus últimas boqueadas en la historia. Un cuarto de siglo después, el hermanastro de Leonor, Fernando el Católico, anexionaría Navarra a Castilla, "guardando los fueros e costumbres del dicho regno". La España que quedó entonces configurada, la que hoy conocemos, es la misma (o casi) sobre la que reinará algún día la recién nacida infanta Leonor de Borbón. Confiemos en que su reinado no sea tan breve. Su antecesora navarra contemplará complacida desde arriba cómo, después de cinco siglos y medio, una reina vuelve a llevar su nombre.

Fernando Díaz Villanueva: